Volamos hacia la crisis ambiental y los pilotos de LAMIA van al mando

Volamos hacia la crisis ambiental y los pilotos de LAMIA van al mando
Estamos volando bajo condiciones de crisis en distintos frentes, que se entrelazan de variadas maneras. Los pilotos fuerzan las maquinarias, y para alimentar los motores insisten otra vez en extraer más recursos naturales. Esto los obliga, por ejemplo, a promover el ingreso de mineras o petroleras en áreas naturales o territorios indígenas, con lo cual aumentan los impactos ambientales y la conflictividad social.
20 de Marzo del 2017
Eduardo Gudynas

¿Recuerdan el accidente de aviación de la empresa LaMia? Aquel avión que una y otra vez volaba hasta agotar el combustible, mentía en sus reportes, y los pilotos jugaban con la vida de todos sus pasajeros. Todo eso hasta que finalmente, cuando transportaba al equipo de fútbol Chapecoense, se estrelló en Colombia en noviembre de 2016.

Esa actitud de volar a pesar que todos los indicadores mostraban que el combustible se agotaba, y de mentirle a los pasajeros y a los controladores aéreos, esa ceguera suicida, es la misma que se observa en otros ámbitos y otras escalas.

Es que se siguen sumando indicadores, sean sociales como ambientales, que dejan en claro que nos adentramos en una grave crisis a escala planetaria. Una crisis que mezcla la persistencia de la pobreza con debacles por la violencia o las limitaciones educativas, junto a la pérdida del patrimonio ambiental y el cambio climático. Esa crisis está en Ecuador y el resto de América del Sur mientras los que pilotean los gobiernos nacionales fuerzan a las comunidades y la naturaleza, esconden los reportes sobre los problemas, agotan los verdaderos “combustibles” que permiten nuestra vida, comenzando por el agua, y siguen aumentando la carga del equipaje consumista. Todos siguen volando sin atender esos indicadores, y como los pilotos de LaMia, nos llevaran al desastre.

Despegar hacia el desarrollo

Las imágenes del desarrollo como un vuelo no son antojadizas y tienen una larga historia. W. W. Rostow, el promotor del modelo más tradicional y conocido del desarrollo en etapas, describe una de “preparativos para el despegue” y otra de “despegue”. Esas ideas, lanzadas en 1960, se volvieron muy populares. Hoy en día, desde casi todos los gobiernos sudamericanos se dice que ya se superaron los preparativos y se despegó, para volar hacia la meta de unas economías similares a las de los países ricos.

Si bien estas imágenes están presentes en todos los discursos gubernamentales; la diferencia es que los pilotos en Ecuador y Bolivia vuelan por izquierda, mientras que los de Colombia y Perú lo hacen por derecha.

Hemos sido testigos de un nuevo consumismo que se dice sirvió para mejorar la calidad de vida de muchos. Pero lo que no siempre se reconoce es que se vive un aumento de violencia.

Pero los indicadores en estos vuelos muestran que estamos bajo condiciones tormentosas en varios frentes. Comencemos por recordar que en América del Sur es muy evidente el deterioro ambiental, que afecta a los suelos, el agua y la biodiversidad. Nuestros países se han mantenido como proveedores de materias primas, como minerales, hidrocarburos o granos, y aunque eso brindó buenas ganancias en momentos de altos precios internacionales, también ha dejado una herencia ecológica negativa.

Hemos sido testigos de un nuevo consumismo que se dice sirvió para mejorar la calidad de vida de muchos. Pero lo que no siempre se reconoce es que se vive un aumento de violencia, especialmente urbana, en todos los países y bajo cualquier tipo de gobierno. Es una violencia que va desde los pequeños robos callejeros, que siguen aumento en su agresividad, a las complejas redes de bandas criminales que cubren amplios territorios, como en Colombia o Brasil. Venezuela es el país con la tercera tasa de homicidios más alta del mundo (62 muertes por cien mil habitantes; cifras 2014)

De la misma manera, en varias naciones se redujo el analfabetismo y aumentó el número de niños escolarizados. Pero persiste una crisis en la calidad educativa, que es particularmente grave en la enseñanza media.

Se ha insistido que se redujo la pobreza, un bienvenido beneficio de los años de bonanza económica. Pero desde 2014 volvió a crecer (de 166 millones de personas en 2013 a 175 millones de pobres en 2015, según CEPAL). Esa reducción de la pobreza en muchos casos se debió a medidas asistencialistas pero siguieron faltando alternativas laborales y educativas sustantivas. Por ello, en las actuales condiciones donde escasea el dinero estatal, la pobreza regresa, como ocurre en Argentina y Brasil, o más agudamente en Venezuela.

Estamos volando bajo condiciones de crisis en distintos frentes, que se entrelazan de variadas maneras. Los pilotos fuerzan las maquinarias, y para alimentar los motores insisten otra vez en extraer más recursos naturales. Esto los obliga, por ejemplo, a promover el ingreso de mineras o petroleras en áreas naturales o territorios indígenas, con lo cual aumentan los impactos ambientales y la conflictividad social, como es muy visible en Bolivia. O bien, fuerzan una agropecuaria que intenta convertirse en una exportadora de commodities, presionando sobre el suelo y el agua, hasta que la dinámica ecológica se rompe como deja en evidencia el ataque de langostas, tanto en Bolivia como en Paraguay.

La crisis ambiental sudamericana

Posiblemente el deterioro ambiental sea una de las cuestiones más evidentes pero a la vez más ignorada o minimizada. La pérdida de biodiversidad sigue agravándose en todo el continente, y en Ecuador es grave. En una de las últimas evaluaciones ambientales globales, Ecuador tiene la peor situación ambiental en relación a la superficie y el stock de recursos naturales del país, a nivel latinoamericano (puesto 22 en el ranking global, seguido por Perú en el puesto 25; según el informe de C.J.A. Bradshaw y colaboradores para 2010).

Datos más recientes muestran que Ecuador tiene el mayor número de especies de plantas amenazadas en el mundo (1 856), y Brasil lidera la lista de aves en peligro (165).

Datos más recientes muestran, por ejemplo, que Ecuador tiene el mayor número de especies de plantas amenazadas en el mundo (1 856), y Brasil lidera la lista de aves en peligro (165). Los bosques sudamericanos siguen reduciéndose; por ejemplo, en Brasil se perdieron más de 6 millones de hectáreas de bosques entre 2010 y 2015, y en Bolivia se estima una deforestación de 350 mil hectáreas en promedio, por año, desde el 2011

Lo mismo se repite con el agua. En los últimos años se alternan, en distintos países, episodios de inundaciones (como en Argentina) con severas sequías (Bolivia sufrió a finales de 2016 lo que se estima es la más severa sequía en el último cuarto de siglo). Muchos disimulan que las regiones de Chile central van camino a ser un desierto.

El deterioro de los suelos sigue avanzando. En el enorme Brasil un 13% de su superficie es vulnerable a la desertificación, en Perú ese problema ya afecta a un tercio del país y en Bolivia a la mitad del territorio.

Por estas razones ya no tiene ningún sustento afirmar que América del Sur es un reservorio de enormes áreas naturales. Hoy en día eso es un mito. Las modificaciones humanas ya se han extendido en todas las ecoregiones, sin excepciones, y han pasado a predominar los ambientes artificializados.

Ciegos, sordos y tercos

Los pilotos estatales siguen sin entender que las estrategias de desarrollo basadas en los  extractivismos generan más perjuicios que beneficios. Sólo atienden a las pretendidas ganancias económicas sin observar otros indicadores que expresan sus costos, tanto económicos como sociales y ambientales. Apostaron a vender todo tipo de materias primas, hasta la última piedra, hasta el último barril, pero ninguno logró saltar los umbrales de la industrialización o la educación de calidad.

Los pilotos siguen volando más o menos a ciegas, rehusándose a atender el fondo de esos problemas, son sordos a los reclamos populares.

¿Cuál es el balance? Estamos avanzando en el siglo XXI con países más deteriorados desde el punto de vista ecológico por la expoliación de los recursos naturales, más frágiles socialmente por la dependencia en asistencialismo que mantiene a muchos al borde de la pobreza, en sociedades más violentas, y políticamente más divididos, con instituciones democráticas más endebles.

Los pilotos siguen volando más o menos a ciegas, rehusándose a atender el fondo de esos problemas, son sordos a los reclamos populares, y muy tercos, confiados en que podrán aterrizar. Pero en las bodegas se acumulan más y más equipaje de daños sociales y económicos, y por ello, el vuelo del desarrollismo demanda más combustible, será más corto y riesgoso.

A pesar de toda esta evidencia los pilotos siguen su vuelo. Esto desnuda que hay una resistencia o impedimento a los análisis racionales, y ello hace que esta crisis sea muy diferente. Los tomadores de decisiones están inmersos en el dogmatismo, imaginando soluciones mágicas ante estos problemas.

Nos quedan unos pocos minutos

La evidencia de la gravedad del actual contexto es irrefutable. Un notable aporte es provisto por la academia es el llamado “reloj del fin del mundo”. Es un indicador del tiempo que nos quedan antes que se desencadene un colapso global debido a las amenazas políticas, ambientales y nucleares. El primer resultado de este reloj se presentó en 1947, y se tomó arbitrariamente la medianoche como el momento final. Cada año se ofrece una nueva medición. Uno de los mejores resultados fue en 1991, cuando los científicos estimaban que nos quedaban unos 17 minutos antes del colapso planetario que sería a la medianoche; la peor fue en 1953, de tan solo dos minutos, al iniciarse las pruebas con las bombas de hidrógeno.

Al confirmarse el cambio climático planetario en 2015 y 2016 el reloj indicaba que nos quedaban tres minutos, pero en 2017, con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, todos los pronósticos son más sombríos. Nos quedan sólo dos minutos y medio.

La imagen es también apropiada para nuestros países, ya que acompasa la situación global con los problemas que golpean específicamente a América Latina. Se está advirtiendo a nuestros pilotos que sólo les quedan esos dos minutos y medio. Lo sensato sería tomar acciones cuanto antes, aligerar las cargas, quemar menos combustible, bajar la velocidad, aterrizar inmediatamente.

La duda que nos invade es que posiblemente los que pilotean el desarrollo en nuestros países hagan lo mismo que los pilotos de LaMia: seguir y seguir, imaginando alguna alternativa milagrosa que los salvaría, acelerando y acelerando. Muchos pasajeros en nuestros países nada saben de esos peligros, unos pocos disfrutando de la primera clase y muchos otros hacinados en las clases populares, distraídos con la publicidad de un feliz vuelo al desarrollo. Pero la verdad es otra, y si se continúa de esta manera, esos aviones se estrellarán. Unos pocos se salvarán, pero a la mayoría de nosotros nos van a matar.

Eduardo Gudynas, Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES)
Twitter: @EGudynas