¿Tiene salida la crisis de la Iglesia Católica?

¿Tiene salida la crisis de la Iglesia Católica?
Una explicación histórica necesaria para entender, de veras, lo que está pasando con los muchos escándalos de pedofilia y las conspiraciones contra el papa. ¿Una crisis terminal, u otra crisis de la cuál volverá a surgir la iglesia?
09 de Octubre del 2018
William Plata*

Problemas de siglos

Nuevas acusaciones de pedofilia se han añadido a la lista de graves escándalos que han sacudido a la Iglesia católica desde hace casi una década.

Pero además se han destapado las cartas de las fuerzas que luchan por el poder dentro del Vaticano. Pocas veces en los últimos siglos había maniobras tan evidentes contra el papa por parte de cardenales y obispos. A pesar de haber perdido su poder temporal en el siglo XIX, el papado había ganado un halo de respeto, popularidad y cuasi sacralidad. Pero las conspiraciones, propias de tiempos de los Borgia o los Médici, parecen seguir vigentes.

El modelo clerical vigente hizo aguas y es necesario hacer cambios fundamentales.

En términos generales, estamos ante la crisis de un modelo. Pero esto no es nada nuevo. De hecho, las crisis son algo constante en la historia del catolicismo. Al revisar la trayectoria de esta religión, podemos notar que más o menos cada dos siglos se desata una gran crisis interna, motivada por distintas causas (poder, corrupción, dinero). A veces dichas crisis se originan en descontentos internos y otras en causas externas, y suelen surgir del agotamiento del modelo eclesial y del desgaste de la relación entre la Iglesia y la sociedad.

Por ejemplo, la crisis del siglo XVIII tuvo mucho que ver con la desaparición de los vínculos estrechos que por entonces existían entre la iglesia y las monarquías absolutas, que fueron derrumbadas a partir de la Revolución Francesa. Pero después de una crisis de este tipo (que puede durar varios años y espantar a una parte de los feligreses) suele venir un momento de reconstrucción y reposicionamiento.

  • Después de la crisis ocasionada por las invasiones “bárbaras” (germánicas) y el derrumbamiento del Imperio Romano de Occidente (siglos IV-V) vino la oportunidad de convertir a los invasores y extender el cristianismo.
  • Después de la crisis del papado en el siglo X (por corrupción interna) vinieron las reformas gregorianas, en el siglo XI, que estabilizaron la institución eclesiástica.
  • Después de la crisis causada por las cruzadas, las herejías cátaras y albigenses, en el siglo XII, vinieron la aparición de la universidad, un auge de la teología escolástica y nuevas maneras de vida religiosa (las órdenes mendicantes).
  • Después de la crisis ocasionada por la Reforma protestante en el siglo XVI (que significó la división de la cristiandad en Occidente) vinieron el Concilio de Trento y la Contrarreforma.
  • Después de la crisis de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, se dio el proceso de reestructuración interna del catolicismo en torno al papa.

Un nivel de virtud imposible


Protestas en contra del abuso sexual de niños. Foto: Página del senador por el estado de Nueva York, Brady Hoylman

Estamos viendo el desmoronamiento del modelo clerical impuesto tras la Contrarreforma y que se afianzó a partir del siglo XIX.

Después de las revoluciones burguesas y ante el desafío que significaban el liberalismo, el socialismo y otras ideologías modernas, los papas intentaron reconstruir la institución eclesiástica mediante la unificación, la uniformización y la disciplina del clero en torno a las autoridades y al Pontificado. El clero no podía mostrarse débil ni desunido frente a sistemas políticos que consideraba enemigos.

Los sacerdotes debían vivir según un estándar muy bien definido: se les formaba en seminarios, apartados de las mujeres y un poco aislados de la sociedad, en una especie de burbuja, de la cual eran sacados abruptamente al concluir su formación. Se les trataba como menores de edad y muchos eran abusados física y sicológicamente. Se les pedía renunciar a los sentimientos y vivir en celibato sin darles preparación para ello. Nunca recibieron educación sobre su sexualidad.

Además, se les impuso prohibiciones absurdas: no debían tener barba, tenían que llevar el pelo corto y una sotana que mostrara su condición (que cambiaron luego por un traje especial). Debían hablar con voz suave y mostrar que tenían dominio de sí, actuando siempre de manera íntegra e intachable. Y si no eran capaces de serlo, al menos debían aparentarlo.

Lo importante era no crear ningún “escándalo”. Por eso, a quienes no cumplían estas disposiciones se les trasladaba u ocultaba y su expediente quedaba en los archivos como “arcano”, todo bajo un pacto de silencio entre obispos y el Vaticano.

Para este modelo lo más importante era y es la obediencia a los superiores; los talentos personales quedan en un segundo plano. Las actitudes críticas eran sancionadas, muchas veces con la expulsión, pues la institución eclesiástica no debía ser puesta en tela de juicio.


El Vaticano. Las crisis en la Inglesia Católica se dan, generalmente, cada dos siglos.

Este tipo de sacerdote debía vivir solo o con un familiar; no contaba con apoyo sicológico, a veces ni siquiera espiritual y, para evitar turbaciones, se le pedía estar ocupado el mayor tiempo posible. Por eso los sacerdotes se convirtieron en personas con una gran capacidad de trabajo: siempre estaban haciendo algo y siempre tenían personas alrededor, pero, a la vez, muchas veces estaban solos en medio de la multitud.

No podían contar sus problemas, más allá de la confesión que hacían con otro sacerdote; la gente los veía como modelos, casi santos, y ellos no podían defraudar esa imagen. Como no habían recibido formación sobre su sexualidad, debían reprimirla o desfogarla a escondidas. No todos actuaron así, hubo quienes lograron comprometerse con su vocación y vivir su sacerdocio con respeto, ética y virtud. Pero no fueron todos.

Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965) se hicieron muchos cambios, pero lo esencial del modelo se mantuvo. Esto hizo que muchos sacerdotes en los años setenta y ochenta no resistieran más y se retiraran de su ministerio, llevando mucha amargura consigo. En los años siguientes este estilo de vida interesó cada vez menos a los jóvenes y pocos sintieron el llamado de esta vocación.

Un escándalo desfondado

Hacer parte del clero se convirtió en una “carrera” en la que muchos han buscado escalar, obtener honores y poderes y, como en cualquier empresa, esto se ha hecho con el uso de la intriga, palancas, clientelas, o no se han escatimado maniobras para conseguir objetivos.

Los problemas siguieron creciendo y los expedientes internos aumentaron durante años. Pero como la cuerda se rompe por el lado más delgado, tarde o temprano lo oculto se hizo público. Así, en plena era de la información, la presión de las víctimas hizo que se lograra el acceso a muchos expedientes y se sacaran a la luz pública crímenes ocultados durante mucho tiempo. Entonces llegaron el escándalo, el descrédito, las acusaciones mutuas y el desconcierto.

La diferencia de ahora consiste en que este conflicto interno está sucediendo ante los medios de comunicación, para conmoción de muchos creyentes.

Ahora bien, esto no es exclusivo del clero. En la actualidad se percibe una crisis general de valores y de sentido, cuyas consecuencias las podemos ver, por ejemplo, en el creciente número de delitos contra la niñez, en los que participan muchas personas de distintos grupos sociales, y de instituciones públicas y privadas. Pero como los clérigos han aparecido como modelos de ética —pues la predicaban todo el tiempo— son precisamente ellos los que están sufriendo más el escarnio público, y con razón.

El modelo clerical vigente hizo aguas y es necesario hacer cambios fundamentales. Por eso se eligió al papa Francisco. Pero él no cuenta con suficiente apoyo y sus reformas están enfrentando mucha oposición. La resistencia es aun más fuerte cuando se tocan asuntos de poder y dinero.

Cruce de caminos

La crisis de este momento también ha hecho evidente la lucha entre corrientes que siempre han existido dentro del catolicismo: una corriente está inclinada al cambio; otra, a conservar la tradición; y otra más hace énfasis sobre la ética y sobre la dimensión social de la Iglesia.

La corriente tradicionalista se siente cómoda conservando el statu quo, le encantan la “pureza” litúrgica y hablar de las normas, los usos y las formas como si fueran eternos. Para ella la religión es un asunto de cumplimiento de reglas. Esta visión ha sido la dueña del Vaticano por mucho tiempo, y se opone con fuerza a cualquier intento de cambiar las cosas.

La corriente de vanguardia es minoritaria, rara vez cuenta con agentes en las altas esferas y muchas veces es perseguida por quienes se benefician del poder institucional del catolicismo. Pero de vez en cuando tiene su oportunidad de jalonar cambios imposibles de detener. Así sucedió en el Concilio Vaticano II y en la II Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano de Medellín en 1968, para citar dos ejemplos.

La diferencia de ahora consiste en que este conflicto interno está sucediendo ante los medios de comunicación, para conmoción de muchos creyentes. Pero tal vez se necesitaba que así fuera así para depurar las cosas y para que se hagan cambios de fondo en la formación, sentido, organización y misión del clero.

No olvidemos que lo que está en crisis es la institución eclesiástica y no la Iglesia, es decir, la comunidad de creyentes. Quizá venga una época de declive para la primera, quizá muchos que identifican a la Iglesia con el clero se marchen, pero la Iglesia continuará. Lo que está pasando puede verse como una oportunidad de renovación para los nuevos tiempos.

Publicado en Razón Pública

*Doctor en Historia de la Universidad de Namur (Bélgica), profesor de la Escuela de Historia de la Universidad Industrial de Santander, director del grupo de investigación Sagrado y Profano, investigador especializado en el estudio del cristianismo y de las religiones en Colombia y coordinador de la Maestría en Métodos y Técnicas de Investigación Social.