El quiebre de la moralidad

El quiebre de la moralidad
¿A quién corresponde asegurar sobre la culpabilidad o la inocencia de un acusado? Por supuesto, que no al amigo ni al compadre ni al inferior en la categoría de mando, ni a su superior. Es cierto que todos somos presumiblemente honrados, buenos y honorables ciudadanos. Hasta que no se demuestre lo contrario.
09 de Noviembre del 2016
POR: Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Desde el inicio de esos tiempos políticos, la justicia se adecuó benigna y perruna-mente al poder".

Por definición, el poder corrompe. Y si alguien cree tener las manos limpias es porque, muy probablemente, ya no tiene manos. Y cuanto más se habla de honradez, de lealtad y de verdad, es más probable que en la realidad predominen el engaño, la mentira, la deslealtad, la traición, la apropiación ilícita. El cielo de todos los pecados sociales suele ser aquel que se construye con los megarrelatos sobre la verdad absoluta y con la honorabilidad de roca a toda prueba. Se trata del reino del bien absoluto. ¡Cómo hablan de su perenne honorabilidad los farsantes y ladrones!

Esta constituye la condición indispensable para que se den tanto la posibilidad de la existencia del mal como el dominio del engaño, del hurto, de la estafa, de la mala fe, del cohecho. De todos los pecados capitales que, de suyo, carecen de categoría y diferenciación porque todos son iguales entre sí, porque todos son hijos primogénitos de la misma madre llamada corrupción.

En principio, no es más corrupto quien roba millones de dólares que aquel que se calla y no denuncia o  que aquel que no juzga oportuna y adecuadamente como aquel que no condena porque el poder le exige no condenar. No es más corruto que aquel funcionario que miente propositivamente para que no se conozca la verdad social, política, económica.

¿A quién corresponde asegurar sobre la culpabilidad o la inocencia de un acusado? Por supuesto, que no al amigo ni al compadre ni al inferior en la categoría de mando, ni a su superior. Es cierto que todos somos presumiblemente honrados, buenos y honorables ciudadanos. Hasta que no se demuestre lo contrario. Existen dos juicios tanto sobre la honorabilidad como sobre la maldad: el de la ley y el social. El juicio social es amplio, a veces carece de límites pues se sostiene en lo aparencial. El de la ley pertenece a un mundo en el que todo se halla escrito pero sus lectores, a veces, son incluso ciegos.

“Por él, pongo la mano en el fuego” se decía antes por el buen amigo, por el honorable pariente, por el líder social o político, por el conocido por años, por el ministro. Cuántas manos se habrían quemado inútilmente. Jamás pongas tu mano en el fuego por nadie y menos aun por aquellos que ostentan poder. La gente de antes no era necesariamente más honesta que la de hoy.

La verdad, la honorabilidad, la honradez no surgen del apellido, del título académico y menos aun del poder que ostentas. Todo lo contrario. El hábito no hace al monje. Los discursos, del orden que fuesen, no crean ni honorabilidades ni verdades ni farsantes ni pecadores ni santos. ¿Acaso en el poder nadie se da cuenta de cómo alguien se enriquece de manera tan violentamente inmensa? No eres honrado porque tú lo dices sino porque lo demuestras en el ejercicio de la vida cotidiana.

¡Cómo se ha perseguido el decir y el opinar de los periodistas! ¡De qué manera se ha llenado de millares de rectificaciones el mundo de la comunicación! ¿Por qué se vigila de manera tan minuciosa al comunicador? ¿Acaso para desviar la atención ciudadana de tal manera que nadie repare en los millonarios enriquecimientos ilícitos de ciertos funcionarios, y de otras maravillas?

Gracias, si dices de mí que soy bueno y honorable, siempre y cuando no se trate de un adulo infame para enredarme en alguna de las redes perversas de la corrupción. Pero no perdonaré si me calificas de malo y deshonesto careciendo de pruebas, porque entonces el malo eres tú, malo sin remedio y perverso sin salvación.

Desde el inicio de esos tiempos políticos, la justicia se adecuó benigna y perrunamente al poder. En principio, la justicia es más grande de lo que uno imagina porque su cuerpo se extiende a lo largo y ancho del país y porque su espíritu habita en todos y en cada uno de los ciudadanos, niños y grandes, ancianos y recién nacidos. Cuando se inauguraron los nuevos tiempos, hasta le dieron derechos a la naturaleza, al viento y al agua, al polvo y a la ceniza. Pero también los anularon en quienes no sirven sumisamente al sistema y al poder.

¿Qué pesa más en la balanza imaginaria de la justicia, el reiterado abuso sexual a niñas y niños en un centro educativo u ochenta o sesenta o doscientos millones de dólares robados al país a vista y paciencia de todos los poderes? Por cierto, no existe esa balanza. Pero el interrogante no se deshace.

La suma total de los niños y niñas abusados sexualmente no llega a medio “escrúpulo” en la economía del país. Muy graves acusaciones recayeron sobre el papá de alguien que ejerce una de las más altas funciones del Estado. El señor huyó para vivir tranquilamente su retiro al otro lado del mundo de la justicia. En consecuencia, no ha pasado nada, pura mitología.

Es muy grave para el país que la Justicia permanezca sorda, ciega y muda cuando se trata de niñas y de niños maltratados, violados, heridos, asesinados. Es perversa una justicia que discrimina a quien perseguir y a quien no, a quien castigar por unos males y a quien casi bendecir por los mismos. Entonces el derecho de los niños pertenece al campo de la utopía si no de lo perverso.

¿Valdrán esos derechos tanto como los del agua, del aire, del árbol, de la tierra de los que se congratulaban infinitamente algunos por haberlos creado en un momento de insania jurídica y ética?

Es vox populi que en el país se persiguen y hasta se condenan la discrepancia y la diferencia, las opiniones y los decires. Existe una suerte de inquisidor oficial siempre listo a condenar y a exigir rectificaciones a los periódicos, a las radios, a las televisoras. Se dice que incluso habría realizado una edición especial de la ley de comunicación con omisiones y añadidos a su antojo y con formidable tiraje digno de mejor suerte. El asunto no es del dinero invertido, que es de los contribuyentes. Es su afán persecutorio.

El comendador ha logrado que los medios de comunicación vivan en perenne acto de rectificación de sus opiniones y afirmaciones. Como efecto de la ley, existen dueños de una verdad convertida en cosa, en objeto que bordea lo perverso. Para esa ley de comunicación, que incluso posee artículos que no fueron discutidos y aprobados por la Asamblea sino ilegítimamente e inmoralmente introducidos por alguien, lo que cuenta es la enunciación de la verdad. ¿Qué es la verdad, la gran preguntad de Nietzsche? Pero el comendador lo sabe, por eso a los medios ordena rectificaciones, los sanciona, pone multas económicas. A los inquisidores les fortalecían el potro, la rueda, la hoguera. Es decir, la crueldad.