Las 13 cosas en común de los gobiernos "progresistas"

Las 13 cosas en común de los gobiernos "progresistas"
¿Qué tienen en común los llamados gobiernos progresistas latinoamericanos? Esta reflexión es obligatoria para desarmar la trampa montada por los aparatos de propaganda de las llamadas izquierdas en el poder, que presentan a nuestras sociedades divididas en solo dos campos políticos: de un lado, quienes impulsan y defienden los “cambios revolucionarios”; y del otro, los reaccionarios derechistas, que no aceptan perder su poder y privilegios, y los izquierdistas descaminados, infantiles y ultristas, que les hacen el juego para que regrese el pasado.
15 de Marzo del 2016
Fernando López Romero

Para este análisis es un error ubicar a estos gobiernos progresistas junto a los de la Concertación Chilena. Les une el aura izquierdista que ostentan personajes como Michelle Bachelet y nada más, porque las políticas económicas de las “revoluciones en marcha”, están enmarcadas dentro del populismo de izquierda, mientras que la Concertación Chilena ha gobernado con un liberalismo más aperturista y ortodoxo, sin atreverse a desmontar la Constitución Política heredada de Pinochet. Tampoco se deben considerar dentro de estos “revolucionarios” a los gobiernos del Frente Amplio de Uruguay, Mujica incluido, que sin mayores estridencias han actuado como gobiernos de centro izquierda.

Es innegable que desde los años 90 del siglo anterior, el escenario político latinoamericano comenzó a modificarse por la resistencia de movimientos sociales y fuerzas políticas, que interpelaban de diversas maneras a las formas más violentas, excluyentes y corruptas de la dominación capitalista de corte neoliberal que habían sido impuestas por dictaduras militares brutales, como las de Chile y Argentina, sobre la derrota de los grandes movimientos de masas de los años 60 y 70, o por gobiernos democráticos de corte liberal que adoptaron con devoción las recetas fondomonetaristas.

El levantamiento indígena del Inti Raymi de 1990 en Ecuador, fue uno de los momentos clave en esta recuperación de la capacidad de resistencia social que duraría quince años, hasta el 2005 cuando los movimientos sociales y las izquierdas derrotaron el intento de firmar un TLC de corte neocolonial con los Estados Unidos. En Bolivia, a mediados de la década del 2000, un gran movimiento de masas derrotó a la coalición neoliberal de los antiguos reformistas que habían enterrado a la Revolución del 52 y los nuevos tecnócratas formados en la religión del aperturismo y del ajuste estructural.

Es innegable que desde los años 90 del siglo anterior, el escenario político latinoamericano comenzó a modificarse por la resistencia de movimientos sociales y fuerzas política.

En Argentina, la lucha obrera, los movimientos de los piqueteros, de los derechos humanos y el gran levantamiento social de diciembre 2001, fueron decisivos para enfrentar al ajuste neoliberal del menemismo peronista y de sus sucesores.

El agotamiento del bipartidismo del COPEI y AD  por su complicidad con el ajuste estructural en Venezuela, fue respondida desde fuera del Estado con resistencia social, y desde adentro por militares nacionalistas encabezados por Hugo Chávez, que levantaron en ese momento un proyecto de reforma social y de ruptura del sistema político bipartidista.

En Brasil, la larga lucha obrera y electoral del PT, de los campesinos sin Tierra y décadas de trabajo de la iglesia de los pobres, se expresaron en la victoria de Lula que abrió un momento de expectativa de cambios profundos.

Durante todos esos años los movimientos sociales y la izquierda practicaron diversas formas de lucha, que descalifica ahora la propaganda oficial como preludio para la represión abierta y la posterior judicialización. Hay que mencionar entre ellas huelgas y paros cívicos, levantamientos sociales pacíficos, cortes de carreteras, marchas de cientos de kilómetros, recolección de firmas, acciones legales, iniciativas parlamentarias, lucha electoral, e incluso levantamientos armados como en el caso de la guerrilla zapatista mexicana, a la que nunca se le pudo chantar el título de terrorista. Un torrente de ideas y de prácticas, que adoleció de una debilidad estratégica al final decisiva: careció de un programa anticapitalista y se contuvo a sí mismo en el límite de oponerse solo a las políticas neoliberales, o como en el caso del PT de Brasil, cuando su propuesta de corte socialista, fue echada por Lula y sus pragmáticos en el tacho de la basura para constituir la alianza con sectores de la institucionalidad y de la burguesía nacional y llegar al gobierno en el año 2003.

Todos los gobiernos progresistas, con la excepción de Nicaragua, llegaron al poder como resultado de estas resistencias sociales, intensas, diversas, masivas y prolongadas; en algunos casos con dirigentes surgidos de estas luchas, como Lula o Evo, en otros con políticos surgidos de las viejas estructuras partidarias como los K en Argentina, peronistas desde la década del 70 o como Daniel Ortega en Nicaragua, o de colados de la última hora, sin militancia política o social ni mayor relevancia intelectual, como Rafael Correa.

Después de más de una década de ejercicio del poder, lo que tienen en común estos gobiernos progresistas, puede ser resumido de la siguiente manera:

1. Se han beneficiado del alza de las materias primas en el mercado mundial, que han estado ligadas a la especulación financiera y a la gran demanda de alimentos y materias primas mineras de China, que dispararon los precios de estos productos. En Ecuador, la renegociación de la deuda externa contribuyó a que el correísmo haya tenido más recursos y un aura anti capital financiero internacional, que le ha proporcionado simpatías en sectores nacionalistas y anti imperialistas de América Latina y Europa.

A los gobiernos "progresistas"  les ha servido mucho la tropa de izquierdistas que no toman las decisiones más importantes pero que les proporcionan una pátina de legitimidad revolucionaria.

2. Han sido vistos como portadores de las demandas de amplios sectores sociales y gozado de fuerte legitimidad por un largo periodo. En Venezuela, Ecuador y Bolivia, sendos procesos constituyentes les han otorgado una imagen fundacional,  incorporar derechos y reorientar el papel del Estado, fuertemente presidencialista, hacia políticas sociales y económicas.

3. Todos han enarbolado las banderas de la izquierda, del bolivarianismo de izquierda, Alfaro, Sandino y el Che Guevara, para presentarse como continuadores de una tradición de lucha por los derechos políticos, económicos y sociales, por la soberanía y el antimperialismo, y por el socialismo, aunque sea del Siglo XXI. Les ha servido mucho la tropa de izquierdistas que no toman las decisiones más importantes pero que les proporcionan una pátina de legitimidad revolucionaria. En el caso de Argentina, las credenciales de izquierda del Peronismo, en el que siempre han cabido las más diversas expresiones ideológicas, devienen sobre todo de la política del gobierno de Néstor Kichner en el tema de los derechos humanos violados durante la dictadura militar.

4. Con excepción del Brasil, donde el Estado, el capital transnacional y la burguesía local han creado desde hace décadas una base industrial, la política económica de los gobiernos progresistas ha reforzado la producción primario exportadora tradicional (agricultura y minería). Se han mantenido y hasta incrementado, como en el caso del Ecuador, el enorme poder de la banca privada y la estructura intacta del control privado del comercio exterior de exportación y de importación. La intervención del Estado ha financiado con recursos de toda la sociedad los mega proyectos de infraestructura y garantizado las condiciones para el funcionamiento general de la acumulación y reproducción capitalista. Bolivia es petróleo y gas; Venezuela petróleo y hierro; Ecuador petróleo y banano, flores y camarones; Argentina es petróleo, carne y soja, Nicaragua es café.
El límite estructural de los modelos económicos progresistas, se revela en esta incapacidad de modificar la vieja estructura productiva; no se ha cambiado ni la condición periférica de nuestras economías y peor aún la histórica dependencia.

5. Han montado poderosas estructuras y dispositivos de propaganda; en Ecuador existe un verdadero y agobiante “estado de propaganda, y en nombre de combatir a “los viejos poderes mediáticos” se ha debilitado la libertad de expresión, afectando especialmente a los sectores y organizaciones sociales y a los trabajadores de la comunicación.

6. Durante mucho tiempo la oposición política de los viejos partidos ha sido muy débil y con escasa legitimidad, fruto de su complicidad con los gobiernos anteriores y sus políticas y por los éxitos iniciales de los gobiernos progresistas.

7. Los gobiernos progresistas han controlado y debilitado a los movimientos sociales a través de varios mecanismos: la cooptación de sus dirigentes; la extensión del clientelismo; la persecución a los movimientos que han reivindicado su autonomía; la descalificación de organizaciones sociales y políticas y de sus dirigentes por medio de una intensa propaganda que les presenta como expresiones de un pasado superado e instrumentos de la derecha; la utilización del aparato judicial, de los cuerpos represivos o de grupos de choque. Sin duda, en el caso de Ecuador y de Venezuela, el control del aparato estatal y la concentración de poder por parte de las estructuras político-empresariales de las izquierdas progresistas, ha sido mucho más fuerte. En Bolivia, Argentina, Venezuela y Brasil, el control sobre los sindicatos y organizaciones sociales se ha realizado desde adentro de las mismas. La diferencia más importante está en el Ecuador, donde una parte importante de los movimientos sociales históricos como el FUT y la CONAIE, han marcado una línea de autonomía y de movilización, sin alinearse tampoco a las fuerzas de la derecha no correísta.

Ninguno de estos gobiernos ha promovido reformas y cambios estructurales profundos que afecten las bases del poder económico, político y social dominante.

8. Ninguno de estos gobiernos ha promovido reformas y cambios estructurales profundos que afecten las bases del poder económico, político y social dominante: la tierra sigue concentrada; el agua sigue concentrada; también la estructura financiera y del comercio exterior; no se ha desarrollado la soberanía alimentaria mientras hay una estrecha alianza de los gobiernos progresistas con los grandes agros negocios; los sistemas políticos son concentradores, autoritarios y clientelares.

9. Un rasgo común es que han promovido procesos de modernización capitalista a través del fortalecimiento del Estado, la reducción de derechos de los trabajadores y las organizaciones sociales, y la construcción de infraestructura que ha beneficiado fundamentalmente a los inversionistas y las empresas privadas, locales y extranjeras, que han obtenido los contratos para las grandes obras hechas con dineros del Estado. En Ecuador, grandes empresas nacionales, y constructoras brasileñas y chinas son las más visibles. A estos cambios la retórica de su aparato de propaganda los califica como “revolucionarios”; “socialismo del siglo XXI”, “revolución bolivariana”, “revolución democrático cultural.

10. Sostienen gran parte de la autoridad de sus proyectos de modernización capitalista en el caudillismo y autoritarismo de sus presidentes: Lula, Chávez, Evo, Kirchner y Correa, han actuado como líderes bonapartistas y concentrado el poder dentro de sus estructuras políticas y de sus gobiernos  a través de mecanismos de adhesión y fidelidad personal y de prácticas clientelares.

11. Han favorecido el crecimiento de las ganancias de los grandes grupos económicos y la emergencia de nuevas burguesías, o de nuevos empresarios, como en Bolivia, Ecuador y Venezuela. El impulso de políticas sociales redistributivas, muy débiles en el caso ecuatoriano en comparación con otros países, pero efectivas ante el desastre neoliberal y para dinamizar la circulación de capital, ha beneficiado a importantes sectores empresariales.

12. Otro elemento en común de estos gobiernos progresistas o de izquierda, en realidad populistas y bonapartistas de izquierda, es cuánto y cómo han contribuido a manchar a las ideas de izquierda ante la sociedad, a corromper, desmovilizar y desmoralizar a importantes sectores, lo que ha preparado el retorno de las viejas opciones de la derecha, pura y dura, que parecían desalojadas del escenario político. La victoria de Macri en Argentina es la cereza del pastel, y solo la primera de una secuela que puede ser más larga.

Estos gobiernos "progresistas" han contribuido a manchar a las ideas de izquierda ante la sociedad, a corromper, desmovilizar y desmoralizar a importantes sectores, lo que ha preparado el retorno de las viejas opciones de la derecha.

13. La corrupción es un rasgo que caracteriza a estos gobiernos y toca y mancha hasta a sus mandos más altos, como en los casos de Argentina, Brasil y ahora Bolivia. En el caso argentino la corrupción alcanzó niveles insospechados y el dinero se convirtió en la base del poder de los K y de su entorno directo. Que esto lo haya dicho ante el Congreso Nacional el derechista Macri, o que antes haya sido denunciado por el poderoso grupo mediático Clarín, no dice que no sea cierto y que haya que mirar para otro lado, como argumentan muchos izquierdistas. En Venezuela las evidencias de corrupción en la cúpula del gobierno, del Estado, del propio PSUV, y que señalan a familiares directos del propio Hugo Chávez, contrastan con el deterioro de los servicios y del acceso a bienes básicos que afecta a la mayoría de la población. En Bolivia, la denuncia de tráfico de intereses en negocios de petróleo, para beneficiar a una antigua pareja sentimental vinculada a empresas chinas, ha manchado al propio Evo Morales. En Brasil, el escándalo de Petrobras golpea al gobierno de Dilma Rousseff, y el propio Lula ha sido llamado a declarar ante la justicia y puede ir a prisión. ¿Qué se puede decir de Daniel Ortega en Nicaragua y del círculo sombrío que le rodea, comenzando con su esposa, Rosario Murillo? En Ecuador, en medio de la inacción o la debilidad de los organismos de control, la preocupación de la población por la corrupción ha subido en un año del 3% al 7%.

La penosa excusa de que estas denuncias son forjadas y orquestadas por la derecha que quiere acabar con los procesos progresistas y la democracia en nuestros países, no resiste análisis. ¿Otra vez el viejo recurso de desacreditar el mensaje matando al mensajero?

Si algo se revela común en estos gobiernos y en sus más importantes representantes es una verdadera devoción por las alfombras rojas, por los oropeles del poder y por el poder que da disponer de dinero. Esa devoción por el enriquecimiento fácil, por la acumulación, justificada por algunos por la necesidad de tener dinero para poder hacer política y de paso salvarnos a todos.

A comienzos de los años sesenta, Carlos Julio Arosemena Monroy, habló de los  “hombres enloquecidos por el dinero”. Esos que denunció, eran personajes generalmente identificados con la derecha, por lo general operadores políticos, arribistas consuetudinarios o crápulas más o menos conocidos. Ahora, en América Latina, la corrupción aparece como una práctica de la izquierda oficial, casi como un sello de estos nuevos “enloquecidos”, que no solamente mancharon sus manos sino las ideas que dicen defender.

*Fernando López Romero es historiador, catedrático de la Universidad Central del Ecuador. Ha sido decano de la Facultad de Comunicación Social de ese centro de estudios superiores y autor de varios libros.