Sarayaku, el pueblo del mediodía

Enviar por correo electrónico
Sarayaku, el pueblo del mediodía
Geográficamente aislados entre los Andes y la Amazonía, Sarayaku forja su camino sobre la base de la resistencia al poder, la construcción y consolidación de su cultura y la ambición de explotar sus recursos sólo con las fuerzas de sus manos. El mejor ejemplo de que otro mundo es posible.
31 de Mayo del 2014
Redacción Plan V

Mira el reportaje gráfico completo en nuestra sección miradas pinchando aquí: http://bit.ly/1iQgLok

Las mujeres sarayaku miran a los ojos y buscan respuestas contundentes. No puede pedirse menos luego de 30 años de resistencia a las petroleras, al poder central, a la justicia politizada de todos los gobiernos y ahora ante la amenaza de una incursión militar o policial. Ellas imponen su lid con la mirada, y la sentimos, nosotros los visitantes. Apenas la avioneta Cessna monomotor paró al final de la pista, ellas rodearon la nave y sin decir palabra comprendimos que podían decidir nuestro destino.

Momentos tensos al final del viaje, como los 20 minutos de vuelo a esa desconocida frontera, donde los Andes no pierden sus formas y la Amazonía se extiende al horizonte. La cabina de la nave es austera, acoge tres pasajeros más el piloto, en medio de los asientos los equipajes y los víveres encomendados por los lugareños. 

Nada debe ir en la cola porque provoca desequilibrios de peso. El seguro de las puertas se asemeja a los sistemas de los viejos camiones Ford, donde se impulsa el manubrio hacia delante. En la consola de mando se reparten cuatro sistemas de medición desgastados y en el centro luce un moderno GPS que genera cierta confianza en la tecnología mientras la aeronave se sacude con las masas tropicales de aire.

Desde que Sarayaku decidió proteger a Cléver Jiménez y sus compañeros, dos policías llevan el registro de todo aquel que use avioneta en la Amazonía ecuatoriana.

Diez minutos antes del aterrizaje el bosque se hace ver en su condición intocada. Desde la altura se ven las aristas de ríos que buscan nacer de empinadas cumbres. La rivera del Bobonaza marca la ruta, el río despliega un cetrino brillo y pregunto a mi acompañante si ese impenetrable bosque pertenece a Sarayaku.

El ruido le impide escuchar y responde a gritos: “No es normal que se vea tan seco en estas épocas, debe estar poco navegable”.

El piloto arqueó la nave a su límite para el descenso y dejó ver en tierra la circunferencia de la plaza con la gigante  bandera de Pachakutik. Las ruedas a punto de rasar las copas de los árboles y al fin la pista de tierra.

El anuncio de Rafael Correa de declarar el estado de emergencia y enviar la fuerza pública para sacar a los perseguidos Cléver Jiménez, Fernando Villavicencio y Carlos Figueroa sumió a la población en alerta, que se expresa ahora en los ojos de esas mujeres que se acercan a la nave con actitud de ajuste de cuentas.

José Gualinga fue presidente de la comunidad Sarayaku. Dejó el cargo en mayo último. Junto a la directiva tomó la decisión de proteger a los perseguidos Jiménez, Figueroa y Villavicencio.

¡Somos periodistas! Sólo entonces sus rostros esbozan sonrisas. Ya en la plaza encontramos a Marlon Santi, expresidente de la Conaie, el único hombre de este país que le dijo –frente a frente– “estúpido” a Rafael Correa sin sufrir consecuencias, en aquellos tiempos en que el Presidente toleraba, aún, al movimiento indígena.  Fue en un momento ya convertido en leyenda, cuando luego de una masiva marcha indígena durante el 2009, los dirigentes fueron recibidos en Carondelet por todo el gobierno, y Correa preguntó: Marlon, se puede saber quién fue el estúpido que dijo que ustedes eran el dos por ciento de la población? Y Santi respondió de inmediato: usted, señor Presidente.

Marlon pregunta a los recién llegados por las requisas que realiza la policía  en el aeropuerto de Shell. Desde que Sarayaku brindó protección humanitaria a Cléver Jiménez dos policías llevan un registro de todos los pasajeros que usan aeronaves en el Oriente ecuatoriano. Para amansar las relaciones con la gente esgrimen a todos la misma respuesta: “cumplimos órdenes superiores”.