No a las drogas: ¿millonaria charlatanería?

No a las drogas: ¿millonaria charlatanería?
Como los predicadores, Di Blasio afirma que basta con que un solo chico deje las drogas para que se justifique su contrato Uno solo que, de darse en cada presentación, sumarían 60 muchachos salvados de la perdición.
22 de Febrero del 2016
POR: Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los cambios cuestan pero son indispen-sables. Si el país sigue pen-sando igual que hace décadas el tema de las drogas, del tráfico y de los usos, está perdido".

Aconteció el año pasado como parte de la “revolución preventiva” organizada por la gobernación de Guayas. “Vestido de jean, saco azul y gafas, Di Blasio entra al escenario que tiene un cortinaje negro de fondo, luces, un sofá blanco y un piano con las especificaciones que ha demandado. Su interacción con los estudiantes es instantánea: pide que levanten la mano quienes no lo conocen. La mayoría la eleva. Di Blasio responde que probablemente sus padres hayan escuchado de él. Y alude al desafío de su presentación: Con uno de ustedes que reaccione, nos vamos felices” (El Universo). Una alusión directa al cristianismo: basta que un solo pecador se convierta para que se justifique el martirio y la muerte de dios. No cabe, pues, reproche alguno al despilfarro de la vida y de la economía.

El artista se volvió pedagogo y escogió el tema de las drogas para librar a las nuevas generaciones del más espantoso de todos los males, según su decir. Su propuesta es que, luego de escucharlo, ya nadie más tenga ni siquiera la tentación de probar mariguana y la dejen para siempre quienes la usan. Pero no es tan ingenuo como se creería. Como los grandes predicadores religiosos, se contenta con uno solo que deje el mal e ingrese nuevamente en la ruta del bien que conduce al paraíso. Como los predicadores, Di Blasio afirma que basta con que un solo chico deje las drogas para que se justifique su contrato Uno solo que, de darse en cada presentación, sumarían 60 muchachos salvados de la perdición. El costo del pequeño proyecto fue ciertamente insignificante para conseguir los sesenta redimidos: casi dos millones de dólares por 60 fofas e inútiles charlas de quien no poseía la más mínima idea de lo que es la prevención.

Fue en los últimos tiempos del Consep que, se suponía, ya se había convencido de que la prevención se sustenta en un proceso educativo a largo plazo. Un proceso que exige pedagogías nuevas que no se asemejan a las formas tradicionales de transmitir la idea del bien y del mal ni tampoco a como se enseña que uno más uno hacen dos. El hombre no sabía nada de la polisemia tanto de las drogas como de los usos y las prevenciones. No sabía que se trata de un discurso en el que se halla presente la dicotomía no solo entre el decir y el hacer sino entre el saber y el decir.

¿Por qué no aceptar, de una vez por todas, la complejidad del fenómeno de las drogas en la sociedad? Hace muchas décadas lo dijo J-F Kennedy: ninguna ayuda puede aplastar a un enemigo que aparece en todas partes y en ninguna parte, “un enemigo del pueblo que cuenta con el apoyo y simpatía de todo el pueblo”. Y, tenía toda la razón. Pero no lo escucharon, tampoco él mismo se escuchó lo suficiente. ¿Y si no se viese a la mariguana como enemiga sino solo como conflictiva realidad social?

¿Qué no se ha hecho para eliminar las drogas en cada ciudad, en cada colegio, en cada calle? ¿No se han llenado las cárceles con los pequeños traficantes? ¿Cómo se pensó que la charlatanería de un gran pianista haría el milagro? Hasta para gastar inútilmente el dinero de todos hace falta un poco más de imaginación y de creatividad. ¡Lo que se pudo haber hecho con esos dos millones!

Una de las grandes deficiencias del antiguo Consep y de todos los organismos equivalentes en América fue el tema de la prevención. Porque no se la entendió, porque no se quiso entenderla como proceso educativo y no como una serie de acciones con nombres, a veces, rimbombantes. Porque se ha improvisado y, con frecuencia, los procesos han pasado y pasan por los criterios de una autoridad y no por análisis teóricos suficientemente serios. Y es que tampoco se ha querido aceptar que el modelo educativo para la prevención ni es ni puede ser igual al que se usa para enseñar la raíz cuadrada o la hidrografía de las Américas.

En lugar de invertir dineros e ilusiones en proyectos fatuos, tipo Di Blasio, es la hora de pensar de otra manera el tema de las drogas, de sus usos y de las prevenciones. Primero y ante todo, abandonar la idea de la guerra: ni guerra a las drogas ni guerra a los microtraficantes ni guerra a los usadores. Lo único que producen las guerras es violencia, muerte, dolor y un despilfarro inútil del dinero que mucha falta hace para el desarrollo. Es erróneo pensar que encarcelando a un microtraficante se limpia una calle o un barrio. También es erróneo creer que andamos bien en el proyecto porque ya están tras las rejas dos docenas de microtraficantes. Como si no hubiesen sido inmediatamente sustituidos.

Es urgente pensar el tema de la prevención de una manera tal que permita crear nuevas metodologías pedagógicas. El verdadero narcotráfico no es el que se da en la calle sino aquel que distribuye cocaína y mariguana por toneladas. Aquel que también ha hecho del país una buena bodega. Aquel que se deja incautar una tonelada para tenernos contentos y también engañados. Pensar la prevención como un sistema educativo con metodologías propias. Es hora de aceptar que la guerra y la prevención no andan el mismo camino ni poseen idéntica finalidad.

Los cambios cuestan pero son indispensables. Si el país sigue pensando igual que hace décadas el tema de las drogas, del tráfico y de los usos, está perdido. ¿Cómo se redujo infinitamente el número de fumadores de tabaco? Ciertamente no con una guerra. Y todo el mundo sabía que el cigarrillo es cancerígeno y que miles de miles habían muerto por su causa en nuestro medio. Se crearon discursos que provocaron otras actitudes hasta de benevolencia con el fumador que terminó reconociendo que no podía contaminar a los no fumadores. El enfrentamiento al cigarrillo fue, en general, pacífico, benevolente. Y ha tenido un éxito mundial.

Mujica fue benevolente, nada más que eso. Lo cual no ha implicado tolerancia alguna al trafico pero sí una respuesta lógica y socialmente benigna al usador de mariguana. Seguramente no desaparecerá el microtráfico, pero será cada vez menor su valor de significación.

¿Por qué buena parte de México se halla hipotecada a la violencia y crueldad del gran tráfico? En buena medida por la guerra a las drogas. Coloquemos hoy a todos los Chapo Guzmán en el paredón y durmamos a pierna suelta. Pero cuando despertemos, sin duda el mundo será peor.