La desnudez del Sumak kawsay

La desnudez del Sumak kawsay
¨Buen vivir¨ es, sin lugar a dudas, un concepto tautológico. ¿Quién no quiere vivir bien? ¿Conoce usted alguna doctrina política que promulgue el ¨mal vivir¨? En efecto, esta frase es tan vacía como el estribillo de la canción de Laura León: ¨salud, dinero, y amor¨.
18 de Noviembre del 2014
POR: Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

De la misma manera que Juan Domingo Perón no era el propietario de la ¨justicia¨, el correísmo no puede preten-der ser el autor, y único guardián del arte de vivir bien".

Ludwig Wittgenstein planteó que existen dos tipos especiales de preposiciones que no significan nada: las paradojas y las tautologías. Un ejemplo de paradoja sería ¨Pepito sube para abajo¨. Mientras que un ejemplo de  tautología sería: ¨Pepito sube para arriba¨. Ambas sentencias podrían usarse de manera literaria (especialmente la primera), pero en esencia ambas carecen de sentido.

Uno de los primeros intentos de teorizar el uso que algunas culturas le han dado a los significantes sin significado, se lo debemos al extraordinario etnólogo Claude Levi Strauss, específicamente en su ¨introducción  a la obra de Marcel Mauss¨. En el mencionado texto  se hace referencia a los ¨significantes cero¨, los cuales son enunciados que tratan de describir  fenómenos que no tienen un significante objetivo en las culturas lingüísticas donde aparecen,  y que por lo tanto adquieren nomenclaturas ambiguas misteriosas o mágicas.

Este fenómeno no es exclusivo de sociedades tradicionales. Así pues, varios autores se han referido al uso de los significantes ¨cero¨ en sociedades contemporáneas y la manera en que los políticos se han apropiado de ellas. Por ejemplo, Ernesto Laclau  define como ¨significantes vacíos¨ a aquellas palabras, o frases,  que son aprovechadas por líderes populistas para articular en torno a ellas demandas dispersas, anclándolas eficazmente en un discurso unificado. Un ejemplo de esto sería la palabra ¨ justicia ¨, un término amplio y universal,  que fue apropiado por Juan Domingo Perón, quien lo redujo a una consigna, tautológica: El ¨justicialismo¨. De la noche a la mañana el significante  ¨justicia¨ fue despojado de su significado tradicional, y aprovechando su evidente polisemia se convirtió en un referente para un líder político mesiánico.  ¿Le suena conocido?

El lingüista Noam Chomsky explicaría el mismo fenómeno desde el uso de la propaganda oficial en procesos de ¨manufactura de consensos¨.  Así pues, el  autor plantea que el uso del estribillo ¨yo apoyo a nuestras tropas¨, (una frase que no significa nada), se ha usado para legitimar a nivel público las aventuras militares del Gobierno de los Estados Unidos. En efecto, la utilización de significantes vacíos en contextos de manipulación política no es un fenómeno nuevo. 

En lo que concierne al caso ecuatoriano, la consigna ¨buen vivir¨ ha sido el significante más importante del  correismo a la hora de establecer procesos de interpelación ideológica. ¨Buen vivir¨ es, sin lugar a dudas, un concepto tautológico. ¿Quién no quiere vivir bien? ¿Conoce usted alguna doctrina política que promulgue el ¨mal vivir¨? En efecto, esta frase es tan vacía como el estribillo de la canción de Laura León: ¨salud, dinero, y amor¨. Es decir un concepto cuya obviedad genera una fractura semiológica que la despoja de sentido. Pero de la misma manera que Juan Domingo Perón no era el propietario de la ¨justicia¨, el correísmo no puede pretender ser el autor, y único guardián del arte de vivir bien.

Durante la redacción de la Constitución del 2008, el buen vivir,  fue redactado en quichua, para regocijo de algunos antropólogos distraídos que pensarían vanamente que el hecho de incluir una frase en una lengua nativa, aseguraría para siempre la armonía cósmica entre la Pachamama, y el Estado.  Desde luego, los apologetas oficiales, tratarán de decir que se trataba de un concepto ancestral, arcaico, casi mágico. La verdad es que el concepto de Sumak kawsay no necesariamente formaba parte de la tradición lingüística quichua, como ha planteado la filóloga Ileana Almeida, el lingüista Fabian Potosí, o el politólogo indígena Luis Tuaza. En efecto, la mayoría de definiciones relacionadas con esta noción, vienen de autores europeos blancos de apellidos difíciles como Houtart, o Walsh, o de latinoamericanos que se han graduado en universidades del viejo continente, como el economista Alberto Acosta, o el filósofo David Cortez. Por lo tanto, la  evidencia de que se trate de un término de profundas raíces en la cosmovisión indígena es susceptible de crítica. Pero aunque así fuese, estoy seguro que este concepto no estaría relacionado con la construcción de una burocracia autoritaria empeñada en cosificar los espacios críticos del mundo de la vida, o en el diseño de un sistema educativo etnocéntrico donde los jóvenes bachilleres de comunidades indígenas no tienen oportunidad de pasar las pruebas estandarizadas que les aseguren un cupo en la universidad. 

Considero que el uso de  significantes vacíos, en proyectos políticos colectivistas, es conflictivo, pues se basa en la apropiación de conceptos de valor universal, generalmente polisémicos,  despojándolos de sentido objetivo a fin de modelarlos  a los intereses de la ideología hegemónica. ¨Viva la patria Carajo¨ era el lema usado por los militares durante la dictadura argentina; las tropas franquistas en la Guerra Civil española arengaban a la soldadesca al grito de ¨Viva Dios¨; y actualmente varios actores  vinculados con las doctrinas de libre mercado se han apropiado del significante ¨libertad¨ haciéndose llamar a si mismos ¨libertarios¨.

Con todo esto no quiero decir que la idea del ¨buen vivir¨ sea negativa. Al contrario, es positiva, pero esta positividad es tan obvia que se vuelve tautológica. Le aseguro que no encontrará nunca una persona que esté en contra de llevar una buena vida.

Reducir la complejidad de las demandas sociales a través del uso de consignas simplificantes no es algo deseable. En efecto los debates sociopolíticos nacionales deben complejizarse. La sociedad ecuatoriana requiere urgentemente la generación de una esfera de discusión de lo público desde lineamientos de ¨acción comunicativa¨, la cual, de acuerdo con Habermas, establecería las bases de un sistema democrático participativo, donde la gente tendría plena facultad de influenciar en los  sistemas sociales.

Esto, estimado lector, no se conseguirá repitiendo alegremente eslóganes coloridos, sino generando debates complejos, en base a la diversidad de temáticas que abarcan la realidad. Despojarnos de los eslóganes, (especialmente si estos suenan chévere),  puede sonar polémico, pero es el primer paso para la generación de una esfera pública que alcance el suficiente poder crítico como para hacerse respetar frente a un proyecto burocrático autoritario.