Los privilegios de ser Malayerba

Los privilegios de ser Malayerba
El grupo teatral lleva trabajando 34 años. Es un espacio independiente de reflexión e irreverencia a través del arte. Su trabajo es reconocido internacionalmente y, por eso, es un hito del teatro de habla hispana. Plan V se internó en la Casa Malayerba durante tres meses.
Fotos: 
Gianna Benalcázar
Textos: 
Jean Cano

Es como un sueño nostálgico. Rosas marchitas. Secas. Desde la puerta de la Casa Malayerba se observa lo que tuvo vida y color, y ahora es opaco y eterno… Parecen recuerdos de batallas de vida. Están separadas y caen, perpendiculares, del techo. Cuando los ojos bajan, y al internarse en ese refugio de los teatreros, a pocos pasos, hay mensajes sobre la vida y el arte… Están por toda la casa.

Ese lugar de tres pisos está en la misma plazoleta de la iglesia del El Belén, una de las tres más antiguas de Quito. La Casa Malayerba es un epicentro del arte teatral ecuatoriano y sudamericano. De la puerta de madera para adentro se siente calma. El silencio diario y la apacibilidad de sus ocupantes son interrumpidos solamente cuando hay ensayos. Y las imposturas de los diálogos inundan la casa de inicios del siglo XX cuando hay ensayos, talleres y obras.
El teatro está en el tercer piso de la casa. Tiene un aforo de 60 personas, un escenario de 6 metros de boca por 8 metros de profundidad y un camerino para los actores. Los artífices de que ese un hito del teatro son Arístides Vargas y María del Rosario Francés. Adquirieron la casa, de estilo republicano, en 1996.  16 años después de un trabajo sostenido en el teatro en el Ecuador.
Ambos están apoyados por un equipo de creadores de primer nivel. Entre ellos Gerson Guerra, Santiago Villacís, Daisy Sánchez… Vargas, quien hoy por hoy es uno de los mejores actores del país, reconoce, sin vanidades, los logros de los miembros de la casa Malayerba. Y llega acompañado por un tirón de orejas al circuito cultural del país… y los medios de comunicación. “Es así porque son lugares donde suceden cosas importantes en términos artísticos. Muchas  de las cosas ni se enteran en Ecuador… Este octubre vamos a Londres y Francia. Y en Londres nos presentamos en un teatro importantísimo, pero la gente no se entera. Más bien cuando los diplomáticos de las embajadas nos ven, cuando estamos programados en festivales internacionales, dicen pero cómo…”, dice El Negro, como lo llaman de cariño sus colaboradores más cercanos.
Nunca hay una obra igual en Malayerba. La experimentación de la libertad artística es uno de los compromisos más serios de los ocupantes de la casa, sean los de siempre o los que son alojados por temporadas.
Ellos parece que viven en un mundo paralelo. La libertad que ahora, más allá de los debates políticos, es un concepto que se debate, que incomoda, que todos parece que la quieren alcanzar… se vive dentro de las paredes de la Casa Malayerba. La actriz Itzel Cuevas, mexicana, quien presentó recientemente la obra De cómo moría y resucitaba Lázaro, el Lazarillo, reflexiona: “Este un espacio que está construido para ser independiente y se sostiene así. Por eso tiene la libertad de decir y proponer, ser una vitrina de un discurso que podría cambiar a algo. Aquí se puede presentar de todo, que tenga calidad, no hay censura de temas o que vengas de otro sitio, te abren los brazos a tu trabajo. Este espacio hay que cuidarlo y mucho”.
Sin que sus miembros plieguen a poder establecido alguno, continúan con ese trabajo silencioso e irreverente, que no hace olas en el circuito cultural del país… Como una yerba mala. Que pese a todo, persiste. Es la batalla eterna de Malayerba.