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18 de Junio del 2018
Historias
Lectura: 18 minutos
18 de Junio del 2018
La violencia es la maestra: testimonio de un docente

Ilustraciónes: LUKEN

Un testimonio del docente Tomás León sobre su experiencia de las aulas de un colegio fiscal de Quito.

 

Un maestro de un colegio fiscal de Quito relata lo que encontró en las aulas; reflexiona sobre el comportamiento de los jóvenes, la reacción de los padres y de sus colegas maestros. La violencia en las aulas es la norma y reflejo de una sociedad agresiva que, sin embargo, prefiere ver para otro lado.

Dos años atrás llegaba a mi trabajo en la Universidad de las Américas. Tras parquear el auto subí al tercer piso  en  un cómodo ascensor hasta una oficina con ventanales amplios, computadora con internet. Sin embargo tras ver a algunos amigos tristes que se despedían, el día empezó a ensombrecerse y, efectivamente, supe que la universidad estaba despidiendo a algunos docentes y eran los más nuevos o por razones rebuscadas. La razón en el fondo era que la situación del país había provocado que los estudiantes no se matricularan en la cantidad suficiente para mantener a un grupo de profesores tan grande. Yo llevaba apenas año y medio y temí que también me tocara vivir esos momentos, lo cual días mas tarde se hizo realidad.

Y claro, la misma situación económica y mi edad hicieron difícil encontrar un trabajo acorde a lo que había tenido hasta entonces. Mi actividad se desenvolvió siempre en lo audiovisual, pero ahora eso no es algo  necesario y hay mucha competencia. En fin, sin trabajo y con las deudas que siempre tienes, pensiones de la escuela, mi préstamo para la maestría… se iba complicando el panorama; más aún cuando mi esposa también perdió su trabajo un mes más tarde.

Y en eso  se abrió una oportunidad para trabajar como docente en un colegio. Acepté sin reparo; si había dado clases en universidades quizás esto no sería tan diferente. Pero sí lo era, y mucho.

El colegio está ubicado en el centro de la Capital. Ahí no hay parqueadero, no tenía computadora, aunque vi algunas y las pude habilitar y me conecté al internet de la escuela, el cual es de un plan básico y por tanto es muy intermitente. No hay escritorio solo una mesa, no hay archivador, no hay útiles de oficina, pero eso es lo de menos. Al siguiente día de haberme presentado ante la directora salí a las 5 am de mi casa para llegar antes de las siete y me di cuenta de varias cosas. Lo primero: que el sector es peligroso aún a horas tempranas.

No quieren reconocer que no saben leer y no quieren dejar que se les ayude. Por otro lado, ya en la adolescencia no quieren quedar mal frente a sus compañeros y se vuelven agresivos consigo mismos.

Luego al conocer a los chicos me di cuenta de que varios de ellos, que estaban en octavo, noveno y décimo grado —lo que en nuestro tiempo sería primero, segundo y tercer curso— no sabían leer bien, lo hacían como si estuviesen en tercer grado de primaria. Enseguida me di cuenta de que esto les produce un complejo que los encierra en un circulo vicioso. No quieren reconocer que no saben leer y no quieren dejar que se les ayude. Por otro lado, ya en la adolescencia no quieren quedar mal frente a sus compañeros y se vuelven agresivos consigo mismos.

45 estudiantes por curso son demasiados. Bueno, eso en octavo grado, porque en noveno bajan a 30 y en décimo a 20. Más aún cuando no son homogéneos; es decir, hay estudiantes con tercera matrícula y repetidores y por lo tanto hay gente de 16 años en octavo grado; hay chicos de otras escuelas indígenas y no hablan muy bien el español peor leerlo; hay chicos con necesidades especiales con los que tienes que hacer un programa específico, el cual se dificulta por la conducta general del curso y porque ellos saben que pasan de año de ley y por lo tanto no quieren participar; hay aulas viejas, estudiantes con problemas de conducta debido a problemas en casa, hogares muy disfuncionales; hay pobreza, drogas y padres que tampoco pueden apoyar en casa a sus hijos, pues varios de ellos tampoco pueden leer ni escribir.

Cuando pedí a uno de los chicos que leyese algo del libro del ministerio, su respuesta fue que no tenía y cuando otra chica le dio su libro él se lo lanzó en la cara. Pese a que me di modos de hacer más dinámica la clase a través de ejercicios de coordinación motriz, escuchar audios, ver videos, hacer actividades diversas, los chicos siempre  buscaban una  forma de molestar y molestarse entre ellos, la razón no tuvo cabida, les contaba ejemplos vividos de como era la educación antes y como es ahora con sus facilidades  y no les importó, no había respuesta positiva salvo el de querer repetir actividades que les evita hacer deberes o esforzarse para aprender algo.

He tenido estas situaciones:

  • Ante una tarea enviada a casa, he visto al día siguiente la situación de que nadie la hizo.
  • Bulla constante en el curso, peleas en medio de la clase hombre contra hombre, mujer contra mujer, hombre contra mujer; con sangre de por medio, sacos rotos y jalones de pelo y cuando los separo me quedan mirando como si estuviese loco y me dicen: “si solo estamos jugando”
  • Celulares en media clase y la negación de que estaban haciendo algo. He visto cómo juegan cuando se les pide hacer trabajo en grupo y al hacerles caer en cuenta que deben entregar un trabajo y que deben guardar el celular, me han dicho: sí vamos a hacerlo, pero usted no nos deja empezar.
  • Palabras groseras, vulgaridades constantes, burlas a mi persona se han vuelto cotidianas. Como dije, la razón no cuenta allí.

Y claro mi pacifismo se trastornó y caí en cuenta que el profesor anterior renunció por los malos tratos de los estudiantes y empecé a alzar la voz, a poner orden a través de alzar la voz. Eso sí,  nunca les insulté pero aprendí a gritar: ¡Hey, hasta cuándo, silencio por favor¡

Esto fue por consejo de profesores más experimentados, los cuales me decían que los alumnos no entienden de otra manera, y efectivamente así fue. En parte, pues hay cursos que ni con eso. Probé a sacarlos de clase, y lo hacían gustosos. La directora me dijo más tarde que en realidad eso buscaban. Llamaba al inspector o directora en el momento en que había un mal comportamiento y lo que se hacía era suspenderlos por días, pero también eso lo buscaban. Llamamos a los padres y al ser informados castigaban a sus hijos delante de mí. En varias ocasiones pedí que no hicieron eso y los padres a instante seguido lloraban y contaban que no había manera de que sus hijos les hiciesen caso. Algunos ruegan: péguele, péguele nomás, yo le autorizo, en casa no me hace caso. Uno de ellos lloraba al contar que su hijo se burlaba de él en casa, y me decía: se aprovecha de que no puedo caminar bien (sufría de cojera), se burla, se ríe de mí y se va… No puedo hacer nada, no me hace caso.

Probé a sacarlos de clase, y lo hacían gustosos. La directora me dijo más tarde que en realidad eso buscaban. Luego los expulsaban por dos días, también eso buscaban.

Hubo otro caso en el que a una estudiante le puse seis por un trabajo mediocre de una exposición, pese a haberles dado las pautas de cómo entregar un trabajo y de haberles puesto rúbricas. Desde entonces jugó  un papel muy desleal en clase, cada clase ponía malos gestos como si siempre estuviese aburrida y cuando me daba la vuelta se ponía a sugerirles a sus compañeros que se pusieran en desacuerdo. Se juntó con los de tercera matrícula, que son los expulsados y repetidos en otros colegios y se hicieron un grupo de ocho en un curso de 33 y se ponían de acuerdo para  molestar, reír estrepitosamente y burlarse de lo que sea y de quien sea con tal de no permitir la clase.

Otro estudiante no hacía nada, no hacía deberes y siempre conversaba en clase. Tuve que ponerme siempre a su lado para animarlo a que hiciera la tarea en clase, y siempre decía que no tenía el libro. Un día alcancé a ver que sí lo tenía y estaba en su mochila, le dije que lo sacara y se pusiera a trabajar; se pasó cinco minutos de pie dando las espaldas para seguir conversando con su compañero de atrás. Al  insistir que sacara su libro tuve respuestas groseras diciendo que por último no quería sacar el libro y que lo haría cuando él quisiera. Anote su nombre en la hoja de control y le pedí que saliera, como respuesta se recostó en el pupitre y me dijo que no iba a salir.  Nadie en el curso hizo nada tampoco.

Luego de unos días la madre de este chico fue a la escuela y el chico hizo lo posible por que ella no hablara conmigo; sin embargo, yo la saludé y le dije que quería conversar con ella y decir lo que hacía siempre su hijo. La respuesta de él fue que yo solo le reclamaba a él y no a los otros; le dije que no era cierto que el reclamo era para todos, pero a él tocaba tomarle más en cuenta porque no trabajaba en clase ni en casa; le pedí su carpeta de trabajos pero no la tenía y para disimular dijo: cierto es que no hago deberes, pero eso no justifica. Yo pregunté ¿no justifica qué? Y él respondió: el chirlazo que usted me dio el otro día. NUNCA le hice nada, pero el mantuvo su mentira y yo entonces le dije a su mamá, que estaba hecha una furia, que fuéramos ese instante a hablar con la directora y hasta delante de ella siguió fingiendo con lágrimas; luego, menos mal, se llamó por separado a los otros estudiantes y se dieron cuenta de que había sido mentira y finalmente la misma mamá terminó sacando al chico del colegio.

Otra: cinco veces pedí a una estudiante que guardara su teléfono y que no hiciera “transacciones mercantiles en la clase”, porque la veía que le daban dinero o ella se levantaba para pedir dinero a sus compañeros. Pensé que era alguna cuota para copias o alguna actividad, pero no; nos dimos cuenta, más tarde, que había otra chica que vendía dulces en clase y esta era la encargada de cobrar, y que la habían puesto ahí por su pinta de bravucona, para que ella cobrara a los chicos el dinero que les debían por los dulces. La vimos en el patio intimidando a los pequeños para que pagaran. En fin, cometí el error de —tras la quinta vez que le pedí que guardara su celular y siempre ella respondiera con vulgaridades y malos gestos—quitárselo. Fue una acción rápida y decidida de mi parte, con agilidad y sorpresa para sacarle el aparato de la mano. No di ni tres pasos cuando la chica se había levantado y me dio un puñetazo en el riñón.

Hoy mismo estoy escribiendo esto y no fui a clases, no di más. Mi puntualidad, mi compromiso por hacer algo diferente, por ayudar, por compartir lo que sé, se fueron.

La remití a hablar con la directora y no he guardado ni rencor con ella; es más, la he motivado para que me pregunte cuando tiene dudas, y si bien algo ha cambiado aun tiene un mal comportamiento.

Estas acciones no son solo conmigo, son con varios profesores; pero claro, unos ya están hechos al dolor y otros se han parado más firme. Ya voy por el tercer intento de renunciar, pero la ley dice que solo puedes renunciar los primeros cinco días de cada mes y justo me tocado hacer algunas actividades y se me ha pasado esta fecha. Por otro lado, está el hecho de que los otros profesores me dicen que me esta cogiendo de nuevo dar clases en el colegio y que el próximo año será diferente.

Yo no sueño con el próximo año, o mejor dicho sí: tengo pesadillas.  Frecuentemente despierto tipo tres de la mañana sudando; noches de insomnio, presión alta y problemas de desórdenes fisiológicos como que el pelo se me ha puesto excesivamente blanco… Estos episodios se han acelerado en estos tiempos o tengo dolores por tensión, entre otros.

Hoy mismo estoy escribiendo esto y no fui a clases, no di más. Mi puntualidad, mi compromiso por hacer algo diferente, por ayudar, por compartir lo que sé, se fueron. No están más, solo quiero que se termine el año, estoy a dos semanas de ello y tengo miedo. Miedo de que al decirles que no pasan de año haya represalias de los estudiantes o de sus padres. Ya me han contado los otros profesores que esto pasa y algunos han tenido que salir por la puerta de atrás.

Se han dado casos de que los estudiantes se inventan que los profesores han pedido dinero para hacerles pasar de año. Esto me lo contó una profesora con lágrimas y, claro, con resentimiento.

Las leyes de educación hacen todo por tener estadísticas mejores y, efectivamente, varios pasarán de año no por capacidad sino por exámenes remediales, de gracia o presiones a la escuela o a los profesores para que los “estudiantes” no pierdan el año.

Pero cuando hablas con ellos no tienen miedo a perder el año. Una estudiante me dijo: “no se meta conmigo y no hable de haber perdido el año, eso no es ningún crimen y si quiero perder otro año es mi problema”. Ya va por tercera matrícula.

Creí que esto solo pasaba en este colegio, pero me cuentan que el mío es el mejor o uno de los menos problemáticos y que esto no solo pasa en los fiscales sino que cosas peores pasan en colegios privados y de clase alta.

El estudiante aprende en tres lugares: la casa, la clase y la calle, y si en la casa y la calle no aprende respeto, en la clase es difícil hacer algo.

Conclusión mía: no se enseña respeto en casa; solo se les enseña a sobrevivir y a defenderse pero no se les inculca respeto. Dice un profesional de la educación que el estudiante aprende en tres lugares: la casa, la clase y la calle, y si en la casa y la calle no aprende respeto, en la clase es difícil hacer algo.

Con todo esto, creo que sería bueno ver qué pasó con esos estudiantes del Mejía; qué es lo que hicieron antes de ese maltrato y si de verdad está loco el profesor como para que de la nada les castigue. ¿Y cómo son en casa? ¿Es solo el orgullo de los padres que no pusieron limites a sus hijos en la formación de sus vidas, pero que quieren librarse de su responsabilidad enviándolos al colegio?

Solo espero que esto cambie desde casa. Siempre hablo con mis hijos; hablamos mucho del respeto y con mi esposa les enseñamos a ser respetuosos y considerados en una sociedad que privilegia la estadística de tener menos pérdidas de año por sobre los valores. Y recuerdo que, antes, uno de los valores era pasar el año e inclusive reconocer si no se había aprendido bien y pensar en repetir.

Por mi experiencia no es fácil ser profesor, no funciona a veces la didáctica, la sicología inversa, la motivación si es que no hay trabajo en casa.

En una reunión conté todo esto y más a mis amigos, tras dos horas de hablar todos seguían asombrados y uno me preguntó: perdón, ¿en cuál reformatorio estas trabajando?

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