¿Legalizar las drogas?

¿Legalizar las drogas?
Hace muchos años, ya se evidenció el fracaso rotundo de esta guerra y se planteó la imperativa necesidad de construir nuevas alternativas más lógicas y ajenas a la violencia. Alternativas que surjan de equipos constituidos por sujetos acostumbrados a pensar la problemática social más allá de las apariencias y, sobre todo, más allá de los discursos, leyes e imposiciones que surjan de la violencia.
30 de Mayo del 2018
POR: Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Llegó la hora de plan-tearnos seria-mente la legaliza-ción de la droga y de no entre-garle el bono demo-gráfico, 165 millones de jóvenes que hoy se los estamos entre-gando al narco-tráfico en charola de plata".

En su informe al país, el presidente Moreno se refirió a las ingentes cantidades de droga que el país ha logrado decomisar y los millones de dosis que, de esta manera, ya no llegarán a las calles. Desde luego que es encomiable todo aquello que se hace para controlar el tráfico internacional de sustancias. Pero el problema de los usos es algo mucho más complejo pues no se reduce a la cantidad que se decomise para pensar que así se ha impedido que esta cantidad llegue a los usadores. En las calles nunca falta.  

Vale recordar que, según las propuestas de los organismos internacionales, en el año 2009 debía haber desaparecido la última planta de mariguana, de coca y de amapola. Nada de esto ha acontecido ni, probablemente, acontecerá. En Colombia, por ejemplo, se cultiva más coca y a la mariguana se le ha colocado en el pecho la medalla de colaboradora en el logro de la salud de numerosos enfermos y también, por qué no, en el logro de ciertos bienestares. Esto en los mismos Estados Unidos.

La propuesta de eliminar las drogas es demasiado simple, lineal y eminentemente moralista. De hecho resulta muchísimo más fácil pasar un inmenso tractor por todo el cuerpo social de nuestro planeta destruyendo millones de amapolas, de plantas de coca y de marihuana. ¿Por qué tanto problema si la solución parecería tan sencillamente fáctica y operativa? Porque el verdadero problema no se encuentra ahí. Probablemente el verdadero problema se halle en el hecho mismo de haber declarado la guerra a las drogas exactamente igual como se declaró la guerra a ciertas enfermedades que han desparecido del planeta. Pero la mariguana no es la viruela. La mariguana también se alimenta de los deseos y fantasías de quienes las usan.

Las drogas no son una enfermedad infecto-contagiosa, pese a que así han sido tratadas por ciertos poderes. Tampoco son cosa. En realidad, para bien o para mal, las drogas son mucho más que eso. Y justamente es esto lo que ciertos poderes han desconocido o negado en este casi medio siglo de guerra.

Hace muchos años, ya se evidenció el fracaso rotundo de esta guerra y se planteó la imperativa necesidad de construir nuevas alternativas más lógicas y ajenas a la violencia. Alternativas que surjan de equipos constituidos por sujetos acostumbrados a pensar la problemática social más allá de las apariencias y, sobre todo, más allá de los discursos, leyes e imposiciones que surjan de la violencia.

Sin lugar a dudas, al Estado le corresponde la dura tarea de controlar el tráfico de sustancias. Una tarea azas compleja a cargo de las fuerzas armadas y a la policía. Como objeto de esa tarea no se puede incluir jamás a los usadores y quizás ni siquiera a los pequeños traficantes. Al comienzo de su gobierno, Correa tuvo alguna sensatez que lo condujo a excarcelar a los pequeños traficantes y a patrocinar la creación de un Consep que entendió esta problemática desde nuevas, sanas y eficaces perspectivas. Cuando se dejó dominar por los prejuicios, cambió radicalmente y entregó el problema a la policía.

Constituye un grave error político y social reducir el tema de las drogas al tráfico y a las incautaciones. De igual manera, es fatal que se haya colocado a los usos en el campo oficial de la salud como si se tratasen de enfermedades. ¿De cuándo acá el uso de una droga constituye una enfermedad? ¿Qué tipo de enfermedad? Y quizás lo más importante: ¿con qué medicamentos el Ministerio va a tratar esta enfermedad en sus inoficiosos centros de tratamiento? ¿Los va a vacunar?

Urge hacernos de nuevos ojos y oídos para mirar otras realidades y escuchar otras voces que, por cierto, no se hacen eco de los discursos y de las estrategias oficiales que, carentes de toda iniciativa, acuden siempre al facilismo de lo ya estatuido, aunque sus efectos sea ciertamente precarios.

Presidente Moreno, urge cambiar de raíz la narrativa oficial sobre drogas. Alicia Bárcena, que preside la CEPAL, une su voz a la de muchos otros que tratamos de hallar soluciones verdaderamente fácticas a la complejidad de un problema que no se soluciona con armas. “Llegó la hora de plantear seriamente la legalización de la droga”, acaba de decir en la reunión de la CEPAL en París, “como parte de la solución a los problemas económicos y sociales de una región que hoy en día deja a gran parte de su juventud más vulnerable a merced de los carteles. Llegó la hora de plantearnos seriamente la legalización de la droga y de no entregarle el bono demográfico, 165 millones de jóvenes que hoy se los estamos entregando al narcotráfico en charola de plata porque no tenemos empleo ni instituciones. La ilegalidad está matando a la gente”.

Para algunos asambleístas, la culpable del supuesto incremento de los usos es la tabla de cantidades básicas que hace años aprobara el Consep. En consecuencia, como si la temperatura estuviese en las sábanas, piden su abolición, que se la aplique la pena de muerte.

La policía y las Fuerzas Armadas hacen lo suyo. A la sociedad civil le corresponde la dura tarea de pensar de otra manera el problema, desde un lugar que no puede ser otro que el de los sujetos que poseen libertad, deseos, conflictos, esperanzas y desilusiones. En sí mismo, por ende, no es el Ministerio de Salud el que debería tomar la batuta del problema porque los usadores no padecen una enfermedad llamada uso de drogas. Porque, además, existen muchas clases de usos no reconocidos por el poder.

El sujeto no es una cosa: es deseo, libertad, conflictos. Es búsqueda, hallazgo y fracaso. Es quien goza pero también quien sufre y padece. Este sujeto no desea cárceles de ningún orden para enfrentar sus conflictos. Los autodenominados centros de tratamiento son cárceles.

El presidente dijo que con las incautaciones “hemos evitado que la vida y el futuro de cientos de miles de niños y jóvenes se vean truncados por los criminales del narcotráfico. Los seguiremos combatiendo sin descanso ni contemplaciones”. Por desgracia, presidente, esas incautaciones, absolutamente necesarias, no disminuyen el merado. Es necesario y urgente que construyamos nuestros propios caminos y nuestras estrategias para enfrentar los usos de drogas.