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12 de Octubre del 2015
Ideas
Lectura: 9 minutos
12 de Octubre del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Insólito giro en U de la política petrolera
Ahora resulta que lo que hace 25 años era parte de un proyecto socialdemócrata sobre el petróleo, sólido pero nada revolucionario, ¡ha sido competencia desleal!

¡Pobrecitos los distribuidores de gasolina, tan maltratados! Ahora hay que permitirles que sean ellos los que dominen la venta final porque el Estado no debe entrometerse. ¡Qué tremendo que el Gobierno aproveche los subsidios para vender la gasolina más barata! Al menos así lo dijo el líder de la supuesta Revolución Ciudadana, desdiciéndose de lo que ha predicado por activa y por pasiva, y en contraposición con lo que su goebbeliano aparato de propaganda nos ha machacado sin piedad en estos insufribles nueve años: que la patria vuelve, que ahora sí hay dignidad, que nadie le va a imponer nada al Estado.

Encima se ha resuelto vender las gasolineras estatales ¡Afuera todas ellas, engendro del estatismo! ¡El Estado es un mal administrador, no debe meterse en lo que no le toca!

¿A quién estamos oyendo? ¿A Rafael Correa o a León Febres Cordero? ¿Al líder del proyecto que rescataría el papel del Estado, que recuperaría la soberanía y la independencia o al presidente de alguna cámara empresarial de los años setenta?

Yo me pregunto qué dicen todos los que eran de izquierda y creen seguir siendo de izquierda y están en el Gobierno o lo apoyan desde fuera. ¿Recuerdan su ideología o se olvidaron de ella por las canonjías del poder?

Sería bueno que desanden 25 años y recuerden lo que dijo Rodrigo Borja en su informe al Congreso Nacional el 10 de agosto de 1990, que tituló Mensaje de trabajo y optimismo: “Como un programa de gobierno es necesariamente el desenvolvimiento de una ideología política, el mío desarrolla los postulados doctrinales por los que me rijo y, entre ellos, el del aprovechamiento pleno y racional de nuestros recursos naturales ––tierras, minas, aguas y bosques–– en beneficio del pueblo ecuatoriano. Todos los países lo hacen. Aquí no hay chauvinismo de ninguna clase. Los países desarrollados deben su desarrollo a que supieron hacerlo con eficiencia; nosotros tenemos que hacer lo mismo para superar el subdesarrollo”.

Y precisó: “Dentro de esta línea ideológica hemos cumplido con firmeza y decisión las metas señaladas por la política petrolera de mi gobierno, instrumentada con admirable lucidez por el ministro Diego Tamariz y sus colaboradores”. Y, habría que añadir, continuada por los demás ministros, entre ellos, Donald Castillo y el recordado Rafael Almeida.

¿Qué es lo que Borja había hecho en esos primeros dos años de su administración? Había creado, en sustitución de CEPE, la Empresa Estatal Petróleos del Ecuador (Petroecuador), con una infraestructura administrativa y técnica que le permitió manejar con eficacia toda la cadena del petróleo: exploración, producción, refinación, transporte, almacenamiento y comercialización.

En esa línea, y en cumplimiento de las cláusulas contractuales, Borja tomó la decisión de transferir a manos ecuatorianas, a partir del 1 de octubre de 1989, el manejo del Oleoducto Transecuatoriano, que había sido operado durante 27 años por la empresa estadounidense Texaco. Como lo hizo notar en su citado mensaje, “aparte de los beneficios de la transferencia tecnológica, esta decisión (significó) para el Estado ecuatoriano la reducción de los costos operativos en un 25%”, que equivalía a 3 millones de dólares anuales. ¿Será eso competencia desleal según la nueva filosofía correísta?

Después, alcanzó otra de las metas: asumir la operación directa de las refinerías de la Península: Petroecuador comenzó a operar la de la Anglo-Ecuadorian Oilfields el 30 de noviembre de 1989 y la de Repetrol el 25 de agosto de 1990. Solo con la de la Anglo, el país se benefició con una reducción del 60% de los costos de refinación. ¿Competencia desleal?

Y también Borja tomó la decisión ––que Febres Cordero no se atrevió a tomar a pesar de que se habían cumplido los plazos––, de entregar a Petroecuador la administración del consorcio petrolero, por 25 años en manos de la Texaco. “Esta fue una de las grandes decisiones de la historia petrolera ecuatoriana. Como resultado de ella subió el nivel de producción y se redujeron los costos en los campos del consorcio”. ¿Competencia desleal?

La administración de Borja hizo además todo el sistema de poliductos de la Costa: La Libertad-Pascuales (128 km), La Libertad-Manta (170 km) y Santo Domingo-Pascuales (275 km), para crear un sistema de transporte eficiente, seguro y confiable para los combustibles que demanda el litoral ecuatoriano.

Fue en esta línea que Petroecuador abrió en el Gobierno de Borja, la primera gasolinera de su propiedad en la esquina de las avenidas Eloy Alfaro y Amazonas en Quito, y pronto lo hizo en otras ciudades. Con el paso de los años han llegado a ser cerca de 50. Y tiene como 200 que son franquicias (que obviamente el Estado no puede vender, aunque así lo haya dicho el presidente Correa en otro más de sus abundantes lapsus).

No sé cómo se ha manejado las gasolineras estatales en los últimos años, sobre todo en estos casi nueve de opacidad informativa y ausencia de control. Tal vez hoy los costos superan a los beneficios, por mal manejo, falta de supervisión, despilfarro, tres condiciones que quedarán grabadas para la historia como características de la administración Correa. Hoy incluso él mismo hace algo de autocrítica por los 20 ascensores que se han instalado en escuelas del milenio de dos pisos, y reclama a sus colaboradores con ironía para que dejen de tener esos sueños faraónicos, en vez de echar el guante a esos pillos. Y eso que ignora u oculta muchos otros gigantescos desperdicios de recursos en las propias Escuelas del Milenio y en tantas otras obras. Pero, volviendo a las estaciones de servicio, ciertamente es insólito que un gobernante tan obcecadamente estatista como Correa argumente hoy que se deben cerrar las gasolineras porque hacen “competencia desleal”.

Francamente, podían haberse buscado otro pretexto para dar esta insólita vuelta en U de la política estatal y borrar 25 años de integración vertical de la industria petrolera ecuatoriana. Aunque, viéndolo bien, no es de asombrarse: las privatizaciones comenzaron hace rato, y favoreciendo no a inversionistas ecuatorianos sino a extranjeros, como cuando se vendió (regaló es el verbo más apropiado) un ingenio azucarero, y siguieron con la venta de las dos empresas estatales de cemento que quedaban. ¿Con qué cara pueden hablar de revolución, de nacionalismo, de recuperar el papel del Estado?

Lo de la “competencia desleal” es un deleznable argumento cuando lo que se busca es dinero, cuando el Gobierno se ahoga, y es el comienzo de un proceso de desprenderse de activos, despedir a trabajadores y subir precios (gasolina súper, jet fuel). Pero en vez de comenzar por otras áreas, como suprimiendo ministerios coordinadores, dependencias redundantes y secretarías insulsas, atacan a un eje de la política más crucial del Estado, la petrolera.

Para mí esta es la confirmación del derechismo de Correa. En realidad, jamás fue de izquierda, ni cuando era profesor de la Universidad San Francisco de Quito ni cuando fue ministro de Palacio ni cuando impuso su voluntad sobre la Asamblea Constituyente para que dé forma al régimen más presidencialista y menos participativo de la historia. Y tampoco lo ha sido en su gobierno, que es un invento retorcidamente maquiavélico: con un discurso de izquierda ha conducido un gobierno monstruosamente estatista y ha ahuyentado a la inversión productiva pero a la vez ha permitido hacerse más ricos a los detentadores de los monopolios. ¿Qué socialismo va a ser ese? Ya se quisiera Correa ser socialdemócrata, una ideología que da su justo papel al Estado, alienta la inversión privada, combate los monopolios y redistribuye la riqueza.

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