El viaje de las mujeres hacia su nueva prisión

El viaje de las mujeres hacia su nueva prisión
El cierre de los centros penitenciarios de la capital continúa, a pesar de las protestas de los familiares y los recelos de los internos. El Ministerio de Justicia trasladó, en medio de la noche, a las ocupantes de la cárcel de mujeres de El Inca hacia la prisión de Saquisilí. El frío y la desesperanza de los presentes son contadas en esta crónica.
01 de Septiembre del 2014
Susana Morán

“Al Presidente le hablaré en kichwa porque soy indígena”. La mujer de Otavalo habló rápido, indignada y sin titubeo ante las cámaras de televisión. En su discurso improvisado contó en su idioma por qué el traslado de las mujeres de la cárcel, de ese sector, hacia el nuevo centro penitenciario en Latacunga le causaba tanta indignación.

“Otavalo... Humanidad... 10 minutos, 30 minutos atrasados sin visita...” fueron las palabras en español que resaltaron en su intervención ante los medios. Más adelante hizo una breve traducción: “No queremos que trasladen a mi mami, porque es muy difícil la visita (en Latacunga)”.

La mujer lloró en la avenida de El Inca, por la que se accede a la cárcel de mujeres que, desde el pasado domingo, 662 internas sentenciadas y sin hijos –de un total de 728- abandonaron. Hija de padre y madre en prisión le preocupaba el depósito de 80 dólares que debía hacer para el economato de sus progenitores.

Dijo molestarle los controles porque una vez le pidieron que se sacara su vestimenta típica cuando fue a visitar a su padre. “Tengo que entrar como soy. Soy indígena”.

“El agua no es buena”, “sufren por la comida”, “están más lejos”, “hay mayor encierro”. En la avenida de El Inca y la calle Toronjas, la noche del domingo y entre centenas de uniformados, familiares de las internas revivieron los reclamos de los traslados de los presos hacia al nuevo Centro de Rehabilitación Social de Cotopaxi, ubicado a 15 minutos de Latacunga, en la vía a Saquisilí. Allí alrededor de 2400 hombres del expenal García Moreno, de Quito, y de la antigua cárcel de Latacunga cumplen sus condenas desde finales de febrero de este año.


Familiares de las internas despiden al bus en el cual fueron trasladadas hacia el nuevo centro de Latacunga.

Desde Lago Agrio, Viviana V. llegó para la visita del viernes a su madre en El Inca.

Se quedó hasta el domingo porque su familiar ya le advirtió del traspaso. “Ese día todas lloraban”, aseguró. Pero los cambios, según contó, ya empezaron desde hace tres meses. El más notorio fue en los días de visitas: de tres días a la semana (miércoles, sábado y domingo) pasaron a dos (viernes y sábado).

Pero los cambios, según contó Viviana, ya empezaron desde hace tres meses. El más notorio fue en los días de visitas: de tres días a la semana (miércoles, sábado y domingo) pasaron a dos (viernes y sábado).

Otro cambio fue en el ingreso de víveres para las internas. Carlos A. recordó que cuando llevó un paquete de cuatro papeles higiénicos a su esposa, estos contaron por cuatro objetos, de los diez que les impusieron como límite para ingresar. “Tenemos dos hijos y ahora los verá menos. Me preocupa el tiempo que nos den para la visita”.

Del tiempo destinado para las visitas a las mujeres no hay precisiones hasta ahora.

La ministra de Justicia, Ledy Zúñiga, ante esta pregunta dijo: “El modelo se va aplicando poco a poco”. La Secretaria de Estado estuvo al frente de los traslados. En una rueda de prensa en los exteriores de la cárcel aseguró que esta semana se publicará el horario y los días de visita, así como las listas de las personas que las mujeres autoricen a visitarlas.

En el caso de los hombres, el tiempo de visita depende del pabellón al que pertenezcan. En el último protocolo de visitas del Ministerio de Justicia se establecen tres visitas familiares al mes para los presos que están en mínima seguridad; dos para los que están en mediana seguridad y una para los que están en máxima. Más una visita íntima para cada pabellón. Cada visita dura una hora y media.

“La cárcel de Latacunga no ha logrado controlar la situación de violencia interna, lo que ha generado extorsiones (...), no hay talleres para esos hombres, están sueltos en el patio. Con lo cual podemos decir que la cárcel no está terminada de construir”, dijo Andrea Aguirre, del Colectivo de amigos y familiares de las personas en prisión.

La Ministra dijo que el pabellón femenino, con capacidad para 700 personas, estuvo listo desde hace dos meses y tiene celdas adecuadas para las madres y sus hijos. Insistió en que el traslado era necesario porque en el centro de El Inca estaba en “riesgo la vida” tanto de las internas como de las visitas. En las celdas “no estaban debidamente clasificadas las personas privadas de libertad por delito ni por ningún tipo de condición”, afirmó Zúñiga. El traslado –agregó la funcionaria– era necesario para eliminar el hacinamiento, dar una oportunidad de rehabilitación a las internas y “una vida digna”.

La mayor preocupación de los colectivos de familiares y derechos humanos es la situación de los niños que viven con sus madres en la cárcel.

Pero la mayor preocupación de los colectivos de familiares y derechos humanos es la situación de los niños que viven con sus madres en la cárcel. Sobre este tema, la Ministra aseguró que ellas, sus niños y las mujeres embarazadas serán reubicadas en una segunda fase. En la actualidad, hay 45 mujeres con niños menores de tres y no hay niños que superen esta edad desde hace tres años, según Zúñiga.


La caravana de buses empezó su recorrido, escoltada por policías motorizados.

Nuevamente, en la esquina de El Inca y Toronjas, los grupos familiares disentían con la versión oficial. “¿Qué va a pasar a los niños que no están con las mujeres en la cárcel?”, se preguntaba Aguirre. La activista, que ha visitado esta cárcel desde hace una década, denunciaba las alternativas que da el Estado en la actualidad a esos niños: vivir con cualquier familiar o la institucionalización (casas de acogida, albergues). “Eso genera resentimiento infantil y eso genera daño”.

Mientras las versiones se contraponían a un lado y otro de la calle, la espera de los familiares por ver a las internas continuaba. La noche rozaba las 23:00 cuando salieron 238 mujeres en siete buses. Cada uno, numerado, llevó 34 sentenciadas vigiladas por mujeres policías. Era el primer convoy de tres que se despacharon esa noche. Decenas de familiares, vigilados por policías antimotines, trataron de acercarse a los buses para ver a sus allegadas. Las mujeres, con bufandas y chompas, hacían los mismo desde los transportes. “¡No están solas!, ¡no están solas!”, gritó un grupo desde la calle.

El frío y el viento arrinconaron a los improvisados huéspedes de la avenida El Inca hacia las veredas. Se sentaban, se paraban. En grupos esperaron al segundo convoy, que salió pasado la medianoche. Para entonces la presencia de familiares era mínima. Los pocos que quedaron se subieron a los autos para lograr pescar mejor algún rostro conocido en los buses. Ninguno lo logró.