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9 de Diciembre del 2015
Cultura
Lectura: 8 minutos
9 de Diciembre del 2015
Juan Carlos Calderón / Plan V
Santiago Páez: si nos quedáramos en silencio, campearía el horror

Fotografías: Luis Argüello

Páez posa para la fotografía en un mural de su casa, pintado por su hijo. Páez también es catedrático.

 

Antiguas ceremonias es la más reciente novela del escritor quiteño Santiago Páez. Un nuevo desafío literario con el cual a su vez refuta la comodidad intelectual del lector, y lo pone a navegar en un trirreno, hacia la condición humana.

Portada de la novela, editada por Paradiso Editores.

No es una novela fácil, advierte de entrada Santiago Páez (Quito, 1958) al hablar de su reciente novela Antiguas ceremonias, editada por Paradiso Editores. Para él su compromiso con la literatura lo transporta siempre a nuevos desafíos, en los cuales es poco condescendiente con el lector, al cual le exige –también- inteligencia, atención y compromiso con el texto. Menos aún con la búsqueda central de esta novela, resultado de una pregunta del autor: ¿qué es lo que nos hace humanos? Y la respuesta puede ser pavorosa: siempre que hemos tenido civilización o cultura ha sido a través de la muerte.  Entonces, lo que nos hace humanos es nuestra condición de mamíferos: parir, amamantar, cuidar a las crías, copular…

De ahí se va forjando Antiguas ceremonias, entre las deposiciones de Francisco Desales y las exhortaciones del Ángel de Mercurio. Un abrumador ejercicio de imaginación es el que sorprende al lector en esta novela, atópica, sin trama lógica que conceda autoridad al autor, sin respiro de alegorías, porque de ellas está hecho el reino de la palabra.

Los otros campos a explorar en la narrativa ecuatoriana no son fáciles, no son valles desérticos, aunque de estos estén plagadas las cadenas de librerías que retiran libros polémicos de autores nacionales para no molestar al rey..

En esos misterios, donde se habla desde los tatuajes de Santiago Páez hasta la concentración y censura en el mercado editorial ecuatoriano en esta época de cambios para mal se habla en el primer desayuno donde el autor se enfrenta con prensa, gestores culturales y blogueros literarios, que los hay. Ahí de la mano de su editor, Xavier Michelena, este escritor que parece un personaje cervantino, dice que su novela es optimista. Y de hecho hay que ser un optimista sin escarmiento para seguir publicando en un mercado literario no solo restringido en la cantidad sino en la ética frente al poder y al oficio, en un país donde escritores que se llaman intelectuales o viceversa solo les falta publicar las odas al amo que ha rescatado este paisito y lo ha llevado por la senda de la ilusión movilizadora. Un trabajo prepago, por supuesto.

Me dicen que es una novela extraña, reconoce Páez frente a un café irrepetible en la cafetería de la Universidad Andina, minutos después de dejar el consabido bastón. Que es algo muy diferente a lo que se espera que se haga con una novela en el Ecuador, es decir: hablar de política, repetir la realidad, extrapolar los hechos y los personajes y limitarse a interpretar la coyuntura desde la ventana delante de una sala confortable, pagada a punto de repetir consignas. Los otros campos a explorar en la narrativa ecuatoriana son los no fáciles, escasos en el Ecuador como valles desérticos. Desiertos a los que aporta en sus perchas la gran cadena de librerías que retira libros polémicos de autores nacionales, para no molestar al rey. Un desierto oligopólico y condescendiente con el poder.


En su estudio, ubicado a un costado de su casa, una edificación de los años 60. 

A todos nos conviene salir del lugar donde estamos cómodos. Salir del lugar común, confortable; es un lugar peligroso porque empiezas  a repetir recursos que te dieron resultado, a volver sobre temas que ya manejaste, dispara Páez. Lo dice con voz suave, de profesor universitario, una voz oral que nada tiene que ver con el voltaje brutal que corre por sus textos. Páez ha curvado los cincuenta años y tiene terror físico a quedarse en la comodidad. En el ya para qué. Siempre trata de buscar una perspectiva distinta, novedosa, a cada obra que enfrenta. Y en este caso quise hacer algo que no había hecho nunca: una novela en la cual no había una historia (con minúscula) que empieza, se desarrolla y termina; tampoco una vinculación con la Historia, donde no hay mundo, Latinoamérica y Ecuador. Y el otro desafío fue tomar como material de trabajo un tema universal, no ubicado, no singularizado ni determinado. Lo humano. Lo que guardamos como herencia de los mamíferos. En esos momentos, en esos únicos momentos nuestra humanidad brilla al máximo. Es cuando aparece la cultura, las contradicciones cuando la humanidad muestra sus sobras. ¿Qué tanto hemos avanzado en la aventura civilizatoria? Entre los humanos que se matan con piedras y palos, y entre los que se matan con armas atómicas, dónde está la diferencia. La idea de progreso es que cada acto de civilización oculta un acto de barbarie. Páez cree que por ello no tenemos por qué ufanarnos.

Toda obra de arte es un cuestionamiento radical de la sociedad, cree Páez. Ante una sociedad llena de injusticias, autoritarismo y ruindad, la presencia del arte ya es una increpación brutal.

Toda obra de arte es un cuestionamiento radical de la sociedad, cree Páez. Ante una sociedad llena de injusticias, autoritarismo y ruindad, la presencia del arte ya es una increpación brutal. Solo su existencia es una mentís a los políticos corruptos. El ser humano se dice que somos capaces de Cervantes, y solo por eso estamos llamados a generar trascendencia. No hace falta alejarse de lo artístico para enfrentar la ruindad. ¿Cómo se enfrenta la ruindad? A veces con referencias ocultas. Frente a un autoritario, cree Páez, escribir un libro sobre lo que nos hace verdaderamente humanos, que no es la prepotencia ni la prepotencia ni el autobombo del Presidente es decirle mire lo que somos los humanos: lo que no es usted.

Le digo que esto me recuerda la frase con la cual el Presidente justificaba sus reacciones agresivas y sus abusos de autoridad: es que soy humano. Y sus acólitos también lo repetían: es que Correa es humano. Lo humano era precisamente hacer lo otro, responde Páez. Actuar desde la fratría, desde lo gregario. Entre los animales de la misma especie no se hacen daño hasta la muerte. Porque no les interesa que una de la especie muera. En lo nuclear, eso de lo humano no es exacerbar la violencia. Los animales no se preocupan de su imagen.

Somos capaces de Cervantes pero también de Auswicht. Después de eso, ¿cabe la poesía? A momentos siento eso, dice Páez. Siente una imposición del silencio ante el horror. Pero si nos quedásemos en silencio, campearía el horror. Vencer ese pudor y decir, para que el horror tenga murallas de luz para replegarse.

Me pareces un tipo raro, le digo. También me lo pareces vos, responde Santiago Páez.

Luego Páez empieza a hablar de los intelectuales en este tiempo de Correa, de su corazón e intelectos empantanados. Habla de su silencio, no del que nada tiene que decir ni del que calla porque considera que ha dicho demasiado,  sino del silencio del que otorga fruto de haber llenado su boca de lodo. De un lodo espeso y putrefacto. Cuando Fidel Castro hizo fusilar a tres jóvenes que trataron de escapar en un ferry, José Saramago -el Nobel portugués militante del Partido Comunista- tuvo el valor de decir hasta aquí, recuerda el escritor. En Ecuador, cree Páez, a mucha gente no se le dio esa lucidez.

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