La fiesta de Alberto Caleris

Enviar por correo electrónico
La fiesta de Alberto Caleris
Para Alberto Caleris la realidad es la música. Está –dice– condenado a ser músico, en la buena onda. Y paga esa condena desde muy pequeño, cuando en su natal Cañada Rosquin –en Santa Fe– 186 kilómetros al norte de Buenos Aires, era el único niño que ponía atención extasiado cómo tocaba la orquesta, mientras sus amigos iban tras la pelota. Era en marzo, recuerda, la fiesta del pueblo, y una orquesta de terror, Refasí (como la escala musical) era la que tocaba esos instrumentos que tanto le fascinaban.
26 de Junio del 2014
Juan Carlos Calderón

La música para este niño era algo fantástico. Hasta ahora siente esa misma intensidad que lo lleva de la mano por donde quiera, que lo acompaña y lo sostiene en medio de tormentas, desiertos y oasis que la vida le va poniendo a uno en el camino. Y de ese lazo invisible se sostuvo por Argentina, Estados Unidos, Bogotá, México, países donde cantó y vivió, en ese orden, hasta recalar en Quito. Desde hace 25 año vive en esta ciudad, se casó, tuvo una hija, y encontró los dos tesoros que le ataron de pies y manos en este país: amigos, amigas y las condiciones ideales para aterrizar sus proyectos, sueños, todos hechos canción.

Cargan que cargan viejos vagones con cereal: Estación de provincia, de Alberto Caleris.

Fue uno de los primeros artistas, junto con  Arístides Vargas, de Malayerba, en llevar caravanas de arte por las comunidades. La mano de Unicef les empujaba y sostenía. Conocer el país por dentro, encontrarse con la gente común, escucharla, dejar mensajes para mejorar sus vidas, encontrarse a través de la música, el teatro, la danza… Ahí Alberto Caleris quedó enganchado con lo afro, lo negro, la música, la magia, la cultura, los ritmos, la rebeldía. Tras años de investigación, mestizaje musical y encuentro nació 'Fiesta en el Mar', una propuesta de cuatro discos: Cayapa, Fiesta en el Mar,  Bandas de Serenata y Diabluras y Santerías. Y él, que había estado en escenarios de Alemania, Nueva York, y otras partes, quedó atrapado por la melódica marimba, el cununo, el guasá.

Caleris sigue componiendo canciones. Es un tráfago interminable. Lo más importante para él es hacer canciones. Nada le gusta más. Y más que eso, si es posible, dialogar con la cultura afro musical. En Fiesta en el Mar tiene una pieza que se llama Canchimalero, una orgía de sones que sólo con escucharla uno se transporta a la Fiesta de San Martín de Porres, el santo negro, cuando los negros del norte de Esmeraldas, en Limones, adornan las balsas que bajan por el Santiago y el Cayapas. En ese mundo Caleris es feliz, con sus amigos Padilla, Valencia y otros músicos que –de alguna manera– tratan de entender la complejidad de esa música urbana que nada tiene que ver con el mantra que se repite hasta el cansancio en el ritmo acompasado de la música negra. “Una mezcla de Bob Dylan con andarele, yo hago eso, viste…”.


Caleris en su despacho, al norte de Quito, donde organiza sus proyectos y viajes por el país profundo.

Hablar de tí es nombrar aquella tierra de quietud y de bondad: Oración a la vida

El músico tiene la barba cana. Está en la edad que sabe que quejarse no sirve de nada. Así ha ido haciendo cosas, gestionando sus propios proyectos, juntándose con todos los que le permitan poner en pentagrama sus ideas. Gusta de encerrarse a componer en su templo, donde construye su tiempo y espacio propios, donde grita, llora, ríe, canta, putea. Es la fiesta de Albert Caleris, la que ahora se mezcla con el cununo en su Esmeraldas querida, donde sabe que también es querido y hasta comprendido. Se sabe urbano, citadino, y lo sabe también su música, con otra estructura; por eso prefiere no fusionar culturas musicales, sino procurar su compresión y encuentro. Eso para el pentagrama, pero también para la poesía. Un día quiso musicalizar poemas de Vallejo, y se armó un quilombo. Otro día musicalizó poemas de Euler Granda, el poeta esmeraldeño. El autor asistió al concierto, y cuando después Caleris le preguntó su parecer él le preguntó por qué buscaba musicalizar poemas que ya tenían música.

Todo es un aprendizaje, ríe Caleris cuando cuenta esto, en una habitación de no más de seis metros cuadrados que forma parte de una suite que funge de atiborrada oficina, donde se acumulan discos, libros, instrumentos, computadoras, y cuyo centro ocupa un escritorio que se ve grande en ese espacio pequeño y donde Caleris escribe en un cuaderno viejo con letra de médico para luego trasladar esos datos a su computadora. Los de ese tiempo no dejamos de ser análogos, aunque quisiéramos.