Maldito por defender la libertad de pensar y expresarse

Maldito por defender la libertad de pensar y expresarse
Baruch Spinoza fue acusado por los jerarcas de la iglesia judía de ser hereje y cismático, esto es, por no aceptar que las interpretaciones de las Sagradas Escrituras hechas por la élite rabínica eran 'verdades indiscutibles' que el resto de la comunidad debía aceptar y acatar, causando así un cisma que pudo colapsar la estructura eclesiástica.
02 de Enero del 2018
POR: Romel Jurado Vargas

Doctor en jurisprudencia, ex asesor parlamentario, consultor.

la libertad de expresarse es impres-cindible como presupuesto legitimador del Gobierno demo-crático".

'Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero vosotros, que sois fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o transcrito por él'.

Para algunos religiosos y políticos este debe ser el anatema con el que los intelectuales críticos deberían ser excomulgados de sus comunidades de fe, es decir, expulsados de sus iglesias, de sus estructuras políticas y de sus círculos sociales, por la grave ofensa de promover que cada ciudadano ejerza la libertad de pensar y expresarse. De hecho, así fue (y sigue siendo). Este anatema se usó para expulsar a Baruch Spinoza —el padre de la filosofía de la libertad expresión— de la comunidad judía de Ámsterdam en el siglo XVII, y para asegurar así el control social y político de esa comunidad.

Baruch Spinoza fue acusado por los jerarcas de la iglesia judía de ser hereje y cismático, esto es, por no aceptar que las interpretaciones de las Sagradas Escrituras hechas por la élite rabínica eran “verdades indiscutibles” que el resto de la comunidad debía aceptar y acatar, causando así un cisma que pudo colapsar la estructura eclesiástica.

Lo que sucedió en realidad, es que Spinoza defendió la idea de que al igual que la razón —que el Señor nos entregó— sirve para estudiar y comprender la naturaleza, también la razón debe servirnos para entender e interpretar las Sagradas Escrituras por nuestra propia cuenta. En ese contexto, el empleo honesto y riguroso de nuestra razón, apoyado con el estudio de la historia, debería llevarnos a tener nuestras propias convicciones sobre la palabra sagrada, convicciones que solo tienen valor de verdades para quien las produce.

Consecuentemente, se debería respetar las convicciones que todas las demás personas extraigan de su personal relación con las Sagradas Escrituras y, por tanto, no hay razón para aceptar como válidas y universales las interpretaciones canónicas de los jerarcas de la Iglesia, pues siendo válidas todas las interpretaciones, lo razonable es hablar sobre ellas con total libertad para aprender y crecer en la comprensión de la palabra sagrada. Así pues, sería absurdo y contrario a la voluntad de Dios prohibir la difusión de alguna interpretación con la finalidad de que sea escuchada solo la versión dogmática de los poderosos.

En el último capítulo del Tratado Teológico-Político, Spinoza desarrolla la filosofía de la libertad de expresión, proyectando los mismos argumentos que usó para defender la libertad de interpretación y la tolerancia religiosa. Propone entonces que, en el Estado ideal o Estado democrático, todas las personas tienen derecho a pensar y a expresar libremente sus ideas. Es más, la libertad de expresarse es imprescindible como presupuesto legitimador del Gobierno democrático, y condición indispensable para la formulación de las leyes, así como para garantizar su obediencia por parte de los ciudadanos y las autoridades.

La democracia ideal, nos dice Spinoza, es sustancialmente un proceso continuo de deliberación bien intencionada en el que todas las ideas se ponen a prueba por la calidad de los argumentos que se emplea en defenderlas, por la potencia de la razón que subyace a esos argumentos y por las finalidades positivas que tienen la capacidad de producir.

Pero Spinoza no era ingenuo, y sabía que todo en la vida está hecho de pares de opuestos, como los cuadros blancos y negros de un tablero de ajedrez, y que del mismo modo que los demócratas usarían la libertad de expresión para edificar un sistema de convivencia pacífico, respetuoso y civilizado, también es posible que los antidemócratas usen la libertad de expresión para destruir las posibilidades de deliberación, entendimiento y convivencia.

Ante esta situación, Spinoza estableció —tanto en el plano religioso como en el político— que la palabra no puede ni debe utilizarse para cometer o justificar un crimen; tampoco para difundir falsedades o propiciar el odio, el conflicto y la ira entre los miembros de la comunidad religiosa o política; ni para la defensa de un acto o una afirmación a sabiendas que es un error y que, en ningún caso, se puede usar la palabra para intentar destruir el Estado y su forma de gobierno: la democracia, pues todas estas maneras de emplear la palabra son, en realidad, formas de violar la libertad de expresión de los demás ciudadanos.

Spinoza vivió perseguido y censurado, murió solo y pobre. En su tumba fue nuevamente maldecido por el presbítero que ofició su entierro, quien repudió sus ideas sobre la libertad de pensar y expresare, y dijo que habría sido mejor que nunca hubiese nacido. Sin embargo, aún hoy, en muchas partes del mundo, incluido nuestro pequeño gran país, sus ideas siguen teniendo la sabiduría, la fuerza y la belleza para movilizar a los libre pensadores en la defensa de la palabra cargada de razón y libre de odio.