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6 de Mayo del 2024
Historias
Lectura: 18 minutos
6 de Mayo del 2024
Ugo Stornaiolo
Democracia, populismo o mesianismo
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Cinco veces presidente del Ecuador, José María Velasco Ibarra fue la máxima expresión del populismo del siglo XX. Foto: Archivo El Universo

 

Cuando el populismo se mezcla con la religión y sacraliza la política para pasar de un modelo de vigilancia que obliga a los políticos a rendir cuentas a uno donde la ciudadanía es creyente y devota de un personaje.

Desde su surgimiento en el siglo XX, el populismo ha sido un fenómeno político de difícil definición. Personajes como Perón, Velasco Ibarra y el “chivo” Rafael Leonidas Trujillo, le fueron dando sus iniciales características, hasta los neo populistas del siglo XXI de diferentes tendencias, porque también los hay de derecha, como Milei, Trump y Bolsonaro.

La ideología de izquierda es más clara en el caso del sindicalista brasileño Lula y los kirchneristas argentinos y en el derechista peronista Menem, pero sigue siendo indescifrable en los casos de Daniel Ortega, Díaz Canel, Correa, Maduro y Chávez (su comportamiento sinuoso va desde el nacionalsocialismo, el estalinismo, el socialismo del siglo XXI, hasta el neoliberalismo). Los matices de este modelo de hacer política llegan a hacer pensar que, incluso nacionalismos de corte fascista o nazi fueron, en efecto, populismos de vieja data.

Un histriónico Javier Milei es la más reciente expresión del populismo de derechas.  Foto: AP / Natacha Pisarenko

El pensador italiano Norberto Bobbio (1988), en su Enciclopedia de la Política, define al populismo como “aquellas fórmulas políticas por las cuales un pueblo, considerado como un conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores positivos, específicos y permanentes, es fuente principal de inspiración y objeto constante de referencia”.

Según Bobbio, no es una doctrina, sino un “síndrome”. No corresponde a una orientación teórica orgánica y sistemática. Se adapta a doctrinas y fórmulas adaptadas de manera diferente y divergentes en apariencia. Un día dijo el caudillo argentino Perón que “habiendo recorrido el país de punta a punta y habiendo conocido todas sus bellezas y maravillas, se encontró al fin con su más grande y alta belleza: el pueblo”. El pueblo se asume como un mito (encontrando aquí su relación con la religión), que va más allá de una definición terminológica a nivel lírico y emotivo.

Una de las características de los populismos es instituir una especie de mesianismo para captar el favor popular. Un famoso discurso del caudillo y cinco veces presidente del Ecuador, José María Velasco Ibarra, en uno de sus arrebatos más característicos, decía:

“Me siento, señoras y señores, profundamente quebrantado por estas responsabilidades que sobre mí gravitan. Muy pocos hombres se habrán dado cuenta de que es una responsabilidad tan grande. Todo un pueblo, todas sus instituciones, todos sus esfuerzos, y ¿qué voy a hacer? ¿Podré estar al nivel de los ideales de la revolución popular? ¿Podré estar en todo con las exigencias del ejército? Con el apoyo del pueblo ecuatoriano hemos de triunfar. Mi deber no es calcular si voy a fracasar o no. Mi deber es entregarme a la tarea de salvar a la patria ecuatoriana. No es posible, señores, ni un momento más de vacilación”. (Discurso de aceptación del encargo presidencial tras la revolución “Gloriosa”, el 31 de mayo de 1944).

A partir de la segunda década del siglo XXI se confirma una reaparición del populismo en varios países. “A diferencia de los perfiles tradicionales de mano dura que pugnan por el libre mercado y la familia, los personajes actuales han sumado una nueva variable: la religión. Desde el origen de los estados nación la fe ha estado presente, pero ahora se ha mimetizado con la política y por eso he acuñado el término de mesianismo electoral”, escribe el politólogo mexicano Sebastián Godínez.

Aunque el fenómeno sigue vigente por varias décadas, el populismo sabe reinventarse, como sucede en Bolivia y Argentina, donde pese al desprestigio y los comprobados casos de corrupción de los expresidentes Evo Morales y Cristina Fernández de Kirchner, los votantes pusieron en la presidencia hace algunos años a Luis Arce en Bolivia y Alberto Fernández (con Cristina como binomio), en la Argentina. Hoy ha surgido un nuevo modelo de populismo de derecha, encarnado por Javier Milei en Argentina. En Bolivia se espera el “choque de trenes” entre Arce con Morales, hoy enemistados.

Evo Morales y otros caudillos del socialismo del Siglo XXI también recurrieron al populismo. Marcelo Pérez Del Carpio/Agencia Anadolu/Getty Images

¿Qué es el populismo?

El historiador español, José Álvarez Junco autor del libro “Las historias de España” sostiene, al referirse al populismo, que: “invocar la voluntad del pueblo para saltarse el respeto a la ley es uno de sus recursos habituales. Movilizan así a los apáticos, pero su afán por eliminar las cortapisas democráticas abre un peligroso camino a la tiranía”.

Carlos de la Torre Espinoza, experto en el tema, en un artículo publicado en el diario El País de España, titulado “las promesas y los riesgos del populismo” señalaba que algo que caracteriza a algunos gobernantes latinoamericanos de estos tiempos e incluso al joven líder español Pablo Iglesias (de Podemos) es precisamente el rasgo de que son populistas, antes que otra cosa.

“Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, al igual que Podemos, por ejemplo, cuestionan las políticas neoliberales y politizan el manejo del fisco cómo una economía política que favorece intereses de clase. Los populismos prometen una mejor forma de democracia en que la participación ciudadana reemplace el manejo de lo público por élites partidistas. Los populismos, por lo general, construyen a un líder como la encarnación del pueblo. En un mensaje a la Asamblea Nacional Chávez aseveró, “no soy yo, soy el pueblo”. Al triunfar en las elecciones presidenciales del 2009 Rafael Correa dijo, “el Ecuador votó por sí mismo”, señala De la Torre.

“La tentación populista de forjar al líder como la encarnación del mismo pueblo se acentúa en regímenes presidencialistas, cuando colapsan los partidos políticos y en coyunturas en las que los movimientos sociales son débiles. Es así como luego del colapso de los partidos políticos ecuatorianos sólo quedó el liderazgo de Correa. Su gobierno emergió cuando los colectivos sociales estaban en crisis y, a diferencia de Bolivia, no tuvieron el poder para frenar los intentos del líder de ser la única voz del pueblo”, agrega.

Rafael Correa gobernó el Ecuador durante diez años e implementó un modelo de partido único. Foto: Martin Jaramillo, AP

Agustín Cueva, importante pensador ecuatoriano del siglo XX, analizó el fenómeno del populismo teniendo como objeto de estudio a José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente del Ecuador.
En su artículo “EI velasquismo: ensayo de interpretación”, publicado en el texto “El populismo en el Ecuador”, compilado por Felipe Burbano y Carlos de la Torre Espinoza, basado en el libro “El proceso de dominación política en el Ecuador” del mismo Cueva, señala lo siguiente: “El velasquismo constituye, a no dudarlo, el fenómeno político más inquietante del Ecuador contemporáneo, Baste recordar que Velasco ha logrado triunfar en cinco elecciones presidenciales y acaudillar un movimiento insurreccional (el del 44), fascinando permanentemente a los sectores populares, pero sin dejar de favorecer desde el gobierno a las clases dominadoras. Sorprende, además, su habilidad para apoyarse en los conservadores y buena parte del clero sin malquistarse con los liberales ni descartar en determinados momentos una alianza de facto con los socialistas y aun los comunistas” (pág. 115).

Sorprenden las semejanzas entre el modo de llegar al poder del varias veces presidente con las formas de seducción del expresidente Correa. “…Velasco ha conseguido dominar el escenario político ecuatoriano por un lapso que bien podría ser de 40 años: desde 1932 en que apareció por primera vez como personaje público relevante, en el Congreso, hasta 1972, año en que debería concluir su quinta administración” (pág. 115). Velasco Ibarra no concluyó su quinto mandato, pues fue derrocado por un golpe militar, encabezado por el general Guillermo Rodríguez Lara.

“Por lo demás, en qué casilla ideológica ubicar a este hombre que respondió lo siguiente a un periodista que Ie instó a definirse políticamente: ‘Yo me siento ligado a una misión divina del hombre en la vida, cuál es la de cooperar para que toda la naturaleza y la humanidad salgan del caos a la organización y de las tinieblas a la luz’", agrega Cueva. (pág. 115)

De la Torre Espinoza, hijo de un destacado periodista –Carlos De la Torre Reyes- que dirigía el diario “El Tiempo” de Quito (desaparecido en 1984), cuenta en la obra antes citada su acercamiento al concepto de populismo, basado en sus vivencias personales y luego en sus estudios: "Es un discurso o estrategia para llegar al poder y gobernar, basada en la lucha moral y maniquea, entre el pueblo y la oligarquía".

Las experiencias de este estudioso le permiten contar cómo fue, desde su visión, la relación entre la prensa y el poder: “De la Torre cuenta que, cuando era pequeño, vio a un ministro de Velasco Ibarra insultar a su padre en televisión. Lo que hoy podría parecer un hecho cotidiano era entonces toda una novedad, pues los televisores eran escasos y en blanco y negro. Del insulto pasaron las turbas velasquistas a los hechos: una de ellas se fue a lanzar piedras a la sede del diario El Tiempo, del que era director el padre del académico. La vieja consigna de la "prensa corrupta" que el correísmo creyó haber patentado, resulta que es un argumento de vieja data”.

El mesianismo en política

La palabra mesianismo tiene, en la creencia religiosa la idea de salvación, redención, renacimiento o resurrección de un ser o nación. Se relaciona con la cosmovisión en la que una persona puede cambiar de una sociedad a través del cumplimiento de una misión divina, como un predestinado, algo en lo que creían los reyes franceses del absolutismo monárquico de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Estos caudillos, imbuidos de un espíritu “divino” llegaron para redimir a sus pueblos, dejando de lado los dogmas y las creencias religiosas e instauran una especie de culto religioso de adoración al líder político, porque así está escrito. Sin importar la religión, un Dios o ente supremo llegan a la tierra para salvar de sus pecados a la gente.

Son personajes que dicen tener una serie de soluciones a problemas como la pobreza, la inseguridad, la violencia, la crisis económica y democrática, pero nunca mencionan las políticas públicas, los recursos y la estrategia a seguir. Sus planes de gobierno yacen siempre en las nebulosas.

Entre estos líderes, que surgieron a finales de los ochenta y algunos que retomaron esta tendencia en el presente siglo están Menem y los Kirchner en Argentina, Fujimori en Perú, Collor de Melo y Bolsonaro en Brasil, Chávez y Maduro en Venezuela, Correa y Bucaram en Ecuador, Petro y Uribe en Colombia y Evo Morales en Bolivia, sin olvidarse de que en 2017 nació el fenómeno populista en EE. UU. con Donald Trump.

El ex presidente Donald Trump, en su práctica política, se aproxima al populismo latinoamericano. Foto: Saul Loeb. AFP

Este tipo de líder representa la voluntad del pueblo, su poder sobrepasa los mecanismos y procedimientos de la democracia liberal, su contacto directo con las masas le permite tener un apoyo mayoritario de la población, que acepta entregar o delegar el poder a líderes autoritarios, quienes dicen encarnar y personificar las aspiraciones populares y van construyendo una idea de mito o creencia de dogma y fe religiosa.

Estos liderazgos apelan a la mimetización entre su persona y lo que ellos llaman “el pueblo” -como entendía Perón-, que puede ser entendido como una masa o sector poblacional que los apoya y respalda en sus propuestas. “En ciencia política hablar del pueblo se entiende como un concepto vacío”, decía Jacques Ranciere.

Pueblo y religión son conceptos simbióticos, porque en textos como la Biblia se habla del pueblo de Dios, la tierra prometida, la opresión al pueblo santo o la liberación del rebaño sagrado (sinónimo de pueblo). Estos personajes han construido su propia cosmovisión religiosa, llegando hasta a decir que Jesús fue un revolucionario y rebelde, como planteaba Hugo Chávez y lo hace Maduro, quien dice haber sido enviado por la divinidad. Correa endiosó la imagen de Eloy Alfaro, quien más que al marxismo naciente de su tiempo, encarnaba al liberalismo comercial exportador.

En México, Andrés Manuel López Obrador, le dio un carácter religioso a su partido, Morena, fundado el 12 de diciembre de 2014, día de la Virgen de Guadalupe. En sus discursos utiliza elementos religiosos como el Sagrado Corazón de Jesús, para enfrentar a la pandemia del covid-19 y su gobierno es una especie de predestinación divina, en un país que, pese a ser laico, tiene creencias religiosas arraigadas.

El lema “Dios, patria y familia” que usó por Jair Bolsonaro en Brasil para atraer el voto evangélico, apelar a la familia tradicional y al nacionalismo brasileño, como también lo hace Donald Trump en la actual campaña electoral estadounidense, cuando apela al Creador y regala biblias personalizadas con mensajes como MAGA (make America great again), su lema de campaña.

Trump implementó estos ritos religiosos para atraer el voto evangélico. Muchos de sus seguidores podrían ser considerados como devotos (como los que protagonizaron el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021). La misión de Trump es “hacer grande a los Estados Unidos de nuevo”.

En la India, el casi seguro reelecto primer ministro Narendra Modi busca consolidar una democracia hindú con personas de esta religión, pero marginando a otras creencias en las elecciones más largas del mundo (por la densidad territorial y poblacional del país). En Turquía Recep Tayyip Erdogan quiere abolir el estado laico y erigir una democracia islámica y consolidar su autoritarismo.

Crisis o recesión democrática

Para entender esto hay que revisar la crisis por la que pasa la democracia representativa. Mucha gente está descontenta con el pluralismo, el diálogo y la forma tradicional de hacer política. El resultado es que la ciudadanía no confía en los políticos o partidos tradicionales. En muchos países la gente señala en las encuestas que prefiere gobiernos autoritarios o de mano dura. Bajo esta receta se dio recientemente el triunfo de Nayib Bukele en El Salvador.

Esta especie de mesianismo se vuelve una herramienta para que los votantes vuelvan a creer en ciertos candidatos. En el siglo XX la presencia de líderes carismáticos, como diría Max Weber, bastaba para seducir a las masas. Pero, cuando el populismo se mezcla con la religión y sacraliza la política para pasar de un modelo de vigilancia que obliga a los políticos a rendir cuentas a uno donde la ciudadanía es creyente y devota de un personaje.

Esto sucede cuando el dogma se antepone a la razón. La política y la ciudadanía pierden terreno y se da paso al fanatismo. Un país fanático de un caudillo abre las puertas a la polarización, la violencia y a la censura, bajo el argumento de que una sola visión y una sola forma de ver el mundo son las más adecuadas.

Ese deterioro de la percepción social se expresa en que el apoyo a la democracia hoy es de 48%, 15 puntos menos respecto al 2010; la indiferencia sobre el sistema político es de 28%, 16 puntos más que en 2010 y; el porcentaje de quienes prefieren el autoritarismo es de 17%, 2 puntos porcentuales demás que en 2010, según un reciente informe de Latinobarómetro.

La combinación de crisis económica y deficiente provisión de bienes públicos provoca una desilusión que se expresa en la existencia de más ciudadanos insatisfechos (69%), que los que apoyan la democracia (48%). Este verdadero clima social actual ayuda a entender la realidad política regional, caracterizada por una fatiga democrática.

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