La política sin ideología

La política sin ideología
Si de algo está libre el Ecuador de hoy es precisamente del debate práctico sobre la teoría política, la historia de las ideas y la evolución del pensamiento ideológico aplicado. Entender el porqué la política ecuatoriana actual carece del más mínimo tinte que tenga relación con mundo de las utopías posiblemente tenga que ver con el fracaso de la reciente década correísta.
11 de Junio del 2018
POR: Decio Machado

Sociólogo y periodista. Consultor y analista político.

Cuando un político deja los princi-pios ya no le queda más para enamorar a los ciuda-danos que los recursos deriva-dos del marke-ting político, es decir, de la virtua-lidad".

Las ciencias sociales sitúan el origen del término «ideología» en la obra Mémoire sur la faculté de penser, publicada en 1796 y donde Destutt de Tracy, un aristócrata y filósofo francés de la Ilustración, desarrolló por primera vez este concepto. De Tracy afirmaría: “de la misma manera que Kepler, por medio de sus leyes del movimiento de los planetas, había mostrado cómo las varias partes del sistema solar están relacionadas, así Condillac [filósofo y economista francés de la segunda Ilustración] había descubierto la verdadera conexión de las ideas”.

Cinco décadas después Karl Marx en sus obras Crítica a la filosofía del derecho de Hegel y La ideología alemana, textos escritos en su juventud dialéctica hegeliana previa a sus elaboraciones desde el materialismo dialéctico e histórico, abordaría el tema de la «ideología» desde su contraposición a la praxis vital. Para aquel Marx que aún no había dado el paso al “socialismo consciente”, primero se encontraba la vida, la experiencia vital y la praxis, para luego aparecer el reflejo de la imaginación de los hombres y su representación simbólica. Así las cosas, la praxis precedía a nuestra capacidad de reflexión y por lo tanto la actividad revolucionaria debía consistir en recuperar la conciencia e invertir la imagen mediante la crítica.

Desde ahí, litros y litros de tinta correrían en torno al respecto. Ya en la segunda mitad del siglo pasado sería el psicoanalista estadounidense Erik Eriksson -destacado por sus contribuciones en psicología del desarrollo- quien nos demostraría que un sistema ideológico no es más que un cuerpo coherente de imágenes, ideas e ideales compartidos que suministra a los participantes una orientación coherente en cuanto al espacio y tiempo, medios y fines. En resumen, hablamos de una personalidad social que funciona de forma integradora y que se legitima desde su identidad colectiva.

Un par de décadas después llegaría Raymond Williams. Este intelectual marxista galés perteneciente a lo que fue el muy interesante Círculo de Birmingham nos ofrecería en su obra Marxismo y literatura tres tipos de acepciones respecto al concepto «ideología»: a) un sistema de creencias característico de un grupo o clase particular; b) un sistema de creencias ilusorias que puede ser contrastado con el conocimiento verdadero o conocimiento científico, y; c) el proceso general de la producción de significados e ideas.

Como semejante tutti frutti de ideas no podía desembocar más que en una cada vez mayor confusión, otro notable del pensamiento crítico como es el británico Terry Eagleton -discípulo de Raymond Williams- escribiría en su obra Ideology An Introduction (1991): “Desde su formulación, en 1796 por los filósofos psicologistas franceses, nadie ha dado una definición unívoca de ideología (…), y no porque quienes se dedican a ello sean estúpidos o carezcan de inteligencia, sino porque el término ideología está asociado a una serie de significados convenientes y no todos son compatibles entre sí, por lo cual intentar comprimirlos dentro de una solo definición sería inútil además de imposible.”

En todo caso y más allá de las diferentes vertientes desde la cual fuera abordada la cuestión ideológica, es un hecho que la mayor parte de quienes se han interesado por este tema coinciden en señalar que el principal problema a la hora de definir esto de la «ideología» radica en que no se puede formular una definición no apreciativa del término dado que todos estamos cargados ideológicamente.

Sin embargo y más allá de su complejidad conceptual, es un hecho que las ideologías juegan un rol esencial en la política. Sin ellas, difícilmente sería entendible por donde se dirigen los bloques de ideas a la hora de resolver los problemas de cada época y construir un sistema coherente de intervención en lo público con base en sus fines.

Llegados acá, cabe indicar que si de algo está libre el Ecuador de hoy es precisamente del debate práctico sobre la teoría política, la historia de las ideas y la evolución del pensamiento ideológico aplicado. Entender el porqué la política ecuatoriana actual carece del más mínimo tinte que tenga relación con mundo de las utopías -término acuñado por Tomás Moro para describir una sociedad ideal- posiblemente tenga que ver con el fracaso de la reciente década correísta (algo en lo que la mayoría de los ciudadanos en algún momento creyó), con la profesionalización de la política y por una visión de intervención en lo público que tiene su enfoque en alcanzar o ampliar poder.

Las consecuencias no pueden ser más nefastas para la democracia y la institucionalidad política nacional. Su baremo de mediocridad nos lo dan las empresas demoscópicas, quienes posicionan encuesta tras encuesta que los partidos políticos nacionales carecen de credibilidad social y que si el voto no fuera obligatorio los índices de ausentismo electoral alcanzarían cifras cercanas al 60% del electorado.

Respecto a lo electoral basta analizar el reciente fracaso de los dos principales partidos políticos del país sin el triunfo de nadie más. En febrero del 2017, primera vuelta de las últimas elecciones presidenciales y momento en el que el voto se identifica más con líderes y partidos, Alianza PAIS perdió más de un 1.2 millones de votantes y CREO de Guillermo Lasso, pese a ese deterioro, apenas consiguieron sumar 700 mil más respecto a sus resultados del 2013. En ambos casos y para sonrojo de sus dirigencias debe contemplarse la existencia de un censo electoral de 1.15 millones más de electores.

Hacer un sobrevuelo de la actual política nacional resulta desalentador. Por un lado, vemos un gobierno al que políticamente se le agradecen determinadas acciones claves en el ámbito de la libertad y los derechos, pero al que nadie entiende -la política cuántica tiene que ser algo más complejo que entregar el frente económico y productivo al capital privado/conservador y la política social al residual progresismo verdeflex- y sobre el que cada vez mayor número de ciudadanos tienen dudas respecto a su ejecutividad. Y por otro, ante una oposición conservadora escasamente brillante lo único interesante es ver la estrategia del “mate pastor” (jugada de ajedrez donde dama y alfil cooperan para atacar desde el primer momento el punto f7 del rival, es decir, la posición más débil alrededor del rey) aplicada desde el ámbito socialcristiano respecto a un gobierno al que circunstancialmente en este momento apoyan. En medio de este desierto da cierta congoja también visualizar a los últimos sobrevivientes de lo que fuera hasta hace muy poco la gran tribu correista, quienes buscan reagrupar a lo que le queda de tropa mientras su “gran timonel” les alienta a 9.500 kilómetros de distancia.

Lo más grave de este erial es que la clase política nacional demuestra estar poco dispuesta, y lo que es peor, posiblemente aún menos capacitada para detectar las causas de su cada vez mayor desprestigio. Aunque en su descargo cabe indicar que vivimos inmersos en una combinación de factores que han impulsado el desprestigio de la «ideología» y la política en general: el predominio de una economía de mercado respecto a la cual la izquierda política tan solo se plantea, de forma muy pueril por cierto, disputarle al mundo del capital la eficiencia en su gestión; un pragmatismo desenfrenado mediante el cual cualquier práctica política es válida para el establishment político nacional siempre y cuando tenga como finalidad alcanzar el objetivo trazado (véase al cuencano Paúl Carrasco, máximo exponente de la “política por interés”, quien tras sucesivos romances con Nebot y Lasso terminó avalando la política gubernamental y obteniendo el reconocimiento como partido político nacional tras romper su asambleísta el bloque legislativo de CREO); y, una fijación neurótica por subsistir como sea en la política por parte de la mayoría de quienes optan en algún momento de sus vidas por participar en ella, lo que les desconecta de forma automática de a quienes dicen representar y con respecto a lo que dicen identificarse.

En todo caso y más allá de miserias humanas, es evidente que la «ideología» tiene una vertiente de dualidad: al mismo tiempo que representa un conjunto de ideas individuales y/o colectivas básicas que bien intencionadas buscan tener cierta coherencia entre sí en aras a un bien común, también suponen el sueño en un mundo ideal imaginario que a la postre implica cierta evasión de la realidad.

Respecto a quienes desde el empirismo político o la poco agraciada real politik justifican esta inexistencia de «ideología» en la política actual, a esos que consideran que esta falta de valor es positiva porque entienden que el posicionamiento político con anclaje en la historia de las ideas es algo anacrónico, convendría recordar que cuando un político deja los principios -ya sean éticos o de coherencia con sus ideas- ya no le queda más para enamorar a los ciudadanos que los recursos derivados del marketing político, es decir, de la virtualidad.