El plan nacional de drogas

El plan nacional de drogas
Cuando se acepta la complejidad, se promueven espacios de reflexión a los que se invita a todos aquellos que pueden decir algo importante sobre el tema de las drogas. No se puede convertir en botín al silencio ni es dable arrojar a la basura los múltiples saberes ya construidos. Parecería que para el Proyecto no se habrían dado en nuestro medio y también en otros países importantes giros lingüísticos, actitudinales y políticos respecto a las drogas.
26 de Marzo del 2018
POR: Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Cómo llegar a las nuevas gene- raciones? ¿De qué manera utilizar sus propios lenguajes, sus metá-foras y deseos, sus sufri- mientos y alegrías para con eso trabajar la pre- vención?"

El tema de las drogas es tan complejo que se resiste a cualquier intento de realizar lecturas sostenidas en una visión moralista y con actitudes apocalípticas. Estas actitudes dan cuenta de una grave pobreza de conocimientos de lo que significan las drogas en la actualidad y lo que han representado y representan en la historia de las diferentes culturas. Para el Plan Nacional que presenta la Secretaría Nacional de drogas (SND), existe una sola visión, la del mal. Un mal ya previamente estatuido como un dogma y que no puede ni lejanamente ser ni cuestionado ni menos todavía pasado por alto. El principio del que parte El plan es que las drogas son ontológicamente malas y sus usadores o enfermos o delincuentes.

El Plan carece de una presentación analítica, social, política y cultural de las drogas. Carece de historia por eso no hace referencia a lo ya hecho, a lo planificado, a los éxitos y los fracasos de los últimos años. Parecería, pues que el Plan se coloca en el día uno de la creación.

Desde estas limitaciones, las drogas deben ser perseguidas y destruidas, y sus usadores considerados como enfermos si no como antisociales. A veces se menciona que se trata de un problema al que no se lo ubica ni analiza como parte de la realidad social y cultural del mundo contemporáneo. En efecto, parecería que para el Plan es innecesaria su ubicación histórica. Para el Plan basta con decir droga para entender que se trata de algo en sí mismo malo y, por ende, algo que debe ser perseguido y destruido. Por eso no se dice nada de los conflictos sociales, políticos, económicos y éticos del país porque, parecería, nada tendrían que ver con la presencia de las drogas y con sus usos.

El proyecto se refiere a las drogas como un “fenómeno” que, sin embargo, no es suficientemente ubicado y definido. Por ello, se prefiere tratarlas como realidades concretas, demasiado concretas como para no ubicarlas en el mundo de los relatos sociales al que pertenecen por derecho. Los usos aparecen como acontecimientos fácticos totalmente ajenos al mundo de las representaciones sociales: las éticas, las políticas, las pobrezas, las riquezas, las soledades, los divertimentos. El tema del deseo y sus avatares se perdió en el laberinto de las soledades y de las éticas punitivas.

¿Cómo podría sostenerse la viabilidad de un proyecto desde las generalizaciones o desde principios apodícticos? Uno de los grandes problemas que ha tenido Occidente respecto al tema de las drogas, desde mediados del siglo pasado, es justamente la generalización. Se habla de las drogas como si se tratase de un concepto universalmente único. ¿En dónde han quedado las diferenciaciones necesarias en un plan de intervención social? Es un secreto a voces el fracaso total de la guerra a las drogas y de todas sus estrategias belicistas. Y buena arte de este fracaso se debe justamente a esta posición universalizante y moralista de los conceptos de droga y de drogadicto. La moralina constituye una muy mala compañía en los intentos de entender la problemática social y personal.

La Introducción del Plan no hace referencia alguna a las distinciones indispensables entre las diferentes sustancias. Al revés, todas ellas han sido previamente incluidas en el concepto universal de droga, exactamente como el universal drogadicto que abarca a todo sujeto que ha usado (aunque sea una sola vez) o usa alguna sustancia. ¿Es acaso lo mismo fumar un porro que jalar base?

En el fondo, es evidente esa vieja actitud política de creer que en cada proyecto se inventa el agua tibia. Por eso el proyecto hace tabula rasa de todo lo que se ha escrito e investigado en el país respecto al tema. Es como si la Secretaría de Drogas y sus directivos hubiesen llegado a un nuevo mundo justo para descubrirlo. Como si no se hubiesen enterado de que ya hubo un CONSEP que investigó, que publicó, que intervino, que elaboró una ley. Un Consep que, dando un paso importante en el modo de concebir los usos y a los sujetos usadores, creó una tabla de cantidades por sustancia destinada, no solo a legitimar las tenencias, sino a rescatar los derechos y las libertades de los ciudadanos. Un CONSEP que erró en algunas cosas y acertó en muchas otras.

¿Cómo es posible armar una nueva propuesta y esperar que tenga éxitos desconociendo la historia, dándole las espaldas. ¿Por qué dar pábulo a la vanidad política haciendo tabula rasa del pasado? Al revés de lo que probablemente se cree, al negar la historia lo único que se consigue es hacer de la mediocridad la meta de lo supuestamente nuevo. En el país se han realizado numerosas investigaciones y publicaciones sobre drogas a cargo de la Academia, del Consep y de varias instituciones sociales. Para el Proyecto de la Secretaría no existe nada de eso. Basta con dar un vistazo a su bibliografía. De pasada se da a entender que ya se ha realizado una encuesta, ¿por qué no se comparan sus resultados con los datos ya existentes? Nunca ha sido laudable creer que se inventa el agua tibia.

Cuando se acepta la complejidad, se promueven espacios de reflexión a los que se invita a todos aquellos que pueden decir algo importante sobre el tema de las drogas. No se puede convertir en botín al silencio ni es dable arrojar a la basura los múltiples saberes ya construidos. Parecería que para el Proyecto no se habrían dado en nuestro medio y también en otros países importantes giros lingüísticos, actitudinales y políticos respecto a las drogas. Al revés, desde su Introducción, se da cuenta de un mundo del mal estáticamente ya significado por el poder y que actúa de manera perversa en la sociedad.

A raíz de que se creara la Secretaría en el régimen de Correa, los policías empezaron a ingresar en los colegios con perros amaestrados para hurgar en las pertenencias y en las intimidades de los estudiantes. Entonces es cuando el tema de los derechos aparece convertido en bazofia. Sin embargo, la ética constituye el punto nodal de todo proyecto que, desde luego, brilla por su ausencia en la propuesta que se analiza

¿Cómo llegar a las nuevas generaciones? ¿De qué manera utilizar sus propios lenguajes, sus metáforas y deseos, sus sufrimientos y alegrías para con eso trabajar la prevención? No, ciertamente, volviendo la mirada al pasado ominoso de la guerra a las drogas y a sus usadores.