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17 de Junio del 2014
Cultura
Lectura: 10 minutos
17 de Junio del 2014
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Caballos en la niebla

Fotos: cortesía del autor.

Juan Carlos Moya ganó el 'Premio nacional de Periodismo Jorge Mantilla Ortega', por su serie El Oficio de vivir, publicado en el diario Últimas Noticias, de Quito.

 

Juan Carlos Moya, escritor y periodista ecuatoriano, presenta su primera novela, editada en Bogotá por Seix Barral, del Grupo Planeta. 'Caballos en la niebla' funda su universo narrativo en el bosque y el páramo. Ahí la voz sólida y propia del autor nos lleva por el vértigo de un hombre que se aleja de la ciudad pero no puede escapar de sí mismo.

“Son tres, no más. las personas necesarias en nuestra vida”, pensó Lucas, mientras el Árabe pasaba al interior de la cabaña, cerrando la puerta a sus espaldas con un golpe seco.
“Padre, madre, una mujer o un hijo. O en reemplazo de los dos últimos, quizá, un amigo. Eso suma tres. El resto es hojarasca, inocentes piedras con las que tropezamos y siempre estamos en desacuerdo, o fingimos un saludo para no empujarlos a un lado del camino. Y sin embargo, siendo ellos inútiles fantasmas de un día, cargamos con su olor, con la imagen de sus dientes, sus miradas y sus sentencias. Porque ellos juzgan, sí, creen saber de nosotros, andan escribiendo nuestra biografía apócrifa y difamada, nos piensan sin nuestro consentimiento, nos aman para después odiarnos”, recapacitó el guardabosques. Y cuando se sentó al filo de la cama, su cabeza ya estaba fatigada: un hilo de humo negro le quemaba la vista, sentía de repente mal humor, apatía, y muchas ganas de pedirle al Árabe que retomara su camino y lo dejara solo.

Lucas es el guardabosques, el personaje central de Caballos en la niebla, ópera prima de Juan Carlos Moya. La escena está en la 71 de las 154 páginas de esta novela. Lucas es un hombre con gastritis, que huye de la ciudad para redimir su humanidad y su condición de ser de la naturaleza. Pero vive rumiando sus amarguras, enfermo, atrapado en sus ensueños de suicidio, un hombre fatal en medio de tanta vida: el páramo profundo del Cotopaxi.

Para Lucas, el personaje central, sólo tres personas son necesarias en nuestra vida: madre, padre, mujer o un hijo. El resto es hojarasca...

Si para Lucas sólo tres personas son necesarias en nuestras vidas, para Moya, siete personajes fueron necesarios para tejer una trama sobre el hombre salvaje quien –al buscar la soledad, el escape por la puerta trasera– tiene inevitablemente que encontrarse a sí mismo, a su derrumbe físico y psíquico: siete personajes: el guardabosques, su perro Apache; el Árabe con el extraño oficio de vendedor en el páramo, un médico siniestro y tres asesinos, que pudieran ser uno solo como arquetipo de la violencia.

La novela empieza con la puesta en escena, diríamos que la presentación en sociedad de Lucas y su perro, en el lugar donde trascurre la trama: la montaña, el bosque, la niebla y el volcán. Donde sobrevendrán la muerte, el dolor, la enfermedad, la soledad y la decadencia en una paradójica convivencia con la luz y la tormenta de esa montaña que pocos conocemos o que la vemos siempre de paseo de un día para otro, atrapados por el deseo de volver a nuestro confort citadino cuando el viento canta en el páramo.

El diseño de la cubierta es de Aurelio Valdez. La edición fue aprobada en Bogotá e impresa en Quito, Ecuador.

Moya se declara un hombre del páramo. Quizá entendió, en su afán suicida e inclaudicable de escritor, que la única posibilidad de supervivencia moral en la selva urbana era la decisión de no adaptarse. No es raro que su personaje principal sufra esa gastritis, que no es más que la enfermedad de la angustia. Por esa costumbre de no resignarse roba minutos a la entrevista pactada cuando devuelve un granizado de mango en un café de un centro comercial, cuando lo que había pedido era un jugo espeso de mango. No he desayunado, explica a las 11 de la mañana. Debo comer varias veces por mi gastritis, a las 8, a las 11, a la una, a las tres, a las cinco, a las siete… Entre comida y comida, supongo, escribió su novela y la corrigió. Ocho semanas le tomó lo primero y cuatro semanas lo segundo. Pero la historia que depositó en esas 154 páginas lo ha seguido desde su infancia hasta sus actuales 40 años de edad. Allá retorna su memoria, donde se abuela Zoila, con quien pasaba sus vacaciones escolares, lo introdujo en la niebla y los caballos, animales indóciles que veía saltar y correr en los descampados valles y colinas de Latacunga, el Cotopaxi y El Chasqui. Muchos años después, Juan Carlos Moya mantiene dentro de sí el recuerdo nítido de la niebla que conoció a los seis años de edad. Dentro de mí llevo el páramo y el bosque, sentencia.

Será por eso que pudo aguantar tantos años en su condición de náufrago urbano. Y como si fuera la última botella lanzada desde su isla desierta envió el manuscrito a Bogotá, Colombia. El consejo editorial no lo conoce personalmente y seguramente nunca oyó hablar de Moya. Se concentró en el texto, en la historia. Y aprobó su publicación en la colección Seix Barral. Mario Mendoza, el escritor colombiano de Satanás, dijo de la obra: “con una prosa limpia y bien apuntalada, el autor nos obliga a introducirnos en nuestras propias pesadillas y fantasmas, esos que no dejamos de ver, pero que, no obstante, nos persiguen tanto en las mañanas iluminadas como en las noches más siniestras y atroces”.

Moya trabajó en El Comercio y Últimas Noticias haciendo crónicas, diciendo las noticias como si fueran cuentos. En ese oficio de contar permaneció varios años. De su mano salió un 'Premio Nacional de Periodismo Jorge Mantilla', cuyo jurado reconoció su serie El oficio de vivir, y cuando salió de la molienda periodística siguió contando historias, sobre todo vinculadas al arte, a la cultura, en prensa, radio y televisión.

Moya dice haber creído siempre en que su formación estaba en las lecturas. Pasó por Juan Carlos Onetti, Dickens, Faulkner, Cervantes… Los maestros, los que enseñan cómo se dicen las cosas y de quienes el que persiste puede pretender cierto aprendizaje. Pero eso lo dice el tiempo. Más cuando Moya pasó largas temporadas administrando su angustia. La de escribir y la de vivir.

Moya es escritor y periodista. Mantiene un programa radial de entrevistas llamado Moya Nocturno.

Moya vive con perros. Ha vivido y dormido con perros. Menciona a Apolo. Siempre perros runas. Sus momentos de reflexión más profunda han sido al lado de Apolo y con un cigarrillo en la mano. El animal lo acompaña desde sus ojos expresivos y su silencio. Los animales nos comprenden.Ahora, por fortuna es un momento feliz. Vive el reconocimiento internacional, ese que todo el mundo espera, aunque se arrope de hipócrita modestia. Pero, sin vanidad, sino con las ganas de gozarlo, Moya,  siente que se está hablando de esta novedad editorial que es Caballos en la niebla. Novedad que trae cosas que el autor destaca. Por ejemplo, tiene un perro como un personaje que, si el autor se descuidaba un poco, se roba la historia. Apache es el personaje del cual su creador se siente orgulloso:
Apache apareció con un pequeño conejo en la boca. Aún pateaba, pero la presión de las mandíbulas del perro lo estaba ahogando.
-¡Apache! ¡Muchacho!
El perro permaneció expectante y su cabeza se mantuvo inmóvil unos segundos, los suficientes para reconocer la voz del guardabosques. Entonces, atacado por una intempestiva desesperación, movió las orejas hacia atrás y echó a correr, soltando al conejo de su hocico. Lucas levantó al perro en el aire y palpó sus costillas. Descubrió que sus ojos estaban poblados de largas y amarillentas legañas. Lo abrazó con fuerza y olió con cariño la fetidez de su pelaje. Apache emitía unos gemidos apagados mientras le lamía la cara.
-No llores, amigo.

El escritor termina de hablar. Del jugo espeso de mango no queda ni el recuerdo del sabor. Eso pasa cuando se paga caro para ingerir mera pulpa. Moya retomará seguramente la tarea que venía haciendo en las mesas del patio de comidas antes de la entrevista: entregar al público en general pequeñas ediciones del primer capítulo de su novela. No se le da eso de mercadear su propia creatura. Pero es la realidad del mundo editorial ecuatoriano. Mientras tanto espera con ansia el lanzamiento de su novela en Bogotá.

Se acerca a una mesa donde dos mujeres comen ceviche. Hola, perdonen la intromisión, les presento una nueva novela, les dice el escritor, mientras pone en sus manos la pequeña portada de Caballos en la niebla.

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