Ecuador: se viene la tercera vuelta

Ecuador: se viene la tercera vuelta
La lucha de gente honesta que se expresó en las redes, y eventualmente en las calles probablemente se manifieste nuevamente y ponga a prueba lo mejor y lo peor de nuestra condición humana: el valor, la consecuencia, la honradez, la ética, la búsqueda y defensa de la verdad, versus el miedo, el acomodo, el oportunismo, la traición, la corrupción, y la mentira. Falta mucho para arriar las banderas; el dos de abril marcará un punto de inflexión en el diseño del país de paz, orden y libertad que no alcanzó a llegar este día.
03 de Abril del 2017
Gustavo Isch

Cuando a las 17 horas la encuestadora Cedatos divulgó los resultados de su exit poll: 53,02% para el binomio Lasso-Páez, versus 46,98% para Moreno-Glas, el Ecuador entró a formar parte de ese bloque que en los últimos tiempos ha producido sorpresas y sucesos electorales del más alto calibre en Latinoamérica. Millones de personas vieron por fin la luz al final del oscuro túnel de la llamada “Revolución Ciudadana”.

Tres horas más tarde, el exit poll de la Escuela Politécnica Nacional contratada por el Consejo Nacional Electoral, devolvió a esos mismos ecuatorianos al hoyo negro del que habían salido, cuando apenas empezaban a disfrutar de un aire que olía por fin a limpio. La data difundida desde un lujoso hotel de la capital daba 51,15% a Lenín Moreno y 48,85% a Guillermo Lasso, con poco más del 94% de actas escrutadas.

En ese lapso, la página web del CNE se había bloqueado ”para actualizarse” según dijeron, y posteriormente dar paso a la publicación de datos por provincias, cuando lo usual es que los datos nacionales sean los primeros en aparecer. En cada provincia, luego de la “actualización”, la votación de Lasso disminuía y la de Moreno crecía marcando una sorpresiva tendencia de último momento.

Las dos fuerzas enfrentadas en estos comicios son la cara visible desde su origen, de élites económicas de vieja data y aquellas que tras bastidores hoy pugnan por consolidar su dominación.

Minutos después, Participación Ciudadana, organización que durante una década se ha posicionado como un ente de incuestionable seriedad, incluso de mayor credibilidad que el órgano electoral nacional, anunciaba los resultados de su exit poll: “empate técnico”. “La diferencia es menor al 0,6% entre ambos candidatos, por lo que no podemos dirimir con nuestro pronunciamiento el resultado de este proceso”. Palabras más, palabras menos, Participación Ciudadana  dejó en manos del CNE la publicación de los resultados oficiales de los comicios; su presidente, Juan Pablo Pozo, anunció: 51,07 para Lenín Moreno, 48,93 para Guillermo Lasso.

En ECUADOR empezaba de ese modo, la Tercera Vuelta.

Las dudas y las certezas sembradas a lo largo de estas elecciones, en lo concerniente al rol cumplido por el CNE, avivan un ambiente proclive al conflicto y caldeado por los efectos de una campaña sucia, con cancha inclinada a favor del oficialismo y en el que la confrontación entre El Cambio vs. El Continuismo marcó un proceso que polarizó a los electores ecuatorianos, tal como ocurre en otros países de la región víctimas del neopopulismo de última data, cuyos excesos en la conducción de la política pública hacen que la realidad supere la ficción. Tanto es así que, con diferentes niveles de intensidad, las elecciones en primera y segunda vuelta y la “tercera” que ya inició en Ecuador bajo la consigna de “resistencia”, ha estado matizada por advertencias sobre los peligros de convertir este país en una versión de la devastada Venezuela, o de la Argentina apremiada por el ajuste.

¿Cómo llegamos a este punto?

El Ecuador de hoy es indudablemente muy distinto, en ciertos aspectos, al de hace 10 años. Las dos fuerzas enfrentadas en estos comicios son la cara visible desde su origen, de élites económicas de vieja data y aquellas que tras bastidores hoy pugnan por consolidar su dominación. Es fácil distinguir unas y otras, con solo identificar los grupos beneficiados por el poder antes del correato, y ahora, durante “la década ganada”.

Aún cuando no se ha cerrado este capítulo, sí podemos decir este momento que el resultado de las últimas elecciones en el Ecuador es el corolario de una década de odio contra la democracia, y de la lucha por recuperarla y por reconquistar las libertades.

Diez años de asedio contra las voces disidentes con el oficialismo, diez años de atropellos desde el poder que enconaron a familias y partieron al país por la mitad, sembrando al antagonismo, justificando el abuso y auspiciando la persecución a los opositores al compás de una campaña permanente de propaganda al servicio de la nueva oligarquía.

Copando y controlando toda la estructura institucional del sector público, el Estado candidato impuso desde el 2007 el totalitarismo de la llamada “revolución ciudadana”, al totalitarismo de la vieja democracia, cuyos patriarcas y delfines hasta el día de hoy son incapaces de adaptarse al cambio de época y de conectarse con esa sociedad emergente, cuyos rasgos le son indescifrables.

La corrupción galopante en las esferas de poder fue el telón de fondo en el que la oposición calibró su discurso crítico; en tanto el oficialismo continuó imperturbable su adicción a los pobres como epicentro de su retórica reivindicativa y su misión transformadora. Para configurar esta impronta, durante diez años, el correismo colonizó la esfera pública mediante la aplicación de una avasalladora campaña publicitaria y propagandística, basada en el antagonismo, la polarización y el culto al caudillo único. Pronto la pedagogía del resentimiento se propagó masivamente gracias al empleo de la enorme maquinaria comunicacional del régimen y floreció en medio de la mayor bonanza económica de su historia, gracias a los altos precios del petróleo.

Nuevamente queda claro —a despecho de los inefables buscadores de “debates serios” y “acuerdos programáticos”—, que en países como el nuestro, las campañas no se ganan con verdades, sino con ofertas.

Cuando los más sensatos entendieron que en estas elecciones se jugaba no un cambio de presidente, sino el futuro del país y un nuevo modelo de democracia, los decibeles del ruido  electoral eran tan altos, que sus advertencias fueron incapaces de penetrar en la mente de la mayoría. Para la primera vuelta electoral, la gente era ya solo una variable estadística para los sondeos de las encuestadoras y para el mercadeo electoral.

Nuevamente queda claro —a despecho de los inefables buscadores de “debates serios” y “acuerdos programáticos”—, que en países como el nuestro, las campañas no se ganan con verdades, sino con ofertas; y que el vendedor debe tener carisma, recursos, una estrategia adecuada, y una comunicación eficiente. Ahogados en el día a día de una agenda hábilmente impuesta por el correísmo, los opositores no salieron a tiempo de su zona de confort para posicionarse como opción consistente. La ventaja del oficialismo en este terreno difícilmente iba a ser superada.

La oposición se presentó en estas elecciones dispersa en general y dividida dentro de la derecha, que fue tendencia más votada en primera vuelta. Jaime Nebot tendrá algún día que rendir cuentas sobre su responsabilidad en este juego de intereses, y sobre lo que haga o deje de hacer en esta “tercera vuelta”.

De su lado, el centro y la izquierda sufrieron su derrota más aparatosa; una pésima campaña y la falta de recursos alentaron a que el grueso de su potencial electorado migrara mayoritariamente hacia Guillermo Lasso  y su estrategia del “voto útil”, con la que a duras penas éste alcanzó a llegar segundo y forzar un balotaje. Del “voto útil” el elector pasó al “voto en contra”, y el país, roto como está se apresta a vivir días probablemente aciagos.

En la primera vuelta, el primer lugar fue para el candidato del oficialismo, Lenín Moreno, de Alianza País con el 39.36%; un apoyo significativo, pero no suficiente para lograr una diferencia del 10% con la que habría evitado el balotaje. El candidato de la oposición, Guillermo Lasso, captó el 28.09% de los votos.

Para la segunda vuelta, la estrategia de ambos candidatos se enfocó en adherir el voto del alto porcentaje de indecisos, quienes marcaron la diferencia este domingo 2 de abril. El 18% de votantes en este rango fueron decantando su decisión paulatinamente.

El traicionar a los partidos, movimientos y sectores que originariamente auspiciaron el advenimiento de la “revolución ciudadana” con su proyecto transformador, la persecución a la opinión disidente, la impunidad en casos de corrupción que involucran a allegados al círculo de poder; el autoritarismo; la cooptación y manipulación de los organismos de fiscalización, control, participación ciudadana y la metida de mano en la justicia… todo sumó, pero fue realmente cuando la bonanza económica tocó fondo, que el correato empezó a despertar de la gran farra en que había transformado la gestión pública, y a preocuparse seriamente por sus orgiásticos excesos.

Tomar los fondos de los pensionistas del IESS, la carga impositiva excesiva, el endeudamiento demencial con China para sostener el ritmo de gastos del Estado abrió un boquete en la retórica tecnocrática de los economistas verde flex. El último año y medio, el correato se endeudó a un promedió de 500 millones mensuales y en la última fase, a razón de 1000 millones por mes; en un desesperado afán por crear una burbuja de estabilidad que aumente sus posibilidades en la coyuntura electoral; no obstante, pese a ello y a que el Estado candidato desplegó todos los recursos a su disposición para llegar con su oferta demagógica en territorio, la realidad superó sus afanes.

El oficialista Lenin Moreno, quien buscó ganar adeptos bajo el lema "el futuro no se detiene", nunca se sintió cómodo en su papel, no pudo desmarcarse de la sombra de Correa y del lastre de un vicepresidente seriamente sospechoso de estar involucrado en escándalos de corrupción.

Aunque trató de construir una imagen propia su impronta de rostro amable de la revolución, su ambigua postura y la debilidad de sus argumentaciones terminaron por envolverlo a él mismo y a muchos de sus coidearios, quienes no atinaron a identificar los alcances y los límites de un militante de Alianza País aparentemente dispuesto a ceder, si ganaba la presidencia, en ciertas posiciones y conquistas reivindicadas como innegociables por el ala radical del neopopulista movimiento.

De contar con un entorno electoral equilibrado e imparcial, era lógico que se ratifique el triunfo de Lasso en el balotaje y su triunfo finalmente se imponga sobre la expectativa de una ciudadanía casi acostumbrada a perderlo todo, incluso la esperanza.

De su lado, y bajo el lema de "Vamos por el cambio", Lasso buscó pacientemente unificar a toda la oposición y captar indecisos. Es muy probable que el apoyo obtenido más bien exprese el voto castigo de la gente a las taras del correato, la desconfianza de la mayoría en las verdaderas intenciones y en la capacidad de Moreno para distanciarse de la argolla que controló la administración pública y la política en esta década, así como reflejen el altísimo nivel de inseguridad e incertidumbre sobre el futuro inmediato conectado a la crisis económica con sus ya inocultables evidencias.

El déficit de liderazgo que acusan ambos candidatos, a la sazón débiles, poco empoderados, menos creíbles y carismáticos de lo que los electores se acostumbraron a tener en esta década, gravitó en la predisposición de los indecisos a votar por “el menos malo”, a despecho de la amplia mayoría que había tomado partido y expresado en primera vuelta y durante la corta campaña en segunda su voto rechazo por uno de los dos contrincantes. En un país partido por la mitad, se volvió clave la capacidad de mercadear adecuadamente la oferta electoral de cada uno y de generar confianza sobre su capacidad de cristalizar las expectativas de los ciudadanos, y liderar proyectos políticos definidos y estables hacia un futuro más confiable. 

En este marco de referencia y aunque en términos globales, más del 60% de electores habían votaron por un cambio en la primera vuelta, era difícil anticipar quién ganaría las elecciones. No obstante, de contar con un entorno electoral equilibrado e imparcial, era lógico que se ratifique el triunfo de Lasso en el balotaje y su triunfo finalmente se imponga sobre la expectativa de una ciudadanía casi acostumbrada a perderlo todo, incluso la esperanza, luego de una década de abuso e intimidación desde el poder.

La lucha de gente honesta que se expresó en las redes, y eventualmente en las calles probablemente se manifieste nuevamente y ponga a prueba lo mejor y lo peor de nuestra condición humana: el valor, la consecuencia, la honradez, la ética, la búsqueda y defensa de la verdad, versus el miedo, el acomodo, el oportunismo, la traición, la corrupción, y la mentira. Falta mucho para arriar las banderas; el dos de abril marcará un punto de inflexión en el diseño del país de paz, orden y libertad que no alcanzó a llegar este día.

Como organización y como expresión política, Alianza País es la hija engendrada por la crisis económica, política e institucional que colapsaron a fines de los 90’s, y por las frenéticas sacudidas de una sociedad harta de lo mismo. Sus líderes más visibles y muchos de sus militantes, no son solo la cara de la nueva política nacional que a muchos nos repugna mirar en el espejo de la democracia autoritaria impuesta por el correato, sino que a estas alturas son el perfeccionado producto de una sociedad condenada a dar vueltas sobre sí misma, en la vasija de barro posmoderna cocida por la brasa de viejos resentimientos sociales, complejos identitarios y hambres atrasadas.

Sea cual sea el resultado de lo que está por venir, es claro que ni el de  Lasso o el de Moreno, serán gobiernos viables, a menos que sean capaces de tender puentes y lograr acuerdos de interés nacional. El Ecuador no da más con otro  período en manos de un caudillo que, por azares de la historia, evite el diván psiquiátrico y logre posarse en el sillón presidencial.