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2 de Enero del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
2 de Enero del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Salir del círculo vicioso
¿Cómo quiere Moreno pasar a la historia? ¿Como el presidente que «hizo lo que tenía que hacer por el bien del país, aun a costa de su popularidad»? O como el presidente que apartándose del populismo, supo enderezar el manejo de la economía sin menoscabar el funcionamiento de la democracia. El ajuste económico debe verse acompañado de una ampliación de la democracia.

Todo gobernante debe acordarse de que el tiempo del que dispone es limitado. No puede, por tanto, repensar lo andado al final de su mandato, ya sería tarde; eso corresponde al historiador.  Él, en cambio, está llamado a pensar el futuro con anticipación, cuando aún hay tiempo para corregir, cuando el futuro se juega en cada decisión tomada en el presente. Que, por cierto, tampoco espera.   

Esto es lo que no se hace. Los gobernantes terminan su gestión extenuados y reprobados (en algunos casos hasta prófugos) por las omisiones, por decisiones equivocadas o por abusos del poder. Los que vienen incurren en los mismos defectos. Y cometen similares o peores errores. Hay una deficiente comprensión de lo que es gobernar.

El final de Lula y el ascenso de Bolsonaro, más que el triunfo de la ultraderecha, representa el juicio de reprobación del electorado en las urnas por los errores cometidos en el gobierno del PT. Igual ocurrió con Cristina Kirschner. Y aunque en Ecuador  triunfó Alianza País, con estrecho margen, el gobierno de Lenin Moreno se vio obligado a distanciarse progresivamente de un estilo y práctica de gobierno que tuvo como soporte “el boom de los commodities”

Cuando terminó ese boom, Correa se vio acorralado. Ya era muy tarde para corregir lo andado.  El desplome de Alianza País, la victoria de la consulta popular de febrero del año que concluyó, también fueron una reprobación del electorado de los resultados de la gestión del gobierno de Correa.

El gobierno del presidente Lenin Moreno enfrenta, pues, una compleja coyuntura. Heredero del correismo ha tratado de trazar una línea de acción propia. Sin duda, ello requirió de habilidad política. Aplicó la estrategia del diálogo, logrando apoyos insospechados de todo el espectro político anticorreista. El correismo y su máximo líder, Rafael Correa devinieron en la oposición radical al gobierno nacido de sus entrañas.

La prueba de fuego del gobierno radica en el campo de la economía. Dado que no hubo la “mesa servida”, Moreno ha debido “definirse”. En su declaración del 20 de diciembre declaró que sus decisiones “responderán  a lo que le conviene al país”, aun a costa de su cargo. Algo parecido sostuvo Temer en Brasil: “seré recordado como alguien que no se preocupó por el populismo, porque quien se preocupa con el populismo no hace lo que yo hice”.

La diferencia entre quién gobierna y quién o quiénes aspiran a gobernar es insondable. Éstos sí apelan al populismo mientras son candidatos. Cuando llegan al gobierno no demoran en deshacerse del populismo, si quieren conservar el cargo. Incluso Correa se vio obligado en la segunda etapa de su mandato a tomar medidas que no encajaban en su discurso anti-neoliberal.  

Las campañas electorales están plagadas de esta ceguera. No faltan candidatos, su número es cada vez mayor, pero no así el conocimiento y preparación requeridos para ejercer las funciones a las que aspiran. Los candidatos no tienen claro a dónde ir, qué hacer si son elegidos, con qué obstáculos se van a topar, cómo sortearlos, qué colaboradores escoger. Más pesan cálculos personales, afanes pueriles de figuración y poca conciencia de sus limitaciones.

Los electores, por su parte, castigan con su voto al gobernante que cesa en sus funciones, ”responsable de su última frustración”, pero tampoco saben cómo acabar con la práctica de elegir a un sucesor que nuevamente les defraude. Y es que el sucesor se ancla en los fracasos  del anterior para alcanzar los votos de los desencantados.

Se trata de un círculo vicioso que corroe la democracia, convertida en un juego de aprendices en el que los elegidos hacen de la función que les toca desempeñar, la ocasión para aprender a costa de los electores. Éstos, a su vez, parecen ignorar la preparación que deben tener sus representantes para que sean capaces de cumplir con sus ofrecimientos. Por eso eligen a ciegas o deslumbrados por el marketing que también enceguece. La lucha ideológica suele ser utilizada como un disfraz para tapar las carencias del saber práctico. Los gobiernos que se turnan el ejercicio del poder dejan de lado las ideologías a la hora de gobernar, y terminan cometiendo errores muy similares.

¿Cómo quiere Moreno pasar a la historia? ¿Como el presidente que «hizo lo que tenía que hacer por el bien del país, aun a costa de su popularidad»? O como el presidente que apartándose del populismo, supo enderezar el manejo de la economía sin menoscabar el funcionamiento de la democracia. El ajuste económico debe verse acompañado de una ampliación de la democracia.  

Los partidos enfrascados en la lucha electoral cifran su campaña en cálculos inmediatistas, atacan al gobierno por las medidas impopulares, aunque mañana, como posibles gobernantes, se vean obligados a proceder de la misma manera.

El juego del gobierno y la oposición se centra en reducir el desgaste del primero y acrecentar las ventajas transitorias del segundo. De ello no sale beneficiado el país. Hay que modificar la lógica perversa de este juego. Crear condiciones para que la clase política modifique su comportamiento y visión sobre el gobierno.

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