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7 de Agosto del 2023
Historias
Lectura: 10 minutos
7 de Agosto del 2023
Nicolás Buckley
España, ese país exótico (II)
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Los líderes del Partido Popular festejaron su supuesta victoria política.  Foto: Reuters

 

¿He dicho que el PP ganó las elecciones? Mis disculpas con el lector, escribo esto desde un bochornoso día de verano en España. Y precisamente ese dato (el hecho de que el PP sacase algunos votos más que el PSOE), no ha tenido ninguna trascendencia en una democracia parlamentaria y en un contexto de tanta fragmentación del voto como el caso español.



 

Parte II: noche de izquierda y bochorno de verano

El pasado 23 de julio el Partido Popular (PP) ganó las elecciones en España. Alberto Nuñez Feijoo, presidente del partido, llevaba varias semanas intentando hacer una de las estrategias más complicadas que existen en política: decir que no eres una cosa, y a su vez hacer la contraria. VOX, la formación de extrema derecha, era el ‘elefante en la habitación’ en estas elecciones. Sus votantes reclaman a lo largo de todo el país que ante cuestiones como la inmigración ilegal o la ‘imposición’ de la Agenda 2030 (sobre todo cuando se habla de género o cambio climático) por parte de Naciones Unidas, tenía que haber una confrontación total.

El PP era testigo de cómo la derecha en occidente (con Donald Trump a la cabeza) gira cada vez más hacia estos postulados. Y, sin embargo, en Europea occidental, con la excepción de Italia, aún está por ver si el ciudadano conservador se apunta a las tesis post fascistas de patria y lucha contra el ‘gran reemplazo’ (algo así como la amenaza de una futura Europa dominada por musulmanes) o si sigue con sus tesis tradicionales de liberalismo económico (bajos impuestos) y moral conservadora en temas como el aborto.

La estrategia de Feijoo consistía en distanciarse del líder de VOX, Santiago Abascal y, a su vez, dejar que el PP pacte con la ultraderecha en regiones como Valencia y Extremadura en aras de asegurarse la llegada al poder después del gran resultado que ambos partidos obtuvieron en las últimas elecciones municipales.

¿He dicho que el PP ganó las elecciones? Mis disculpas con el lector, escribo esto desde un bochornoso día de verano en España. Y precisamente ese dato (el hecho de que el PP sacase algunos votos más que el PSOE), no ha tenido ninguna trascendencia en una democracia parlamentaria y en un contexto de tanta fragmentación del voto como el caso español.

Las declaraciones de Abascal, a cinco días de las elecciones, diciendo que habría tensión en Cataluña en caso de que llegaran al poder (diciendo implícitamente que tomarían medidas duras contra los partidos independentistas que representan aproximadamente al 50% de los votantes de esa región), fue clave en la remontada del PSOE, y sobre todo de su líder y actual presidente del gobierno, Pedro Sánchez. 

El ‘Sanchismo’, concepto articulado por la derecha española para designar todo aquello que coarte las libertades individuales (desde las restricciones de movilidad que se dieron durante la pandemia, hasta los impuestos a las rentas más altas, pasando por medidas sociales que el PSOE sacó adelante con la ayuda de partidos independentistas) representaba, teóricamente, la tormenta perfecta para que en España volviera a reinar el ‘sentido común’.

La supuesta ‘victoria’ de Feijoo se tradujo en uno de los momentos más incómodos que se recuerdan en celebraciones electorales en España. A pesar de que el PP había subido en votos con respecto a las últimas elecciones generales, ese incremento no había sido el esperado.

Ni hablar de los resultados de VOX, que tuvo un importante bajón. En mitad de la aparente (más caras estiradas que contentas) celebración en la sede del PP en Madrid, parte del público empezó a corear “Ayuuuuso, Ayuuuuso”… haciendo referencia a la presidenta de la comunidad de Madrid y, según una mayoría de expertos, próxima líder del partido. Ante los coros, a Feijoo no le quedó más remedio que decir ‘gracias presidenta’, en otro momentum político al más puro estilo Maquiavelo: “si no puedes derrotar a tu enemigo, únete a él”.

Uno de los termómetros para medir la polarización de la política española en este verano, que supera todos los récords de temperaturas, está en las celebraciones estivales. Hace poco asistí a la boda de mi gran amigo de la infancia. El evento se celebraba en un hotel de la sierra de Madrid donde los jugadores del Real Madrid se concentraban antes de disputar los partidos allá por los años sesenta. Me había tocado compartir habitación con otro colega del grupo de amigos que, al igual que yo, se acerca a los cuarenta sin tener esposa, hijos o demás accesorios que indiquen un sentido del progreso de la vida.

Cuando llegamos a la habitación mi amigo me dijo que hay una foto de los reyes de España presidiéndola. La observo y, efectivamente, aparecen el Rey Juan Carlos I y la Reina Sofía. Sin embargo, en el pie de foto pone: “los príncipes”. Los dos guapos, jóvenes y sonrientes. Era un retrato de esa España que en la segunda mitad del siglo XX había conseguido dejar atrás el hambre de la posguerra hasta poder homologarse a una democracia europea antes de que acabara el siglo.

Los actuales reyes eméritos de España en su juventud. 

Mientras bajamos hacia el cóctel vestidos de terno mi amigo me vuelve a llamar la atención indicándome toda una sala del hotel adornada con fotografías de Julio Iglesias. Para que el lector ecuatoriano se haga a la idea, no hay símbolo hoy en día que represente más la hispanidad (ni los Reyes Católicos, ni la paella, ni el gol de Iniesta en la final del mundial…) que una foto de Julio Iglesias.

Mientras bajamos hacia el cóctel vestidos de terno mi amigo me vuelve a llamar la atención indicándome toda una sala del hotel adornada con fotografías de Julio Iglesias. Para que el lector ecuatoriano se haga a la idea, no hay símbolo hoy en día que represente más la hispanidad (ni los Reyes Católicos, ni la paella, ni el gol de Iniesta en la final del mundial…) que una foto de Julio Iglesias.

Yo estaba tan nervioso por el hecho de que se casaba el primer compañero que yo tuve desde que vine a este mundo, que era totalmente ajeno a todos los estímulos que me iba indicando el otro (además de un servidor) solterón de la fiesta.

Él y yo éramos de los pocos invitados que una semana antes no habíamos estado a punto de morir de un paro cardíaco al enterarnos de que era posible que el sanchismo iba a gobernar otros cuatro años el reino de España, si es que dicho reino continuaría existiendo al terminar el mandato…. Mientras llegaban los primeros canapés, los amigos más moderados me hablaban de que si el gobierno de Sánchez seguía sin poner barreras a la inmigración, España se convertiría en poco tiempo en Francia, haciendo referencia a los últimos disturbios de las “banlieues”, los barrios periféricos de las grandes ciudades donde se concentra el mayor porcentaje de población inmigrante.

Mientras se acercaba el momento del reguetón, el whisky hacía su efecto y las discusiones sobre teoría política daban paso a los problemas del día a día: los comensales que votaban al PP eran calificados de ‘acomplejados’ por aquellos que orgullosamente votaban a VOX, y varios de estos últimos hablaban abiertamente de la necesidad de sacarse la licencia para poder portar armas.

En ese momento, me venía a la cabeza aquella España de los años setenta donde los príncipes pasaron a ser reyes y donde hasta el secretario general del Partido Comunista, por entonces Santiago Carrillo, daba una conferencia con la bandera monárquica detrás simbolizando la reconciliación de todos los españoles.

El comunista Santiago Carrillo dió una rueda de prensa con la bandera monárquica en aras de la unidad. 

Mientras me rondaban todos estos pensamientos decidí escaparme a darme un baño a la piscina del hotel. Había entrado la madrugada. La nostalgia, ese sentimiento que hoy en día está muy entroncado con la derecha política por una España que fue y no volverá a ser… (con un rey emérito autoexiliado por casos de corrupción, con una parte significativa de catalanes y vascos que no quieren ser parte de esta comunidad política…) me atravesaba en ese momento por todos los poros de la piel. Cuando mi amigo deja el vaso de whisky en el borde de la piscina, y se tira de cabeza, hace tal estruendo que una linterna se enciende a lo lejos y empieza a caminar hacia nosotros. En ese momento, decido lanzarme a una piscina totalmente oscura cubierta en lo alto por un mar de estrellas.

El vigilante llega sin poder creerse como dos casi cuarentones se estaban colando de madrugada ebrios en una piscina. ¿Era una noche de izquierda o un bochorno de verano?

*El Dr. Nicolás Buckley es profesor de posgrado en la Universidad Europea de Madrid. A mediados de este año impartirá un curso como profesor visitante en la Universidad San Francisco de Quito. Este es su último libro: "Los últimos guerrilleros del Ecuador. Historia de un desencuentro con la modernidad". Postmetrópolis/Rayuela Editores, 2023.

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