207 o la inútil búsqueda de la inmortalidad

207 o la inútil búsqueda de la inmortalidad
Conversación con Rafael Lugo, escritor y abogado, o viceversa. Su novela 207 cierra un ciclo para el autor. Sabe que también se abre otro y se mira buscando la ruta. Mientras tanto, sacude a su público con una historia de pulidos personajes, ambición estética y desamparo.
26 de Junio del 2017
Juan Carlos Calderón

Portada del libro, editado por la Universidad San Fracisco de Quito.

Un enfermo terminal de cáncer que llega a pensar sinceramente que puede salvarse a través de las páginas del libro que escribe. ¿Es posible? Rafael Lugo cree que sí. Y es a través de su personaje, Ignacio, que va experimentando sobre ello. Ignacio tiene una sola certeza: que va a morir muy pronto. Y por salvarse se aferra a ese imaginario. Otros se aferran a su fe, a su Dios o a cualquier cosa. ¿Es posible permanecer, no desaparecer? El moribundo lo cree, incluso cree que puede ser redimido por el amor.  Un amigo entrañable, Virgilio, el personaje que lo acompaña y acolita en todo, no lo cree posible; pero él está ahí para ayudarlo a cruzar los círculos del infierno. 

207 explora ese andar hacia lo inexorable, ese intento de sobrevivencia, esa utopía de la permanencia.  Ignacio es un personaje entrañable para los lectores de la trilogía de Lugo: 20, 7 y 207. Aunque cada novela puede leerse por separado, entre sus líneas persisten esa búsqueda y explicación de nuestra condición mortal, los intentos desesperados de escapar y la disolución final, irreversible. Como escenario, siempre Quito, sus calles, y sus magnolias, que aparecen y desaparecen en el relato acompañando a los personajes. 

Más allá de la trama, del viaje a la desaparición de este antihéroe quiteño, lo que uno agradece en 207 —y en otras obras de Lugo— es su ambición estética. Su literatura es intimista, reflexiva y, quizá por su oficio de abogado, cargada de sentencias, que sin llegar a ser juicios, son frases que golpean como malletes en la conciencia del lector. Uno agradece siempre que entre el relato el autor nos dé tiempo para evocar, para añorar, para regresar a uno mismo y meditar en la frase que acaba de leer y que lo transportará muy dentro de sí. Frases, además, que son un canto a la economía del lenguaje, sin florilegios ni palabras sobrantes. 

"No todos podemos redimirnos, pero todos sentimos que nos mercemos la redención. Hasta el más triple hijueputa se cree que con arrepentirse se gana el perdón".

Dentro de las posibilidades de encontrar la eternidad cualquier cosa vale, dice Lugo. Nos sentimos mejor con la finitud, pero no la queremos encontrar cuando nos toca. ¿Qué posibilidades tiene uno? Solo una, al parecer. Cuando Ignacio, a instancias de Amanda, empieza a escribir un libro para salvarse, es por la desesperación de sobrevivir en el relato, de cuánto puede importar escribir nuestra propia historia para existir. 

"No todos podemos redimirnos, pero todos sentimos que nos mercemos la redención. Hasta el más triple hijueputa se cree que con arrepentirse se gana el perdón; nuestra capacidad de autoengaño para justificar nuestras atrocidades es grande", dice Lugo. 

"Siempre me gustó que Ignacio sea un hijueputa maravilloso, un asesino que es querido con y por la gente". Esa ruptura del maniqueismo también se traslada al lector: ¿odiar a Ignacio, amarlo, admirarlo, envidiarlo? Hace lo que le viene en gana y sin contradicciones de por medio, y si alguna duda cabe, queda Teo, la voz de su interior, una voz brutalmente sincera, descarnada, la que lo aterriza cuando quiere aparentar nobleza. Ese cínico que todos llevamos dentro. 

Amanda y su propuesta de redención pone la polaridad en la vida de Ignacio. Ella es la sublimación de lo que el moribundo criminal cree que es el amor y a través de este la permanencia. Pero la propuesta de Amanda también es cínica: sigue siendo el asesino que eres y me habrás redimido también, a cambio, yo te ayudaré a alcanzar la eternidad. Ella lo acompaña en ese camino a lo largo de las 150 páginas del libro, y a la vez que es protagonista de Rafael Lugo, también lo es de Ignacio, en un relato espejo que con ciertas circunstancias cambiadas, es el cuento del cuento que contamos para vivir. Asi, uno va viviendo y va contando su vivir, porque vive y a la vez cuenta.

Amanda es un personaje bien perfilado, pincelado diríamos. No requiere mucha descripción, tan solo amar su nariz pecosa. Pero es luminosa, aunque carga una hija ciega. Si de metáforas se tratara, Amanda es como la literatura: sé lo que quieras, por muy desgraciado o perverso que seas, la literatura te conducirá de la mano hacia la redención. Ella es luz, pero carga una hija ciega. Solo el relato nos salvará, la historia que creemos de nosotros mismos. Pero al final se verá. El final de 207, una fenomenal sorpresa. 

Amanda ha sido un reto para Ignacio, pero más reto ha sido para Lugo. El miedo a las mujeres puede ser un impedimento para emprender con personajes femeninos potentes, pero lo logra. Amanda es el examen de grado de Lugo sobre un personaje femenino. Puede aspirar a la maestría. 

Rafael Lugo ha conversado con este portal por casi una hora. En una cafetería chic del centro norte Quito, donde se hace y vende pan del bueno. Esa mañana hace un frío que remuerde la mala conciencia de haberse levantado de la cama. Venga con poncho, maestro, dice Lugo, y uno tiene que ser muy realista para no soñar que está en el "verano quiteño".  Este Quito tan esquizofrénico. El de las magnolias de Lugo: ese recorrido casi místico que hace de la mano de los personajes ficticios, por las esquinas verdaderas y los jardines donde reposan los árboles de magnolia, es lectura obligada para la oficina de turismo de Quito. Si tuvieran un poco de imaginación podrían tomar este libro y ponerlo en una guía de la ciudad. Si tuvieran...

Él intenta explicar esa novela. Algo inútil, porque es un asunto personal entre el autor y el lector. Así de alegórico es este texto que termina un ciclo de 16 años para Lugo.

A Lugo le gusta la conversa. Por su sal, su humor cáustico, debiera ser presidente del club Crack, pero ni modo, no lo es. Uno disfruta con sus dichos, sus ocurrencias, y luego de una hora de oirlo, uno se da cuenta: escribe como habla, no hace la diferencia. 

No se necesita de nada para amenizar la charla, pero un chocolate no cae mal. Aunque se está cerca a un horno de leña, el frío no cede. Él intenta explicar esa novela. Algo inútil, porque es un asunto personal entre el autor y el lector. Así de alegórico es este texto que termina un ciclo de 16 años para Lugo. Mucho tiempo, le digo. Su camino por la literatura ha sido doloroso, poco disciplinado, pero lo ha llenado de luz y de sombras. Lugo escribe menos de lo que quisiera, pero reescribe mucho. Ese intento de perfección, ese acto de pulimiento resplandece en 207, como un diamante que ha pasado y repasado por la herramienta.

Quizá 207, y es otra especulación, puede ser el relato de sí mismo. De su decepción del país, de lo que no quiere para sus hijos, de como nos estamos despeñando en una sociedad donde ser honrado es remar contra corriente. Somos pocos los que luchamos contra la ignominia, dice Berthold Brecht, y de los espectadores esperamos al menos que se avergüencen.

Dice Lugo que la literatura sí puede salvar a un ser humano de sí mismo. Lo que no puede hacer la literatura es salvar un país. Nunca lo ha hecho ni lo hará. Pero cuando una sociedad, nuestro país, ha perdido la vergüenza, ¿podrá la literatura, al menos, redimirla?

Como el cuento del pintor Li, quizá desaparezcamos en nuestro propio invento.

(NOTA: Para entender esta frase final hay que leer el libro. Mientras tanto, será un mensaje para Rafael Lugo, por interno)