De la república bananera a los cuentos chinos

De la república bananera a los cuentos chinos
Lo que ningún gobierno de los tan ligeramente llamados “neoliberales” pudo o quiso hacer, lo ha venido haciendo con total impudicia la Revolución Ciudadana. A la entrega de enormes concesiones mineras en territorios ancestrales hay que sumar el sobreendeudamiento con intereses usurarios (para lo cual se ha comprometido la producción petrolera de los próximos diez años) y la actual subasta de los principales campos petroleros para cubrir un gasto público tan desmedido como corrupto.
22 de Diciembre del 2016
POR: Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Todo esto ha sido posible gracias a la conso-lidación de un gobierno autoritario que liquidó la imper-fecta democracia y el estado de derecho que teníamos".

Ecuador: de banana republic a la No república.

Rafael Correa Delgado.

Las capturas las hacían en la noche, en medio de las sombras. Allanaban sus viviendas, también las sedes de las organizaciones y los tomaban presos luego de golpearlos y maltratarlos. Tras algo más de treinta días de huelga, las autoridades habían declarado el estado de sitio y se lanzaron a la persecución de esa “cuadrilla de malhechores y criminales” que buscaban obtener algunas mejoras laborales. Durante esos días fueron llegando piquetes de policías y militares y aislaron varios pueblos de la zona del Magdalena, en donde, desde años atrás, la United Fruit había establecido gigantescas plantaciones bananeras luego de desplazar y despojar de sus tierras a miles de pequeños propietarios, siempre con la ayuda y complicidad del gobierno.

La mañana del 6 de diciembre de 1928, una multitud de cerca de 3000 huelguistas se había concentrado en la plaza principal del municipio de La Ciénega, el pequeño pueblo que era el epicentro de la huelga. Quienes dirigían los piquetes represivos les dieron un ultimátum: si en quince minutos no despejaban la plaza se abriría fuego. Fueron minutos de gran tensión pero nadie se movió de allí. Sonaron clarines anunciando que el plazo había terminado.

Desde los nidos de ametralladoras abrieron fuego contra esa multitud de hombres, mujeres y niños, dejando cientos de cuerpos sin vida tirados en la plaza. Los que lograron huir fueron perseguidos y acechados en los montes, los capturaron en sus ranchos y luego los asesinaron. Nunca se supo el número exacto de víctimas. Los cientos de cadáveres fueron transportados en los trenes de la compañía, justamente en aquellos vagones que servían para llevar el banano hacia los puertos del Caribe colombiano. Tampoco se supo nunca qué pasó con esos cuerpos: el mar y fosas comunes cavadas en las cercanías de la ruta del tren fueron, al parecer, el destino final de muchos de quienes habían querido defender sus derechos frente a la voracidad de la United Fruit y de su gobierno títere.             

Esta matanza, que tiempo después fuera conocida como la Masacre de las Bananeras, ocurrió durante aquellas épocas nefastas, quizás de las peores que ha vivido América Latina, en donde algunos gobiernos oligárquicos, serviles y corruptos se pusieron al servicio de algunas transnacionales extranjeras, como la United Fruit, y utilizaron los ejércitos y las policías nacionales para reprimir y asesinar a sus propios pueblos. De esa época, plagada de gobiernos como el de Somoza en Nicaragua o Ubico en Guatemala, surgió el nombre de “repúblicas bananeras” que no era sino una forma, peyorativa pero acertada, de nombrar a esos países gobernados por sátrapas que no hacían otra cosa que festinar los recursos de sus países para su propio beneficio y el de algunas transnacionales. Paisitos gobernados por dictadorzuelos repletos de codicia y crueldad, eran vistos y tratados como pequeñas colonias de las cuales se podía extraer abundantes recursos naturales y explotar inmisericordemente a sus trabajadores.    

Las cosas fueron cambiando a lo largo del tiempo y, pese a los bemoles del proceso, la situación mejoró mucho a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, coincidiendo con el retorno a la democracia en la mayoría de países de América Latina. Pese a las diferencias entre los distintos países y a la precariedad de nuestras democracias, hubo procesos importantes de institucionalización política que pusieron límites a los gobiernos de turno y permitieron la expresión y la conquista de derechos de distintos grupos y fuerzas sociales, con lo cual se ponía coto, o al menos menguaba, ese carácter oprobioso y servil de las “repúblicas bananeras”.

Pero nada en los procesos políticos y sociales es irreversible y hoy, tras una década de Revolución Ciudadana, el retroceso ha sido tan grande y el entreguismo del gobierno a los intereses de las empresas chinas es de tal magnitud, que casi no existe diferencia con lo que ocurría en aquellas épocas remotas. O quizá sí: a ninguno de esos dictadorzuelos latinoamericanos se le habría ocurrido hablar de dignidad y soberanía nacional y menos aún de que sus gobiernos siempre privilegiarían “al ser humano sobre el capital”. Y eso habla bien de ellos pues, al menos, eran sinceros.

Hablo de esto a propósito de la canallesca actuación del Gobierno Nacional al entregar enormes concesiones mineras en territorios de pueblos ancestrales, (cuestión que además está prohibida por la Constitución) y al haber mandado al ejército y la policía nacional a perseguir y reprimir a los pueblos ancestrales que defienden sus derechos y su forma de vida, con consecuencias que podrían constituir -si no lo son ya- crímenes de lesa humanidad.

Lo que ningún gobierno de los tan ligeramente llamados “neoliberales” pudo o quiso hacer, lo ha venido haciendo con total impudicia la Revolución Ciudadana. A la entrega de enormes concesiones mineras en territorios ancestrales hay que sumar el sobreendeudamiento con  intereses usurarios (para lo cual se ha comprometido la producción petrolera de los próximos diez años) y la actual subasta de los principales campos petroleros para cubrir un gasto público tan desmedido como corrupto.  

Y todo ello ha sido posible gracias a la consolidación de un gobierno autoritario que liquidó la imperfecta democracia y el estado de derecho que teníamos, y que, pese a sus debilidades y carencias, permitía la existencia de contrapoderes y espacios para que la sociedad pueda resistir a estos procesos de expoliación y despojo. El traje a la medida del dictador, hay que recordarlo, lo confeccionaron en Montecristi.

Pero así como la deriva autoritaria del régimen no es reciente, tampoco lo es la alianza con China. Revolucionarios como son, desde un inicio buscaron aliarse con ese país cuyo crecimiento económico e influencia en el mundo está sostenido por un Estado totalitario en el cual prevalece una forma de esclavismo de Estado que implica las formas más aberrantes de sobrexplotación de los trabajadores, la destrucción de la naturaleza, una enorme corrupción y la ausencia total de derechos civiles y sociales.    

Lo cuenta Guy Sorman  en su libro China, el imperio de las mentiras: “El Partido Comunista tramita rápidamente las formalidades, pone a disposición de los inversores masas de asalariados dóciles, no se preocupa por los derechos sociales ni por el medio ambiente. Es la ventaja de una administración autoritaria. […] Una privatización en China nunca es integral, es solo un derecho al enriquecimiento concedido a una persona privada bajo el control permanente de un tutor público. […] La corrupción es indispensable al Partido, desde sus orígenes hasta nuestros días. De entrada, el Partido Comunista fue una máquina de poder y una máquina económica puesta en marcha a la vez  para conquistar China y para asegurar la prosperidad de sus miembros.”

Entendiendo lo que realmente es China, mostrando cómo allí el Partido Comunista se convirtió en el gran proveedor de fuerza de trabajo dócil y sin derechos para las grandes transnacionales, la ninguna importancia que le dan al medio ambiente, la supresión de los derechos civiles y de las libertades;  entendiendo su voraz apetito por recursos naturales y por poner sus excedentes económicos en sus cuasi colonias, en fin, comprendiendo el autoritarismo de su gobierno y la corrupción intrínseca a un sistema de esas características, podemos entender también porque se ha convertido en el aliado natural de la Revolución Ciudadana.     

Lo que he contado en los primeros párrafos de este artículo intenta resumir los principales hechos de la Masacre de las Bananeras que han sido recogidos por importantes historiadores colombianos. En Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez también refiere este hecho y lo vuelve parte de esa fabulosa novela. El municipio de La Ciénega se convierte en Macondo y allí también, como ocurrió en la realidad, las autoridades intentan por todos los medios negar lo ocurrido y sumir en el olvido la masacre cometida. “En la noche, después del toque de queda, derribaban puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos […] pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban las oficinas de los comandantes en busca de noticias. ‘Seguro que fue un sueño¬-insistían los oficiales-. En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Éste es un pueblo feliz’. Así consumaron el exterminio…”.

En estos días, el Presidente se ha referido a los indígenas Shuar de las comunidades de Namkits y Panantza  de la misma forma en que las autoridades colombianas lo hicieron con los huelguistas allá por 1928. “Violentos disfrazados de ancestrales…criminales…llamen a quien sea, primero hay que capturar y sancionar a los asesinos”. Y sus acciones también son muy parecidas: declaración del estado de emergencia y movilización de tropas para reprimir a quienes resisten el expolio y la liquidación de sus formas de vida. La masacre aún no ha ocurrido, pero las condiciones están dadas para que algo parecido pase. El aparato de propaganda intentará justificar los hechos y dejar en el olvido, como si se tratara de un sueño, la barbarie que está ocurriendo en Morona Santiago. Pero los ecuatorianos habremos de recordar  y someter a la justicia a sus responsables, porque la memoria ha de imponerse sobre el cinismo y olvido organizado.