¿Cómo construir al enemigo? Algunas lecciones

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¿Cómo construir al enemigo? Algunas lecciones
La realidad fue que los medios de comunicación no los amenazaban, sino que en la medida en que no se allanaban y no se convertían en revolucionarios del siglo XXI, es decir eran diferentes, podían asentar a la comunicación de diferentes, entonces, se los convirtió de amenazas potenciales en enemigos reales y actuales. Silogismos simples para ideas conservadoras presentadas en tules revolucionarios.
20 de Agosto del 2014
POR: Luis Verdesoto Custode

Cientista político, catedrático en varias universidades de Ecuador y Bolivia. 

No se trataba de producir una forma de la política diferente de la mediática, sino apropiarse para sí de la comuni- cación mediática para mono- polizar a la política".

Un recuerdo de Diego Cordovez y Manuel Chiriboga, que da forma a tertulias truncas, vino y cariño, argumentación apasionada e ironía.

Hace años doy vueltas a la idea de que luego de “resuelto” militarmente el conflicto con Perú, en 1995 los ecuatorianos perdimos una importante cuota de la identidad nacional aportada por el enemigo externo, ese que las sociedades buscan, encuentran y manipulan para constituirse a sí mismas.

La rivalidad con Perú fue una forma relevante de construir nuestra diferencia. Este importante ingrediente de la definición de identidad nos eximió de la búsqueda de otros factores para la conformación de nuestra “personalidad social”. Cabe decir, que ese conflicto, con otra ponderación, también participaba en la conformación de la identidad peruana. Finalmente, la identidad es la búsqueda de factores de diferencia, de especificidad, que nos hacen distintos de los otros y que se constituyen en la divisa para navegar por la vida de las naciones y de las colectividades.

¿Recuerdan aquella imagen que nos enseñaban en la escuela de que Ecuador era una “isla de paz”? ¿Qué nos querían decir? Que éramos un país (lugar) separado de otros (vecinos), casi un inalcanzable (Alfredo Pareja solía decir que Ecuador era, hasta la apertura del Canal de Panamá, el “lugar más lejano del mundo” por la dificultad migratoria). Ecuador, en suma, un país escasamente conocido, casi un no-lugar que se escapaba de la influencia internacional, que se resistía a ser parte de, es decir, propiamente una isla.

Desde el siguiente párrafo trato de afirmar que nuestro país, precedió a su profunda crisis nacional de 1996-2006, con el abandono del mito de isla inalcanzable. Ese abandono, esa incertidumbre, esa orfandad llegó hasta que la revolución ciudadana nos encontró y entronizó a las significaciones ecuatorianas errantes como el “milagro ecuatoriano”. Es decir, reemplazó a un irrealizable con otro irrealizable. Así, de mito en mito, nos pasamos buscando una identidad extraviada.

Pues bien, al finalizar el siglo pasado, los ecuatorianos no queríamos parecernos a Perú pero tampoco a Colombia. Talvez nos intimidaba la forma del estado peruano –notablemente engordado por la revolución militar y extremadamente encallecido en la sucesión civil- pero también teníamos temor a la sociedad colombiana –irresueltamente asediada por la violencia social e incapacitada para resolver el laberinto-. Mi propuesta es que durante la década de crisis nacional posterior al conflicto, el sistema político ecuatoriano interiorizó a las características de los países vecinos, justamente aquellas que queríamos evitar. La perversión es que ellos, Perú y Colombia, ahora, parecen superarlas, en medio de un desarrollo económico precipitado y una inserción internacional ágil. Y nosotros nos sumergimos en una búsqueda irrealizable de nacionalismo y modernización.

Vamos un paso más adelante. Ciertamente, cuando nos acercábamos a los años noventa, con una democracia aun frágilmente consolidada, Perú se nos aparecía como un enemigo “envejecido”, que se desgastaba aceleradamente en nuestra cultura social y política. Mejor dicho, era un enemigo de presencia y significación variables en la geografía nacional. Una cosa era para los quiteños y otra para los guayaquileños. El Perú ya no llenaba las “necesidades” de unidad e identidad nacionales, que los estados y las sociedades buscan y que el país tenía en su alforja. Al menos, corría ese riesgo. Los costeños y los serranos, los manabitas y los azuayos, comprendíamos, de distinto modo, esto de tener un enemigo externo a esas alturas de la modernización.

Sin embargo, la guerra –ese conflicto polar- tuvo la “virtud” de producir realineaciones y resignificaciones. El enemigo envejecido, rejuveneció con el conflicto. Para los ecuatorianos y para los peruanos. Años atrás, un fracaso de los socialdemócratas ecuatorianos fue intentar una solución negociada, traerlo a Quito a Fujimori e intercambiar posiciones sobre una mesa.

Por sobre esa iniciativa, triunfó la inacción conservadora y estalló el conflicto. A la distancia, hoy es terrible recordar las dimensiones que pudo adquirir ese enfrentamiento. No obstante, el triunfo militar ecuatoriano sirvió para que los dos países pudiésemos sentarnos a negociar diplomáticamente. Me detengo antes de calificar el resultado de la negociación, pues es parte de otro relato.

Me interesa buscar cómo se “disolvió” a un enemigo externo. Y sus consecuencias. La principal, el aparecimiento en la post crisis de otra experiencia de nacionalismo elemental, revolucionario y ciudadano, que ha oscilado entre el imperialismo norteamericano y Colombia. Pero, fundamentalmente, logró sustituir al enemigo externo con la construcción de enemigos políticos internos. Así, el nacionalismo primario sustituyó a los ingredientes perdidos de la identidad nacional.

¿Pueden las sociedades “vivir” tranquilas sin enemigos, externos y/o internos, en el horizonte? ¿Cuándo y por qué las sociedades necesitan de liderazgos que azucen estos “diablos” que habitan dentro del alma nacional? ¿Bajo qué condiciones estos liderazgos que remueven nuestras más recónditas pasiones emergen desde las entrañas de la sociedad? Hay que desentrañar estas y muchas otras cuestiones para saber en qué nos hemos metido como sociedad. Esa sociedad que todavía cree –como yo creo- que puede, que podemos, tener un destino autónomo, soberano, moderno.