Drogas: entre el mal y el deseo, el placer y la prevención

Drogas: entre el mal y el deseo, el placer y la prevención
La mariguana podría sacar al sujeto de los espacios del mal-estar y decirlo a otros en los que es posible vivir experiencias de beatitud, quizás excepcional. Sin embargo, el sujeto no podría acercarse a la mariguana sin una suerte de protección eminentemente simbólica que representa al orden social. En efecto, la ley y el orden nos protegen de ese riesgo de aniquilamiento que nos rodea a cada uno de nosotros.
13 de Noviembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Quiero comenzar volviendo al exergo del Capítulo dos del libro Ecuador y la mariguana, y con el que Camus termina su novela La peste. 

El doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Porque la presencia de las drogas en el mundo contemporáneo ha sido repetidas veces calificada como la peste del siglo XX, una peste que se extiende hasta nuestros días y que no tiene aun fecha de terminación. Para entonces, la presencia de la peste constituía una suerte de escenificación del infierno en la sociedad. La peste constituía una suerte de invasión absoluta del mal en una sociedad  porque, de tal manera atacaba a la población, que rápidamente una ciudad quedaba absolutamente diezmada. La peste era el horror en persona, más aún, constituía la personificación del mal.

Pero la peste no llegaba sin más ni más. Al significar la presencia del mal, necesariamente hacía referencia a la culpa y al castigo. Dios enviaba la crueldad de ese castigo a una sociedad por sus crímenes y pecados, por sus malas obras y sus pérfidas intenciones y deseos. La peste era, pues, el gran castigo llamado a significar el pecado y la culpa de la sociedad. Un castigo sin redención alguna. Los únicos que se salvan son los buenos, los siervos de Dios, aquellos que se han alejado del pescado y que, por ende, se hallan sin culpa.

Pero, al final, llega al hospital un niño contaminado con la peste. Un niño inocente que no ha cometido aún ningún mal. Un niño sin culpa pero que, sin embargo, va a morir. Entonces el doctor Rieux le pregunta al sacerdote, que no ha cesado de predicar la teoría del mal y del castigo, le pregunta, dígame, padre, y ¿qué pecado cometió este niño?

Por supuesto, no soy el doctor Rieux, pero si me propongo analizar el tema la presencia de las drogas en la sociedad y, sobre todo, sus usos  desde la concepción del el mal. Quizás el mal por excelencia, la gran lepra del finales del siglo XX y de nuestros días. A finales del siglo pasado, la sociedad, casi sin premeditación y sin ninguna alevosía, decidió enfrentar el uso de cigarrillo por ser el responsable de miles de muertes diarias mediante cánceres de estómago, de labio, de lengua, de esófago.

No se produjo ninguna campaña especialmente dirigida a condenar el uso de cigarrillos, no se prohibió su venta. Algunas tabacaleras pusieron en las cajetillas que el cigarrillo podría producir cáncer. Un decir que no afectó ni conmovió a casi nadie. Sin embargo, al finalizar el siglo pasado, la mayoría de la población de fumadores había dejado de fumar. Se sigue fumando aunque en cantidades absolutamente insignificantes frente a lo que acontecía en la década de los setenta,  por ejemplo. Hoy a nadie se le ocurre fumar en una reunión académica ni siquiera en una reunión social. Buena parte de los fumadores ya no lo hacen en casa, ni en los dormitorios ni junto a niños. El fumador, en ciertos lugares, es casi un paria. Pero, al mismo tiempo, la sociedad no lo persigue, no lo encarcela ni le conduce, a la fuerza, contra su voluntad, a un centro de desintoxicación del cigarrillo.  

En un momento absolutamente mágico, de tanto ser habladas y usadas, las drogas han llegado a formar parte de los lugares comunes de las sociedades. En las últimas décadas. Los discursos sobre las drogas han ido ocupando buena parte de la cotidianidad lingüística, legal, social y hasta política de las sociedades.

En un momento absolutamente mágico, de tanto ser habladas y usadas, las drogas han llegado a formar parte de los lugares comunes de las sociedades. En las últimas décadas. Los discursos sobre las drogas han ido ocupando buena parte de la cotidianidad lingüística, legal, social y hasta política de las sociedades.

Desde entonces, no se deja de hablar de las drogas, de productores y traficantes, y también de los consumidores, de los adictos, de los centros de tratamiento, de las políticas antidrogas, de las toneladas de drogas incautadas, de esa especie de semántica que utiliza el narcotráfico para esconder la droga y hacer que llegue a países remotos.

Porque, se dice, que esa tonelada de cocaína incautada ha quitado millones de dosis de nuestras calles, es decir, miles de conciudadanos, especialmente jóvenes, ya no tendrían acceso a la base, a la cocaína, a la mariguana. Nos felicitamos por las toneladas de drogas incautadas, aunque, en verdad esa droga no estaba destinada al mercado nacional sino al internacional. Porque Ecuador se ha convertido, de pronto, en un país de distribución de droga para todo el mundo. Es el puerto para el embarque con rumbo a los cuatro puntos cardinales.

Pero es preciso reconocer que el marco de este cuadro se halla constituido por un moralismo evidentemente bañado de fatuidad que no ha dudado en dividir el mundo y sus cosas en buenas  y malas. Las drogas constituyen, pues, el mayor de los males posibles, más que la corrupción que se roba millones de millones del erario nacional.

Es fácil caer en la fatuidad cuando se habla de ciertos temas que, de antemano, ya se hallan calificadas por la sociedad y por los poderes políticos. Esa fatuidad se encarga de obstaculizar cualquier tipo de análisis que vaya más allá del cascarón, de las apariencias. Cuando se oficializan los discursos, se los convierte en dogma, como en las religiones.

Entonces las drogas se convirtieron en la presencia paradigmática del mal en la sociedad. Y sus usadores en los representantes paradigmáticos del mal. Pero también es preciso reconocer que toda época histórica requiere de la presencia de íconos que representen el bien y el mal.

En consecuencia, para entender bien el problema de las drogas y su relación con los sujetos usadores, hace falta pensar en las drogas como una entidad social que permitiría la primacía del orden de la subjetividad sobre el de la objetividad. La primacía del orden del misterio sobre el orden del mal. ¿Sabe usted por qué Juan usa drogas de manera compulsiva? La respuesta del discurso profano, casi oficial, es sencilla: porque es un vicioso, porque es malo, un dañado.

Pero la respuesta verdadera debería necesariamente pasar por el orden del misterio, es decir, del desconocimiento. No sabemos, nadie, quizás ni él mismo separa por qué usa drogas o por qué usa de manera conflictiva.  ¿Es acaso lo mismo usar drogas que usarlas de manera conflictiva? ¿En dónde ubicar la pregunta de la conflictividad, en el sujeto o en la sociedad, en la sustancia usada o en los tiempos y frecuencias?

Ante estas preguntas, es posible que el gran filósofo  Z. Kierkegaard nos responda que todo esto pertenece al misterio. Y creo profundamente que es así, que pertenece al misterio exactamente como gran parte, si no la mayoría, de nuestras acciones y, sobre todo, de nuestros deseos.  Los deseos, los placeres, los sufrimientos se hermanan en el mundo del misterio.

El tema de las drogas y de sus usos no puede ser aislado de la sociedad, de la cultura y de la dinamia de cada sujeto. Por lo mismo, es indispensable historizar, es decir, introducir en la historia, en el devenir de la existencia cada proceso individual y social.  Cuando algo es aislado pura. Las drogas son cosa pura cuando se las mira y se las analiza al margen de un sujeto que las usa. Es decir, no es la misma cosa-droga la que vende el traficante que el porro que comparte un grupo de amigos. No es en sí la misma mariguana.

Para el traficante, grande o pequeño, es una sustancia que debe ser vendida y que produce réditos económicos, grandes o pequeños. Para la policía es una cosa que es preciso incautar y destruir. Par el gobierno es también cosa que debe ser incautada, que debe ser perseguida y eliminada.  Estas diferencias de significación son de capital importancia para entender algo que con frecuencia rebasa las posibilidades de intelección.

Esto se halla íntimamente ligado al tema de la prohibición cuya presencia es  absolutamente indispensable, la prohibición en la historia del deseo, es decir, en la historia del sujeto y de la humanidad. Sin prohibición no hay deseo. Sin deseo no hay ni sujeto ni cultura. El deseo versa sobre lo prohibido. Bastaría con ir un momento al mito de origen de Occidente: “podrís comer del fruto de todos los árboles y plantas, pero no podréis comer el fruto de este árbol”. Inmediatamente, desde el mito, la primera mujer extendió la mano y comió el fruto del árbol del bien y del mal.

La prohibición es el origen y el sostén del deseo. Tremendo misterio diría Kierkegaard. Cuanto más se prohíben las drogas, más son buscadas y  usadas. Más se producen y más se venden.

Toda prohibición estaría  destinada a limitar el tránsito del deseo y su realización. Pero la prohibición provoca el deseo y marca su frustración.

La mariguana podría sacar al sujeto de los espacios del mal-estar y decirlo a otros en los que es posible vivir experiencias de beatitud, quizás excepcional.  Sin embargo, el sujeto no podría acercarse a la mariguana sin una suerte de protección eminentemente simbólica que representa al orden social.  En efecto, la ley y el orden nos protegen de ese riesgo de aniquilamiento que nos rodea a cada uno de nosotros.

Por ende, es necesario señalar que  sin frustración no habría deseo. La frustración termina constitiyéndose en la piedra angular de la cultura. Si alguien pudiese realizar todos sus deseos, perdería todo límite y se enfrentaría a la locura y a  la muerte. Como esos usos compulsivos de sustancias en los que el sujeto se atiborra de su droga hasta llegar al límite mismo de la vida y de la muerte, del ser y de la nada.

Se cree que la presencia de las drogas en la cotidianidad social habría comenzado en el último tercio del siglo pasado. Pero no es así. Al contrario, los antiguos textos dicen que se necesitaba algo especial para que el ser trascienda más allá de sí mismo y llegue al lugar, por ejemplo, en el que habitan la vida y la muerte, la oscuridad y la claridad, el placer y el goce, la deidad y el poder. 
Ninguna sustancia sería droga sería tal, es decir, no produciría los efectos que real o supuestamente brinda si no estuviese íntimamente ligada a lo mítico y a lo fantasmal. Esta presencia permite dar cuenta de la complejidad de la vida de los pueblos, de las culturas y sobre todo el sentido de la subjetividad y de su relación con lo misterioso de la existencia desde el nacimiento hasta la muerte. ¿Cómo explicar los sentidos de la muerte como viaje hacia un interrogante que nunca se cierra del todo?

 

Para que una sustancia cualquiera, la mariguana, por ejemplo, puede llegar a ser droga, es necesario que se halle íntimamente ligada con el misterio y el mito, con lo expuesto y con lo oculto. Nada deviene droga si no se liga a su esencia esa parte de misterio que la permite trascender.

De hecho, para que una sustancia cualquiera, la mariguana, por ejemplo, puede llegar a ser droga, es necesario que se halle íntimamente ligada con el misterio y el mito, con lo expuesto y con lo oculto. Nada deviene droga si no se liga a su esencia esa parte de misterio que la permite trascender. De hecho, los usos de drogas difieren abismalmente entre un muchacho colegial y un obrero cualquiera semi analfabeto. Para el segundo, el imperio de lo real puro se impone al dominio mítico al que pertenecen las drogas. Justamente por ello las drogas, como la mariguana, por ejemplo, pertenecen, desde sus orígenes al mundo de lo sagrado.

Culturalmente, ha estado, pues, presente en  aspectos  importantes de la vida y de la sociedad, esta presencia permite dar cuenta de la complejidad de la vida, del misterio de la muerte, de lo abismal del sufrimiento y de lo placentero.

Únicamente así es posible acercarse de manera, diría, real y verdadera al misterio de las drogas. ¿Qué es la mariguana? Sus sentidos y valores transitan un abanico inmenso que tiene que ver con el lugar en el que se ubica histórica y socialmente el llamado a responder a la pregunta. Porque no es la misma  la mariguana para el muchacho que se arriesga a su primera experiencia que la mariguana que fuma el artista. Por lo mismo, tantas mariguanas como usadores, tantas mariguanas como momentos históricos e imaginarios  de los usos.

Esta relación entre el tiempo, el sujeto, el tiempo del sujeto, es decir, su condición existencial, es de capital importancia para entender tanto la presencia de la mariguana en la sociedad como para armar, por ejemplo, un proyecto de educación preventiva. (Algo que, por supuesto, queda absolutamente negado o desconocido en los programas de prevención sostenidos en el “dile NO a las drogas”). 

La historia de la mariguana es larga y compleja, una complejidad que tiene que ver con la posición del sujeto ante el placer y la posición del poder ante el sujeto. No se puede pasar por alto que tan solo los real o imaginariamente  poderosos pueden declarar la guerra. 

Sin embargo, se produjeron resistencias a pensar más allá de un moralismo bañado de fatuidad y que no dudó en dividir el mundo y sus cosas e buenas y malas. Desde ese momento las drogas se convirtieron en representantes del mal. Las drogas devinieron en una entidad social que permitiría la primacía del orden de la subjetividad sobre el orden de objetividad, el del misterio sobre lo obvio de las cosas expuestas en los mega-mercados de los placeres.

Hay que aceptar que la historia de las drogas forma parte, casi desde sus orígenes, de la historia de la humanidad. De hecho, la invención del vino constituye un hito de suma importancia en la mitológica occidental. Desde entonces, los valores de significación recorren todos los senderos de la vida cotidiana de los sujetos  los pueblos, una vida hecha con las normas y sus violaciones, con ritmos y excesos. La mitológica de la primera embriaguez marca un especial porque no es castigada por Yahvé que, al revés, castiga severamente, al hijo que se burla del padre ebrio.

En ese planeta real e imaginario llamado droga, sus habitantes-sustancias son cada vez más numerosas, unas mantienen sus nombres ancestrales, otras han sido renombradas por parte de los usadores y de los poderes de acuerdo a las circunstancias.

En ese planeta real e imaginario llamado droga, sus habitantes-sustancias son cada vez más numerosas, unas mantienen sus nombres ancestrales, otras han sido renombradas por parte de los usadores y de los poderes de acuerdo a las circunstancias.

¿Qué es una droga? ¿¨Por qué algo que, supuestamente, no se hallaría comprendido en aquella malhadada definición de OMS se convierte en droga? Cuando se piensa en los sujetos y no en las cosas ni en las instituciones de control, el concepto de droga se convierte en un abanico de sustancias, de circunstancias y de efectos. Cualquier intento  de construir un relato suficientemente claro y específico se topa con e hecho de que el término droga es absolutamente genérico y que la definición se diluye más cuando de por medio se halla el ácido del moralismo.

Para Marcela Raiden (2012), lo primero que habría que analizar para entender el fenómeno de las drogas es el tema de las identidades por clase porque se ha considerado que   ¨Por otra parte, la droga carece de fronteras y esta especie de pan nacionalidad la torna más compleja. La mariguana en sí misma es la misma (más allá de sus calidades específicas por zonas, climas, etc.), pero  su identidad va a ser dada por el lugar en el que se usa y por las condiciones específicas de su uso. No es la misma la mariguana que usa un viejo profesor de la universidad que se dio su primer pito cuando estudiante universitario, y la mariguana de un muchacho de 15 años-tienen cabida en uno estratos y no en otros.

Uno de los aspectos fundamentales para entender el tema de las drogas es su ilegalismo convertido en el corazón mismo de la sustancia en sí y de las cualidades de los usos. El alcohol y el cigarrillo son legales. La mariguana es ilegal. Y ahí radica la fundamental diferencia que no puede ser pasada por alto.

Este carácter de prohibido constituye un elemento  absolutamente importante para entender el tema del uso ligado al deseo. En efecto, la prohibición, en vena medida, es el rigen, la causa del deseo. Hasta se podría afirmar que tan solo se desea lo prohibido. La historia del deseo se halla íntimamente ligada a la prohibición. Bastaría con ir a los mitos de origen para encontrarse con esa dupla casi absolutamente necesaria: La prohibición marca dos orígenes fundamentales en la existencia del sujeto y de la cultura: por una parte da origen al deseo y, en segunda lugar, organiza la cultura que se sostiene en la ley de la prohibición del incesto.

Sin embargo, es necesario aclarar que no se construye ningún discurso de verdad y de valor en la réplica acrítica y fuera de todo análisis de lo que los espacios de poder ya han determinado respecto a los sentidos de las drogas. Como ejemplo de esta oposición de sentido y de valor, se podría citar el testimonio de un muchacho  que se refiere con sorna a lo que se suele den ominar el discurso oficial sobre las drogas y que, a su modo y media es replicado por profesores del sistema educativo oficial.

¡Cuál discurso. Si en el colegio solo nos hablan de que la mariguana es una droga igual que la cocaína y otras más. Nos dicen que te haces adicto, que te consume el cerebro y que te mata lentamente. Como si nosotros no supiésemos nada.

Lo que se trata de poner en evidencia es el hecho de que no existe discurso en la réplica acrítica y fuera de todo análisis de  lo que los espacios de poder ya han determinado respecto a los sentidos de las drogas.

Se podría decir que, en general, impera cierto anacronismo tanto en los saberes como en las formas de transmitir saberes que terminan siendo meras repeticiones de previamente estatuido.

El problema fundamental del discurso único estriba en que se convierte en verdad incuestionablemente cierta. Desde el mismo instante en que se crea el discurso único, se lo establece, primero, como saber y luego como verdad. 

El problema fundamental del discurso único estriba en que se convierte en verdad incuestionablemente cierta. Desde el mismo instante en que se crea el discurso único, se lo establece, primero, como saber y luego como verdad.

El discurso único, al tiempo que posee características monopólicas, da cuenta de la pobreza ideativa y también del miedo que acompaña al dueño del saber respecto a los saberes de los otros.

Siempre el saber, ubicado en el poder como propiedad, se ha protegido a sí mismo de cualquier intento de crítica. Pero este principio es cada vez más deleznable por cuanto las posibilidades de análisis y de crítica de las sociedades actuales son cada vez más grandes por el fácil acceso a muchas fuentes de información que no necesariamente concuerdan con el saber del poder. En el momento en el que algunos de los Estados de los Estados Unidos empiezan a legalizar el uso medicamentoso de la mariguana y otros incluso su uso recreativo, se resquebraja el sólido e inexpugnable  castillo del mal.

De entre todos los discursos sobre las drogas, este es el que más daño ha causado, no solo a la sociedad en general, sino a las mismas sustancias porque en su torno se creó un mundo atroz. Estas sustancias, a mariguana, por ejemplo, se convirtieron en el mal de los males del que es preciso huir puesto que su capacidad de causar daño es ilimitada.

¿En qué radica este mal? No se trataría de un poner mal, de enfermarse,  por ejemplo. El mal al que hace referencia el discurso oficial es casi de carácter existencial, es decir, tendía la capacidad de modificar al ser en sí mismo uy de dañarlo irreparablemente. El sujeto dejaría de ser un buen ciudadano o un buen hijo o un buen alumno, un buen amigo, para convertirse en algo esencialmente malo .En otras palabras, no hace algo malo al fumar mariguana sino que la mariguana lo convierte en un ser malo. Conozco casos en los que un chico, por haber fumado su primera y única marihuana fue llevado a la fuerza a un centro de tratamiento en el que, a la fuerza, lo internaron ilegal e ilegítimamente.
Por su parte y en general, los medios de comunicación no han hecho otra cosa que repetir el discurso oficial. Han sostenido la verdad de la verdad del estereotipo de la relación entre las drogas y la delincuencia, por ejemplo. No es que los medios se hayan convencido necesariamente de ello, sino que no han hecho otra cosa que repetir el discurso oficial quizás por falta de análisis.