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17 de Mayo del 2024
Historias
Lectura: 20 minutos
17 de Mayo del 2024
Ugo Stornaiolo
EE.UU: las elecciones más difíciles de su historia
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Será la primera vez en las elecciones de EE.UU. que un ex presidente y un presidente en funciones disputen la presidencia de ese país. Foto: AP y Getty Images

 

Donald Trump no ha aceptado sus pérdidas en más de 60 demandas y violó su obligación constitucional de velar por que las leyes sean fielmente ejecutadas. Quiere ser reelegido nuevamente. El problema no es por lo que sucede ahora sino cuando asuma un futuro jefe de Estado, como ya lo hizo Trump en esta demanda.


Se podría decir que las elecciones de noviembre serán las más complicadas de la historia estadounidense y van a tener un final muy reñido, con un antecedente: será la primera vez que debatan y compitan dos presidentes que buscan la reelección. Joe Biden, que ya derrotó al magnate neoyorquino en 2021, y Donald Trump, que busca rehacerse de una pérdida que nunca aceptó y por la que ha tenido que enfrentar algunos procesos legales, que lo tienen entre mítines de campaña y las cortes de justicia.

No es una metáfora, como algunos analistas manifiestan: “de la cárcel a la presidencia”. Un antecedente en el tiempo lo tuvo el Ecuador, cuando el presidente Velasco Ibarra, en 1962, ordenó la prisión de su vicepresidente Carlos Julio Arosemena y luego de la caída del luego cinco veces jefe de estado, su binomio accedió al palacio de Carondelet.

Lo de Trump es mucho más complicado. Si este caso hubiese ocurrido —y pasa frecuentemente— en países latinoamericanos: que un presidente esté envuelto en casos de corrupción y de abuso de poder, probablemente el político terminaría exiliado, preso o alegando lawfare (persecución judicial con fines políticos). Ya ha pasado: Lula da Silva llegó a la presidencia de Brasil sin haber arreglado todavía sus cuentas pendientes con la justicia (Lava Jato y Odebrecht).

El reciente caso de Panamá, en donde la figura del expresidente Ricardo Martinelli, quien fue inhabilitado y acusado por blanqueo de capitales, posibilitó el triunfo de José Raúl Mulino, su coideario y que, probablemente hará todo lo posible para “reivindicar” a su antecesor, que lo ayudó a vencer. 

Varios miembros del Tribunal Supremo estadounidense (el máximo órgano de justicia del país) debaten sobre la inmunidad del expresidente y algunos hasta parecen dispuestos a colocar a los mandatarios por encima del estado de derecho. El caso de la inmunidad de Trump se resolvió hace más de 200 años.

“¿Ocurrió realmente la Revolución Americana? Si fue así, ¿fue algo bueno?”, argumentaba la jueza Elena Kagan en el caso de la inmunidad de Trump por los hechos ocurridos el 6 de enero de 2021, cuando ocurrió el asalto al Capitolio. “¿No se trataba de que el presidente no era un monarca y no se suponía que el presidente estuviera por encima de la ley?”, preguntaba.

Los jueces de derecha parecían desinteresados ante el caso que tenían entre manos, que tiene que ver con una insurrección violenta, liderada por un presidente en ejercicio que, según las encuestas, podría volver al cargo en pocos meses. Los debates de la máxima instancia judicial se centraron más en la posibilidad de que un procesamiento a Trump daría la posibilidad para que haya juicios maliciosos a expresidentes por parte de sus rivales políticos.

Donald Trump acogió con satisfacción los resultados de la encuesta cuando habló a las puertas del tribunal penal de Manhattan en Nueva York el lunes. Foto: Bloomberg

Un fiscal especial, Jack Smith, acusó al expresidente por obstrucción, fraude y conspiración en su intento por revertir su derrota en las elecciones de 2020, que devino en un violento ataque al Capitolio, sede de la cámara de representantes y del senado.

Los magistrados intentaron diferenciar entre actos oficiales, para los cuales un presidente podría tener inmunidad procesal y actos privados, donde no habría ninguna inmunidad, lo que sugería el reenvío del caso a tribunales inferiores, como una manera de dilatar los juicios de Trump hasta la celebración de las elecciones de noviembre.

Un fiscal especial, Jack Smith, acusó al expresidente por obstrucción, fraude y conspiración en su intento por revertir su derrota en las elecciones de 2020, que devino en un violento ataque al Capitolio, sede de la cámara de representantes y del senado.

Sin embargo, pese a lo evidente de los hechos, se trata de uno de los pocos casos de abuso de autoridad cometidos por un mandatario en ejercicio en la larga historia de EE.UU. El resultado: acusaciones federales y estatales contra Trump y sus asociados, algunos de los cuales ya se declararon culpables por complot.

Sin embargo, con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, los analistas se preguntan qué puede hacer la justicia frente a una situación en la que está involucrado un expresidente que busca reelegirse. ¿Será posible que el sistema de justicia le exija que rinda cuentas sobre su negativa a aceptar un resultado electoral antes de presentarse nuevamente en las próximas elecciones?

Trump logró que su juicio se salga de los carriles, haciendo una apelación extravagante, al decir que es inmune al procesamiento por sus acciones hasta el 6 de enero, porque fueron tomadas cuando todavía estaba a cargo, pese a que el presidente no tenía ningún rol para verificar las elecciones estatales. La apelación fue rechazada por los jueces designados por republicanos y demócratas. Sin embargo, la Corte Suprema tomó el caso y dejó pasar hasta el último día del plazo para avocar conocimiento.

El juez Samuel Alito preguntó: «¿qué pasa si un presidente en ejercicio “pierde una elección muy reñida y muy disputada?». Se respondió él mismo: «sin inmunidad, existe el riesgo de que no pueda retirarse pacíficamente por temor a ser procesado penalmente por su oponente político» y preguntándose si ese hecho puede desestabilizar la democracia estadounidense. Es todo lo contrario.

Michael Dreeben, el abogado que defiende el caso del fiscal Smith, respondió señalando que el sistema de justicia garantiza que los procesamientos sean justos: se llama demanda. "Existe una manera apropiada de impugnar las cosas ante los tribunales con pruebas", dijo Dreeben. "Si pierdes, aceptas los resultados", como sucedió en el 2000 con el demócrata Al Gore cuando perdió las elecciones ante George W. Bush por escaso margen en los colegios electorales de Florida.

Si una mayoría del tribunal devuelve el caso a los tribunales inferiores para reexaminar la distinción entre actos oficiales y privados, la demora y la falta de urgencia en este caso pueden evitar un juicio antes de noviembre y de ganar Trump las elecciones, cerraría el proceso e implementaría su versión extrema de impunidad Ejecutiva, con la venia de la Corte Suprema.

Trump no ha aceptado sus pérdidas en más de 60 demandas y violó su obligación constitucional de velar por que las leyes sean fielmente ejecutadas. Quiere ser reelegido nuevamente. El problema no es por lo que sucede ahora sino cuando asuma un futuro jefe de Estado, como ya lo hizo Trump en esta demanda. De acuerdo con los fundadores de la nación en 1776, esta hubiese sido una completa locura, porque varios de ellos tomaron las armas para luchar por la independencia de un rey que existía por encima de la ley.

James Wilson, figura central en la redacción de la Constitución, preguntó entonces si el presidente disfrutaba de “un privilegio o seguridad único que no se extiende a todas las personas en todo Estados Unidos”. La respuesta es no.

Si una mayoría del tribunal devuelve el caso a los tribunales inferiores para reexaminar la distinción entre actos oficiales y privados, lo que parece probable, la demora y la falta de urgencia en este caso pueden evitar un juicio antes de noviembre y de ganar Trump las elecciones, cerraría el proceso e implementaría su versión extrema de impunidad Ejecutiva, con la venia de la Corte Suprema.

Como describe el analista de The New York Times, Jesse Wigman, “el futuro parece un presidente que realmente puede dispararle a alguien a plena luz del día y salirse con la suya”.

El potencial binomio de Trump, un peligro potencial

Para John Carlin, escritor, periodista y analista británico, la congresista republicana Marjorie Taylor Greene “no solo representa lo peor de la política: es la propulsora de las peores causas”. Vienen a la memoria con nostalgia, agrega, “antiguas caricaturas de la extrema derecha como el expresidente norteamericano George W. Bush y su vicepresidente, Dick “Darth Vader” Cheney, ambos hoy implacables detractores de Donald Trump”.

Carlin se pregunta si llegará el día en que se recuerde a Trump como un ejemplo de sensatez, pensando en la congresista Taylor Greene. ¿Por qué se habla tanto de ella? Al parecer, es la mejor opcionada de Trump para que lo acompañe en la papeleta como candidata a vicepresidenta.

La representante Marjorie Taylor Greene, republicana de Georgia, abandona el Capitolio tras presentar una moción que podría echar del poder al presidente de la Cámara, Mike Johnson. Anna Moneymaker / Getty Images

Y mirando con una perspectiva más allá de noviembre, ella podría ser en un futuro cercano, la primera mujer presidenta del país más poderoso de la tierra. Dice Carlin al describirla: “piensen en todo lo peor de la política. Piensen en la ignorancia, la vulgaridad, el cinismo, las mentiras, la desfachatez y la irresponsabilidad que definen el discurso político de la derecha de EE. UU. y que cada día contagia a más países”.

Agrega: “piensen en el principio de ganar por ganar que define tanto a la izquierda como la derecha en todos lados, como si de un deporte se tratara, solo que un deporte sin reglas en el que todo vale. Piensen en todo esto, agreguen al cóctel una botella de vodka, salpíquenlo con cocaína y esteroides, pongan heavy metal como música de fondo (Paranoid de Black Sabbath, quizá) y el resultado, señoras y señores: Marjorie Taylor Greene”.

John Carlin es bastante pesimista sobre ella: “aunque soy de los que intuye que si las mujeres mandasen viviríamos en un mundo en el que la empatía, la finura y la paz se impondrían a la barbarie que ha definido a gran parte de nuestra especie durante el largo reino del patriarcado, creo que por responsabilidad y espíritu crítico debo cuestionar mis instintos y contemplar la posibilidad de que existan excepciones a la regla”.

Marjorie Taylor Greene “no solo representa lo peor de la política: es la propulsora de las peores causas”. Vienen a la memoria con nostalgia, agrega, “antiguas caricaturas de la extrema derecha como George W. Bush, su vicepresidente, Dick Cheney, ambos hoy implacables detractores de Donald Trump”.

Taylor Greene, de 49 años, es uno de esos personajes que, si no existieran, habría que inventarlos. Más Trumpista que Trump, y también idolatrada por las masas MAGA (Make America Great Again, el eslogan de Trump).

Taylor Greene llegó a la Cámara de Representantes en 2021 tras una campaña en la que anuncios y pancartas llenaban su estado de Georgia con fotos de ella posando a lo Rambo con un rifle semiautomático AR-15. Publicó videos en las redes sociales donde perseguía e insultaba a un sobreviviente anti armas de la masacre del colegio de Parkland en 2019 donde murieron 17 personas.

Para ella hay que eliminar las leyes restrictivas para el uso de armas de fuego y es una feroz antiabortista. También sostiene que los migrantes “ilegales” son violadores. No se salva ni el presidente Joe Biden ni ningún otro demócrata, a quienes tilda como “comunistas y pedófilos”. En medio de las protestas en todas las universidades estadounidenses, ella apoya la masacre israelí en Gaza, aunque declaró en un incendio forestal en California que había sido obra de “láseres espaciales judíos”.

Apodada como Moscow Marjorie, defiende la invasión de Putin en Ucrania y la tesis de que la OTAN causó la guerra. Un rival demócrata la calificó como la “Enviada Especial de Vladimir Putin al Congreso de Estados Unidos” y agrega que “el gobierno de Ucrania está atacando a cristianos y está ejecutando a curas. Rusia no hace eso.”

RT, el canal de la propaganda rusa en el mundo la tiene entre sus favoritas, describiéndola como “una belleza de mujer”. No duda en sumarse a seguidores que corean el nombre de Vladimir Putin. Algunas veces ha pedido que Mike Johnson —también un ferviente trumpista—, presidente de la Cámara de Representantes, deje su cargo.

Carlin se pregunta: “¿realmente hay posibilidad de que semejante personaje llegue a ser vicepresidenta de Estados Unidos? Bueno, el mismo Trump siempre habla maravillas de ella, ya que no tiene más incondicional seguidora o seguidor, y no ha negado que piensa seriamente en ella como candidata”.

El principal argumento en contra no es que Taylor Greene esté como para atarla, sino que la devoción que inspira en el mundo MAGA es tal que amenazaría con quitarle todo el foco de atención a Trump, algo insoportable para el ego del vanidoso expresidente. Muchos no creen que Taylor Greene lo acompañe en la papeleta, pero Trump derrotó a la favorita Hillary Clinton en 2016 y, pese a que lideró los ataques al Capitolio, sigue siendo el favorito de las encuestas.

“No es descartable que el disparate más grande de la historia de la democracia en Estados Unidos, o en cualquier lado, se supere. Escribí en mi primera columna de 2024 que mi principal deseo para el bien del mundo era que Trump se muriese. Ya no estoy tan seguro” sostiene Carlin.

En una probable disputa entre Biden y Trump, los jóvenes de EE. UU. se ven obligados a elegir "el mal menor”. No es la elección que quiere la juventud estadounidense, que podría definir el resultado de los comicios presidenciales de este año, como influyó en la votación de medio término en 2022.

Y por el lado demócrata…

En una probable disputa entre Biden y Trump, los jóvenes de EE. UU. se ven obligados a elegir "el mal menor”. No es la elección que quiere la juventud estadounidense, que podría definir el resultado de los comicios presidenciales de este año, como influyó en la votación de medio término en 2022.

Los problemas del mandatario están vinculados, sobre todo, a temas internacionales, como las guerras de Israel en Gaza y la invasión rusa en Ucrania, que provocaron muchas manifestaciones a lo largo del territorio estadounidense. En el caso del ataque israelí a Gaza, las comunidades judía y palestina se han dividido en cuanto al voto en las elecciones.

La normalización de las relaciones de Israel con los Estados del Golfo es crucial para Netanyahu e, indirectamente, también para Biden. Pero, para los primeros, no está surtiendo el efecto deseado. Fotografía de Michel Euler / AP

Los votantes demócratas de anteriores comicios cambiaron su postura a favor de Israel, dirigiéndola a los palestinos. Esto coincide con la sucesión de gobiernos de derecha (del partido Likud, los halcones), hoy dirigidos por el actual primer ministro Benjamin Netanyahu. Mientras tanto, en el lado republicano siguen aumentando las simpatías hacia la línea dura israelí.

Más del doble de votantes republicanos simpatizan más con Israel que con los palestinos, pero esa distancia se ha acortado entre los demócratas. La idea de un apoyo casi irrestricto a las políticas de Netanyahu por parte de los dos partidos parece haberse roto en esta elección.

Esta presión puede ser muy peligrosa para Biden, aunque la gran mayoría de los cargos demócratas no se inclinan a romper con Israel en lo fundamental, podría ser el último presidente demócrata que se alinee con el estado hebreo.

Más del doble de votantes republicanos simpatizan más con Israel que con los palestinos, pero esa distancia se ha acortado entre los demócratas. La idea de un apoyo casi irrestricto a las políticas de Netanyahu por parte de los dos partidos parece haberse roto en esta elección.

En el pasado, desde la creación del estado de Israel en 1948, se ha dado una sucesión de presidentes tanto demócratas como republicanos. Fueron presidentes demócratas como Harry Truman, Lyndon B. Johnson, Jimmy Carter y Bill Clinton que tenían mucha conexión emocional con el Estado judío.

Mientras tanto, los presidentes republicanos de esos períodos, Dwight Eisenhower, Richard Nixon, Ronald Reagan y George H.W. Bush apoyaron a Israel, pero matizaban ese apoyo cuando había conflicto con otros objetivos regionales (el petróleo de los países árabes y frenar la influencia soviética). Ronald Reagan y Bush hijo protestaron contra acciones israelíes a las que se opusieron reteniendo recursos.

George W. Bush y Donald Trump fueron los que más se identificaron con Israel, mientras que Clinton —en su segundo mandato— y Barack Obama los que mostraron desacuerdos con el gobierno de Israel. Incluso, tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, Bush llegó a considerar a Israel como aliado regional.

Por el lado demócrata, las minorías raciales y los blancos liberales consideran el trato que Israel da a los territorios palestinos ocupados como opresión colonial y hasta apartheid. También ha sido muy difícil para Biden lograr que se sigan destinando fondos para la defensa de Ucrania frente a Rusia. Esto, aunque en la política interna se podría destacar un adecuado manejo de las finanzas, que no termina de convencer a muchos votantes, a lo que se suma también la edad de los dos candidatos, que muestra una crisis de nuevos liderazgos en el país.

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