Un beduino en Carondelet

Un beduino en Carondelet
Moreno no marca el ritmo de la administración pública. Cada sector –o cada ministerio– maneja sus propios tiempos. Tal vez el objetivo de esta permisividad era romper con el centralismo y la verticalidad del gobierno anterior, cuando los ministros eran simples amanuenses. Pero esta asincronía puede terminar en una fragmentación caótica. Aunque suene a perogrullada, alguien tiene que dirigir la orquesta. En un Estado moderno se supone que el presidente lleva la batuta.
07 de Noviembre del 2018
POR: Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

No hay hoja de ruta. Todo se deja a la capa-cidad de orienta-ción y a la resisten-cia del camello del primer manda-tario".

Lenín Moreno parece beduino en medio del desierto: tiene una idea general de a dónde quiere ir, pero deja su marcha al instinto y al paso del camello. No tiene ningún apuro. Está convencido de que algún rato llegará a su destino. A menos que se tope con una tormenta de arena, seguirá pausadamente su camino.

Mientras tanto, los empresarios a cargo de la economía sí marchan a paso firme. No solo han definido objetivos precisos, sino que caminan de prisa. La apertura comercial luce irreversible. Al tranco que llevan terminarán firmando acuerdos y tratados comerciales como rosario, y completando el esquema neoliberal que les dejó trazado Correa.

Algo es obvio: Moreno no marca el ritmo de la administración pública. Cada sector –o cada ministerio– maneja sus propios tiempos. Tal vez el objetivo de esta permisividad era romper con el centralismo y la verticalidad del gobierno anterior, cuando los ministros eran simples amanuenses. Pero esta asincronía puede terminar en una fragmentación caótica. Aunque suene a perogrullada, alguien tiene que dirigir la orquesta. En un Estado moderno se supone que el presidente lleva la batuta.

Aquí no nos referimos a la típica diferencia de tiempos entre política económica y política social, tan común a nuestros gobiernos, y que suele ser una maniobra planificada para poder utilizar en forma discrecional los recursos públicos. Lo que se percibe es un desafino general entre las principales dependencias públicas. No hay hoja de ruta. Todo se deja a la capacidad de orientación y a la resistencia del camello del primer mandatario.

Moreno tampoco ha expresado preferencia por algún sector público en particular. A diferencia de su paso por la Vicepresidencia y por la misión en Ginebra, donde se abanderó de las luchas de las personas con discapacidad, hoy no demuestra una inclinación por ningún tema. Habla del tren playero con el mismo énfasis con que habla de Assange, de la protección de las fuentes de agua, de la lucha contra la corrupción o de los correístas infiltrados. Todo y nada a la vez.

Con esta estrategia –si en efecto de eso se trata– no va a dejar ninguna impronta de su paso por el gobierno. Ni siquiera para la transición que muchos le demandan. Porque una transición no implica un estado quieto, sino movimiento y desplazamiento. También se requiere velocidad, decisión y contundencia. Pero Moreno parece estar más empeñado en completar su periplo por Carondelet que en gobernar o al menos reparar el desastre heredado.