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19 de Enero del 2015
Cultura
Lectura: 5 minutos
19 de Enero del 2015
Redacción Plan V
Quién es Juan (X) Rhon

Foto: Luis Argüello

Juan Rhon usa una barba a lo Che Guevara y fuma un tabaco pequeñísimo y ha asistido de incognito a las funciones de su documental para mirar las reacciones del público. 

El director de Quién es X Moscoso la emprende en contra de las historias que no entretienen. Aunque su género es el documental, cree que se puede seguir intentando escapar de esas historias de trágico realismo social, y alcanzar al público que cada vez que sale corriendo de las salas de cine cuando se películas ecuatorianas se trata.

Su director lo define como un documental de humor: uno en donde no hay muertes o intrigas políticas. 

Luego de varias semanas de andar cruzados, al fin conozco a Juan Rhon. En una mesa exterior del 8 y medio lía un tabaco pequeñísimo y su barba a lo Ché Guevara, parece profundizar sus notorias ojeras.  Es la hora de las evaluaciones de este documental Quién es X Moscoso, que se autodefinió como “documental de humor”. No se lo pregunto, pero parece a propósito para contrastar con los dos documentales más taquilleros del reciente cine ecuatoriano, como son los de La Muerte de Jaime Roldós, y Mi corazón en Yambo.

Es otro tipo de historias, para otro tipo de público, dice Juan. ¿Resultado? Contento porque hicieron 600 espectadores. El verbo parece fuera de tono, como el lenguaje de un médico: hizo una hepatitis, hizo un cáncer de mama… Fue el doble de espectadores que esperaban “hacer”. Pero estuvo tres semanas en cartelera y Juan quedó satisfecho también luego de ir de incógnito (es un decir) a una sala para mirar la reacción del público: salían cagándose de la risa, y ese era su propósito, pues, para qué más.

Porque ...X Moscoso no habla de muertes, con todo respeto, sino de vida, risas, amistad, viaje de peloteo por cuatro países, charlas interminables y un personaje que resulta el mentor del director, de esos amigos o tíos o primos mayores que a veces uno tiene la suerte de convertir en guía cuando se es un muchacho o muchacha y que para bien o para mal lo dejan marcado a uno, en un rasgo al menos para toda la vida.

Al final de su primer cigarrillito, Juan empieza su dura crítica del cine ecuatoriano. Se habla de un boom, cuando no hay tal. O sea, 14 películas para tan pocos espectadores. ¿Hay cama para tanta gente? Pues porque no estamos contando las historias que prefiere la gente.  Y ahora la gente busca la mezcla de historia más experiencia porque el espectador clásico ha roto el molde del drama clásico gracias a las red de redes, la cual lo impregnan de nuevos contextos, de una nueva forma de ver y de participar.

Pero hay, claro, historias que siguen siendo universales. Como el  hecho de que nos encontremos con un X Moscoso en nuestra vida. Y ya que las películas ecuatorianas contemporáneas se han ido por contar historias personales, esta no se sale del molde pero convierte a la cámara en otro personaje. Y en un lenguaje que pretende ser de los video juegos, se va de ruta por otros países, a fisgonear, digamos, por ahí mientras se camina, se comparte, se conoce, se conversa, se relaciona, se alegra, se sufre, se ríe… se vive.

A Juan le tomó cuatro largos años hacer esa película. Se le volvió un fardo, una cómoda cargada por el desierto. Hasta que lo presentó en el festival de los Edoc y se desprendió, literalmente de X. Moscoso. Pero cuando una película no va a salas es como no llegar al orgasmo. Y Juan no es de los que no terminan algo cuando lo empieza. No quiso quedarse a medias.  Así que emprendió el otro cruce del desierto que significa estrenar en cines: hacer las copias de distribución, distribuirlas uno mismo llevándolas de Quito a Guayaquil, hacer la prensa, buscarse que los panas acoliten con las entrevistas en la prensa; un corre corre que no estaba programado en los USD 37 000 que costó la película. Una buena parte, USD 25 000 fue por el premio que se ganó en el Consejo Nacional de Cine y luego los socios pusieron participaciones para cubrir los costos básicos.

Para Juan, que cuenta su historia desde su barba guevarista, el lío central es que en el Ecuador no hay distribuidores de cine. Así, junto con las otras falencias, hace casi imposible levantar una industria de cine en el Ecuador.  Bueno, pero lo de fondo, según Juan, es que el cineasta ecuatoriano se olvidó de contar historias que entretengan. Por ello no cree que haya cine ecuatoriano, sino cine hecho en Ecuador, con una serie de imaginarios metidos en la cabeza de los cineastas con dramas que terminan por aburrir al público. O sea, el realismo social del cual la cultura ecuatoriana está contaminada hasta la médula.

Juan Rhon ahora la emprende en otro proyecto. Gusta de andar por ahí y montar sus propuestas a placer, sin libreto, muchas veces sin guión, solo con una libreta de notas pensadas en planos e imágenes. Es su forma de hacer cine, le guste o no a los ortodoxos.



 

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