El sabio ignorado: una lectura desde la sociología política

El sabio ignorado: una lectura desde la sociología política
En Política Conservadora, cuyo primer tomo se publicó en 1929, Jijón y Caamaño realizó un enorme esfuerzo por definir el alma religiosa del Ecuador, reivindicarla y de algún modo reinventarla mediante su propia idealización. La consideraba la herencia más significativa de la colonia, base de la civilización y fundamento de la comunidad política. En sus palabras: tesoro inestimable frente al cual tenían que rendir cuentas el siervo y el señor; para el mestizo era cariñosa guía; freno para el español y para el criollo esperanza.
14 de Octubre del 2016
Felipe Burbano de Lara

Portada del libro de Francisco Febres Cordero. Lea: Retrato del último aristócrata conservador

En varias entrevistas y conversaciones sobre su nueva publicación, Francisco Febres Cordero ha señalado las dificultades y dudas que tuvo al momento de enfrentarse  a Jacinto Jijón y Caamaño, este personaje enorme que tenía entre sus manos. No supo si hacerlo desde el academicismo de la FLACSO —que habría convertido al libro, según dijo, en una casa de citas— o si adaptar el personaje a su estilo. Optó por lo segundo y convirtió a su proyecto intelectual en una biografía novelada.

He experimentado una dificultad parecida con el libro: no saber bien desde dónde hacer un comentario y qué reflexiones plantear. A diferencia de su autor, soy investigador de FLACSO, del programa de estudios políticos, me debo a la academia, estoy lleno de citas —a pie de página— y por esa razón opté por el camino propio de mi oficio: intentaré esta noche responder tres preguntas:

La primera: ¿Qué lecturas nos permite este libro, tan personal del Pájaro, sobre Jacinto Jijón?

La segunda: ¿Qué nos revela la figura de Jacinto Jijón de nuestro propio país, de su historia, de su cultura, de la tradición conservadora, del mundo social, en un momento histórico tan importante como el que vivió (entre la revolución liberal y el inicio de la modernización)? ¿Qué nos dice este libro sobre el Ecuador desde una figura enorme, impresionante, con muchas facetas, a medio camino entre la historia, la arqueología, la lingüística, la sociología, la geografía y la política, esta última con todas sus vicisitudes, cuya vida y memoria El Sabio Ignorado abre con toda legitimidad y justicia? 

Este libro cuestiona nuestra capacidad de olvido, nuestra dificultad como sociedad para retener y recordar el pasado, nuestra inclinación a construir verdades a medias sobre la historia.

Hacia el final, en la tercera parte, intentaré juntar las diversas explicaciones —los académicos diríamos hipótesis— que el libro sugiere sobre el olvido de Jijón y Caamaño. El Pájaro ofrece una para explicar el olvido —la condición de aristócrata, conservador y dueño de una gran fortuna— pero deja abierta dos más. ¿Tiene sentido su explicación?  ¿Se sustenta? ¿O hay detrás de ella también un ocultamiento deliberado sobre el significado de esas tres categorías —aristócrata, conservador y dueño de una gran fortuna— que tan poderosamente resuenan en nuestra cultura política, en la historia republicana del Ecuador, en su formación como estado nación?

Empiezo por la primera. Este libro cuestiona nuestra capacidad de olvido, nuestra dificultad como sociedad para retener y recordar el pasado, nuestra inclinación a construir verdades a medias sobre la historia, a partir de la prodigiosa memoria del Pájaro. ¡Qué manera de registrar momentos, de haberlos vivido, de volverlos a vivir, y de narrarlos para reconstruir, desde una cierta intimidad, al personaje y al mundo que lo rodeaba. Todo el esplendor de la Circasiana, con su halo de misterio; los jardines, el jardinero francés, la piscina, que nunca se llenaban; las lámparas colgantes, las alfombras, los vidrios y láminas repujadas, el mármol de Italia, aparecen minuciosamente narradas.

No se escapa detalle alguno para describir la vida del personaje y su entorno. La biblioteca, el cuidado que hacía de ella el bibliotecario Morillo; el museo, con todas las piezas acumuladas fruto de ese espíritu científico incansable, de sus excavaciones arqueológicas, de las piezas que coleccionaba; el chofer, el Cadillac, envidia de los concejales de Quito; los pajes de trajes verdes y botones dorados; los cuatro años que Jacinto Jijón vivió en el hotel Ritz de París, uno de los más lujosos de Europa —con baño privado, bañera de mármol y azulejos en las paredes— junto a su madre y su amigo Carlos Manuel Larrea. Las haciendas y en especial ese prodigioso lugar llamado Chillo Jijón, donde la aristocracia quiteña imaginó también la posibilidad de ser una burguesía industrial moderna.

A esa memoria del Pájaro, ligada a una investigación de archivos, a su pasión, debemos la riqueza de este libro. Recuerdos intensos, vividos con tanta sensibilidad, con los ojos bien abiertos, sin perder detalle. Y poder recordarlos y escribirlos. Este libro le debemos a su memoria, a su investigación y a un hecho fortuito en su historia personal: haber nacido el año en que murió Jacinto Jijón. Pareciera que esa coincidencia, que le recordaba siempre su madre, definió un telos en su vida: como si esa muerte y ese nacimiento marcaran el inicio trágico de una cierta decadencia del mundo aristocrático.

En medio de ese esplendor, rodeado de tanta opulencia, la figura solitaria, disciplinada de Jacinto Jijón, formada en el más estricto apego a una ética conservadora y a una disciplina católica.

Esa nostalgia, ese pesar por las consecuencias de la modernidad, en el libro se une de modo extraño a la figura de Jacinto Jijón y Caamaño. O quizá, esa nostalgia plantea la necesidad de volver a él, estudiarlo, conocerlo, para saber qué se perdió y qué sigue vivo.

Voy a mi segunda pregunta: ¿qué lectura del país, de la sierra, de Quito, de la sociedad, la cultura, hace posible este libro? Diría que una lectura compleja del mundo aristocrático, desde adentro, desde sus prácticas más íntimas, desde su habitus —como diría el sociólogo Pierre Bourdieu, es decir, desde los esquemas de obrar, pensar y sentir ligados a la posición social— en un momento, como ya he dicho, crucial para el conservadorismo y el catolicismo quiteño y serrano. Una visión privilegiada no tanto de las estructuras sociales que sostuvieron el inmenso poder de esa clase, aunque ellas siempre están insinuadas en el libro, sino desde sus vivencias, sus maneras, sus formas, sus refinamientos; desde el mundo interior de la Circaseana; desde las prácticas de la diferencia y la distinción que acompañan a toda elite y más todavía en una sociedad tan jerárquica, desigual, clasificada —como dice el libro— entre nobles e indios.

Y los contrastes que el propio libro ofrece, sin hacer concesiones, del mundo aristocrático: rodeado de una servidumbre traída de las haciendas, de Urcuquí, donde la familia tenía extensas propiedades; unos peones, unos guambras traídos del mundo rural a ese palacete y sujetados a las más estrictas reglas de la etiqueta: perfectamente uniformados, enseñados a servir la mesa, a usar con rigor las palabras, cuidar el trato al patrón; sacados del campo para perder hasta su nombre. Una aristocracia en un Quito pobrísimo, de zaguanes, basura en las calles, indios maltratados, excluidos.

Al mismo tiempo, una cierta naturalidad de ese ethos aristocrático. Nunca puesto duda, un grupo convencido de su propia condición jerárquica y de un cierto derecho a estar allí.

En medio de ese esplendor, rodeado de tanta opulencia, la figura solitaria, disciplinada de Jacinto Jijón, formada en el más estricto apego a una ética conservadora y a una disciplina católica inculcada por su preceptor, un sacerdote salesiano, y por su gran maestro, Federico Gonzáles Suárez.

Hemos leído sobre la aristocracia, sobre el mundo hacendatario en trabajos notables como los de Andrés Guerrero. Hemos aprendido de su condición de clase, de todos los capitales que acumulaba —tierras, prestigio, indios, superioridad jerárquica— pero no habíamos tenido este acercamiento que ofrece el Pájaro al habitus íntimo del mundo aristocrático. Me pregunto ¿por qué este habitus se abre hoy a conocimiento del público? ¿Que debió pasar para que ocurriera este acontecimiento, para que este libro pudiera interiorizarse en ese mundo, narrarlo y contarlo?

Voy a mi tercera pregunta: el libro forma parte de un esfuerzo por pensar el aporte del conservadorismo en la construcción del Estado y la nación, más allá de las defensas apasionadas o las críticas acérrimas a Jacinto Jijón.  Quizá es allí donde el libro sea menos explícito, pero donde cobra sentido —a mi juicio— la dimensión social, cultural y política del sabio olvidado. En esa intersección entre aristocracia y estado, aristocracia y nación, a través de la mediación del conservadorismo y el catolicismo, toma sentido toda la obra cultural, científica y benefactora de Jijón.

Diré solo unas pocas cosas a propósito de esa relación, para poder pensar luego en el olvido. La continuidad del conservadorismo se explica por una notable capacidad para mantener su filiación católica, su inclaudicable adhesión a una moral religiosa como sustento de una virtud pública y privada, como creencia firme en un principio de unificación cultural de la nación, que daba sentido a las instituciones políticas, pero al mismo tiempo su apertura al cambio y su visión transformadora. Su capacidad para actualizarse y ofrecer una visión original, propia, enraizada en sus tradiciones, de la modernidad.

Entre García Moreno y Jacinto Jijón hay más de medio siglo de distancia teniendo de por medio a González Suárez y a la revolución liberal. El sabio ignorado se nutre de los dos.

La figura más singular de esa tradición es García Moreno, con su republicanismo católico, su demostración de que los tiempos modernos no tenían por qué ser laicos —como afirman los historiadores Jean Marie Demlàs e Ives Saint Geoures— que el Estado puede imitar a la Iglesia, que se podía conjugar el progreso de las personas gracias a la ciencia y el conocimiento, al mismo tiempo que ser redimidos y volver a Dios.

Entre García Moreno y Jacinto Jijón hay más de medio siglo de distancia teniendo de por medio a González Suárez y a la revolución liberal. El sabio ignorado se nutre de los dos. A González Suárez se le debe haber pensado el futuro del catolicismo, de la Iglesia y la tradición conservadora en el Ecuador como hecho esencialmente espiritual y cultural, por fuera del Estado.

En esa secuencia histórica potente entra Jacinto Jijón con toda su originalidad y las urgencias que demandaban su tiempo a un conservador. La necesidad de vincularse a los problemas sociales de las clases bajas, de enfrentar el desafío de los católicos (1906) en la era del progreso: cumplir deberes sociales tanto en la sociedad religiosa como en la sociedad civil. Es en ese momento de ebullición, de desafío político, cultural e ideológico provocado por una revolución triunfante, que se juntan las figuras de González Suárez y de su discípulo para repensar el conservadorismo y el catolicismo en los tiempos del progreso. Esfuerzo de actualización de una tradición sin renunciar a los principios católicos. Definir un mundo espiritual que se pueda reproducir en base a sus virtudes, a sus creencias, a sus ritos, festividades, sin tener el auspicio ni la protección estatal, pero que requiere del progreso y la ciencia.

En Política Conservadora, cuyo primer tomo se publicó en 1929, Jijón y Caamaño realizó un enorme esfuerzo por definir el alma religiosa del Ecuador, reivindicarla y de algún modo reinventarla mediante su propia idealización. La consideraba la herencia más significativa de la colonia, base de la civilización y fundamento de la comunidad política. En sus palabras: tesoro inestimable frente al cual tenían que rendir cuentas el siervo y el señor; para el mestizo era cariñosa guía; freno para el español y para el criollo esperanza. Condenaba los abusos del blanco, intercedía por los débiles, predicaba caridad a los fuertes y enseñaba la virtud a todos. Es un código de conducta privada y pública. Gobierna y disciplina las almas de las personas.

Pero en Jijón y Caamaño hay más. Está también el científico, el arqueólogo, el estudioso de las lenguas originarias, el historiador, el geógrafo, el coleccionista de arte, el benefactor. Testimonio de ese espíritu científico es su larga y entrañable amistad con su maestro Paul Rivet, y con el arqueólogo alemán Max Uhl.  Su larga vinculación a la Academia Nacional de Historia, su constante presencia en los congresos americanistas, sus estancias académicas en Inglaterra, sus estudios en la Sorbona; sus exploraciones arqueológicas en Colombia, Perú y Bolivia, que dieron a su libro Antropología Prehispánica del Ecuador una dimensión regional y continental.

Allí está también toda su inmensa producción científica e intelectual, realmente asombrosa: tres tomos sobre Sebastián de Benalcázar. Cuatro tomos del Ecuador interandino y occidental antes de la conquista castellana. Dos tomos de La religión en el Imperio de los Incas. Dos tomos de la cultura Puruhá; Culturas andinas de Colombia; Maranga, contribución al conocimiento de los aborígenes del valle del Rímac; sus investigaciones arqueológicas en el Perú y en Bolivia.

Todo ello me hace pensar que el proyecto de nación de las elites conservadoras, desde González Suárez, pretendió ser también un conocimiento y una búsqueda de nuestra historia para dar profundidad cultural al proyecto conservador. Cuando se ven las fechas de todas esas publicaciones aparece, como en el medio, Política Conservadora, y toda la militancia política de Jijón.

Y allí están como legados suyos a la nación, al Estado, a la cultura, a su permanente formación, el Museo Jijón y Caamaño con todos estos tesoros arqueológicos, culturales y artísticos maravillosos; y la biblioteca Jacinto Jijón y Caamaño, vendida al Banco Central en 1984,  ambas fuentes inagotables de reflexión, conocimiento y estudio.

El proyecto de nación de las élites conservadoras, desde González Suárez, pretendió ser también un conocimiento y una búsqueda de nuestra historia para dar profundidad cultural al proyecto conservador.

Y termino con una reflexión sobre la hipótesis del olvido. Solo puedo volver a ella después de este breve recorrido que ha hecho posible El sabio ignorado. ¡De acuerdo con el Pájaro¡ El olvido se debe a tres razones: haber sido aristócrata, conservador y dueño de una enorme riqueza. De acuerdo, pero solo a condición de no olvidar que detrás del posicionamiento social, ideológico y de clase —y de raza habría que agregar, siguiendo el lenguaje de la época— que detrás de esas tres categorías, hay relaciones de poder y dominación. Me pregunto si el olvido no es también una forma de resistencia a un pasado con el cual aún no hemos saldado cuentas. El libro muestra algo impresionante: toda esa acumulación de capitales —social, cultural, económico, simbólico— reunidos en una sola familia, que expresa el poder de una clase. Allí siento que hay una historia política de dominio por saldar y que nos ha tomado mucho tiempo como estado, sociedad y nación, procesarla.

Segundo, creo, como afirma Enrique Ayala Mora en el libro, que los conservadores perdieron una batalla ideológica en el campo de la política y de la historia intelectual del Ecuador. Fueron derrotados ampliamente, quizá a partir de los años sesenta, por los historiadores e intelectuales liberales y marxistas que se apropiaron del ideal de modernidad, se presentaron, a su turno, como por portadores de sus valores y promesas emancipatorias, y excluyeron de ese campo a los conservadores, a pesar de lo que se ha dicho aquí. En la mentalidad de los ecuatorianos, el conservadorismo es sinónimo de atraso, ultramontanismo y oscurantismo. Fueron los liberales radicales, en la transición del XIX al XX, los que construyeron ese mito de sí mismos y esa estigmatización de los conservadores.

La tercera explicación del olvido me parece la más fecunda, la sugiere el Pájaro al final del libro: la propia dificultad de esa clase aristocrática de renovarse, de modernizarse, como lo había hecho en otros momentos históricos cruciales de la vida de país.  En el fondo, una clase que no pudo pensarse fuera de su condición aristocrática, más allá del dominio de la tierra y de las poblaciones indígenas, de un sentido del prestigio y del honor social, sin los cuales no podía imaginarse a sí misma. Se olvidó a Jijón y Caamaño cuando esa misma clase, esa tradición política, dejó de producir, como lo había hecho desde mediados del siglo XIX, una versión propia de la modernidad. Por eso la nostalgia del Pájaro con la modernización de los 60 y sobre todo de los 70 a la que reprocha tanto. Esa modernización marca, efectivamente, creo yo, el inicio de una decadencia, tan maravillosamente descrita —y lo digo sin ahorrarme una sola letra de larga palabra— en el último capítulo del libro.

Como investigador de FLACSO que soy, concluyo diciendo que este libro nos abre la mente a una época, a una sociedad, a una clase, a una cultura, desde un personaje extraordinario y tan bien tratado, con tanto lujo de detalles, de recuerdos y sensibilidades, como lo ha hecho el Pajarito en El sabio ignorado.

Nota: texto leído por el autor el día del lanzamiento del libro, y cedido gentilmente para publicarse en esta edición.