Lecciones del caso Bolsonaro: lecturas para una nueva izquierda

Lecciones del caso Bolsonaro: lecturas para una nueva izquierda
Las alertas sobre la deriva del PT de Brasil hacia un progresismo alejado de la izquierda fueron desoídas. Cuestionamientos sobre temas fundamentales como los impactos del “neodesarrollismo” primarizado no sólo se desatendieron, sino que además activamente se combatieron los debates y se marginaron los ensayos que buscaban alternativas al desarrollo. Distintos actores, tanto dentro de esos países como desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma, con el pretexto perverso de “no hacerle el juego a la derecha”.
05 de Noviembre del 2018
Alberto Acosta y Eduardo Gudynas

Cual círculos concéntricos se difunden en América Latina los impactos y las implicaciones de la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, y Ecuador no escapa a ese fenómeno. El triunfo de la derecha extrema brasileña merece un análisis, más aún en un contexto donde el progresismo de Rafael Correa está en retirada inclusive por la acción de su propio candidato a sucederle, Lenín Moreno, alguien en franca aproximación al conservadurismo.

Toda América Latina está siendo aleccionada tanto por el triunfo de Bolsonaro —un político casi desconocido de extrema derecha— como por su contracara, el retroceso del Partido de los Trabajadores (PT) y de otros grupos. Sin ser la única explicación, es claro que el fracaso de los progresistas (1), caracterizados por sus exacerbados extractivismos (2), crea las condiciones para que emerjan gobiernos ultraconservadores con rasgos fascistas. Las izquierdas del Ecuador y de todo el continente están conminadas a aprender de lo que allí sucedió. Y les tocar asumir un enorme reto, pues para gran parte de la sociedad el fracaso de los progresismos -que sintetiza incluso una derrota cultural y simbólica de muchas ilusiones y promesas de cambio- es también una frustración atribuible a las izquierdas.

Nuestro objetivo es  promover una reflexión que sea útil para identificar lecciones que sirvan a una renovación de las izquierdas e impidan fenómenos similares a Bolsonaro en los demás países.

Aquí presentamos algunas reflexiones preliminares sobre lo sucedido, intercalando apreciaciones enfocadas en Ecuador, con el propósito de aprender y desaprender. No apostamos a repetir ni la información circulante de estos días ni las explicaciones simplistas, sean aquellas que ven un complot del imperialismo coaligado con las fuerzas más conservadora del Brasil, o las de que culpan de todo al Partido de los Trabajadores, o los que consideran ingenuamente que el triunfo de Bolsonaro fue simplemente el resultado de la propaganda. Nuestro objetivo es, en cambio, promover una reflexión que sea útil para identificar lecciones que sirvan a una renovación de las izquierdas e impidan fenómenos similares a Bolsonaro en los demás países.

Progresismos e izquierdas: son diferentes

En toda Latinoamérica, los diversos grupos políticos conservadores realizan un activo entrevero de hechos para desacreditar cualquier opción hacia la izquierda. Se mezclan las severas crisis democráticas —no solo económicas— de Venezuela y Nicaragua con la crisis del PT en Brasil, para insistir en que las opciones de la izquierda son imposibles, están fatalmente teñidas de corrupción y hasta sangre, y así sucesivamente. Pero justamente la crisis brasileña muestra la urgencia de insistir en las diferencias entre progresismos e izquierdas.

Es que muchos de los problemas del Brasil resultan, como se verá más abajo, de una gestión de gobierno del PT y sus aliados donde -poco a poco- olvidaron sus metas iniciales de izquierda para transformarse en progresismos. Esto nunca lo ocultaron, sino que hicieron de ello uno de sus atributos. Por ende, una primera lección crucial es que izquierdas y progresismos no son lo mismo.

Humildad para entender los humores del pueblo

El gobierno de Lula da Silva repetidamente se presentó como ejemplo de las llamadas “nuevas izquierdas” en toda América Latina y el mundo. Múltiples grupos de izquierda de distintas naciones lo tomaron como ejemplo. Es más, se insistía en que la mayoría del “pueblo” adhería a la izquierda, explicando así victorias electorales como las de Dilma Rousseff.

Sin embargo, en un proceso relativamente veloz —y lleno de abusos jurídicos por parte de grupos conservadores y corruptos— el PT perdió el control del gobierno. Rousseff fue removida de su cargo, y terminó de presidente un político de derecha poco conocido y corrupto: Michel Temer, quien era vicepresidente de la misma Rousseff.

El triunfo de Bolsonaro evidencia que la sociedad brasileña es mucho más conservadora de lo pensado, y que aquel mismo “pueblo” que antes aplaudía al progresismo, ahora en su mayoría festeja y celebra a un candidato prolífico en discursos de tono fascista.

El cambio fue extremo. Y el mismo triunfo de Bolsonaro evidencia que la sociedad brasileña es mucho más conservadora de lo pensado, y que aquel mismo “pueblo” que antes aplaudía al progresismo, ahora en su mayoría festeja y celebra a un candidato prolífico en discursos de tono fascista, sin obviar que hay componente de voto rechazo al PT.

Aquí nace otra lección: hay que ser cautos al usar categorías como “pueblo”, y ser humildes al aseverar cuáles son los pensamientos o sensibilidades prevalecientes. El “triunfalismo facilista” resultó miope ante una sociedad brasileña que no era tan “de izquierda” como parecía y cuyo conservadurismo está más extendido de lo que se suponía. Esta es una cuestión delicada pues parece nacer de las creencias propias del individualismo, del consumismo, y demás patologías de una prosperidad que entiende como normal -y hasta necesaria- la existencia de profundas diferencias sociales, al punto de aceptar la violencia como herramienta de “limpieza social”.

Valdría en este punto recoger las oportunas reflexiones de Maristella Svampa, quien anota que “hay algo del orden de ‘lo impensable’ en esta emergencia de la ultraderecha, que evidencia la fragilidad de los valores democráticos e instala un clima social regresivo, hay que decir que todo esto se nutre de un fascismo social preexistente”  (4). Agrega que esto “no sucede de la noche a la mañana, pero una vez que coagulan ciertas dinámicas sociales regresivas puede verse con claridad que estamos frente a otro escenario, muy distinto al anterior”, donde no pueden olvidarse acciones como las de las iglesias evangelistas en el caso brasileño.


Seguidores de Jair Bolsonaro celebran su triunfo en las calles de Río de Janeiro.

Derechas sin disimulos y progresismos disimulando ser izquierda

Seguidamente se evidencia otro aprendizaje: los riesgos de un programa recostado sobre sectores conservadores para ganar elecciones. Una postura para la cual primero se debe “ganar” y luego, desde el palacio de gobierno, se “cambiará” al Estado y a la sociedad. Ejemplos de esto son las acciones que van desde la adhesión a un orden financiero (en la muy conocida Carta al Pueblo Brasileño firmada por Lula en plena campaña electoral) hasta la articulación política con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) de centroderecha para lograr “gobernabilidad”. Le siguieron otras concesiones clave en las estrategias de desarrollo, enterrando las transformaciones estructurales del aparato productivo y repitiendo la lógica primario exportadora. Este es justamente uno de los aspectos que caracterizan al progresismo y lo diferencian de las izquierdas (5).

Así, se cae en una situación donde el progresismo una y otra vez disimula que es una izquierda, mientras que la nueva derecha nada disimula ni oculta. Bolsonaro critica abiertamente a negros o indígenas, es homofóbico y misógino, ironiza con fusilar a militantes de izquierda o defiende la tortura y la dictadura. Es ese tipo de discurso el que es apoyado por una proporción significativa de la sociedad brasileña, nos guste o no.

Desarrollo nada nuevo sino senil

La urgencia de distinguir entre progresismos e izquierda también es evidente al analizar las estrategias sobre desarrollo seguidas por el PT en Brasil. El camino de Lula y Dilma fue el “nuevo desarrollismo”, cuya base son las exportaciones primarias ampliando las fronteras extractivistas y la captación de inversión extranjera para lograrlo, alejándose de muchos reclamos de la izquierda. Una lógica repetida en todos los países gobernados por el progresismo; en Ecuador, por ejemplo, Correa devino en el gran promotor de la megaminería (6) y su gestión, además, no impulsó transformación estructural alguna, por lo que bien se puede hablar de “una década desperdiciada (7).

En efecto, Brasil se convirtió en el mayor extractivista minero y agropecuaria del continente. Así aceptó una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en sectores como la industria, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda. Esta siempre aspiró a las alternativas que sacaran a nuestros países de esa dependencia.

Brasil se convirtió en el mayor extractivista minero y agropecuaria del continente. Así aceptó una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en sectores como la industria.

En su esencia, la estrategia neodesarrollista no difiere mucho de la que siguió, por ejemplo, la administración de Correa en Ecuador. Sin duda hay matices, en especial por una mayor presencia estatal en Brasil con enormes empresas multinacionales como Petrobras (hidrocarburos) o Vale (minería), en parte estatales o controladas y financiadas por el gobierno. Más allá de las arquitecturas financieras y empresariales, se repetía el extractivismos y la exportación de materias primas, y con ello se generaba desindsutrialización. Y vale tener siempre presente que el extractivismo sirve al rentismo, alienta el clientelismo, gobiernos autoritarios y la corrupción.

Las limitaciones de tales estrategias se disimularon en Brasil con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas: consumismo popular, subsidios y asistencias a sectores extractivos, apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales).

Todo esto explica que el “neodesarrollismo” termine apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles, como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

El PT contribuyó sustantivamente a la defensa cultural de esas estrategias, y por ello en Brasil no ocurrieron debates como los vistos en Ecuador cuando desde la sociedad civil se propuso la Iniciativa Yasuní-ITT (pensando alternativas ante el inminente agotamiento de los hidrocarburos). La izquierda ecuatoriana debería considerar este tema, convocando a las reflexiones sobre cómo salir de los extractivismos, aprovechando que incluso hay mandatos constitucionales afincados en los derechos colectivos de los pueblos y los Derechos de la Naturaleza, que demandan dichas transiciones.

La caída de los precios internacionales de las materias primas mostró que las ayudas mensuales que se otorgaban en Brasil a los sectores marginados sin duda son importantes, pero no superan realmente la pobreza, además que persistió la excesiva concentración de la riqueza, y parte del financiamiento a las corporaciones se perdió en redes de corrupción. La reducción de la pobreza se acompañó de un simultáneo incremento de la concentración de la riqueza: “ricos muy bien, pobres (ligeramente) menos mal”, tendencia denominada por Jürgen Schuldt como un “hocico de lagarto” (8).

Dicho “hocico de lagarto” muestra que es factible mejorar la distribución del ingreso a la vez que la “riqueza” sigue concentrada, cuando existen abundantes ingresos para el fisco, debido al incremento de los precios de las materias primas. Es decir, puede reducirse la pobreza sin tocar a los ricos, aumentando la equidad entre hogares sin enfrentar las desigualdades estructurales. Dicha hipótesis puede matizarse según los ciclos capitalistas: en auge, el lagarto capitalista “abre su hocico” y estruja -explota- menos a las clases trabajadoras; en cambio, en momento de crisis, el hocico se “cierra” y aprieta con más fuerza, para sostener la concentración de medios de producción y la acumulación del capital de los grandes grupos. Grupos que, sin duda, sea en el Brasil del PT o en el correísmo ecuatoriano vivieron tiempos dorados.

En Brasil y en el resto de la Latinoamérica vemos una incapacidad para transformar la esencia de sus estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia en las materias primas, con China como nuevo referente, con graves efectos en la desindustrialización y fragilidad económica y financiera. El “neodesarrollismo” extractivista vislumbrado por el progresismo  no es “nuevo”, es tan viejo como las colonias durante las cuales nació el extractivismo.

Asimismo, vale recordar que el PT de Brasil no contó en sus inicios con un debate ciudadano tan innovador como el que más o menos en esos mismos años ocurría en los países andinos con el Buen Vivir. En Ecuador, la formulación original de esa idea constituía una crítica y alternativa al desarrollo extractivista. Sin embargo, el progresismo gobernante impuso su propia versión desarrollista, reformuló o maniató aquel Buen Vivir, y lo transformó en instrumento de poder y simple herramienta para la propaganda. Con ello perdió una de sus innovaciones más trascendentes. Las izquierdas deberían observar esto con atención y colocar entre sus prioridades recuperar esa discusión original.

La lección aquí, para las izquierdas en el resto del continente, es que la reflexión sobre las alternativas al desarrollo sigue siendo clave. Se podrá tener un discurso radical, pero si las prácticas de desarrollo repiten los viejos estilos, se quiera o no, se caerá en políticas públicas convencionales, y es esa convencionalidad lo que caracteriza a los progresismos y permite diferenciarlos de las izquierdas.


Jair Bolsonaro y su esposa. El triunfo del candidato derechista rompe una racha de 15 años de la izquierda en Brasil. Foto: EFE

Clientelismo versus justicia social

El “nuevo desarrollismo” también buscó superar algunas situaciones políticas y sociales que deterioran, por ejemplo, derechos y democracia. El discurso lamentablemente se distanció cada vez más de la práctica. Las políticas sociales clientelares pueden paliar la pobreza temporalmente, pero no construyen ciudadanías sólidas desde donde reclamar derechos. Tampoco se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos, sociales y políticos nada neutros, y más bien contrarios a la esencia de la izquierda, como era la misma  ampliación de los extractivismos o la concentración del poder en manos de caudillos. Como resultado, emergieron condiciones para el retorno de la derecha, dejándose servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil sostenerse en el poder.

Además, la fragilidad del neodesarrollismo hace que los progresismos no resuelvan sus crisis desde una perspectiva de izquierda sino desde el conservadurismo. El PT erosionó la calidad política y aplicó, por ejemplo, flexibilizaciones ambientales y laborales para atraer inversores. En Ecuador, luego de un primer distanciamiento del FMI y de las políticas neoliberales, desde 2014, cuando los precios del petróleo bordeaban los 100 dólares por barril, el correismo se encaminó a un retorno neoliberal-conservador, aunque manteniendo el discurso progresista y hasta de izquierda. Esta evolución se ha acelerado con el gobierno de Monero.

En Brasil, el PT aprovechó distintas circunstancias para reducir la pobreza y alcanzar otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe aplaudirse (9). Pero, mucho de ese esfuerzo —como pasó en Ecuador— descansó en el asistencialismo y la mercantilización de la sociedad y de la naturaleza. La bancarización y el crédito explotaron, y el consumismo se acentúo, confundiéndolo con mejoras en la calidad de vida.

El progresismo olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente en el siglo pasado. 

El progresismo aquí olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente en el siglo pasado. Esa meta sigue vigente —y pendiente— en Ecuador. A su vez, la insistencia progresista en el crecimiento económico como fundamento del desarrollo reforzó un mito aprovechado por Bolsonaro, presentándose como el mejor mediador para alcanzar esa meta. Lo mismo ocurre en Ecuador y otros países, donde los gobiernos insisten en el crecimiento económico como la gran meta a perseguir. En cambio, las izquierdas deben, en el siglo XXI, atreverse a poner en discusión ese reduccionismo.

La idea de justicia en Brasil también se redujo a enfatizar ciertas formas de redistribución económica, mientras que los derechos de ciudadanos y de diversas comunidades, sobre todo indígenas, siguen en fragilidad. No puede obviarse que Brasil, por ejemplo, lidera los indicadores mundiales en asesinatos de quienes defienden la tierra (según Global Witness). Sin llegar a esa violencia extrema, merece mención la criminalización a los defensores y las defensoras de la Naturaleza, sobre todo indígenas, por parte del correísmo.

Las izquierdas no deberían entramparse en los reduccionismos. Es hora de aceptar que la justicia social implica mucho más que redistribuir, así como que la calidad de vida rebasa al crecimiento económico. Una izquierda renovada jamás deberá tolerar el debilitamiento y menos aún la criminalización de los movimientos ciudadanos o sociales. Al contrario, una verdadera izquierda debe promover y fortalecer la organización popular autónoma el marco de los derechos humanos y de la Naturaleza. Y en todo momento y en todo lugar (sea en Colombia o Perú como en Venezuela o Nicaragua) debe defender dichos derechos, más aún desde el gobierno, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Ruralidades conservadoras

Las cuestiones alrededor de las ruralidades y las estrategias de desarrollo agrícola, ganadero y forestal también dejan lecciones. Sin duda Bolsonaro llega a la presidencia apoyado, entre otros, por un ruralismo ultraconservador que festeja sus discursos contra indígenas, campesinos y los sin tierra, y que incluso reclama el uso de la violencia armada.

El problema es que esa “bancada ruralista” que hoy apoya a Bolsonaro ya estaba en el gobierno, en tanto Dilma Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu). Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos. Son progresismos que les dan lugar bajo discursos de pluralidad y gobernabilidad y necesidad de estabilidad y apoyos electorales.

El retroceso del progresismo también responde a su incapacidad en promover una real reforma agraria o en transformar la esencia del desarrollo agropecuario. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica y se multiplicaron los monocultivos y la agroindustria de exportación, sin cobijar de igual forma a los pequeños y medianos agricultores. Otras administraciones progresistas, en especial las de Argentina y Uruguay, apostaron al mismo tipo de agropecuaria.

Las izquierdas deben proponer una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que se le dan, el papel de proveedores de alimentos para el propio país y luego para el comercio global.

En suma, los progresismos no exploraron alternativas para el mundo rural, insistiendo en el simplismo de apoyar los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, dar asistencias financieras a campesinos. En Ecuador, por ejemplo, Correa, en contra de los mandatos constitucionales se opuso a dar paso hacia una reforma agraria. Todos estos son temas sensibles en este país y en casi todos los países de la región, y si bien esquivarlos podría mejorar algunas chances electorales, una real izquierda debe abordarlos. 

Las izquierdas, sin dudar un momento, deben proponer una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que se le dan, el papel de proveedores de alimentos sobre todo para el propio país y luego para el comercio global. Las izquierdas deben, inclusive, entender el territorio como espacio de vida y no solo la tierra como medio de producción: un asunto vital si se quiere realmente impulsar la construcción del Buen Vivir o sumak kawsay, tal como dispone la Constitución de Montecristi.

Radicalizar la democracia

La debacle política brasileña nos recuerda la crucial tarea de radicalizar la democracia, una de las metas del empuje de izquierda de años atrás y que precisamente el progresismo abandonó. Aquella incluía, por ejemplo, hacer efectiva la participación ciudadana en la política y mejorar la institucionalidad partidaria. Una de las grandes líneas rectoras de la Constitución de Ecuador de 2008, que fue marginada y atropellada por el correísmo.

En Brasil sucedió algo similar, Una vez en el gobierno, el PT, concentrando cada vez más poder en el gobierno federal, tuvo un desempeño confuso y hasta perverso: en unos casos volvieron a usar los sobornos a los legisladores (recordar el primer gobierno del PT con el mensalão); persistió el verticalismo partidario (por ejemplo, con Lula eligiendo a su “sucesora”); poco a poco se desmontaron experimentos vigorosos (como los presupuestos participativos); y se desplegaron enormes redes de corrupción con la obra pública. El caudillismo partidario se repitió en otros progresismos: a más del caso ecuatoriano donde Correa eligió a su sucesor, poco antes se registró una acción similar en Argentina en donde Cristina Fernández de Kirchner hizo otro tanto, aunque allí perdió las elecciones.

Es claro que una renovación de las izquierdas debe aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales aspirantes a caudillos.

Una renovación de las izquierdas no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, facilita el surgimiento de oportunistas.

Otra lección es comprender que la obsesión electoralista lleva a prácticas que impiden esa democratización. En efecto, el “miedo a perder la próxima elección” hace que el núcleo gobernante (tanto sus políticos como tecnócratas) se abroquelen, rechacen los reclamos de cambio y apertura, y se inmovilicen. Tal temor se evidencia en el progresismo boliviano con su intento de imponer una nueva reelección de dudosa legalidad. Recordemos que Correa también quiso introducir la posibilidad de una reelección indefinida violentando la Constitución, pero que luego, cuando entendió que su candidatura no avizoraba éxito, retrocedió con una transitoria que postergaba dicha posibilidad. Esta realidad, en parte debida a la incapacidad de fortalecer al propio partido político cobijando sucesores y renovaciones, es otra muestra de debilidad democrática.

Un reto aún mayor para las izquierdas, sobre todo luego de las experiencias progresistas, es comprender el papel que debe asumir el Estado. La inviabilidad histórica de los Estados nacionales se explica en gran parte por no incorporar a pueblos y nacionalidades indígenas. Sin embargo, aún queda la duda de si la incorporación y no marginación de esos grupos basta para crear otra estructura estatal que nos lleve a la gran transformación civilizatoria que nos conmina a superar el antropocentrismo y androcentrismo.


La elección de la alternativa derechista se explica, en gran medida en una reacción de los votantes contra el PT.

Renovación de las izquierdas

El triunfo de la extrema derecha en Brasil debe ser denunciado y enfrentado en ese país, como también deben fortalecerse las barreras que impidan otro tanto en los países vecinos. El caso brasileño además muestra que se debe analizar lo realizado por los gobiernos del PT, por sus aspectos positivos, por su duración (recordemos otra vez que ganaron cuatro elecciones), pero también por sus contradicciones.

Diversas lecciones resultan de observar ese proceso. Las alertas sobre la deriva del PT de Brasil hacia un progresismo alejado de la izquierda fueron desoídas. Cuestionamientos sobre temas fundamentales como los impactos del “neodesarrollismo” primarizado no sólo se desatendieron, sino que además activamente se combatieron los debates y se marginaron los ensayos que buscaban alternativas al desarrollo. Distintos actores, tanto dentro de esos países como desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma, con el pretexto perverso de “no hacerle el juego a la derecha”. Esto no debería ocurrir en los demás países, y es necesario, incluso indispensable, promover ese tipo de debates, enfrentarlos con madurez y respeto, y desechar cualquier dogmatismo.

Las resistencias y alternativas construidas desde lo cotidiano, en especial desde espacios comunitarios, serán la semilla para una recuperación de la izquierda.

A pesar de todo, Brasil y el resto del continente están llenos de resistencias y alternativas construidas desde lo cotidiano, en especial desde espacios comunitarios. Ellas sin duda serán la semilla para una recuperación de la izquierda, desde la crítica al desarrollismo, los empeños para abandonar la dependencia extractivista o los esfuerzos para salvaguardar los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda emancipadora.

Una izquierda que debe renovarse, en tanto no caer en viejas contradicciones, como negar la problemática ambiental, asumir que todo se solucionará con estatizar los recursos naturales o los medios de producción, desatender sus vicios patriarcales o ser indiferente a la multiplicidad cultural expresada por los pueblos indígenas y afro.

La renovación de las izquierdas debe asumir la (auto)crítica, cueste lo que cueste, para aprender, desaprender y reaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en tanto busca una convivencia armónica con la Naturaleza y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista para remontar la inequidad social y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Y, sobre todo, debe ser anticapitalista y antisistémica. Todo esto demanda siempre más democracia, nunca menos.-

Notas

1. Alejandro Teitelbaum ve incluso un paralelismo entre lo que sucede en Europa con los que está aconteciendo en América Latina; El Progresismo colapsado en América Latina, la socialdemocracia en Europa, están dejando la mesa servida a gobiernos ultraconservadores y fascistoides. El caso de Brasil;  El Salmón (Colombia), 1 noviembre 2018, http://www.elsalmon.co/2018/11/el-progresismo-colapsado-en-america.html?m=1.

2. Ver la reflexión en De la resaca del neoextractivismo y los extravíos del progresismo, a los acechos del neofascismo, H. Machado Aráoz, Servindi (Perú), 29 Octubre 2018, https://www.servindi.org/actualidad-noticias/29/10/2018/de-la-resaca-del...

3. Esa distinción en Izquierda y progresismo: la gran divergencia, E. Gudynas, ALAI, 23 diciembre 2013, https://www.alainet.org/es/active/70074, y en La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas, E. Gudynas, ALAI, 7 octubre 2015, https://www.alainet.org/es/articulo/172855

4. La peligrosa legitimación del “fascismo social”, M. Svampa, Rio Negro (Argentina), 2 noviembre 2018,  https://www.rionegro.com.ar/debates/la-peligrosa-legitimacion-del-fascis...

5. Sobre algunos balances realizados dentro de Brasil sobre el desempeño del PT, véase entre otros a A. Singer e I. Loureiro (orgs), As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, Boi Tempo, São Paulo, 2016; también a Francisco de Oliveira, Brasil: uma biografia não autorizada, ?, Boi Tempo, São Paulo, 2018.

6. Ver por ejemplo, De la violación del Mandato Minero al festín minero del siglo XXI, A. Acosta y F. Hurtado Caicedo, Rebelión, 30 junio 2016, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215028

7. La descripción se explica en Una década desperdiciada – Las sombras del correismo, A. Acosta y J. Cajas-Guijarro, CAAP, Quito, 2018, en: https://lalineadefuego.files.wordpress.com/2018/06/libro_la_decada_despe...

8. Véase el artículo con ese mismo término por A. Acosta y J. Cajas-Guijarro, 2018, en https://es.scribd.com/document/391301168/El-gran-fraude-59-76-Alberto-Ac...

9. Véanse por ejemplo los detallados análisis de Lena Lavinas, tales como The takeover of social policy by financialization. The Brazilian paradox, Palgrave McMillan, 2017; y en colaboración con D.L. Gentil, Brasil anos 2000. A política social sob regencia da financierização, Novos Estudos Cebrap, 2018.

*El texto es parte de una serie de análisis sobre las implicancias de los cambios políticos en Brasil en distintos países, iniciada con publicaciones en el semanario Voces (Uruguay), el suplemento Ideas de Página Siete (Bolivia) y el portal Desde Abajo (Colombia).

Alberto Acosta es profesor universitario, fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay.