El títere y el tirano, el perverso destino electoral de febrero del 2017

El títere y el tirano, el perverso destino electoral de febrero del 2017
¿Qué le espera al Ecuador luego de las elecciones generales previstas para el 19 de febrero del 2017? Resulta difícil vaticinar el resultado del proceso electoral, incluso menos difícil que prefigurar el país que el próximo gobierno heredará el 24 de mayo del 2017.
03 de Enero del 2017
Gustavo Isch

Desde una mirada estrictamente ligada a la comunicación política, las previsiones y menos aún las certezas que a estas alturas ya deberían permitir un ejercicio de anticipación cercano a lo  que ocurrirá, se niegan a plantar cara. La incapacidad manifiesta de las encuestas para predecir resultados se ha relamido en la espectacularidad de sus anuncios, sin lograr convencer a la mayoría de actores políticos y al pueblo llano de que sus números son objetivos y dignos de toda credibilidad; en definitiva, persiste en al menos la mitad de los votantes la sensación —o el deseo— de que el futuro próximo no se halle definitivamente escrito, y de que aún puedan producirse eventos capaces de alterar el sino fáctico de los sondeos y superar el derrotismo alentado por la inercia o por el miedo al cambio. 

En general, no todos los factores que forman parte de un evento electoral pueden ser conocidos en su totalidad, no todos son previsibles y no todos son maleables al antojo de las campañas y estrategias políticas. Incluso el asombroso desarrollo de métodos de investigación y marketing político disponibles actualmente no son suficientes para garantizar a nadie, en ningún lugar y de un modo indefectible, el triunfo en una elección.

Por el contrario, la concurrencia de factores que pueden ser controlados, se combina con aquellos que obedecen a dinámicas más abiertas al albedrío y están relacionados con la creatividad, la audacia de líderes, la templanza de sus seguidores, o hasta con imponderables naturales o con aquellos derivados de la condición humana, como el miedo, el interés primigenio por sobrevivir o la ambición personal.

Piénsese en el Ecuador: tratar de agrupar y organizar en orden de preeminencia los elementos relacionados con determinantes económicas, políticas y sociales —estas últimas dignas de estudios antropológicos ligados a la historia de este país y su identidad cultural— para acomodarlos en una campaña y endosarles una estrategia no es tarea simple; y en el caso de que pudiera completarse adecuadamente, elegir al gurú o al equipo de estrategia política que pueden garantizar una intervención limpia y ganadora en una elección como la que se avecina quizá sea una labor aún más complicada.

Tal sujeto y su combo de estrellas no existen. Hay solamente profesionales mejor capacitados, que manejan mejores candidatos y cuentan con mayores recursos técnicos y económicos que sus adversarios, todo lo demás es un desafiante, intenso —y por qué no decirlo— divertido juego de avatares.

Los consultores políticos sabemos que en una campaña electoral, más importante que fijar la atención en los porcentajes que presentan las cifras de las casas encuestadoras, es entender las tendencias que dichas cifras evidencian o sugieren.

Los consultores políticos sabemos que en una campaña electoral, más importante que fijar la atención en los porcentajes que presentan las cifras de las casas encuestadoras, es entender las tendencias que dichas cifras evidencian o sugieren. Expliquémonos:

Si una elección muestra un candidato que baja durante un período prolongado —perdiendo paulatina pero constantemente la ventaja inicial en su intención de voto frente a sus inmediatos seguidores— como es el caso del binomio oficialista, ese es el dato que muestra la tendencia que merece atenderse, considerando factores como la distancia que lo separa del segundo y tercero, el desgaste potencial que puede sufrir en lo que resta de la campaña, o las reservas de recursos, cartas ocultas y cartuchos que aún conserve para sortear ese período. 

Si el candidato que se encuentra dentro del bloque de potenciales ganadores, está último en ese grupo al cierre de una encuesta, pero durante el mismo período muestra una curva ascendente constante, lo importante es evaluar esa tendencia confrontándola con los números y las tendencias de los otros competidores, utilizando la misma lógica anterior para balancear sus potencialidades y debilidades en el período que resta para los comicios. Pues en ese período, si sostiene su tendencia ascendente y aplica una táctica adecuada, podría rebasar a los que estaban mejor punteados y rematar segundo o primero.

Las encuestas divulgadas el 13 de diciembre fijaron un tablero en el que el oficialismo auspiciado por Alianza país encabeza la intención de voto, seguido por CREO, la agrupación formada por el ex banquero Guillermo Lasso; Cynthia Viteri, del Partido Social Cristiano/Madera de Guerrero; y Paco Moncayo, del Acuerdo Nacional por el Cambio.  Entre los tres últimos habría un empate técnico. El porcentaje de indecisos alcanzaría el 49%.


Guillermo Lasso busca refrendar y superar la campaña del 2013, cuando quedó segundo en las elecciones pero muy lejos del candidato—presidente Rafael Correa. Aquí, junto a Juan Carlos Solines (der.), su binomio de ese entonces.

Si  ponderamos el promedio de las estadísticas divulgadas por las casas encuestadoras y analizamos lo que los números revelan, desde diciembre del 2015 a diciembre del 2016, las tendencias indican que el binomio de Alianza País va primero, pero con una incontenible propensión a la baja que lo ha llevado a perder más de 30 puntos en un año y estancarse en el 30-31% que es el voto duro histórico de Correa/Alianza País.

Le sigue el binomio de CREO, que luego  de cinco años de una precampaña sostenida de su líder, alcanzó en su mejor momento un 28% promedio, y paulatinamente descendió en el último semestre hasta estancarse entre el  20-17%.

En el tercer lugar estaría Paco Moncayo con un 14,8% alcanzado en tres meses de campaña, partiendo de 2% antes de Octubre, lo que indica una curva en crecimiento constante; y Cynthia Viteri, cuya campaña registra números variables que promediarían el 12%.

Finalmente, el voto de los indecisos que llegó a bordear el 60% en su peor momento este año, se habría reducido al 49%. Ello indica que aún persiste una franja de electores que puede definir las elecciones en varias maneras, siempre que hayan elecciones limpias e imparcialmente administradas por los organismos competentes, lo cual por otra parte es un asunto para dudar.

Podría ocurrir que de ese porcentaje, un número insospechado (voto vergonzante, voto útil, muertos resucitados, ciudadanos con cualidades de teletransportación y otros protagonismos ya identificados como errores “de buena fe” en pasadas elecciones) aparezcan, se unan y apoyen con su voto al  binomio Moreno-Glas, revirtiendo su tendencia a la baja y permitiéndole superar a sus tres seguidores enredados en su supuesta fragmentación,  de modo que en la primera vuelta el continuismo gane las elecciones. Ello es altamente improbable, no solo por lo anotado ya, sino porque supondría que ni Moncayo, ni Viteri, ni Lasso lograrían crecer en lo que resta de la campaña para forzar una segunda vuelta.


Cynthia Viteri, la única mujer que va por la Presidencia de la República, junto a su binomio Mauricio Pozo.

También podría pasar que Cynthia Viteri logre captar los votos necesarios para superar a Guillermo Lasso, cosa bastante probable del modo en que se están conduciendo ambas campañas; que la candidatura de Paco Moncayo no crezca; que Moreno no logre sumar el porcentaje requerido para ganar en primera vuelta, y entonces el balotaje enfrente a estas dos tendencias políticas: la derecha socialcristiana frente al híbrido neopopulista de Alianza País.

Si Paco Moncayo mejora su campaña y fortalece su curva ascendente, Cynthia supera a Lasso y Moreno no crece lo suficiente, tendremos una segunda vuelta enfrentando a Moncayo con Moreno.

Por otro lado, si  Moncayo mejora su campaña y fortalece su curva ascendente, Cynthia supera a Lasso,  y Moreno no crece lo suficiente, tendremos una segunda vuelta enfrentando a Moncayo con Moreno.

Para eso deben pasar algunas cosas: que Paco Moncayo logre configurarse como la opción de todo el país,  y no solamente como el candidato del Acuerdo Nacional por el Cambio. También sería importante que los intereses particularísimos de la resucitada Izquierda Democrática cedan a favor del interés nacional y cumpliendo su rol de Lázaro, se levanten y caminen decididamente a favor del  héroe del Cenepa. Se lo deben. Mejorar su discurso y su comunicación, es decir saber qué decir,  cómo decirlo, y decirlo utilizando los recursos de comunicación política disponibles es mandatorio para el ex alcalde de Quito.

Cynthia Viteri está obligada a superar a Lasso, y ello no es tan difícil como parece; su debilidad radica en la resistencia a los intereses que ella representa desde Guayaquil como centro hegemónico históricamente responsable de contener el desarrollo de Manabí y Esmeraldas, al tiempo que de promocionar una imagen autonomista y cuasi de república independiente, con la que se ha enfrentado al otro foco de centralismo que es Quito. Tampoco puede recuperar votos en Azuay, plaza tomada por Alianza País, la tríada CREO-Suma-Podemos, y el Acuerdo Nacional por el Cambio. La región Sierra centro norte con la mayoría de su población indígena se identifica con Moncayo.


Paco Moncayo junto a su binomio, la educadora guayaquileña Monserrat Bustamante, en un acto de presentación de la campaña presidencial 2017.

Por otro lado nadie sabe que hará Jaime Nebot. La estrategia de fortalecerse en su bastión municipal y lanzar a Cynthia en una aventura electoral para captar terreno a nivel nacional funcionó, pero a costa de meter en la misma cama a aliados incómodos como Avanza y Podemos, que la carismática candidata desechó luego; lo cual develó tensiones internas entre ella, su grupo de colaboradores más cercano y la vieja guardia socialcristiana liderada por Nebot. Muchos nos preguntamos si el burgomaestre tratará de impulsar su campaña –ser para ella lo que Correa es para Moreno- y si ese entronque más bien perjudicará a Viteri. Tampoco se olvida en el país el modo en que los socialcristianos abandonaron a Cynthia a su suerte, en su anterior candidatura presidencial.

El dilema de Cynthia es hallar la forma de eliminar a Lasso sin descuidarse del general Moncayo.

Guillermo Lasso está obligado a reinventarse en enero, y al mismo tiempo, a elegir los trucos más impactantes que habrán de salir de su chistera, para asombro de los electores indecisos o blandos, aparcados entre la derecha ideológica y el voto útil de quienes optarán por cualquiera que se presente como el más opcionado para ganarle a Lenín Moreno. ¿Será capaz de lograrlo? Es la pregunta por responder, luego de que en cinco años no ha podido superar su deficitaria imagen de liderazgo y engancharla emocionalmente con el votante. Además su propuesta de emprendimiento ligada a su rol como banquero produce más suspicacias que adhesiones. La cercanía de su hermano como funcionario de confianza de Régimen correísta en el entorno correísta es otro tema que puede plantear serias  dudas entre no pocos electores.

Que Lasso encuentre una fórmula para volverse empático y creíble y supere a Cynthia, puede ser cuesta arriba, pero para eso existe el marketing político, siempre y cuando el candidato sepa escuchar y asimilar consejos de expertos y los valore por sobre el ego propio o el de su círculo íntimo.

Finalmente, la estrategia de Alianza País era crónica anunciada. El juego del policía bueno y el policía malo opera a la perfección al tener en escena a dos candidatos presidenciales y un mismo binomio; una especie de santísima trinidad electoral donde Correa, Moreno y Glas  cumplen roles específico para fortalecer su posicionamiento territorial, manejar la agenda pública y ciertamente confundir a los electores que no saben quién mismo es el candidato a la presidencia, quién gobernaría el Ecuador en el caso de que AP gane las elecciones, y si los chinos aprenderán español o en las escuelas del milenio se eliminará el quichua para introducir el mandarín como materia obligatoria.


El binomio Lenín Moreno—Jorge Glas intenta mantener el proyecto político del oficialismo por cuatro años más.

También es necesario comentar sobre un par de tendencias adicionales que pueden resultar claves para el elector indeciso y el ciudadano que gusta estar bien informado:

La tendencia de determinadas casas encuestadoras que permanentemente posicionan datos que favorecen a un candidato en particular;  y la tendencia a ubicar siempre en el último  lugar a uno de los que están en el pelotón de opcionados, para perjudicarlo.

Una lectura cargada de inocencia o de pragmatismo supondría que no hay razón para dudar de la metodología de investigación, los datos expuestos, y menos aún, de la reputación de las encuestadoras. En cambio otra mirada cargada de la obligatoria suspicacia y duda que debería tener un consultor o un asesor en campaña, sospecharía por lo menos ya que sabemos  que las coincidencias en política no existen,  y  que probablemente, de algún modo, el esquema técnico que sustenta ciertas encuestas apunta a favorecer a unos candidatos y debilitar a otros. ¿Qué tipo de elector es usted? ¿Se alinea con la mirada confiada o con la mirada suspicaz cuando está frente a una encuesta?

No son las encuestas las que ganan elecciones, sino las buenas campañas, los candidatos creíbles, y las estrategias adecuadas. La creatividad, la decisión, la valentía, la voluntad y hasta la audacia  de los seres humanos son superiores a cualquier artilugio de la mercadotecnia.

Si algo he aprendido en casi 30 años de estudiar y ejercer consultoría política, es que no son las encuestas las que ganan elecciones, sino las buenas campañas, los candidatos creíbles, y las estrategias adecuadas. La creatividad, la decisión, la valentía, la voluntad y hasta la audacia  de los seres humanos son superiores a cualquier artilugio de la mercadotecnia y son capaces de vencer el miedo y sortear obstáculos aparentemente insalvables.

El mejor candidato en una situación de crisis como la que vive y se aproxima para el Ecuador, no es ningún pusilánime, no es un demagogo, no es el que tiene la mejor billetera, ni el que rueda por caminos preparados de antemano con cara de no romper un plato; el candidato deseable en un país en crisis es el que conjuga la imagen de liderazgo firme, pero sereno; capaz de dirigir como de dialogar; honesto y con experiencia en el manejo de la cosa pública.

A decir de la oposición, el gobierno ha sido capaz durante una década, de manejarse cómoda y convenientemente entre la corrupción y la impunidad. El híper presidencialismo, la toma de la institucionalidad pública, la cooptación de los organismos de fiscalización, justicia y control y participación; así como la colonización de la esfera pública mediante una campaña de comunicación permanente; sin olvidar la presión judicial,  la división a gremios, la bronca contra periodistas y medios de comunicación,  el sojuzgamiento  a las Fuerzas Armadas, la criminalización de la protesta social, son solo algunos de los defectos “de buena fe” que engordan una extensa lista que la oposición no perdona al régimen.

Sobre estos temas o sobre sus propuestas de gobierno, el candidato Moreno no ha dicho absolutamente nada. No ha hablado sobre ellos todos los años que estuvo en Ginebra y no hay razones para creer que empezará a hacerlo ahora. Parte de la estrategia electoral de la llamada “revolución ciudadana” ha consistido en preservarlo de la contaminación política para mostrarlo en campaña como una suerte de reserva moral de la revolución. Quizás preveían años atrás, que necesitarían una poderosa reserva moral para lavarles la cara a algunos de sus malos muchachos; sin embargo casos de corrupción como el de Petroecuador y ahora Odebretch, hacen difícil creer que la reserva moral alcanzará para ganar en primera vuelta; de hecho, la sola persistencia de un 50% de indecisos debería bastar para convencer a quienes mueven los hilos del poder, de que fraguar un triunfo en primera vuelta es un bodrio difícil de digerir, incluso para los mismos militantes verdeflex.

Hace pocos días, durante una charla impartida a jóvenes de distintas tendencias políticas, hombres y mujeres de distintos estratos sociales y formación académica, uno de ellos representando el  sentir de los asistentes cuestionó: ¡¿Qué clase de sociedad es la nuestra, que ha generado los políticos que tenemos?!; Seguidamente, una joven agregó “… es indispensable formar personas que puedan volver a la política una actividad respetable”. Son los hijos de la crisis del salvataje bancario, y han vivido la política de la era correísta. Hasta el momento ningún candidato ha logrado captar su atención, sin embargo empiezan ya a decantarse evaluando sus propias experiencias dentro y fuera del país, e interpretando a su manera las versiones que desde el oficialismo y desde la oposición se esgrimen sobre el pasado, el presente y el incierto futuro que se cierne sobre todos.

El rol del control electoral ejercido por ciudadanos es fundamental. Las publicitadas visitas de observadores internacionales en la práctica no sirven de mucho; es la sociedad civil la única que puede precautelar que se respete la voluntad popular.

Para afirmar su postura y tomar una decisión los jóvenes y otros actores evalúan las alternativas disponibles marcadas en un contexto caracterizado por la emergencia y creciente protagonismo de grupos sociales emergentes, la influencia de las redes sociales, la habilitación de metodologías de investigación capaces de explorar el inconsciente individual y su aplicación en estrategias de campaña, se suman a los consabidos diagnósticos que ponen énfasis en la crisis de representación de los partidos tradicionales, el colapso de modelos anclados a las publicitadas  utopías amamantadas por la izquierda tradicional, las paradojas entre los conceptos de libertad y el inmisericorde modelo de explotación de recursos naturales y humanos auspiciada por el liberalismo.

Sin embargo, hay una importante masa más interesada en respuestas concretas que satisfagan sus aspiraciones y señalen el camino que gobernantes y gobernados deberán recorrer en base a un programa expedito que vaya a satisfacer sus necesidades. Es una población que votará más guiada por la emotividad que por la razón y se encuentra dispersa en todos los estratos económicos y sociales; ello complejiza aún más todo intento de pronosticar el desenlace electoral, sin riesgo de hacer el ridículo.

Por cierto, el rol del control electoral ejercido por ciudadanos es fundamental. Las publicitadas visitas de observadores internacionales en la práctica no sirven de mucho; es la sociedad civil la única que puede precautelar que se respete la voluntad popular y no se pierda en el CNE lo que se ganó en las calles y plazas del país.

El futuro del Ecuador se juega entre antagónicas opciones de cambio o continuismo, en un escenario marcado por la polaridad y la incertidumbre. Mucho más que en las elecciones realizadas en el país allá por 1979, desde la vuelta a la democracia, en los comicios del 19 de febrero próximo se enfrentan esta vez dos modos de ver, entender y procesar la política. Una década después  fallido proyecto revolucionario que en sus inicios encarnó el presidente saliente Rafael Correa en representación de la indiscutible mayoría de ciudadanos, la continuidad de este modelo en decadencia es evidente. Los candidatos del continuismo y los que le apuestan al cambio, reclaman para sí, la capacidad de superar el momento que vive el Ecuador. El perverso destino electoral que parece haberse fraguarse para febrero 2017, no puede estar rendido a los designios de un títere manipulado por un tirano.

El progreso y la posibilidad de un Estado de bienestar asentado en instituciones políticas sólidas, liderazgos modernos, y ciudadanos responsables esperan con la mirada puesta en los próximos comicios. La elección correcta pasa por reconocer que en el futuro inmediato nada será fácil, pero todo podrá ser mejor.  El peor escenario será el triunfo de un país que repita su vieja costumbre de encumbrar indeseables al poder, con el voto de ciudadanos arraigados en la cultura paternalista, mal acostumbrados a votar entre santos y demonios escapados desde el origen de nuestra vida republicana, de la Caja de Pandora política; la misma que desde hace una década, nos recuerda a diario que en el fondo de la Caja sigue aguardando la esperanza. 

De modo que pensabais
que había que inventar los increíbles.
Pero, entonces, ¿no habéis estado en mi país…?

Jorge Enrique Adoum; en Yo me fui con tu nombre por la tierra, 1964