Ni nacionalistas ni globalistas

Ni nacionalistas ni globalistas
Es notorio que EE.UU. no tiene interés actualmente en suscribir un TLC con Ecuador, a menos que lo que se pretenda negociar es la liberalización de productos agrícolas, comercialización de semillas transgénicas y propiedad intelectual de obtenciones vegetales. Pero hacerlo significaría un golpe letal a la economía de subsistencia y a los intereses del país en sectores tan sensibles como bioconocimiento y soberanía alimentaria.
04 de Julio del 2018
POR: Luis Córdova Alarcón

Abogado, experto en Derecho Internacional y Catedrático de la Universidad Central del Ecuador.

Divorciar la política económica interna-cional de la agenda de política exterior es renunciar al uso de instru-mentos económicos para la conse-cución de objetivos más amplios"-

El gobierno de Lenin Moreno cuenta con nuevo Canciller. La agenda de política exterior está en construcción. Sin embargo, es indiscutible el sesgo en el diseño. En vez de consolidar una agenda con áreas-temáticas transversales a la acción del gobierno, se insiste en divorciar los asuntos de política económica internacional del resto de áreas de interés. Bajo el supuesto de que durante el gobierno de Correa se vivió un proteccionismo recalcitrante, lo que aquí se denominará la «tesis nacionalista», ahora se habla –y actúa– fervientemente a favor del aperturismo comercial total, lo que se denominará la «tesis globalista». Ambas tesis están acotando el debate, valiéndose de ciertos analistas y generadores de opinión claramente posicionados como promotores de grupos de interés. Ser nacionalistas o globalistas es un falso dilema que debe ser cuestionado y, sobre todo, revisado por el gobierno nacional.

El aislamiento y consecuente preeminencia de la política económica internacional frente al resto de áreas-temáticas en la agenda exterior de los países latinoamericanos se agudizó desde los años ochenta del siglo anterior. A medida que las políticas neoliberales permeaban los gobiernos en la región, la tecnocracia financiera internacional (BID, FMI y BM) asumió buena parte de la agenda exterior en materia económica. La total «autonomía» de los Bancos Centrales fue un arreglo institucional doméstico en esa línea. Pero este tipo de sesgo no solo afectó al diseño de las políticas exteriores sino, en especial, a su implementación.

Para implementar la política exterior los gobiernos cuentan, al menos, con instrumentos diplomáticos, militares, económicos y propagandísticos (hoy denominada diplomacia pública). De ahí que divorciar la política económica internacional de la agenda de política exterior es renunciar al uso de instrumentos económicos para la consecución de objetivos más amplios. Todo Estado que pretenda alcanzar resultados positivos en su agenda internacional debe amalgamar los diversos instrumentos con que cuenta, en la medida de sus capacidades. Así lo han hecho históricamente las grandes potencias, pero también los países emergentes.

Visto desde esta perspectiva, la concesión unilateral de preferencias arancelarias –como las que otorga EE.UU. a ciertos países andinos, entre ellos el Ecuador, mediante el sistema conocido como ATPDEA– es para Washington una medida de política exterior claramente articulada a una agenda más ambiciosa: por ejemplo, alinear a los países andinos a su «lucha contra las drogas» e incorporarlos en su órbita de seguridad regional, etc. Solo un gobierno candoroso puede pensar que tales concesiones arancelarias son meras decisiones técnicas tomadas a discreción. Por ello es peligroso caer en el falso dilema de «nacionalistas o globalistas», ya que es, además, un dilema que despolitiza el análisis.

Los Tratados de Libre Comercio (TLCs) no son solo acuerdos comerciales con múltiples componentes técnicos; vistos desde la política exterior, son tácticas geoeconómicas para incluir a nuevos aliados en tanto sirvan a sus propósitos. De ahí que el propio embajador de EE.UU. en Ecuador, Todd Chapman, esté más interesado en comprometer al gobierno en asuntos de seguridad hemisférica –que incluye el aislamiento a Venezuela– que en promover un acuerdo comercial. No es casual que el Ministro Jarrín haya anunciado (https://bit.ly/2ltDFfv) el retorno del Ecuador a las maniobras militares Unitas de EE.UU.

Las barreras arancelarias impuestas por EE.UU. al aluminio y el acero ilustran muy bien el uso de tácticas económicas al servicio de la política exterior. De por medio no solo está reducir el déficit comercial con China, que bordea los 375.000 millones de dólares, sino una estrategia de amplio espectro para contener y disuadir el avance del gigante asiático en lo que antes eran zonas de influencia exclusivamente norteamericanas.

Parte de esta estrategia global es la ampliación del teatro de operaciones del Comando Sur de los EE.UU., ahora renombrado «Comando Indo-Pacífico» (https://bit.ly/2tTvKga) para darle presencia directa en el Océano Índico e intentar atenazar la influencia de China. El encuentro entre Trump y Kin Jong Un, en Singapur, hace pocas semanas, también puede interpretarse como parte de esta estrategia de amplio espectro. A EE.UU. le urge proveer seguridad a sus aliados más fuertes: Japón y Corea del Sur. Sin embargo, los resultados de estos movimientos tácticos aún no son concluyentes.

Pero China tampoco está exenta de estas prácticas. Al contrario, gran parte de su poderío lo consiguió utilizando instrumentos económicos para fines geopolíticos, lo que Blackwill & Harris (2016) denominan «geoeconomía». Por ejemplo, mediante la «diplomacia de la deuda» (otorgamientos de créditos) ha logrado alinear a más de una docena de países africanos bajo su concepto de «una sola China», comprometiéndolos a desconocer a Taiwan como unidad política independiente. Algo similar lo hizo con el gobierno dócil de Correa en su visita a China, en enero de 2015, en la que suscribieron una declaración conjunta que explícitamente señala la adhesión del Ecuador a la política de «una sola China».

Pero China también recurre a tácticas económicas como mecanismos de coacción. Según Brahma Chellaney (https://bit.ly/2tLsEg8) las exportaciones de salmón desde Noruega hacia China colapsaron en el 2010, luego de que se le otorgara el Premio Nobel de la Paz a un disidente chino: Liu Xiaobo. Lo propio ocurrió con Mongolia por convertirse en sede del Dalai Lama (líder espiritual tibetano) durante el 2016. Sabiendo que China representa el destino del 90% de sus exportaciones, Pekín impuso duras barreras comerciales en productos básicos, menguado gravemente la economía de Mongolia.

Los tiempos han cambiado de forma drástica y sus consecuencias aun son inciertas. La vieja arquitectura económico-financiera construida desde la conferencia de Bretton Woods en 1944, bajo el mando de EE.UU., es totalmente disfuncional ahora. Está en marcha un reordenamiento global y los falsos dilemas como el de «nacionalistas versus globalistas» son prejuicios que pueden costar caro a quienes se guíen por ellos. Es notorio que EE.UU. no tiene interés actualmente en suscribir un TLC con Ecuador, a menos que lo que se pretenda negociar es la liberalización de productos agrícolas, comercialización de semillas transgénicas y propiedad intelectual de obtenciones vegetales. Pero hacerlo significaría un golpe letal a la economía de subsistencia y a los intereses del país en sectores tan sensibles como bioconocimiento y soberanía alimentaria.

No todo TLC es igual y para negociarlo se requiere mucha prospectiva y es tarea de la Cancillería proveerla, por su naturaleza institucional de índole político-estratégico. Dejar en manos del Ministerio de Comercio Exterior decisiones de esta envergadura será contraproducente, ya que lo hace con un claro sesgo tecnocrático firmemente alineado con los grupos empresariales oligopólicos. El retorno de la cancillería a manos de diplomáticos profesionales es alentador, veremos si el nuevo canciller asume la tarea.