Vilcabamba: el hogar del mundo

Vilcabamba: el hogar del mundo
Sin dejar de ser un pueblo de ensueño, Vilcabamba se ha convertido aceleradamente en el refugio de visiones ecologistas y humanistas en relación a la convivencia con la naturaleza. La construcción de casas de tierra en forma de domo, es uno de estos ejemplos.
21 de Abril del 2014
Natalia García

He vuelto a Vilcabamba varias veces este año. Todas las veces he llegado con la idea en mente de encontrar un Shangri La; un paraíso, un lugar perdido donde la gente no envejece, un templo de tranquilidad y vida como lo describen distintos blogs y reportajes de varios diarios nacionales e internacionales. Sin embargo, cada vez que voy no logro completar esa visión. Vilcabamba se muestra como un lugar en metamorfosis, como una especie de imagen sin mucho sentido. La última vez que visité Vilcabamba pasé por la biblioteca y el hombre que atendía supo por fin describirme esa imagen cuando me dijo que Vilcabamba era ahora un pueblo cosmopolita.

Hay de todo en todo lado. Mansiones enormes en barrios apartados “solo de gringos” como dice la gente del lugar, casas de adobe dentro de las cuales están los rezagos del mito de la longevidad: ancianos fumando sus chamicos y viviendo tranquilos. En medio de las montañas están unos cuantos domos, casitas redondas como de cuento. La plaza central: árboles y bancas, como la de cualquier otro lugar. Alrededor de la plaza están bares y restaurantes de gente de Italia, Argentina, España, México, Estados Unidos y otros países. Cuatro calles que ofrecen un mundo.

Llegas a un bar y te encuentras un grupo de adolescentes eternos, americanos entre 40 y 60 años, cantando, bebiendo y hablando todos al mismo tiempo. Sales y estás en la plaza central y varios adolescentes de verdad hacen maravillas en sus bicicletas o patinetas. Caminas un poco y te encuentras con un par de científicos que han decidido venir a buscar en Vilcabamba un poco de tranquilidad para trabajar; igual y te puedes encontrar con un músico exintegrante de Alan Parsons, un productor de cine o para mi suerte con un Henry David Thoreau, un desobediente civil, un hombre que decidió dejar su rutina y venir a Vilcabamba a la parte en que el pueblo cosmopolita pierde sus luces y ruido y se convierte en paisaje verde e infinito.

"Vilcabamba se muestra como un lugar en metamorfosis, como una especie de imagen sin mucho sentido. En la biblioteca, el hombre que atendía supo por fin describirme esa imagen cuando me dijo que Vilcabamba era ahora un pueblo cosmopolita".

Este hombre se llama Luca. Tiene 38 años y cuatro hijos. Vivió en Suiza hasta 1999 cuando decidió cambiar todo en su vida, dejar su empresa, dejar de estar dormido y empezar a vivir. “La gente usualmente se duerme a los 15 años y se despierta a los 65. Yo quiero llegar a los 65 y decir: ¡Upa! me largué de ese infierno y he hecho algo”. Habla alemán, español, inglés e  italiano. Es bueno en las conversaciones de todo tipo de temas desde El Club Bilderberg, botánica, el triunfo del loco Abdalá, la educación de los niños, la diferencia entre ser suizo o italiano, o cualquier otro tema porque salta de uno a otro con la misma facilidad con la cual envuelve sus chamicos y fuma uno tras otro mientras recuerda, entre otras cosas, que a los siete años le dijo a su madre que él iba a vivir en el bosque. Hace tres años cuando la visitó en Italia su mamá le dijo: “Luca es increíble pero lo lograste”.

De Henry David Thoreau, escritor, filósofo, poeta, se decía que no trató de vivir fuera del mundo sino de toda atadura inconveniente del mundo. Él mismo dijo que fue a vivir a los bosques para vivir deliberadamente, para enfrentar los hechos esenciales de la vida, para que al morir no se diera cuenta de que no había vivido. Dos siglos después, en medio del bosque, Luca me habla de lo mismo. Y a pesar de que la conversación con él va de maravilla no llegué aquí a conversar sobre eso, llegué aquí para saber quién había construido los domos de Vilcabamba. Quién había hecho esas pequeñas casitas redondas que cada vez eran más, que estaban situadas en medio de los bosques, decoradas de manera bastante peculiar, de donde parecía que -de un momento a otro- saldría un anciano ermitaño a disfrutar el paisaje y en las cuales cualquiera quisiera quedarse a vivir.

En 1986 un hombre llamado Nader Khalili fundó la organización Cal-Earth que se dedica a difundir técnicas de construcción bajo tres principios: tener un hogar es un derecho humano fundamental, todos los seres humanos debieran ser capaces de construir su propio hogar, la forma de proveer un hogar para todos los seres humanos, que cada vez son más, es construir con tierra. Bajo estos principios, Nader Khalili trabajó durante toda su vida en diseños que mantuvieran el equilibrio con los elementos de la naturaleza y que fueran fáciles de construir para todos. Sus diseños se utilizaron en programas de las Naciones Unidas para gente sin hogar.

Luca no es arquitecto, estudió baldosa, mosaico y piedras naturales.  Empezó estas construcciones con un par de amigos y las cosas salieron bien. A alguien le gustó, luego a alguien más y  le pidieron que les ayude a construir uno también. Los domos son hechos con bolsas de tierra. El diseño más ecológico llega a utilizar hasta 90% de tierra. Hay que sacar mucha, en uno de sus diseños entraron 250 toneladas. Pero los tres principios son completamente aplicables. Uno puede construir un domo con toda la familia y uno pequeño te puede salir en unos 10,000 dólares, si ahorras en la mano de obra. El aire arcilloso te cambia el clima, si afuera está frío, adentro se calienta un poco; si afuera está caliente, adentro está fresco. Los domos son anti-viento y soportan sacudidas fuertes, temblores de hasta 7,9.


Los domos en Vilcabamba.

Más allá de todo esto, entrar en un domo es una experiencia. Visité un par en Vilcabamba y cada uno tenía su propia personalidad o la de su dueño. El de Luca era un domo de familia, con laberintos, con resbaladeras pequeñas entre los cuartos, con ventanas chiquitas desde donde se pueden ver paisajes enormes, toda una estructura pensada para los niños y para disfrutar del paisaje. Conocí un par más, el de un inglés anarquista que ha viajado por todo el mundo pero desde hace 20 años decidió que no había mejor lugar que Vilcabamba. Su domo es un tributo a la naturaleza, tiene mosaicos por todos lados, de árboles, de cuevas, de animales, y el de un director de cine de Dinamarca que es un domo elegante, sofisticado y grande.

Frank Lloyd Wright, arquitecto americano que trabajó también con diseños que estaban en armonía con el ser humano y  el ambiente dijo que “todo arquitecto debe ser un gran intérprete original de su tiempo, de sus días, de su época”. Luca no es arquitecto pero sus creaciones son manifestaciones de este tiempo, de esta época y sobre todo de su pensamiento. Hay gran coherencia entre su forma de vida y lo que él crea. Hoy que todo es tan fácil, él no cree en una vida de facilidades, no le importa cargar todos los días un botellón de agua, traer el tanque de gas, trabajar en la tierra, construir su propia casa, si al llegar en la noche cansado puede sentarse a comer con la familia y disfrutar de un paisaje increíble, oler el aire arcilloso y sentir que todo ha valido la pena. Él tiene claro una cosa: si no te gusta tu realidad, vete y crea una que te guste.

Luca creó su realidad en Yamburara, una montaña grande y verde, lejos del pueblo que crece y se acerca a los bosques donde cada vez se ven más casas. Cuando llegó en el 99 no habían carros, carreteras, cajeros y el preferiría que siga así. Sin embargo, Vilcabamba aún atraviesa las consecuencias de su fama de paraíso de la longevidad. La gente sigue llegando y muchos se quedan en este pueblo cosmopolita.