El largo y último viaje de Javier, Paúl y Efraín

El largo y último viaje de Javier, Paúl y Efraín
Tres días duraron los funerales de los periodistas cuyos restos aparecieron tres meses después de su asesinato. Uno de los ejes de las ceremonias fue el papel del oficio en el país. Yadira Aguagallo, novia del fotógrafo Paúl Rivas, alentó a enfrentar el miedo con más periodismo. El luto fue compartido. Una crónica.
02 de Julio del 2018
JUAN CARLOS CALDERÓN Y SUSANA MORÁN. FOTOS: LUIS ARGÜELLO

Los periodistas están para cubrir las tragedias de los otros. El dolor de los más vulnerables. El desgarre de las guerras. Pero, ¿cómo un periodista relata la muerte de otro periodista, colega y amigo? O en el caso ecuatoriano, para ser precisos, ¿cómo se relata el arribo de los cuerpos de los tres integrantes de El Comercio asesinados en la frontera norte? La respuesta llegó el mismo instante en que aterrizó el avión en la pista del aeropuerto Mariscal Sucre con los restos del periodista Javier Ortega, del fotógrafo Paúl Rivas y del conductor Efraín Segarra, ejecutados hace más de tres meses. Una reportera digital se olvidó de los micrófonos y se lanzó a abrazar a Yadira Aguagallo, pareja de Paúl, quien al pisar Quito se desplomó en llanto. Hubo quienes durante la transmisión en vivo pidieron disculpas a su audiencia por el relato entrecortado y con sollozos. “Perdón amigos, pero esto me sobrepasa”, dijo una comunicadora mientras buscaba la declaración de un familiar. Otros dejaron de ser periodistas. Y se dejaron caer.

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Familiares y amigos recibieron un ramo de flores antes de la llegada de los restos de los reporteros asesinados. 


Decenas de periodistas esperaron el arribo de los restos. Muchos fotógrafos cercanos, sobre todo al cronista gráfico Paúl Rivas, se unieron al dolor de las familias en los tres días de los funerales. 


El ministro del Interior, Mauro Toscanini, y el canciller José Valencia dieron el pésame a las familias en nombre del Estado. 


El avión Casa de la FAE fue recibido con honores en la pista del aeropuerto Mariscal Sucre. 


Los familiares llevaron banderas, imágenes y flores para recibir a sus seres queridos. Su silencio fue profundo. 

Treinta minutos antes de que arribe el avión con los restos de los periodistas, las familias se reunieron en la sala protocolar del aeropuerto, un espacio dispuesto para los vuelos del Presidente y sus funcionarios. Alrededor de 40 parientes de los tres comunicadores esperaron en silencio. Trabajadores y extrabajadores de El Comercio ayudaron en la organización y en la coordinación con los funcionarios de Cancillería. Vistieron camisetas blancas sobre las cuales estaban estampadas el lema que apareció el mismo día que se supo de su secuestro: “nos faltan tres”.

Una floricultura donó 100 ramos y una corresponsal internacional 100 flores blancas más. Las primeras llegaron empacadas con el mensaje: “Nos solidarizamos con los amigos de El Comercio”.  Los ramos fueron repartidos a los allegados que esperaron en un riguroso luto. Tenían pancartas con las imágenes de sus seres queridos o retratos enmarcados. En la sala se había dispuesto un micrófono junto a la bandera del Ecuador para posibles declaraciones de los familiares. Finalmente allí solo hablaron las autoridades. Como el canciller José Valencia, quien llegó en compañía de Mauro Toscanini, ministro del Interior y del alto mando de la Policía.


El reencuentro en la pista. El ex editor general de El Comercio, Arturo Torres (derecha) abraza a Ricardo Rivas, hermano de Paúl. Detrás de ellos espera Yadira Aguagallo, novia de Paúl. Ellos estuvieron en Cali en el reconocimiento de los cuerpos.

El Canciller y el Ministro se acercaron a cada una de las familias para dar el pésame a nombre del Estado. “Fueron unos incapaces”, dijo uno de los hermanos de Paúl Rivas a los ministros refiriéndose al manejo del secuestro por parte de las anteriores autoridades. Tachó su trabajo como penoso y pidió que esta vez el trato sea diferente. Tras el regaño, el canciller Valencia se acercó a Guadalupe Bravo, madre de Paúl. Ella quien había permanecido sentada todo el tiempo porque su presión estaba muy baja se levantó para recibir de pie las condolencias. El funcionario se sorprendió por lo frías que estaban las manos de la madre. Ella aprovechó el momento y le dijo: “Le pido señor Canciller que no se olviden de nosotros, no nos cierren las puertas. Solo queremos la verdad, saber qué pasó, no nos oculten la verdad, por la paz de nuestro país. Mi hijo, señor Canciller, fue un héroe”.


En cajas de madera forradas de plástico y a su vez envueltas en banderas tricolor fueron los cofres provisionales de los restos de los periodistas. Seis policías las cargaron hasta las carrozas fúnebres. 

El resto esperó en silencio. El vacío solo se rompió cuando una funcionaria alzó la voz para informar a los familiares que el avión casa de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, matrícula 1032, estaba por llegar. Pidió que se colocaran en fila para salir hacia la pista. Lo hicieron con sus carteles y banderas siempre rodeados por los funcionarios y coordinadores del medio. Formaron la calle de honor sin hablar.


Las familias unidas. Cada grupo familiar cargó grandes pancartas con las imágenes del periodista, fotógrafo y conductor de El Comercio. En esta foto, los allegados de Efraín Segarra encabezados por su hijo, Christian. 

El avión aterrizó a las 10:55. Dos motobombas lanzaron chorros de agua sobre el avión en señal de honores. Un contingente de seis policías recibió cada ataúd con los restos de Efraín, Javier y Paúl, en ese orden. Las notas que entonó la banda de la Policía escondieron los llantos de las familias y sus gritos cuando vieron pasar las cajas de madera envueltas en plástico, cubiertas con las bandera nacional, y con el nombre de cada uno escrito a mano alzada. Al pasar el de Paúl, su madre abrazada de sus hijos y del ramo de flores gritó: “Paúl mi Paúl, eres un héroe hijo mío”. En ese instante se reunió con ella, Ricardo, su hijo y vocero de la familia, quien viajó a Cali con las otras dos familias. Él se lanzó a los brazos de su madre y hermano y entre lágrimas les dijo. “Lupita, te lo traje”.  Todos se fusionaron en un solo abrazo.


Galo Ortega, padre de Javier, sostuvo la bandera nacional con una mano y con la otra la foto de su hijo. 


Christian Segarra recibió el afecto de sus compañeros de oficio. Él también es periodista. 


Las camionetas con la imagen de los tres periodistas encabezaron la larga carvana que se formó en la Ruta Viva. A su paso los ciudadanos mostraron su afecto a las familias. 

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Familias y amigos lucían impacientes. Necesitaban ese primer encuentro con los restos de los periodistas cuyo asesinato fue confirmado el 13 de abril pasado. Las salas aún estaban vacías, solo con los arreglos florales. Cada familia fue ubicada en tres pisos distintos en Memorial Necropoli. En la planta baja estuvo la de Javier. Sus amigos de la universidad estuvieron en la primer fila y lloraban mientras esperaban el cuerpo. Pero también reían al recordar los dichos del joven periodista.


En decenas de papeles pegantes, los visitantes al Memorial Necropoli dejaron sus mensajes de cariño. 


El medallista olímpico Jefferson Pérez llegó a la sala de velación. En la imagen, da su pésame al padre de Javier. 


El féretro de Javier estuvo acompañado de su fotografía de uno de sus últimas coberturas. 


La ajedrecista Carla Heredia fue otro de los personajes que ofreció sus condolencias. 


En el octavo piso de Memorial Necropoli estuvieron los restos de Paúl Rivas. En ese edificio permanecieron los restos de los tres por un par de horas antes de que fueran trasladados hacia el diario El Comercio, donde fueron velados por una noche. 


Varios violinistas acudieron a las salas donde estaban los cuerpos. En la imagen, el artista mientras interpreta el tango 'Adiós muchachos', de César Sanders.

Cuando vieron ingresar un ataúd un leve murmullo apareció. Pero se trató del féretro de Paúl. El de Javier fue el último en salir. La madre del periodista cayó sobre el cofre de madera. La muerte era real. Tres meses sin conocer de su paradero había avivado una duda entre quienes se resistían a creer en el crimen. Pero allí estaban sus restos cobijados por una bandera tricolor. Su padre se dirigió a los asistentes y les agradeció por acompañarlo. Sus amigos rodearon el ataúd por largo rato. Entonces presentaron a los padres la novia de Javier, quien fue acogida por la familia incompleta.

Vendedoras de flores del sector habían llegado desde temprano a la sala de velorios, pero se unieron a la bienvenida de los cuerpos lanzando pétalos. Los más humildes participaron desde la salida del aeropuerto. Vendedores ambulantes gritaron “nos faltan tres” y saludaron a la caravana que los escoltó. Un grupo de estudiantes se puso la mano al corazón al ver pasar a las carrozas fúnebres. Las señoras de las flores entraron a la sala y dieron el pésame a la familia de Javier, que estaba más accesible por estar al ingreso del edificio. En Necropoli la canción de Gardel “Adiós muchachos” tocado por un violinista se dejó escuchar.

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Delegaciones de militares, médicos y estudiantes llegaron a la iglesia La Dolorosa donde los restos fueron velados el segundo día. Allí el acceso fue público. En la imagen, alumnos de la FACSO. 


Cada féretro estuvo señalado con el nombre de los periodistas asesinados. La tricolor siempre los cubrió. 


Patricio Segarra carga la imagen de su padre mientras se dirige a la iglesia La Dolorosa. 


Los cuerpos de los tres ingresaron en medio de una calle de honor hasta la iglesia. Acudieron al lugar no solo familiares y amigos sino también ciudadanos, muchos de ellos muy humildes. 


Arriba. Galo Ortega cargó los restos de su hijo cada vez que fueron trasladados. Lo acompañaron sus hijos y su sobrino (abajo). 


Directivos de El Comercio estuvieron presentes en las ceremonias muy cerca a las familias. En la foto, Gonzalo Ruiz.


El dolor llenó la iglesia que acogió los féretros (arriba). Líderes de otras causas se unieron al pesar de las tres familias. En la imagen, Alexandra Córdova, madre de David Romo, abraza a un familiar. (abajo) 


La amplia iglesia jesuita de La Dolorosa se llenó durante las dos misas que se ofrecieron en memoria de los periodistas. 


César Ricaurte, director de Fundamedios, saluda con Ricardo Rivas. Junto a su par de Colombia, la FLIP, Fundamedios dio apoyo a las familias para que su caso llegue hasta la CIDH. 

“Cuídense”, dijo María de Lourdes Mejía en la iglesia La Dolorosa viendo salir a los periodistas del lugar. La señora con el rimel corrido en sus mejillas pegó en la puerta del templo decenas de fotografías de desaparecidos. Ella lloraba por Paúl, el fotógrafo que la retrató con la imagen de su hija Fernanda Guerrero, de quien no tiene rastro desde el 2010. La foto fue parte de la muestra “Desaparecidos y tatuados en la piel” que Paúl la convenció hacer desnuda. La muestra ganó premios y la señora recordó que el fotógrafo le dio USD 500. Con ese dinero, ella cubrió parte de los gastos para su viaje a Ginebra donde denunció al Estado por no atender este problema.

La fría iglesia quiteña se convirtió en el escenario de las más cálidas historias de los comunicadores. Alejandra Yépez, una excompañera de la universidad, contó que se le hacía difícil decirle Javier cada vez que gritaban su nombre. “Siempre le he dicho ‘pistacho’”. Su apodo surgió en las aulas universitarias, pero lo rehuyó en el trabajo. “Ya nos hubiera dicho hippies”, recordó otra amiga. “Nos decía así porque seguíamos la carrera de desarrollo y ellos eran los súper escritores”, aclaró Estefanía García. Entre las anécdotas que contaron estuvieron la ceja hinchada por un partido de fútbol y de cómo los motivaba a ser unos buenos periodistas. “Los amigos que están en el extranjero hicieron llegar contribuciones para su familia. El Javi era el pilar de su casa”, agregó Estefanía.

María de Lourdes Mejía, quien lidera la asociación de desaparecidos Desendor, colocó dos fotos de Paúl en su improvisada pizarra de seres ausentes. Tenían el hashtag #NoALaImpunidad. “Él me dijo ‘no quisiera estar en sus zapatos’ y mire a él le tocó algo peor”, manifestó la mujer quien prometió incluirlo en sus memorias. El oficio del periodista corre muchos riesgos, dijo. “Que Diosito los bendiga y los proteja”.


El discurso de las familias que provocó largos aplausos. Adelante, Galo Ortega. Atrás Christian Segarra y Ricardo Rivas. 


El movimiento 'Nos faltan 3' hizo su tradiconal vigilia de los jueves en los exteriores de la iglesia. 


Religiosas de la parroquia se unieron a la vigilia de 'Nos faltan 3'. 


La puerta de la iglesia se convirtió en una improvisado mural de la ausencia. Fotos de hombres y mujeres desaparecidos, niños y adultos, fueron colocadas para que tampoco se olviden sus rostros. 

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Los aplausos duraron casi dos minutos. Los representantes de las tres familias subieron hasta el atril de la iglesia jesuita para dirigirse ante una multitud que los recibió de pie. Era la tarde del jueves que se destinó a un homenaje a los periodistas. Eran el padre, el hermano y el hijo. Se abrazaron y uno a uno pasó al micrófono. El padre, Galo Ortega, fue el primero en hablar. El más tímido de los familiares con voz serena habló a nombre de su “amado hijo Javier”. Su familia se ha extendido, dijo, a Ortega-Rivas-Segarra. Recordó y agradeció por los “potentes gritos” de los periodistas en las vigilias. Se declaró un incansable por ellos.

El hermano, Ricardo Rivas, contó que pudo dar un abrazo a Paúl antes de partir. “Cuando lo volví a ver le dio un abrazo a eso féretro. Esa es la dureza de la vida. Pero no podemos quedarnos en ese dolor, tenemos que empezar a pensar hacia adelante”. Antes pidió que los asistentes aplaudieran a los tres caídos en la búsqueda de la verdad. “Es momento de defender la profesión”, insistió.

El hijo, Christian Segarra, describió a su padre como el diestro al volante que ahora conduce su vida. Seguro, dijo, él aún guía el viaje de los tres hacia el infinito. ‘Segarrita’ como lo conocían sus amigos también tenía esa atracción por el entorno y las historias humanas del mundo que lo rodeaba. De él también habló Arturo Torres, exeditor general de diario El Comercio, quien terminó quebrándose al final de su discurso. Lo dibujó como un padre cómplice de periodistas y trabajadores capaz de mantener el buen ánimo en los largos viajes. A los tres los identificó como contadores de historias imposibles.


La misa final estuvo encabezada por el monseñor Eugenio Arellano, presidente de la Conferencia Episcopal. 


En la misa final, en el momento de las ofrendas, trabajadores de El Comercio ofrecieron una cámara, una libreta de apuntes y unas llaves como objetos que representan a los tres.


Arriba, los hermanos Segarra inconsolables. Abajo, los flashes que inundaron la capilla de luz. Los fotorreporteros, colegas de Paúl Rivas, disparon sus cámaras como un homenaje al compañero y amigo, caído en el cumplimiento de su deber.


La salida del féretro de Paúl Rivas, sus amigos fotógrafos lo cargaron. 

Un día después, en la misa antes del entierro, monseñor Eugenio Arellano desde el altar de la Iglesia volvió a referirse al oficio: “Es la ocasión para saber lo arriesgado de su profesión y estos tres han sido víctimas de la búsqueda de la verdad, quisieron ir a la mata de los hechos para conocer la verdad. A ustedes periodistas tener los ojos abiertos y vuestros ojos escrutadores tendrán que detectar eso algo nuevo que está naciendo y que nos dará mayores motivos de esperanza”. Con sus manos temblorosas como quien trata de poner énfasis a las palabras descargó la frase: “de una metralleta nunca podrá venir la paz, solo sale la muerte”.

El oficio fue el eje de esa ceremonia. Y Yadira Aguagallo, novia de Paúl, encontró las palabras de su nuevo momento en Ecuador: “Al miedo se lo enfrenta con más periodismo”.


El último viaje. Los féretros partieron de la iglesia cerca del mediodía del viernes 29 de junio hacia su Memorial Necrópoli para su entierro. 

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Desde que lo tuvo, el padre no se despegó de su hijo. Galo Ortega cargó a Javier las veces que fueron necesarias durante los velorios y el funeral. En la iglesia estuvo al pie de la carroza fúnebre para echarse al hombro el ataúd con los restos de su hijo hasta el vehículo gris para su último traslado. Lo mismo hicieron los fotógrafos con el ataúd de Paúl y los choferes con el de ‘Segarrita’. Los tres cuerpos pasaron en medio de las calles de honor hechas de amigos y ciudadanos. Hay un viejo dicho popular que dice que el dolor entre muchos se hace más llevadero.

Los cuerpos hicieron un largo viaje desde el punto -aún- incierto donde fueron hallados en Tumaco a Cali, de Cali al aeropuerto de Quito, de allí al Memorial Necropoli, a diario El Comercio en el sur de la ciudad, a la Iglesia La Dolorosa y de ahí finalmente a Necropoli para su entierro. Los cortejos fúnebres cruzaron dos veces la ciudad. Fueron tres días de despedidas y de innumerables abrazos que las familias recibieron incansables y agradecidas. En las tumbas, alguien rompió el silencio con la canción “amor eterno” mientras un cielo amenazante de lluvia se pintaba de globos blancos. Galo Ortega se mantuvo al pie del féretro de su hijo y no lo soltó hasta que los sepultureros pidieron empezar su trabajo. Quedó el golpe de la tierra contra la madera de los féretros. Y el silencio.