Independiente del Valle: ¿alegría del pobre?

Independiente del Valle: ¿alegría del pobre?
Se trata de su actitud de vencedor, de triunfador que sabe superar reveses sin amilanarse, sin hundirse en esa impotencia que crece en el territorio de las humillaciones. Un equipo de jugadores que han aprendido a sostener hasta el último instante su entusiasmo y su afán de triunfo.
18 de Julio del 2016
POR: Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Es posible que algo tenga que ver el hecho de haber destinado la taquilla a los dam-nificados por el terremoto en Manabí y Esmeraldas".

Por supuesto que no se trata de pan y circo ofrecidos para esconder los problemas que afectan al país, problemas económicos, políticos, de la organización social y, quizás sobre todo, problemas de carácter ético. Primero porque este equipo, previamente calificado de sencillo y pequeño, no se ha ubicado en los dominios del poder lo cual evitaría una manipulación que lo conduzca al circo. En efecto, siempre ha sido una suerte de privilegio del poder la utilización de las alegrías pasajeras e incluso quizás fofas de los circos para distraer al pueblo de sus grandes y verdaderas preocupaciones. Y es que las situaciones en las que se desarrolla la cotidianidad sí dan para que, desde el poder, se recurra al circo para así intentar paliar los dolores económicos.

Es importante que no se haya intentado tapar con el futbol, como se hizo con el terremoto, el desempleo y el peso abrumador de las improvisaciones políticas. No se han utilizado los logros deportivos de este equipo para distraer la mirada colocada en las penurias reales que vive buena parte de la población, especialmente la más débil y, por ende, la más proclive a sufrir el peso de las cargas impositivas, el peso del desempleo, el peso abrumador de las desesperanzas.

Los pueblos poseen una innata actitud de benevolencia especial ante los éxitos y triunfos de los débiles, de los desprotegidos, de aquellos a quienes el poder social, político y económico no toma en cuenta para nada que no sea para la rimbombancia de los discursos de marras .

¿Cómo entender el fenómeno Independiente del Valle que, sin tener una hinchada numerosa, ha logrado que buena parte del país festeja sus triunfos? En países como el nuestro en los que el deporte no constituye precisamente una categoría social que lo exalte, los cultivadores de los deportes llamados populares, son comúnmente de origen igualmente popular. Jefferson Pérez y Rolando Vera, por citar solo a los dos, proceden de los estratos populares, casi de la extrema pobreza. Ellos pertenecen a esa suerte de insignificancia social que no ha merecido la atención de los poderes de ningún orden. Son nadie y, por lo mismo, han sido tratados como tales. Es decir, ignorados, desconocidos, quizás incluso menospreciados. Cuando triunfaron, la infinita mayoría del país quedó estupefacta aplastada por el peso de la incredulidad. La única medalla de oro olímpica lograda por Jefferson, las medallas de oro de Rolando.

Por otra parte, a diferencia de lo que acontece en otras geografías, en Europa, por ejemplo, también los futbolistas son apenas reconocidos por esos analistas que califican el bien y el mal, las alturas y bajuras sociales a las que pertenecen los ciudadanos con los criterios de origen y de dinero que se posee. También las excelencias que se logran con los costosos equipos requeridos para ciertos deportes y la aparencial sencillez humilde de correr en las calles, como se dice, por no tener nada más que hacer.

Es una condición del fútbol que el éxito llame y exalte a su hinchada. Porque también ahí se producen y se reproducen la diferencias sociales: los equipos de la capital y de Guayaquil frente a los de las otras provincias, los equipos apoyados por los poderes sociales y políticos y aquellos olvidados por casi todos y que viven a expensas de sus propias ilusiones y esperanzas y de sus puñados de hinchas a quienes quizás hasta se les podría contar de uno en uno. Por ahí andaría el Independiente del Valle.

Es la humildad social. Es el espacio geográfico. Es la sencillez del entorno. Es también la ausencia de aquellos megarrelatos que den cuenta de historias sobre triunfos reales y ficticios. Es, en cambio, el efecto de un trabajo tenaz, escondido, silencioso y también silenciado. No es la lucha mítica entre David y Goliat manejada por poderes que de antemano deciden quién debe ganar y quién debe perder. No es la lucha política que igualmente se halla manipulada por poderes que finalmente deciden quién debe triunfar incluso más allá de las urnas. En el deporte ganas porque juegas mejor no porque hay un árbitro que lo decide.

De a poco, se ha ido aglutinando una hinchada, desde luego absolutamente ocasional, pero que sin embargo posee el poder de sostener permanentemente a ese equipo que no se deshace porque comience perdiendo en un estadio sacrosantamente elegido para que triunfe su propio dueño. Es posible que algo tenga que ver el hecho de haber destinado la taquilla a los damnificados por el terremoto en Manabí y Esmeraldas. Pero este generoso gesto no sería el definitorio de que su hinchada haya crecido como espuma de leche. Se trata de su actitud de vencedor, de triunfador que sabe superar reveses sin amilanarse, sin hundirse en esa impotencia que crece en el territorio de las humillaciones. Un equipo de jugadores que han aprendido a sostener hasta el último instante su entusiasmo y su afán de triunfo porque no tiene como objetivo defender una historia hecha con viejos pergaminos, sino ganar ese partido. Y nada más. ¿Pudo, acaso, haber sido más avara en comentarios la prensa argentina?