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17 de Diciembre del 2018
Cultura
Lectura: 21 minutos
17 de Diciembre del 2018
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

¿Culpable por ser hombre?: los feminismos en una sociedad patriarcal

Esperamos fortalecer nuestros debates y con ello fortalecer nuestras luchas en función de construir una sociedad para todas, todos, todes, pero sobre todo una sociedad no patriarcal, no capitalista y no colonial.

 

Presentamos una serie de reflexiones que hemos discutido en los últimos meses respecto de los feminismos que vamos construyendo. Nos pareció importante dejar por sentado algunas dudas que planteamos para el debate. Estas preguntas buscan de la manera más honesta y generosa fortalecer nuestros procesos políticos, a través de invitarnos a pensar y a repensar qué tipo de sociedad queremos y qué tipo de sociedad estamos tejiendo en nuestras luchas. Partimos de reconocer y agradecer todos los procesos de lucha social y particularmente la feminista en su diversidad.

“El feminismo es la noción radical de que las mujeres son personas” (Marie Shear)

¿Mujeres versus hombres; victimas versus victimarios; no estamos cayendo en los esencialismos que tanto criticamos? (Paz Guarderas, Feminista y Psicóloga Social- UPS-Quito)

Nuestra presencia feminista en las calles, en foros, en museos, en las universidades se torna cada vez más visible. Esa presencia es una continua disputa de sentidos con grupos profundamente conservadores. En esta arena estos grupos han colocado sobre el tapete la noción de que la “ideología de género” es “un relato político de odio al hombre”. Afirmación que hace eco en mis estudiantes, en mi propio hijo adolescente y en diversas audiencias, principalmente masculinas. Y es en este marco que me pregunto ¿cómo los repertorios discursivos de estos grupos nos interpelan? y ¿qué efectos han tenido nuestros discursos?

Desde hace algunos años investigo la intervención psicosocial y he identificado la construcción de ciertas nociones de los sujetos en las políticas y servicios asociada a la violencia de género: las mujeres-víctimas-pasivas-requeridas de protección y los hombres victimarios-activos-dignos de castigo. Esta construcción me ha preocupado, y no solo a mí sino a otras feministas como Elena Casado. Si bien los feminismos han puesto sobre el tapete las relaciones de poder desiguales, este abordaje en las políticas ha significado la construcción de dos sujetos esenciales, que lejos de promover la transformación de los roles tradicionales parece haberlos acentuado.

El feminismo de ningún modo se opone al hombre sino al patriarcado, parece obvia esta afirmación pero es necesaria enfatizarla. Sin embargo, rastreando el origen de esta idea me he encontrado con bell hooks (Autora utiliza las minúsculas en su nombre) quien en 1984 plantea que ciertas perspectivas hegemónicas de los feminismos occidentales se cimentaron sobre la noción de “victimización compartida”. La autora indica que al colocarse en este lugar de víctima se abdican de su lugar en el mantenimiento del sexismo y racismo y colocan como su enemigo al “malvado hombre”. La clave está, escribirá la autora, en cuestionar el orden sexista, racista y clasista de la opresión. Nos alerta, entonces, sobre la necesidad de comprender a las posiciones sociales que ocupamos en un entramado complejo de subalternización.

"Ciertos feminismos ecuatorianos de finales de los ochenta e inicios de los noventa ya pusieron estos temas a debatir, pero fueron silenciados a la hora de construir las políticas. Volver a esas lecturas hoy parece necesario".

Ahora bien, esta construcción de dos categorías lejos de convertirse en una estrategia de movilización ha devuelto una esencia a nuestros cuerpos. Es decir, el efecto ha sido contrario a nuestra batalla. Muchas mujeres no se sienten cómodas definiéndose como víctimas, como ya nos alertaron María Cuvi y Alexandra Martínez en su libro el Muro interior. Ni los hombres se consideran ese “hombre malvado”.

Otra cuestión que se desprende de lo anterior es que parecería, a ojos de los otros, que estamos reduciendo lo que afecta nuestros cuerpos y nuestra vida en una narrativa de protecciones y castigos. Hace pocos días comentaba una líder estudiantil que un medio de comunicación amarillista se le acercó y preguntó: “¿cuántos años de condena están pidiendo para el agresor?”, en referencia a un sonado caso de acoso sexual en la universidad. Si bien es clave que se establezcan sanciones, no creo que el accionar feministas puede reducirse a esto. Lo que queremos son cambios profundos en los imaginarios. Por ello, como dice Rita Segato, no será que necesitamos preguntarnos: ¿estamos usando las estrategias bélicas patriarcales para desmantelar al patriarcado?

Ciertos feminismos ecuatorianos de finales de los ochenta e inicios de los noventa ya pusieron estos temas a debatir, pero fueron silenciados a la hora de construir las políticas. Volver a esas lecturas hoy parece necesario.

¿Ma, a ti solo te preocupan los derechos de las mujeres? (Erika Arteaga Cruz)

Todavía recuerdo la cara de mi hijo de 9 años cuando me preguntaba hace un tiempo: “¿Ma, a ti solo te preocupan los derechos de las mujeres no? ¡Porque eso es lo importante!”. Le expliqué que el feminismo propone construir una sociedad en la que podamos vivir todos y todas en equidad de condiciones, pero que nosotras venimos con desventajas marcadas: acoso, menor salario por el mismo trabajo, violencia, ¡muerte!

Y es que al vivir en una casa conmigo y su hermana de 15 años, en la que muchos de nuestros diálogos son sobre la construcción de nuevas formas de relacionamiento, propio de la adolescencia, o de las preocupaciones que tengo cada vez que ella sale porque quiero que vuelva viva —un horror, sí, pero real—, es obvio que abordamos las causas y consecuencias de una sociedad tan marcadamente machista como la ecuatoriana.

En un contexto así nunca me figuré que, para criar a dos, yo tendría muchas más claves para criar a mi hija porque se sabe la discriminación, el acoso, la violencia y las formas de defensa que se ha experimentado en carne propia, y estaría mucho más perdida a la hora de criar a ese hombre distinto, ese hombre que no es machista y que es aliado del feminismo porque lo vive en su cotidiano en casa.

No imaginé por ejemplo que él tuviera que enfrentarse al reggaetón y le guste (aunque estoy segura que no entienda ni la cuarta parte de lo que dicen), tampoco que tendría que plantarse firme y constante todo el tiempo porque tiene el pelo largo o que él tendría que enseñarles a varias de sus profesoras de distintos colegios que los niños lloran y eso no tiene nada que ver con “portarse varoncito”. No me imaginé ni por un segundo que en su clase él podría ser tildado de débil por sus compañeros ni que su sensibilidad fuera un riesgo, tampoco me imaginé pensando cómo carajos le enseño a darse de quiños, porque esa, esa es la sociedad que tenemos y a los más tranquilos – que se defienden con palabras- les hace falta aprender a defenderse físicamente también. Y no, no estoy promoviendo la violencia, pero estoy segura que hasta que enseñe pacíficamente a todo su entorno que golpear está mal a todo nivel, él ya tendrá su primer moretón. Entonces es enseñarle: a las mujeres y a los más débiles no se les topa, debes defender a los más vulnerables, pero, además, si son grandes y bravucones, te toca plantarte y fuerte. Si, esquizoide.

Hago toda esta narración porque desde hace algunos meses varias de nosotras nos hemos planteado si estamos quizás actuando con la violencia propia del patriarcado, para defender nuestros derechos. ¿Podemos defender nuestros derechos con violencia?

"Si todos los hombres de nuestras familias también son producto del patriarcado, ¿vale la pena colocarlos en el rincón por el hecho de que se “huele su privilegio de ser hombre”?"

Si todos los hombres de nuestras familias también son producto del patriarcado, ¿vale la pena colocarlos en el rincón por el hecho de que se “huele su privilegio de ser hombre”?

Poco se debatió públicamente lo sucedido con el escrache de “Potencial Femicida” que vulneró los derechos de las propias agredidas pues no se contó con su consentimiento. En algunos casos las mujeres que ese grupo del escrache decía defender salieron a la defensa de los propios hombres denunciados. En general se logró poco-mucho ruido, que varios y varias se solidarizaran con los “pobres acusados” y que grupos como aquellos que están a favor de la coparentalidad se fortalezcan. Se aportó para deslegitimar algunas de nuestras luchas. Y si, hubo poco debate en nuestros colectivos de mujeres, pero también un afán no muy sano —desde mi percepción— de formar espíritu de cuerpo en torno a este hecho. No, no por ser mujeres siempre tenemos la razón y el cómo queremos construir la sociedad de todos, todas, todes, tenemos que hacerlo dialogando con todos, todas, todes.

Por eso surge una preocupación: ¿qué estamos planteando como sociedad? ¿Todos los hombres son agresores? ¿Hay que modificar las relaciones sociales machistas en un medio machista per se o solo a los hombres? Si históricamente provenimos de hogares donde sufrimos violencia de género, ¿todos nuestros hermanos y padres deben ser juzgados públicamente por agresores? Si son juzgados públicamente: ¿hasta cuándo? ¿Cómo se reparan esas relaciones? ¿O apoyamos solo la perspectiva judicial y los metemos presos a todos?

Cuando planteamos la necesidad de preocuparse por ese tema, suele surgir la respuesta: “esa es tarea de ellos, ellos deberían organizarse, ellos deberían deconstruirse, no debería eso estar en hombros de las mujeres además”. Como mamá de un niño de 9 creo que quiero un mundo donde yo sepa cómo educarle y QUIERO tener esa responsabilidad.

¿Cómo pensar las reivindicaciones de género, sin tomar en cuenta la necesaria relación entre lo femenino y lo masculino? (Alejandra Delgado -Sociología PUCE)

Parecerá una obviedad señalar que el género no es un asunto exclusivo de mujeres, tampoco es un enfrentamiento maniqueo entre hombres y mujeres.

Se trata, desde mi perspectiva, de una problemática de relaciones, entre hombres y mujeres, entre hombres y hombres, entre mujeres y mujeres, entre feminidades y feminidades, feminidades y masculinidades, masculinidades y masculinidades que están atravesadas por relaciones de poder, y por lo tanto de dominación. La dominación tiene su base en la criticable división natural que identifica la existencia de una naturaleza femenina que sublima el sometimiento y lo ubica como un valor simbólico propio de las mujeres y por lo tanto de lo femenino.

La afirmación irreflexiva de la naturaleza femenina constituye terreno fértil para la subalternización a la que históricamente hemos estado sometidas las mujeres. Esa subalternización ha generado que las actividades socialmente asignadas a las mujeres sean menos valoradas, menos reconocidas, menos pagadas. Ello no significa que sean inferiores en sí mismas, lo que es inferior es la valoración social que se ha dado a estas actividades.

Y si de subalternización hablamos, no podemos olvidar que el hecho de ser mujer se complejiza aún más cuando se trata de mujeres pobres, indias, negras, migrantes, y otras tantas variables que nos colocan en situación de desventaja con respecto a los privilegios de los hombres en el patriarcado.

"Pensar entonces que avanzamos en derechos porque el referente de mujeres blanco- mestizas clase media, accede a privilegios, también resulta una relación de poder, por lo tanto de dominación y por lo tanto de violencia".

Pensar entonces que avanzamos en derechos porque el referente de mujeres blanco-mestizas clase media, accede a privilegios, también resulta una relación de poder, por lo tanto de dominación y por lo tanto de violencia.

Pensar que existe una única voz legítima y representativa de las mujeres, desconociendo las diferencias cotidianas y las distintos escenarios socio políticos, también resulta una relación de poder, por lo tanto de dominación y por lo tanto de violencia.

Tener miedo de hablar frente a otras mujeres, porque ellas son las verdaderas feministas, también resulta una relación de poder, por lo tanto de dominación y por lo tanto de violencia. El patriarcado, al igual que el poder, tiene muchas estrategias para recomponerse.

La idea de lo verdadero ha sido la mayor herramienta del patriarcado para que los hombres subalternicen a otras mujeres y no podríamos permitir que ahora sea una herramienta del patriarcado para subalternizar a mujeres que piensan diferente.

Pensar en los hombres como universalidad, universalizar su privilegio como abstracción y negar su alteridad, también resulta una relación de poder, por lo tanto de dominación y por lo tanto de violencia.

Elitizar la discusión, discutir con la historia de vida de las personas y no con sus argumentos, negar la palabra a otras y otros en base a la deshistorización del privilegio enunciativo, también es la recomposición de una relación de poder patriarcal

Reconocemos la dificultad que supone comprender al género, a sus discusiones y a sus problemáticas desde una perspectiva dialéctica, pero apostamos por la construcción de nuevos marcos interpretativos que exijan la re-semantización de las relaciones sociales.

Reconocemos la necesidad de interpelarnos permanentemente, para que bajo la forma de nuevas expresiones éticas y estéticas, no se recompongan los mecanismos patriarcales que permiten la reproducción de la dominación.

¿Cómo afecta este desmonte del patriarcado en nuestra sociedad? (Natalia Sierra)

Toda transformación social que conlleva el cuestionamiento y el desmoronamiento radical de relaciones, estructuras e instituciones de dominación como son las del patriarcado, implica la apertura de un momento social e incluso civilizatorio de mucha confusión. Las revoluciones desdibujan los límites establecidos por las lógicas culturales que están desmontándose y los nuevos límites, códigos, acuerdos no llegan de manera inmediata. Entre los códigos que se de construyen y los nuevos que no acaban de llegar se abre un tiempo de confusión que es el que, creo estamos viviendo por efecto de las legítimas luchas feministas.

En este tiempo confuso se pierde las coordenadas que nos establecen las formas del encuentro con los otros, en este caso el encuentro entre las mujeres y los hombres, entre lo femenino y lo masculino. Es un hecho que las luchas feministas al desmontar muchos de los códigos sobre los que se levanta el patriarcado, han desmontado la subjetividad femenina y masculina que se erigió con ellos. Hay que entender que esto significa una profunda transformación en las configuraciones emocionales y psíquicas tanto de mujeres como de hombres.

Una transformación que está en marcha y que en el caso de las mujeres está marcada por una legítima demanda histórica por acabar con la opresión patriarcal y machista y que por lo mismo está jalada por una deseo profundo de construir un mundo donde podamos vivir sin miedo, un mundo donde ciertamente tengamos un lugar humano para habitar en nuestra diferencia humanamente femenina. Esa es nuestra fuerza que nos proyecta al porvenir en una reconfiguración emocional y psíquica que expresa nuestra feminidad liberada.

En el caso de los hombres, solo creo pues no soy hombre, esta transformación que desmonta los privilegios masculinos del mundo patriarcal genera en ellos un inmenso vaciamiento subjetivo, que carece del deseo feminista que nos moviliza a las mujeres a construir otro mundo. Simplemente se quedan sin piso, vaciados de todos los argumentos e imaginarios que justificaban y naturalizaban sus privilegios y que a su vez escondía las profundas renuncias que tenían que hacer a cambio de ellos.

"Simplemente se quedan sin piso, vaciados de todos los argumentos e imaginarios que justificaban y naturalizaban sus privilegios y que a su vez escondía las profundas renuncias que tenían que hacer a cambio de ellos".

La justa lucha de las mujeres ha desmontado el patriarcado en su nivel cotidiano, lo que deja a los hombres sin coordenadas claras que guíen su comportamiento por fuera de esta estructura de privilegios. La ausencia de un mapa cognitivo en las masculinidades trastocadas puede producir dos efectos inmediatos: 1. un repliegue de los hombres a su vacío subjetivo que los aleja de nosotras en una especie de autoexilio de la realidad o una exacerbación de la violencia machista por miedo, por desconcierto, por vaciamiento. Cualquiera de las dos respuestas es, desde mi punto de vista, dañina para emprender una nueva socialización más justa y humana entre nosotras y ellos.

Es importante señalar también que el proceso de las luchas feministas globales y sus efectos se encarna en cada realidad social local, lo cual es también necesario debatir, pues podríamos cometer el error de generalizar y esencializar procesos que terminan destruyendo la vida en común que debemos construir. De ahí que es urgente preguntarse ¿Cómo afecta este desmonte del patriarcado en nuestra sociedad? Sospecho que debe ser distinto a cómo afecta en Europa o Norteamérica.

A esto hay que sumar también que la sociedad ecuatoriana más que otra es extremadamente heterogénea, no solo por la estratificación de clases, sino por la pluralidad de culturas, pueblos y nacionalidades que la componen. Pienso que hay una violencia patriarcal que atraviesa a todas las clases y culturas, pero también creo que no es exactamente la misma violencia patriarcal la que experimentan las mujeres según la clase social en la que se ubiquen o la cultura a la que pertenezcan.

Sospecho que las mujeres de las clases altas y medias tenemos más herramientas económicas, sociales y simbólicas para enfrentar la reacción masculina al desplome de los privilegios patriarcales, que las que tienen mujeres de sectores populares. También creo que los hombres de los sectores medios y altos con mayor acceso a la educación pueden enfrentar de mejor manera su vaciamiento subjetivo que los hombres de los sectores populares, donde el empobrecimiento creciente de su clase genera mayor violencia machista. Solo es una sospecha que debe ser analizada, nada más.

Por último, creo que como madres, hermanas, hijas de hombres debemos decidir si queremos acompañar su proceso de rehumanización o dejarlos solos. Esta es una decisión política que tenemos que debatirla. Personalmente, aunque tengo una hija mujer, creo que la feminidad es acogimiento al otro, eso es lo que nos diferencia de la configuración emocional masculina de corte patriarcal. No creo que la resolución vaya por querer ocupar el lugar de privilegio masculino, creo que hay que desmontar los privilegios de cualquier tipo. Hay que destruir el poder de mando (poder patriarcal), no ocuparlo. Creo que hay que acompañar a los hombres a soltar sus privilegios masculinos y a reconocer la violencia que sufrieron para tenerlos y que desfiguro su humanidad. Creo que las y los que decidimos hacer esta hermosa y difícil travesía hacia otro mundo tenemos que acompañarnos.

Quiero construir un mundo donde podamos vivir juntas y juntos, nosotras y ellos, diferentes e iguales; un mundo donde nacer mujer no nos condene a un destino de víctimas y donde nacer hombre no signifique un destino de verdugos. Un mundo para todas y todos donde el otro no me provoque miedo y desconfianza, sino seguridad de caminar a su lado este pequeño lapso de tiempo que nos ha regalado el cosmos.

Conclusiones finales

Esperamos fortalecer nuestros debates y con ello fortalecer nuestras luchas en función de construir una sociedad para todas, todos, todes, pero sobre todo una sociedad no patriarcal, no capitalista y no colonial.

 

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