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13 de Octubre del 2014
Cultura
Lectura: 6 minutos
13 de Octubre del 2014
Diego Yépez
El final del universo según Terry Gilliam

Christoph Waltz (Qohen Leth), en una escena de The Zero Theorem, del director Terry Gilliam.

 

Christoph Walt durante la filmación de The Zero Theorem.

 

'The zero Theorem', del director británico nacido en Estados Unidos Terry Gilliam, cuenta la historia de Qohen, un matemático brillante que intenta demostrar mediante un algoritmo que el universo no es infinito.

Terry Gilliam es uno de los directores más influentes de la actualidad.

La reciente película de Terry Gilliam, The Zero Theorem, se estrenó en el Reino Unido este año. A pesar de las dificultades que experimentó para recaudar el dinero para su producción, la cinta actualiza y resume los lineamientos discursivos desarrollados por el director a lo largo de su dilatada carrera. Se encuentra el humor corrosivo de su etapa con el grupo de comediantes Monty Python; el temor al totalitarismo de Brazil (1985); la redención romántica mediante la imaginación de Las aventuras del barón Munchausen (1989); la crítica a la supuesta supremacía de la ciencia de Doce Monos (1995)… 

Es una película filosófica, sobrecargada de alegorías e íconos. Ambientada en un futuro inmediato, cuenta la historia de Qohen Leth (Christoph Waltz), un solitario genio de las matemáticas cuyo único propósito es descubrir el sentido de la vida. Recluido en una iglesia en ruinas, pasa su tiempo creando algoritmos para la Administración, corporación fantasmal y laberíntica que tiene subyugada a la población mediante la tecnología. Qohen también espera una llamada telefónica, sumido en un temor reverencial similar al de los personajes de Samuel Beckett.

Debido a la ansiedad, Qohen se ve obligado a salir de su reclusión. El exterior está dominado por una distopía publicitaria. En los muros de la ciudad, los anuncios de los productos están personalizados y tienen el atrevimiento de seguir a los potenciales compradores. En los edificios la gente se sumerge obsesivamente en los videojuegos, los cuales, como en la actualidad, permiten una interacción del cuerpo con la consola. De hecho, la escenografía tiene una atmósfera más analógica que digital. El futuro de Gilliam se levanta sobre las estructuras de nuestro presente y de la visión que ideó con anterioridad en Brazil y Doce Monos. El resultado es una mezcolanza de maquinarias que combinan los engranajes de la primera revolución industrial con los derivados de la electrónica y la informática, más aquél toque surrealista y elegiaco que es su impronta.

Trailer oficial de la película

En este punto, para Qohen comienza el viaje del héroe, cuando —como el Joseph K. de la novela El Proceso de Franz Kafka—, se decide a buscar la Administración. En el camino halla a Bainsley (Mélanie Thierry), una prostituta a la que transforma en su Dulcinea, y con la cual entabla una relación virtual a través de un estrambótico traje.

No hay que olvidar el largo romance de Gilliam hacia la obra de Miguel de Cervantes; una de las ambiciones truncadas de su carrera ha sido adaptar Don Quijote de la Mancha, de donde el cineasta extrajo la idea de que la imaginación puede transformar a la realidad. Al interior de sus películas los ejemplos abundan, más que nada en Las aventuras del barón Munchausen y El rey pescador (1991). En la última, el delirio quijotesco es padecido por Parry (Robin Williams), un excatedrático devenido en vagabundo, que está determinado a encontrar la reliquia por antonomasia del catolicismo: El Santo Grial.

El propósito de Qohen de localizar a la Administración se cumple. Su director, encarnado por Matt Damon, es un ser ególatra e individualista que utiliza a sus empleados como herramientas, con la intención de demostrar el Teorema cero, abstracción definitiva que, de ser cierta, probará que el universo está condenado a devorarse a sí mismo, al igual que Saturno se tragó a su hijo en la mitología romana.

La Administración no es un estado totalitario orwelliano. Aunque sigue los mismos patrones, el caos burocrático cambió de manos y pasó a estar controlado por empresarios inescrupulosos, los cuales son una parodia de los magnates de Silicon Valley. La ineptitud y megalomanía del nuevo Gran Hermano es similar a la de los tiranos del siglo XX. La panacea del progreso ha sido descartada, y ni siquiera la tecnología de la Administración sirve para rearmar un proyecto civilizatorio que se cae a pedazos y en el que ya nadie cree.

Qohen, por su parte, está encargado de demostrar el teorema. Es el matemático más capacitado, y su búsqueda es metafísica a pesar de que sea la marioneta de sus superiores. Para conseguir el cero absoluto tiene que interactuar con La red neuronal, una supercomputadora equipada con inteligencia artificial y que parece deleitarse con la impotencia humana. 

En The Zero Theorem la desintegración del individuo es una tragedia, en el sentido shakesperiano de la palabra. No hay ningún lugar a donde ir, ni siquiera al interior de la imaginación. Vale la pena recordar el final de Brazil, película ambientada en “algún lugar del siglo XX”, donde el tecnócrata Sam Lowry (Jonathan Pryce) fue descerebrado por el sistema, y sin embargo por esa vía consiguió su objetivo de vivir en el reino de los sueños caballerescos. Qohen no escapa al interior de sí mismo. Comprende su pequeñez y desaparece en la inercia de la máquina.

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