Así Fernando Villavicencio pidió asilo político

Así Fernando Villavicencio pidió asilo político
A las 12:46 del martes 18 de abril, en el centro de Lima, en una oficina de la Cancillería peruana, el periodista y activista Fernando Villavicencio, junto a su abogado Roberto Pereira, pidió asilo político al gobierno de Perú, luego de permanecer seis meses en la clandestinidad. Esta es la crónica de esas horas.
19 de Abril del 2017
Redacción Plan V

Ponerse en los zapatos de una persona que abandona su país, su familia, amigos, parientes, conocidos; que deja la ciudad donde nació, la actividad que hace para vivir y por vivir, y que de aquí en adelante está dispuesto a someterse a un régimen de silencio a cambio de protección.

Ponerse en los zapatos de una persona que huye de una orden de prisión, el corolario de seis años de persecuciones judiciales, y que a la vez ha publicado varios libros sobre corrupción pública, y ha descubierto y denunciado el atraco más grande a fondos públicos en el sector petrolero en la historia del Ecuador. Los zapatos los calza Fernando Villavicencio, periodista, activista sindical y político, que dirige sus pasos por una calle del centro de Lima, al mediodía del caluroso martes 18 de abril, hacia el ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, para pedir asilo territorial y político al gobierno.

Ha salido del Ecuador ocho días atrás, con su esposa, por la frontera sur, en un vehículo particular hasta la ciudad de Talara, donde han tomado un avión que los llevó a Lima. Ha salido sin nada, como ropa, calzado, útiles de aseo y esas cosas que uno lleva de viaje, más si será para toda la vida. Una semana después alguien le llevaría una maleta llena de ropa que ha enviado su esposa, junto a pocos ejemplares de tres de sus últimos libros publicados.

Villavicencio salió por la frontera sur hasta Talará y desde allí tomo un avión a Lima.   Llevó pocos ejemplares de tres de sus últimos libros. 

La oficina donde Villavicencio deberá dejar el documento de 20 páginas y siete anexos, donde se solicita el asilo, está en el edificio Carlos García Bedoya, en la calle Jirón Lampa, detrás del palacio de Torre Tagle, sede histórica de la cancillería peruana, ahora convertido en museo.  Es una construcción modernista de más de diez pisos de altura, y donde hay un control estricto al ingreso.

El primer escollo es un guardia al cual el abogado debe explicar que el y su acompañante entrarán a solicitar asilo político. El guardia se acerca a su micrófono diminuto que pende de su solapa y anuncia que tres personas están en la puerta principal y van a pedir asilo. No refugio, asilo, aclara. Tras una pequeña conferencia con su micrófono permite el paso. Luego se acercan a un mostrador grande donde una señorita atiende amablemente. –¿Asilo? Pregunta. Sí, el abogado Roberto Pereira vuelve a explicar el tema: el señor aquí a mi lado…

Villavicencio viste una camisa manga corta color celeste y un pantalón azul oscuro. Mientras la señorita lo observa fríamente, él se quita las gafas negras. El abogado pide hablar con un funcionario de la oficina de Derechos Humanos de la Cancillería. No está, ha salido a una reunión fuera de la oficina. Vuelve a llamar a otra funcionaria, y pone al abogado Pereira al teléfono. Este explica por tercera vez: mire doctora, estamos aquí con un solicitante de asilo territorial… No, es ecuatoriano. Ella anuncia que bajará de inmediato.

Villavicencio ingresa a la sede de la Cancillería peruana donde pidió el asilo.

En una pequeña sala de sillones negros y elegantes, Villavicencio y su abogado esperan. Aprovechan para revisar nuevamente las tres copias simples del documento que entregarán, en tres carpetas. Es el momento esperado. Entonces, el periodista que denunció las irregularidades de Refinería Esmeraldas, por las cuales hay un ministro fuera del país, y varios ejecutivos de la estatal presos; el periodista que denunció las irregularidades millonarias de los convenios petroleros con Petrochina, firma su petición de asilo. Lo hace sin ceremonia y aparentemente sin pensar en nada, mecánicamente.

Esos documentos han tenido una preparación rigurosa. En los papeles que leerá el viceministro de Relaciones Exteriores del Perú, y un comité de expertos y funcionarios que deberá presentar un informe con las respectivas recomendaciones, se tiene que demostrar claramente que el peticionario, Villavicencio, de profesión periodista, es un perseguido político, y que la orden de prisión de la cual huye en la práctica, es producto de esa persecución del gobierno de Rafael Correa que además controla la administración de justicia. 

El Ipys acogió de inmediato el caso de Villavicencio, una vez que Fundamedios hizo las gestiones para que pueda ser recibido en la capital peruana.

Se tiene que demostrar las irregularidades y violaciones al debido proceso de nada menos que tres procesos penales que se han seguido en su contra; se tiene que mostrar cómo el gobierno del Ecuador ha desacatado las medidas cautelares que la CIDH otorgó a Villavicencio, Cléver Jiménez y Carlos Figueroa. En esas páginas está el relato detallado de los juicios, allanamientos, insultos, juicios de insolvencia, el pago de 47 mil dólares a Rafael Correa, las intimidaciones y amenazas de muerte recibidas por su esposa y sus dos hijos pequeños. Es un documento que ahora tiene carácter de reservado, que no puede ser difundido ni publicado.

El documento ha sido trabajado varios días y fue pulido hasta las dos de la mañana en el restaurante La Esquina, en Miraflores, entre el abogado Pereira y Villavicencio, amenizados ellos por el humor irónico del Ricardo Uceda, director del Instituto Prensa y Sociedad, Ipys, con sede en Lima, y uno de los periodistas de investigación más respetados de América. El Ipys acogió de inmediato el caso de Villavicencio, una vez que Fundamedios hizo las gestiones para que pueda ser recibido en la capital peruana. 

Fue el propio Uceda, que camina con dificultad extrema ayudado por un bastón, debido a una lesión de su pierna derecha quien en la mañana de ese martes 18 de abril, sacó copias  y organizó los documentos que Villavicencio y su abogado están por entregar. Mientras el periodista da dos entrevistas a CNN y al diario La República de Lima, en el centro de la capital, él está en un local de copiado, donde una eficaz dependienta ayuda a imprimir cada uno de los documentos y a ordenar cuidadosamente los anexos. Uceda no acompañaría a su colega Villavicencio hasta la oficina donde se pide el asilo. El trajín ha recrudecido su lesión, y no puede más con el dolor.

Con el periodista de CNN a quien le muestra el último libro que publicó: El feriado Petrolero.

El abogado Pereira y el peticionario escuchan con atención las explicaciones de la eficaz funcionaria de la diplomacia peruana que explica el procedimiento a seguir, en la planta baja del edificio García Bedoya. Y pide que se entreguen los papeles respectivos en la llamada Mesa de Partes, o sea, la oficina de recepción de documentos, que aún conserva la denominación que la colonia española le daba. Y luego esa petición llegará a las manos de la funcionaria y de su jefe, el director del Departamento de Derechos Humanos. El abogado Pereira consulta cuál es el estatus ahora de su patrocinado, pues él entró de forma irregular al Perú y si este puede ser objeto de una sanción migratoria e incluso de una expulsión si es que las autoridades ecuatorianas lo requieren.

Ella explica que desde el momento que se pide al asilo, el peticionario se convierte en solicitante de asilo y eso está protegido por las Naciones Unidas, que Perú ha respetado siempre. Y que cualquier petición que pudiera hacer el gobierno y la justicia ecuatorianos deberá entrar por Cancillería, la cual deberá observar la condición del señor Villavicencio y actuar en consecuencia. El trámite para conceder el asilo puede ser largo o corto, dependiendo de la dificultad del caso, explica la funcionaria. No hay tiempos predeterminados en esto, como en un proceso judicial. Es, evidentemente, un tema político. La palabra queda flotando en el ambiente.

El trámite para conceder el asilo puede ser largo o corto, dependiendo de la dificultado del caso. No hay tiempos predeterminados en esto, como en un proceso judicial.

Hay que hacer una pequeña fila para entregar los documentos en la Mesa de Partes, en el subsuelo del mismo edificio. Villavicencio se excusa de ese nuevo trámite y se sienta en una silla. Se lo ve demacrado, se le ha bajado la presión: ya llevo días así, se disculpa mientras se coloca las gafas, cierra los ojos y prácticamente se recuesta en la pequeña sala contigua.  

En la espera el abogado echa una última lectura a las primeras frases del documento que va a ingresar: Fernando Alcibiades Villavicencio Valencia, identificado con Cédula de Ciudadanía (...) ante ustedes me presento para solicitarles lo siguiente: Que, por encontrarme en una situación de grave e inminente peligro para mi libertad e integridad personal y la de mi familia, como consecuencia de la persecución política por parte de la Presidencia de la República y de diversas instancias del sistema de justicia de la República del Ecuador, me vi en la imperiosa necesidad de abandonar mi país y pedir protección (...).

El abogado Roberto Pereira junto a Villavicencio en la Cancillería del Perú, en Lima.

Al llegar a la ventanilla, el abogado Pereira vuelve a explicar, por cuarta ocasión, que se trata de una petición de asilo político. El funcionario recibe los documentos y pregunta si están foliados. No. No importa, dice, y pone el sello de recibido. Pregunta si ha puesto los teléfonos, la dirección física y electrónica del solicitante y del abogado. Así es, responde Pereira. Eso es todo, dice el funcionario mientras le devuelve una copia sellada. Nosotros los llamaremos