La fiesta de Alberto Caleris

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La fiesta de Alberto Caleris
Para Alberto Caleris la realidad es la música. Está –dice– condenado a ser músico, en la buena onda. Y paga esa condena desde muy pequeño, cuando en su natal Cañada Rosquin –en Santa Fe– 186 kilómetros al norte de Buenos Aires, era el único niño que ponía atención extasiado cómo tocaba la orquesta, mientras sus amigos iban tras la pelota. Era en marzo, recuerda, la fiesta del pueblo, y una orquesta de terror, Refasí (como la escala musical) era la que tocaba esos instrumentos que tanto le fascinaban.
26 de Junio del 2014
Juan Carlos Calderón

Con una chaqueta de cuartel, y un clavel rosado en el ojal, buscó los portales...: El padre Almeida, santería. De Alberto Caleris

Quizá por ser de otra generación y de otro tiempo, en el cual los jóvenes urbanos no habitan, Caleris vive y canta para recuperar o mantener la memoria a través de la música. Por eso la emprende en canciones como Padre Almeida, una pieza de su último disco Diabluras y Santerías. De las leyendas rescata las tradiciones, la identidad.  Ahí se reafirma este juglar del Sur que le pone letra y música a una memoria de siglos.

Él, que gusta tanto de la magia, suele volver a las metáforas que la cultura andina, o afroecuatoriana. Esto piensa mientras trata de volver a reflexionar, como hace mucho tiempo, sobre el papel del artista en la sociedad, su relación con las instituciones, el mecenazgo siempre frustrante, la imposibilidad de trascender y cambiar una realidad como la ecuatoriana donde casi nadie lee y quien escucha música de la que hace Caleris y otros suele terminar en una especie de minoría rara e ilustrada. Cómo, se pregunta, podremos lograr que el comprar un disco nuevo y un libro nuevo, sea parte del consumo de la gente. Cómo hacer –se repregunta– para que la gente busque las canciones o los poemas o las ficciones o los ensayos, con la misma ansiedad con la cual busca el pan de cada día, su canasta básica, aunque sea la de la pobreza.

No encuentra respuestas desde lo racional, sentando en un rincón de su oficina, tomándose el mentón como una pipa invisible.

Por eso me cuenta lo que pasó allá en la comunidad de Cacha, monte adentro de la provincia de Chimborazo, donde para llevar a un enfermo al centro del poblado se puede uno demorar tres horas. Y  si la cosa es de mayor gravedad puede tomar otras cuatro horas llegar a Riobamba. Y si un bebé de brazos, como suele ocurrir, sufre un cólico fulminante en la madrugada, lo más probable es que se muera.


El cantautor y músico lleva casi 40 años haciendo de la música su razón de vivir.

Entonces estaban en un proyecto donde participaban las mujeres indígenas, y dos de ellas, que rompieron la timidez y el miedo a sus esposos, hicieron una obrita de títeres. Era el drama de una madre que lloraba porque su hijo había enfermado gravemente en la madrugada, y tenía fiebre y se iba a morir porque no había cómo llevarlo a Cacha a salvarle la vida. Y no había forma de detener ese fatal desenlace, hasta que una de las improvisadas titiriteras tomó un pequeño paraguas de papel amarillo y le fabricó alas, y lo convirtió en cóndor, y el ave andina se posó en la casa de la madre, permitió que ella y su hijo enfermo cabalgaran sobre sus alas y los llevó hasta la comunidad de Cacha para salvar esa vida.

Caleris cuenta esta anécdota como si estuviera en el trance de hacer una canción con ella. Habla con gravedad cuando se pregunta si no será que los músicos, los actores, los poetas, los escritores, los danzarines, hemos perdido la capacidad de usar la imaginación para romper ese círculo vicioso que nos impide crecer y volar. Hay quienes, en el colmo de la razón, creen que es de locos torcer el cuello a la realidad. Quizá sea el momento de reconocer, de una vez por todas, que en la diversidad y cultura de este Ecuador, el de sus comunidades y territorios, hay una riqueza tan profunda que con acudir a ella se puede salvar la vida de un niño (cualquiera de nosotros). Sólo con imaginar que, enfermos de vanidad, de ciudad, de contaminación, de ansias de poder y de ambiciones, basta con subirnos sobre las alas de un condor para redimirnos.