El mundo femenino de Carlos Arcos Cabrera

El mundo femenino de Carlos Arcos Cabrera
Carlos Arcos habla con Plan V de su nueva novela "Saber lo que es olvido", y cómo construyó los personajes de varias mujeres que hurgan en su memoria para encontrarse así mismas y las razones de su angustia. Una novela que, a través del universo femenino, retrata la pasión, el amor, el desamor y la búsqueda de la libertad.
16 de Enero del 2017
Redacción Plan V

Portada del libro, bajo el sello Seix Barral.

Carlos Arcos asoma con una elegante chaqueta blanca, de lino, para la entrevista con este portal. Su nuevo libro, Saber lo que es olvido, es una saga de Memorias de Andrés Chiliquinga, pero como los personajes que, desde la memoria y la desmemoria, toman vida propia en el testimonio vital de seis mujeres. Una de ellas María Clara Pereira, la antropóloga y sobreviviente de Memorias... Es la de ella la potente voz femenina que se pone a las espaldas el relato de las vidas de Chavica, Helena, Lolita, Pepa y Ximena. Esta última su compañera sentimental y amante, con la cual ha de compartir esos relatos de vidas antiguas en los cuales la línea del tiempo les alcanza justo en el corazón.

Tienes, Carlos, como personajes principales a dos mujeres, María Clara y Ximena. Dos mujeres libres, que retornan al Ecuador, hurgan en sus pasados y encuentran mujeres que, por no ser libres, se van. Ellas, las protagonistas, son lesbianas, ¿por qué?

Los personajes, a la larga, van dictando al historia, si no sería una historia mía. La idea es renunciar al yo y dejar que esta escisión que tenemos cuando escribimos se manifieste con toda su fuerza. El tema de María Clara y Ximena se fue planteando casi como una exigencia, para mi como escritor y del personaje. En Memorias..., en uno de los diálogos de María Clara con Andrés, este tiene una reacción homofóbica frente al personaje de Fernando Vallejo, el autor de La virgen de los sicarios. Y María Clara, una mujer cosmopolita, contemporánea, le dice para picarlo: yo soy lesbiana. Y Andrés se descompone, entra en una crisis muy fuerte. No era solo una declaración. Concluida esta historia me quedó la duda sobre qué pasó con María Clara, porque es Andrés quien cierra la historia. Y me pareció un reto muy fuerte enfrentar esa declaración, como una declaración que esconde una historia. Entonces, María Clara me pareció un reto literario muy fuerte.

¿Es primera vez que haces una voz femenina?

Con esta fuerza, no. Aunque en El invitado hay un voz muy fuerte que es la de Carmen, una novela donde hay cuatro voces que marcan cada capítulo: Carmen, Felipe hijo, Felipe padre y Víctor Ullauri que es el torturador. Hay esa voz muy fuerte que es la de Carmen, sin embargo afronté el reto de un coro de voces femeninas. Para mi un reto muy fuerte, y creo que para cualquier escritor. Eso me llevó a dialogar con María Clara. Un diálogo de muchos años. La novela me llevó desde el 2013. 

¿Y cómo dialogabas con este personaje? El mundo femenino, para un hombre que no pone atención, es por lo general el más absoluto misterio. Los hombres no tenemos ni idea. ¿Cómo logras entrar en ese mundo?

Absolutamente. Parto de esta perspectiva de Jung de lo masculino y lo femenino y creo que hay que indagar mucho en la propia feminidad de la masculinidad. Y luego escuchar mucho y observar mucho. Tal vez en mi infancia estuve rodeado de un mundo de mujeres fuertes. Mi abuela era un personaje impresionante, fuerte, profundamente católica, protectora, que te quiere ordenar la vida, Y luego mis tías maternas, generosas ellas. Y establecí un diálogo con estas imágenes muy fuertes de mi pasado. Y viene el propio reto de la ficción. Alguna vez me preguntaron cómo me atreví a escribir sobre Andrés Chiliquinza siendo yo un mestizo. Bueno, resulta que se debe ser marciano para escribir sobre marcianos o uno tendría que ser gato para hacer el personaje de un gato. Tú te transformas de alguna manera, pero la riqueza de una ficción exitosa, como creo que es Saber lo que es olvido, es engancharse con el lector.

¿Por qué esta novela es una ficción exitosa?

Porque es de esas novelas con personajes que cuando los sigues, la vida les toca. Les toca profundamente. Y en esa experiencia de vida ellos van cambiando, aprendiendo, siendo otras. Y creo que terminan comentándome más de su vida de lo que yo podría decir. 

Saul Bellow decía que el autor atrapa al lector desconocido cuando topa esa parte sensible en la cual son iguales el uno con el otro. Volviendo a la relación de María Clara y Ximena, esta fracasa, se desvanece más por Ximena, la pintora. Pudo ser una relación exitosa, pero fracasa.

Creo que una de los fenómenos más frecuentes de las relaciones en la actualidad son los malos finales. Los buenos finales son excepcionales. A lo largo de su historia amorosa con María Clara, Ximena va plantando semillas de su propia libertad y va tratando de enseñar a María Clara que ella es una persona que toma sus propias decisiones y es dueña de sus deseos. Y, finalmente, cuando Ximena logra un cambio, hace su exposición y da un salto en su pintura luego de un proceso interior muy importante, ella da también un salto en su relación pero al vacío, al vacío de María Clara.

Creo que el punto de quiebre en la novela se da temprano cuando María Clara encuentra a Chavica, esa mujer ya anciana y minusvalorada que ha sobrevivido para sacar a Lolita del olvido. Ella le dice: ¡cómo te has demorado! Confundiendo a María Clara con Lolita, y eso cambia su vida. El recuerdo que revive: ¿es necesario el olvido para poder vivir? Esta una sociedad que olvida, las personas decidimos olvidar. 

Una sociedad como la nuestra cultiva la desmemoria. La cultiva institucionalmente, no tienes archivos... Hay sociedades enteras que prefieren no mirar el pasado.

Una sociedad como la nuestra cultiva la desmemoria. La cultiva institucionalmente, no tienes archivos... Hay sociedades enteras que prefieren no mirar el pasado, y experiencias humanas porque el pasado no siempre es de gratificación, sino, muchas veces, es un punto de mucho conflicto y dolor. En el caso de María Clara, en realidad como que tiene un agujero en su vida: un padre fantasma, una madre muy poderosa y siente que hay algo que no se ha dicho en su historia familiar. El momento que por azar se encuentra con Chavica, esa tía abuela suya lejana y viene ese lapsus —cuánto te has demorado Lolita— esa confusión, ese momento María Clara comienza a mirarse hacia adentro.  Hace una introspección, una indagación que finalmente la llevan a descubrir todo un contexto familiar complejo, donde también hay mucha pasión. Lolita es una mujer de pasiones; muy golpeada por la vida. Creo que hay esta tensión entre olvido y memoria, son dos polos que no son excluyentes, hay un hilo que los une. Probablemente solo puedes olvidar sanamente si has hecho una memoria a fondo. 

¿Es necesario hacer memoria?

Creo que en el caso de la novela y sus personajes se hace necesario. María Clara encuentra parte importante de su ansiedad, de su vacío interior, en la reconstrucción de esas historias de mujeres que están en su pasado. Si no habría necesidad de hacer memoria no tendríamos psicoanálisis. Pasamos mucho tiempo tratando de entender cómo nos han afectado hechos de nuestro pasado, si queremos entenderlo. Es una opción.

Tu novela circula en un momento de una sociedad, como la nuestra, donde todo se disuelve al instante, todo se vuelve pasado en segundos. Una sociedad donde la disolución es permanente. Y tu novela habla sobre la memoria en una sociedad que no solo cultiva la desmemoria sino que —por la tecnología— aparentemente no necesita de la memoria.

Aparentemente no la necesita y la desecha en un segundo. Es probable que haya la intención de contraponerse a eso. De saber que, probablemente, la mejor forma de hacer un buen olvido es hacer una buena memoria. Un mal olvido siempre corroe. No me lo he planteado formalmente porque no me planteo esas cosas cuando escribo. Pero sí, es probable que sea una confrontación con un mundo que cada vez desconozco más.

¿Cuál personaje de tu novela te ha llenado más, a tu criterio, el mejor logrado?

Lolita. Fue una fuerza muy grande en la novela. Cuando ella se me presentó me dije: es una historia que vale la pena narrarla. Y luego esa mujer que vive para preservar una memoria, que es Chavica. La suya es una vida dolorosa, porque asume la culpa de la pasión de otra mujer.

Son historias dolorosas las de Chavica, Lolita, Helena. Son mujeres que rompen esquemas pero su audacia las lleva a la tragedia. 

Creo que ahí tenemos algo de la tragedia griega, creo que está presente en esos personajes que tratan de levantarse de su propia condición deben pagar un precio. Son personajes prometeicos, para sí mismas, para encontrar sus inquietudes, deseos, y creo que, en ese sentido, la tragedia griega está plenamente vigente. Es difícil encontrar finales felices. 

Sobre todo en el contexto de sus historias, que son dos guerras, la civil española y el golpe contra Salvador Allende. Donde hay caudillos, y ellas son víctimas no solo de sus decisiones sino de una historia que no contralan.

Pero también descubren el amor. Hay momentos de intensa pasión de intensa entrega. El personaje que ama a Lolita, este anarquista español. Sus destinos están unidos, y aunque no se sabe en qué termina ella está redimida por ese amor, rescatada de su propio dolor.  

¿Por qué decides situar a tus personajes en la España de la guerra civil y en el Chile del frustrado proceso socialista?

Fíjate que también hay mucho de lo que los personajes van optando. El momento en que Lolita decide seguir a Lima al matador Francisquillo. Ella está profundamente enamorada. El tema es a cuál España llega ella. A una España que está convulsionada a partir de las luchas sociales que terminan en la República, hay un movimiento anarquista poderosísimo. Llega a una España que nada tiene que ver con la idea romántica que se hacía ella misma al vestirse de sevillana. 

Es el mundo de la ilusión, ella se enamora de esa ilusión.

Creo que es un momento en el cual el país te abruma, y te abruma de una manera brutal. No digo que me lleve a la parálisis, pero te abruma.

Finalmente uno se enamora de ilusiones. Pero es el punto también que puedes controlar tu vida, pero después ya no. Y en esa España convulsa de los años treinta, un mundo de una intensidad social que termina en la guerra civil, creo que es un escenario en el cual se reafirma el hecho de que sus pasiones, sus amores están en un mundo no controlado. Y el caso de Helena es sui géneris. Su padre es un socialista lojano, fascinado con el socialismo chileno —que es, además un hecho histórico— y esta decisión de que su hija estudie, que es un acto libertario en una sociedad y una época donde era un sacrilegio que las mujeres estudien. Pero esas decisiones que uno las toma como positivas y fundadas, lo son, pero inscriben a Helena en un mundo distinto. Loja y Concepción (Chile) son dos fronteras, dos pequeñas patrias; la una al sur de Ecuador y la otra al sur de Chile. Y ahí ella comienza viviendo sola y descubre cosas que en Loja nunca habría podido descubrir ni vivirlas plenamente; porque si algo tiene Helena —y es algo que me fascina de ella— es su voluntad. Es de esas mujeres con un enorme poder para plantearse retos, es un personaje poderosísimo. La antítesis de Lolita, llevada por las pasiones y la vida y ves a Helena tratando de construir su propia vida. Ella va encontrando esa vida y la vida la va encontrando en ese camino, y los lectores deberán descubrirlo. 

Quisiera hacer una relación —si es posible— entre los personajes de Saber lo que es olvido y la sociedad ecuatoriana actual. Esos personajes tuyos que miran dentro de sí mismos, que buscan saber de dónde vienen, quiénes son y a dónde van. ¿Nuestra sociedad puede hacer eso?

Es una pregunta muy difícil. Creo que es un momento en el cual el país te abruma, y te abruma de una manera brutal. No digo que me lleve a la parálisis, pero te abruma. Encuentro que los viejos temas, la corrupción, la violencia siguen presente con más fuerza. Tengo una sensación de que no hay luz, una sensación de una profunda oscuridad. No sé si en este sentido si reflexionar sobre nuestro pasado, nuestra memoria nos puede dar un poco más de energía para mirar el presente y el futuro. Veo una sociedad que reacciona, pero el cinismo del poder es tan brutal que las reacciones se agotan y la punta se mella rápidamente, y te llevan al escepticismo. Soy pesimista, profundamente pesimista del destino de este país, de esta sociedad.

¿Por qué?

No lo sé. Tal vez por eso encuentro finales duros en la novela. Veo la energía de la gente joven, pero también una placa de plomo, una coraza de cinismo, de un poder que estimula —como nunca en la historia nuestra— ese cinismo. Estaba leyendo una novela sobre Montalvo, la de Antonio Querejeta, y esa situación de entonces la veo ahora multiplicada por veinte. Hay una frase del Deuteronomio: y el cielo se desplomará sobre sus cabezas, la maldición de Jehová.

Yo trato de dar a la literatura su propio vuelo, un espacio de mucha libertad y diálogo con los personajes. Está es en un ambiente en el cual mis vivencias y sensaciones pueden expresarse con libertad.

¿Este libro podría reflejar esto?

No lo sé. Yo trato de dar a la literatura su propio vuelo, un espacio de mucha libertad y diálogo con los personajes. Está es en un ambiente en el cual mis vivencias y sensaciones pueden expresarse con libertad. Pero eso no se traduce al mundo exterior. 

¿Cómo describirías esa coraza? También nosotros nos ponemos esa coraza frente a lo que está pasando y es una placa de desidia.

Puede ser desidia. Creo que sí, nos acorazamos, y ahora en campaña electoral se oye decir a la gente que siempre ha habido corrupción. Frente a ese argumento cínico qué haces, qué dices. Esa no es una justificación para lo que está ocurriendo. Ese cinismo del poder convierte a la gente en insensible, para no ser afectada por lo que pasa. Creo, sin embargo, que son tendencias globales. Es un pensamiento escéptico que nace de las experiencias con el sistema político, la democracia deja de dar respuestas. Pero uno no puede decir: entonces sustituyamos la democracia con el autoritarismo y el populismo. Todo genera un escepticismo muy fuerte y ahí viene la coraza, porque debes vivir todos, los días, salir a trabajar, estudiar y procurar que nada de esto de afecte y te impida vivir.

¿A ese escritor ya de mucho tiempo, le podría volver a preguntar sobre el papel del escritor en este momento histórico?

Es un debate larguísimo. Montalvo se hace esa pregunta. Y él es clarísimo: escritor que no ponga su pluma al servicio de la justicia, mejor que la queme. Es fuertísimo. Luego tienes esto de Leonardo Valencia sobre El síndrome de Falcón, y luego Sartre se planteó lo del escritor comprometido. Y yo como escritor me siento mucho más modesto en mi papel. Mi papel es tratar de escribir una buena página en un día. Tal vez dos. Y si es posible, escribir una novela que le diga algo al lector. Mi tarea este rato es escribir una buena página, un brillante párrafo, aunque no sepa a qué mismo estoy contribuyendo.