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28 de Octubre del 2013
Cultura
Lectura: 12 minutos
28 de Octubre del 2013
Natalia García Freire*
Los libros no se han muerto todavía

Fotos: Fernanda García Freire

Miguel Díaz Cueva tiene 95 años. Pasa gran parte de su tiempo en su biblioteca, que tiene 20 000 volúmenes. 

 

Miguel Díaz tiene su propio taller de encuadernación en lo que fue el huerto de su casa. 

 

Una librería del centro de Cuenca es atendida por Gina Tapia, quien destaca que su negocio sigue siendo rentable. Muchos de los extranjeros residentes en la ciudad son sus clientes.  

 

Siempre va a haber alguien que quiera, por ejemplo, ser librero. Lo raro es que nunca he escuchado a nadie decir “yo quiero tener una librería”.

CUENCA

Nunca ha sido tan aterrador hablar de libros. Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura dijo este mes: “Temo que si se produce una batalla a muerte entre los libros digitales y los libros de papel, estos últimos queden arrinconados, pasen a las catacumbas”.
El diario El País, de España, escribió: “Suenan voces advirtiendo que el libro, analógico o digital, sólo sobrevivirá si hay verdaderos lectores, y que esa estirpe corre el riesgo de extinguirse”.

Vicente Velásquez Guzmán, presidente de la Cámara Ecuatoriana del Libro dijo a diario El Comercio, en agosto, que “La noticia no es buena. Según un estudio reciente, elaborado por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina (Cerlalc), los argentinos son los mayores lectores de libros en la región. La cantidad de libros por persona leídos al año en el Ecuador es de 0,5.”

Lo normal, cuando hablamos de libros, es que hablemos de lo poco que se lee, de lo difícil que les viene el futuro, de lo que se debe o no leer, de lo mal que están las librerías llenas de obras comerciales o de autoayuda y por lo general, no hablamos de libros. Es menos común aun  hablar de lo fascinante que puede ser el oficio de ser librero o de lo excéntrico que puede ser crear una biblioteca o, mejor, de lo inexplicable que es encontrar el primer libro que te deja con ganas de leer otro.

Mientras en Argentina hay 1719 librerías en Ecuador se registran 65. Que entre los libros más vendidos está Las 50 sombras de Grey.

Y es que es casi imposible no fijarse en las cifras, que en nuestro caso, nos dicen que somos casi el último país en Latinoamérica en el índice de lectoría. Que mientras en Argentina hay 1719 librerías en Ecuador se registran 65. Que entre los libros más vendidos está Las 50 sombras de Grey. Que es casi inexistente la cifra de lectores que leen por placer. Que en promedio leemos medio libro por habitante y por año. La tecnología sólo empeorará la situación. Pero si el futuro del libro es negro, con estas cifras, uno piensa, ¿Cómo puede ser peor? 

Pero siempre hay excepciones a la regla e historias que contradicen a las cifras. Siempre va a haber alguien que quiera, por ejemplo, ser librero. Lo  raro es que nunca he escuchado a nadie decir “yo quiero tener una librería”. Al conversar con Gina Tapia, librera desde hace 3 años, entendí que las cosas no están tan mal.

Subí Las Escalinatas y caminé una cuadra en la Hermano Miguel, en el Centro Histórico de Cuenca, mi ciudad. Su librería era un lugar pequeño con estantes en cada pared. Los estantes tenían tomos en alemán, español, inglés; había pocos libros nuevos y muchos libros usados. Se podía encontrar desde los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño, hasta Ángeles y Demonios, de Dan Brown.

Al entrar en su librería no había estrés, apuro ni esa tensión incómoda entre comprador y vendedor. Me sentí como invitada más que como cliente y la conversación fluyó enseguida. “Hay libros que yo no vendo, libros raros, que me llevo a mi casa para mi colección”, me dijo. De alguna manera me recordaba a mi padre, anticuario, en su forma de ejercer el oficio con más pasión que visión empresarial y de reservarse ciertos caprichos que le costaban una que otra venta.

Me contó de sus libros favoritos; de cómo en su librería el día en que triunfó la democracia pasó desapercibido. “El 30-S todos cerraron y aquí seguían comprando”. Me contó, también, de sus experiencias con libros que había vendido años atrás y regresaban en otras manos, después de atravesar varios países: ella los recibía y sentía una pequeña satisfacción por tenerlos de vuelta; de los compradores que sin falta llegan cada 15 días en busca de un libro más,  y de cuántos resúmenes del resumen del Quijote había vendido.

Miguel Díaz Cueva tiene 95 años. Conserva una biblioteca tan grande y organizada que bien podría haberse dedicado nada más que a ella durante toda su vida. Tiene más de 20000 volúmenes.

Hablamos de cifras también. De la rentabilidad, de la ganancia, de la dificultad de vender ciertos libros y de lo mucho que piden otros. De cómo se consiguen las colecciones de libros que abastecen su negocio y de todos los pormenores de las colecciones conseguidas. “Tener una librería es rentable. La mayoría de clientes son extranjeros, pero aunque ellos ya no vinieran, seguiría siendo negocio”.

 Entonces pensé en esos clientes que llegan sin falta cada 15 días. Es probable que encontremos mejores ejemplos en generaciones pasadas. Y es que, si consideramos que no había mensajes instantáneos, películas, computadores, los libros eran el entretenimiento puro. “No había televisión y el hombre ni siquiera había llegado a la Luna. Imagínate lo que era leer 20 000 Leguas de Viaje Submarino”, me dijo Fernando Durán, lector tenaz de casi 60 años.

Miguel Díaz Cueva tiene 95 años. Ha vivido en Cuenca toda su vida. Un espacio de su casa estaba dedicado a un huerto. Un buen día, Miguel sacó las verduras y las reemplazó con estanterías. “Aquí era la huerta. Sacaba unos buenos duraznos. Pensé que nunca se iba a llenar, pero ahora no tengo dónde poner más libros”. Conserva una biblioteca tan grande y organizada que bien podría haberse dedicado nada más que a ella durante toda su vida.

Su casa solía ser un lugar común en el cual estudiantes, historiadores, escritores e investigadores consultaban datos en su más que amplia biblioteca. Tiene más de 20 000 libros, muchos encuadernados por él: desde las primeras obras de Juan Montalvo hasta las Leyes de Indias. No es, sin embargo, la cantidad de libros o el  valor de cada uno lo más impresionante; sino el tiempo que le dedica a cada autor y a cada colección. Los encuaderna de manera distinta. Me contó que de joven se endeudaba en libros y tenía convenios con muchas librerías aquí en Cuenca y en Quito y los podía pagar poco a poco. Hasta el día de hoy lee, encuaderna y organiza su biblioteca y pasa sus días ahí y en el taller de encuadernación que tiene en la parte de atrás. En su vida ya no hay trabajo y sale de su casa muy rara vez; lo que tiene todos los días son sus libros. Son su pasión.

¿Por qué los libros se convierten en una pasión? ¿Por qué nos gustan? Es lo mismo que alguien prefiera leer o gastar horas de su vida en jugar fútbol o tomar fotografías, ver películas, bailar, pasear en bicicleta o coleccionar cualquier objeto.

Roberto Bolaño, escritor chileno, dijo en una entrevista: “Me divierte ver jugar a mi hija Alexandra, desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Y hacer el amor”. Y es eso lo que pasa. Los libros nos divierten, nos entretienen, los disfrutamos, pero ¿qué es lo que pasó para que hoy tengamos miedo de su futuro y que sus cifras estén tan mal? ¿Llegará el día en que nos pase lo mismo con el cine o la música?

Los cambios no significan el fin. Me sentí segura de ello cuando conversé con Julio Chacón, de 29 años, quien lee todas las noches alguno de los seis mil libros que tiene repartidos entre su kindle.

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”, escribió Jorge Luis Borges.

El libro es una invención genial. Como todas nuestras invenciones, toma distintas formas, se adapta a los tiempos, se transforma. Mientras los instrumentos que nos permiten escuchar música o ver películas han cambiado de forma con el paso de los años, el libro ha resistido, ha demostrado ser irreemplazable.  “No es la primera vez que ocurre un cambio tecnológico. Lo fundamental es la lectura: bien sea en la arena de la playa, en una corteza de árbol o un pergamino”. Gerardo Piña.

Los cambios no significan el fin. Me sentí segura de ello cuando conversé con Julio Chacón, de 29 años, quien lee todas las noches alguno de los seis mil libros que tiene repartidos entre su kindle (lector eléctronico), su computador y su tableta. “Es fácil, si te aburres de libro, pasas enseguida a otro.” Con todas las ventajas que me enumeró, la facilidad de llevarlo a todos lados, de conseguir a muchos autores, de pasar de un libro a otro sin levantarse; casi me convencí de que, en algún momento, los libros físicos iban a desaparecer. Pero, en cambio, ¿se siente igual tener esos seis mil libros en un sólo aparato a tener seis mil libros que puedes ver y tocar? ¿Nos involucramos más con los libros cuando todos nuestros sentidos son parte de la experiencia? Julio me dijo que sí, que es diferente tener un libro a lado de la cama y leerlo. Uno se involucra más. No hay intermediarios. No hay aparatos cuya batería puede agotarse. 

Borges tenía toda la razón. El libro es el instrumento más asombroso inventado por el hombre. No depende de nada más. Hay razones para que exista hoy, siglos después de su aparición.

No hay que tener miedo a los libros. Para algunos, son un negocio, para otros una pasión, una necesidad. A muchos les divierten. Unos los prefieren físicos, otros ya se acostumbraron a su versión digital. Están mutando, tienen distintas formas. Nosotros también estamos leyendo distinto. Pero eso no significa que renunciaremos a ellos.

*Sala de Redacción de la Universidad del Azuay, Cuenca, especial para Plan V 

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