Lo que queda de Glas

Lo que queda de Glas
De Glas queda su mirada perdida y su rictus que inevitablemente conducen al asombro de lo perverso. A esa puerta asegurada y que protege secretos de Estado, del Estado de corrupción que fundó el correato y que se constituyó en una especie de marca indeleble de su famosa década ganada. Desde luego, bien ganada, como dicen esas obras faraónicas que fueron presupuestadas en cien y que terminaron constando mil. De esas diferencias se alimentó la corrupción.
08 de Enero del 2018
POR: Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La corrup-ción del correato convirtió en podre-dumbre la ley, la honora-bilidad y la verdad".

Oficialmente, Jorge Glas ha dejado de ser vicepresidente. Ha pasado a ser un ciudadano común y corriente, privado de la libertad, condenado a seis años de cárcel. ¿Qué queda de este ciudadano a quien Correa llamó a colaborar en su primer mandato y que, para el segundo, lo colocó a su lado, como su vicepresidente? Porque cuando alguien forma parte de una entidad estatal, cuando ocupa un alto cargo directivo en la administración pública, siempre debe dejar su huella de bien. Para eso se le designa ministro, subsecretario, director general. O se le elige vicepresidente.

Por supuesto que existe un abismo entre la presidencia y la vicepresidencia. Sin embargo, hacerse cargo de los proyectos más estratégicos del país no es cuestión de poca monta, no solo administrativa, sino también política y económicamente. Y por ahí anduvo Glas sin que, aparentemente, tuviera sobre sí ningún ojo observador que le siguiese los pasos, sin ese oído de la conciencia que escuchase sus secretas conversaciones perennemente mantenidas con el mal. Glas aprendió tempranamente a hablar con el mal. Por eso quizás prematuramente asesinó al gusanillo de la conciencia para que no pudiese roerle el corazón, la voz y la mirada.

Luego de este asesinato, se fundó en el país la asociación denominada Política y Corrupción, Cia. Ltda. Comunidad privada del mal que permitía a un grupo de privilegiados el ingreso al bienaventurado mundo de la corrupción impune ligada al poder político.

¿Por qué la justicia optó acusarlo por su asociación para delinquir y no por los delitos ya cometidos a través de esa asociación? ¿Por qué se puso la mirada en los sobornadores y no en el dinero recibido? ¿Por las evidencias? Porque quizás de él y de su tío, cuya esporádica visita no recibió en las últimas festividades, tan solo quedaba esa asociación confiscada en los teléfonos, en una USB. Sobre todo, en los testimonios de la otra parte de la asociación: Odebrecht.

De todo eso queda la fidelidad a toda prueba, férrea, monolítica entre tío y sobrino. Así deben ser los parientes cercanos sobre todo cuando se juntan para delinquir. No puede ser de otra manera. Esta fidelidad constituye uno de los ejes transversales de la función mafiosa. Esa fidelidad cercada y asegurada por el revólver o el veneno. Cercada por el terror de que la infidelidad de uno se convierta en la catástrofe de muchos. Testadura fidelidad que recibió un imponderable espaldarazo en ese abrazo dado por su gran amigo, el expresidente.

De Glas queda su mirada perdida y su rictus que inevitablemente conducen al asombro de lo perverso. A esa puerta asegurada y que protege secretos de Estado, del Estado de corrupción que fundó el correato y que se constituyó en una especie de marca indeleble de su famosa década ganada. Desde luego, bien ganada, como dicen esas obras faraónicas que fueron presupuestadas en cien y que terminaron constando mil. De esas diferencias se alimentó la corrupción.

De Glas quedan las evidencias de esa aritmética sencilla de la corrupción convertida en un lenguaje con el que se comunicaron y se interpretaron las realidades oscuras de un sistema político atravesado por lo corrupto. El mismo lenguaje con el que se pretende transmitir las nuevas realidades sociales y políticas que vive actualmente el país. Como ejemplo de este lenguaje honorablemente pestilente, bastaría leer la carta de renuncia a la delegación en Ginebra que G. Long envía al presidente Moreno. ¡Qué horror! Ante la invasión de semejante náusea, mejor evoquemos a Virgilio: “Oh sicilianas musas, hablemos de algo más noble”. Porque ahí el hedor es demasiado enorme como para soportarlo un minuto.

Queda, pues, la simpleza a la que se reduce lo perverso del mal político que posee el poder de convertirse en virtud como efecto de los lenguajes. A Midas solo le bastaba tocar algo para convertirlo en oro. La corrupción del correato convirtió en podredumbre la ley, la honorabilidad y la verdad.

Del juicio a Glas queda la urgencia de que la justicia tome por sus cuernos al toro de la corrupción y se deje, de una vez por todas, de servir a su amo y señor, el expresidente. Desde luego, para lograrlo, es necesario renovar íntegramente los tribunales de justicia del país algo que temen Correa y sus adláteres. ¿Cuándo el presidente Moreno se convencerá de la necesidad de descorreizar su gobierno? ¿Acaso nunca? ¡Pobre país!