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19 de Octubre del 2023
Historias
Lectura: 30 minutos
19 de Octubre del 2023
Julio Oleas-Montalvo
Frankie, el calentamiento global y la crisis civilizatoria
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La 78 Asamblea General de las Naciones Unidas se dio entre el 19 y 26 de septiembre del 2023 y era considerada como la ONU como un hito decisivo en el camino hacia la consecución de la Agenda 2030 y la urgente necesidad de poner de nuevo en marcha los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Foto: MSP 

 

Los riesgos para los sistemas naturales y humanos son mayores con un calentamiento global de 2°C que con uno de 1,5°C, concluye el informe del IPCC de 2018. Medio grado de calentamiento es cuestión de vida o muerte para muchos ecosistemas, regiones y seres vivos (el Ártico, los arrecifes de coral, los pequeños territorios insulares…).


En la 78va Asamblea General de la ONU se evaluó el avance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a medio camino de 2030. Los resultados no son alentadores: luego de la pandemia y de las crisis (geopolítica, alimentaria y económica) al menos nueve de los 17 ODS se encuentran estancados o han retrocedido. No sobrepasar los 1,5°C de incremento de la temperatura media del planeta ya sería imposible. La disputa entre la ciencia y la política se ha inclinado a favor de esta última, por lo que es imperioso actualizar la anacrónica gobernanza internacional.

Un orden anacrónico

Hace 78 años las detonaciones atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945) consolidaron el triunfo de EE.UU. en el Pacífico. El 24 de octubre de ese año entró en vigor la Carta de las Naciones Unidas (ONU), punto de partida de un inédito experimento, multilateral y cosmopolita. La ONU fue creada para mantener la paz, fomentar la cooperación y armonizar las relaciones internacionales, aunque se ha visto desbordada desde junio de 1950 –inicio de la guerra de Corea– hasta el presente –invasión rusa a Ucrania y conflicto en Palestina—. No obstante, ha construido un extraordinario sistema de apoyo al progreso de la humanidad: en 1946, la Unesco y Unicef; la OMS y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre en 1948; el Programa Mundial de Alimentos, PMA, en 1961; o el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, en 1965, para citar algunos hitos importantes.

Washington evitó que la ONU incidiera en la economía y el comercio mundial. En la Conferencia de Bretton Woods (junio de 1944) se creó el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, con aportes mayoritarios del anfitrión. Los intereses comerciales norteamericanos y el inicio de la guerra fría abortaron la creación de la Organización Internacional de Comercio dentro de la estructura de la ONU. EE. UU. solo accedió a participar en el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, GATT, concebido como un tratado provisional.

En la Conferencia de Bretton Woods (junio de 1944) se creó el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, con aportes mayoritarios del anfitrión, Estados Unidos.

En 1964 se creó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés). El GATT reaccionó impulsando la Ronda Kennedy, que incorporó una sección sobre desarrollo e inició negociaciones sobre liberalización del comercio de bienes agrícolas. Estas negociaciones nunca prosperaron, pero sirvieron para contener las iniciativas de la UNCTAD. Por último, la ONU, el gobierno de Italia y varias ONG impulsaron el Estatuto de Roma para establecer la Corte Penal Internacional, CPI (2002) con jurisdicción en crímenes de genocidio, de lesa humanidad y de guerra. EE. UU., China, India e Israel se niegan a participar en la CPI; y Rusia se retiró del Estatuto en 2016.

1.848 millones eran los habitantes del planeta en 1945. Europa y Japón estaban en ruinas. Para muchos la meta era la industrialización; África seguía colonizada; la Unión Soviética comandaba el bloque comunista y China era un país humillado.

En 1945 habitaban la Tierra 1.848 millones de personas (https://bit.ly/3Pt4eyY). Europa y Japón estaban en ruinas. Para muchos la meta era la industrialización; África seguía colonizada; la Unión Soviética comandaba el bloque comunista y China era un país humillado, presa de la guerra civil, con 532 millones de habitantes sumidos en la pobreza. Faltaban casi 15 años para que Charles Keeling comenzara a medir la concentración de CO2 en la atmósfera (en 1959, primer año de medición, 315,98 partes por millón, ppm, https://bit.ly/3tbWqtU).

En el 2023, con 8.000 millones de personas, el planeta registra una concentración de CO2 en la atmósfera de 418,56 ppm, y ya ha rebasado seis de nueve límites planetarios dentro de los cuales se puede vivir sin riesgo (https://bit.ly/3RDu7P6). China, con casi 1.400 millones de habitantes, es la segunda potencia económica del mundo, pero tiene un PIB per cápita equivalente a una cuarta parte del PIB per cápita de los 328 millones de norteamericanos. Hace 78 años era inconcebible un bloque como los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), con 31,2% del PIB mundial, frente al 29,9% del PIB mundial del G7 (EE. UU., Alemania, Japón, Italia, Francia, Reino Unido y Canadá); la India, el país más poblado del planeta, todavía era una colonia británica; y no existían estados africanos dispuestos a expulsar embajadores europeos. En el presente, en un mundo diferente al de 1945, tambalea el orden imaginado por los vencedores de la segunda gran guerra del siglo pasado.

El principal órgano deliberativo, normativo y representativo de la ONU sigue siendo la Asamblea General, que solo puede aprobar «recomendaciones no vinculantes a los estados sobre las cuestiones internacionales de su competencia» (https://bit.ly/3EURKvf). La más reciente (la 78va) inició con una extensa agenda: el desarrollo sostenible (la Agenda 2030) y su financiamiento, y la preparación de una próxima cumbre del futuro; los temas sanitarios (evaluación de la pandemia del COVID, la lucha contra nuevas pandemias y la tuberculosis, y la cobertura sanitaria universal); y, el balance del cumplimiento de los acuerdos de París. También se planteó la necesidad de aprobar el Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares propuesto en 2017.

8.000 millones son los habitantes del planeta en el 2023. el planeta registra una concentración de CO2 en la atmósfera de 418,56 ppm, y ya ha rebasado seis de nueve límites planetarios dentro de los cuales se puede vivir sin riesgo. China, con casi 1.400 millones de habitantes, es la segunda potencia económica del mundo.

En la Asamblea el presidente norteamericano se aplicó en reiterar su respaldo a Ucrania, e incluso organizó una sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad (20 de septiembre) para escuchar al presidente Zelensky. Renovó su compromiso con el multilateralismo, anunciando el retorno de EE. UU. a la Unesco (abandonada por el presidente Trump en diciembre de 2018). Sin ruborizarse declaró que la estrategia mundial de contención a China no tenía ese objetivo.

«Nada hay más crítico que la aceleración de la crisis climática», afirmó Biden (https://bit.ly/3PYMoVS) antes de destacar el esfuerzo financiero que está dispuesto a realizar EE. UU. para la transición energética y la adaptación. Pero no pareció importarle que las deudas acumuladas empujan a la bancarrota a 58 de los 193 países miembros de la ONU (https://bit.ly/3rsX9Xk). Como todos los asistentes, se empeñó en recalcar su propia agenda. El secretario general de la ONU, António Guterres, fue menos optimista, al recordar que por la falta de aplicación de los acuerdos de París (2015), «hemos abierto las puertas del infierno» (https://bit.ly/3EYLlyZ).

El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, durante 78 periodo de la Asamblea General ONU.

También sobresalió Frankie, el dinosaurio que irrumpe en el salón de la Asamblea General para advertir a la humanidad que ya es hora de hacer cambios y dejar de «poner excusas», en referencia a los subsidios a los combustibles fósiles, la descarbonización y la acción climática. Vale recordar que en 2023, ya abiertas las puertas del infierno, el mundo gastará USD 1,3 billones en subsidios directos a los combustibles fósiles (Gráfico 1). Este meme fue generado en computadora por la agencia Activista para la campaña «No elijas la extinción». El video del dinosaurio se difunde en 60 idiomas y ya ha sido visto por 2.200 millones de personas. Se puede seguir a Frankie en X e Instagram. Esta ficción informática viene a apoyar a los científicos, tan desprestigiados desde la pandemia de 2020.   
Mala ciencia vs. buena ciencia

Hace 59 años, un grupo de científicos liderados por Dennis Meadows presentó al Club de Roma el informe The Limits of Growth (Los límites del crecimiento). La pobreza, degradación ambiental, urbanización descontrolada, inestabilidad laboral, la pérdida de la confianza en las instituciones, la alienación, y la inflación y otros desórdenes económicos se concebían como problemas interrelacionados, tan complejos que las instituciones tradicionales no eran capaces de entenderlos en toda su dimensión, y menos de solucionarlos. En buena medida porque se los continuaba estudiando por separado, sin aceptar que el todo es más que la suma de sus partes, y que los cambios en un componente provocan cambios en los otros.

usd 1,3 billones es la cifra que el mundo gastará en subsidios a los combustibles fósiles en el 2023. Frankie es un dinosaurio que irrumpe en el salón de la Asamblea General, para advertir a la humanidad que ya es hora de hacer cambios y dejar de «poner excusas», en referencia a los subsidios a los combustibles fósiles, la descarbonización y la acción climática.

Esos componentes ocurren en todas las sociedades (con intensidad variable); contienen factores técnicos, sociales, económicos y políticos; y, lo más importante, interactúan entre sí. El profesor Jay Forrester –considerado el fundador de la dinámica de sistemas– elaboró un modelo global para identificar muchos de ellos y sugerir una metodología para analizar el comportamiento y las relaciones de los más importantes. Con esta herramienta el equipo de Meadows identificó los factores que, en último término, limitan el crecimiento: población, producción agrícola e industrial, recursos naturales y contaminación. 

The Limits of Growth concluye que las tendencias del crecimiento económico y demográfico, la contaminación y las reservas de recursos son insostenibles, por lo que los límites biofísicos del planeta se alcanzarían en algún momento en los próximos 100 años. Pero también que es posible alterar esas tendencias y establecer condiciones de estabilidad para un futuro sostenible. Este equilibrio debía ocurrir bajo un criterio universal de justicia: satisfacer las necesidades materiales básicas de cada persona con igualdad de oportunidades con el fin de lograr todo su potencial. Mientras antes comience el trabajo para conseguir este objetivo, más probable sería el éxito.

Para analizar The Limits of Growth, el FMI destacó un equipo liderado por Mahbub ul Haq –director de planificación del Banco Mundial y creador del Índice de Desarrollo Humano. El trabajo estuvo listo ese mismo año (FMI, The Limits to Growth: A Critique, 1972). Rechazaron la predicción de que la población humana (3.600 millones) se duplicaría antes de finalizar la primera década del siglo XXI. Pero el 31 de octubre de 2011 la ONU informó que, en algún lugar de África, había nacido el bebé número 7.000 millones. Suponer que en los próximos 100 años las reservas de recursos no renovables se multiplicarían por cinco les pareció extremadamente conservador y «casi irracional». El equipo del FMI confiaba en que los recursos naturales durarían lo suficiente «para darnos tiempo de hacer ajustes deliberados en la manera de usarlos, de forma que las necesidades de recursos puedan satisfacerse indefinidamente». Según ellos, el conocimiento sobre la generación y absorción de contaminantes era insuficiente para inferir los resultados –catastróficos– obtenidos por Meadows y su grupo. Creían que era posible eliminarlos a un costo relativamente bajo y que, con la información disponible, el aumento de la contaminación y el colapso mundial «no son necesariamente inevitables incluso con crecimiento económico continuo».

Economistas acostumbrados a sintetizar los factores de la producción en modelos con dos variables (trabajo y capital), calificaron al modelo de Forrester como «extremadamente agregado», por lo que no era posible derivar de este guía alguna para la política pública, y antes de extraer «cualquier conclusión útil o relevante, una condición mínima es construir un modelo al menos de dos mundos, distinguiendo entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado», enfatizaron. El catastrofismo del informe les pareció irreal, pues el hombre había «probado continuamente su habilidad para extender los límites físicos del planeta por medio del progreso tecnológico y de las innovaciones constantes» … y, en consecuencia, «no hay razón para creer que las innovaciones tecnológicas para conservar, reciclar y descubrir nuevos recursos y combatir la contaminación se detendrán simplemente porque por su naturaleza no podemos predecirlas».

100 años más es el límite biofísico que un grupo de experto da al planeta. su informe concluye que las tendencias del crecimiento económico y demográfico, la contaminación y las reservas de recursos son insostenibles.

Para el establishment las alarmas encendidas por el equipo de Meadows eran disonantes. Así como en la segunda mitad del siglo XIX para contrarrestar el avance del marxismo se auspició la consolidación de la economía neoclásica, a fines del siglo XX se vio la necesidad de auspiciar una nueva subdisciplina, empeñada en disipar esas disonancias. Y apareció la «economía ambiental». Uno de sus precursores, William Nordhaus, es autor del Dynamic Integrated Model of Climate Change and the Economy (DICE, 1993) empleado en el análisis de las relaciones entre la evolución económica, las emisiones de gases con efecto invernadero (GHG, por sus siglas en inglés), el cambio climático y sus costos económicos. Este modelo asume que es económico mitigar los GHG mientras los costos de hacerlo sean menores a los beneficios implícitos en los impactos evitados. Es decir, reduce un problema cuya explicación cabal requiere el concurso de los involucrados y de las ciencias biofísicas, a una relación técnico-económica de costo-beneficio.

El DICE es coherente pero irreal, pues supone que todas las personas del planeta son iguales (véase Gráfico 2). Sin embargo, ha sido útil para la política exterior norteamericana. En 1994 Nordhaus publicó Managing the Global Commons: The Economics of Climate Change, que sirvió al gobierno de G.W. Bush para no ratificar el Protocolo de Kioto, recurriendo al argumento de los altos costos de la reducción de las emisiones frente a los moderados impactos que serían evitados.

Los resultados de Nordhaus son diferentes a los del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). En 2018 Nordhaus sugería limitar el calentamiento global a 3,5°C, mientras el informe del IPCC aconsejaba hacerlo a 1,5°C (https://bit.ly/3rKjq2H) para reducir los riesgos y facilitar la adaptación. El «óptimo económico» de Nordhaus admite que las emisiones de GHG podrían seguir creciendo durante otros 20 años, antes de disminuir lentamente más allá del siglo XXI, mientras la mayoría de los organismos internacionales proponen una reducción radical para que sean nulas en la segunda mitad del siglo XXI (véase, por ejemplo, Global Carbon Project, https://bit.ly/46Eq0GO).

Sobre estas diferencias, John Pezzey, de la Australian National University, comenta: «Cuando [los economistas] muestran estas proyecciones, los científicos del clima por lo general expresan incredulidad, burla o consternación…» («Why the Social Costs of Carbon will Always be disputed», WIREs Clim Change DOI: 10.1002/wcc.558, p. 3). En 2018 William Nordhaus recibió el premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel por integrar «el cambio climático en el análisis macroeconómico de largo plazo». Como si la crisis civilizatoria pudiera ser resuelta por la economía neoclásica, Nordhaus tituló a su discurso de recepción del premio «Cambio climático: el reto final para la Economía».

1975 fue el año en que Nordhaus anticipó que, si las temperaturas suben entre 2°C y 3°C, «el clima se situará fuera de la gama de observaciones realizadas durante los últimos cien mil años».

La política condiciona a la ciencia

Para el filósofo Carl Hempel el conocimiento científico se diferencia de otros conocimientos por su capacidad para enunciar «leyes generales» que conectan hechos en relaciones conocidas como explicaciones y predicciones (La explicación científica: estudios sobre la filosofía de la ciencia, Paidós, 1996). La ciencia explica el pasado y predice el futuro; el ejemplo clásico es la ley de la gravedad. Pero en la ONU los criterios científicos no son los decisivos para la política del cambio climático.

En 1975 Nordhaus anticipó que, si las temperaturas suben entre 2°C y 3°C, «el clima se situará fuera de la gama de observaciones realizadas durante los últimos cien mil años» (Can we control carbon dioxide?, American Economic Review v.109 n.6). En 1990 Frank Rijsberman y Rob Stewart advirtieron que, con un incremento de temperatura de 2°C, «se espera que aumenten rápidamente los riesgos de graves daños a los ecosistemas». En 1996 la Unión Europea decidió que el límite debía situarse en 2°C. Los líderes reunidos en la cumbre del G8 de 2009 –entre ellos Merkel, Obama, Sarkozy y Berlusconi– reconocieron «la amplia opinión científica de que el aumento de la temperatura media mundial por encima de los niveles preindustriales no debería superar los 2°C».

Pero desde el Cuarto Informe de Evaluación del IPCC (2007) se sabía que «un calentamiento de 2°C tendría consecuencias inaceptables para los estados insulares, en desarrollo y otras regiones altamente vulnerables», por lo que un límite de 1,5°C sería mucho menos riesgoso. Con este argumento, los pequeños países insulares y otros menos adelantados, que serían las primeras víctimas del calentamiento global se pronunciaron por fijar el máximo en 1,5°C. 

Por fin, el Acuerdo de París (2015) estableció «mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2°C y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5°C». En el ambiguo lenguaje diplomático destaca el «muy por debajo de» y «limitar el aumento de». Esta es una historia de la lucha de los pequeños Estados insulares contra los países desarrollados y los productores de petróleo (https://bit.ly/48CUxH3).

Los riesgos para los sistemas naturales y humanos son mayores con un calentamiento global de 2°C que con uno de 1,5°C, concluye el informe del IPCC de 2018 (Global Warming of 1,5°C, https://bit.ly/3rKjq2H). Medio grado de calentamiento es cuestión de vida o muerte para muchos ecosistemas, regiones y seres vivos (el Ártico, los arrecifes de coral, los pequeños territorios insulares…).

USD 4.500 millones es la cifra que se recomienda incrementar para las inversiones en energía limpia a partir de 2030. de no hacerlo, «habrá que retirar de la atmósfera cerca de 5.000 millones de toneladas de CO2 cada año durante la segunda mitad de este siglo para asegurar que el aumento de las temperaturas no supere los 1,5 grados».

Según el Global Carbon Project, hay 50% de probabilidades de que en 2031 se sobrepasará el grado y medio. Pero no sobrepasar ese umbral provocaría el colapso de la economía mundial en el mediano plazo. La ONU estima que para 2100 la temperatura media mundial subirá entre 1,8°C y 2,8°C con respecto a la temperatura preindustrial. En palabras de Carl-Friedrich Schleussner, profesor de la Humboldt University de Berlín, «los objetivos de temperatura son siempre decisiones de política basadas en juicios de valor sobre la compensación entre el deseo de evitar los impactos climáticos y los esfuerzos de mitigación necesarios para alcanzarlos». ¿Otra forma de expresar la relación económica costo–beneficio?

Pero la Agencia Internacional de Energía todavía cree posible limitar el calentamiento del planeta a 1,5°C (https://bit.ly/3F5joFV), a pesar de que en el 2022 las emisiones mundiales de CO2 del sector energético alcanzaron un récord de 37.000 millones de toneladas. En el informe preparado para la Cumbre Internacional sobre Clima y Energía (Madrid, 2 de octubre), aconseja incrementar las inversiones en energía limpia de USD 1.800 millones anuales a USD 4.500 millones a partir de 2030 y advierte que, de no hacerlo, «habrá que retirar de la atmósfera cerca de 5.000 millones de toneladas de CO2 cada año durante la segunda mitad de este siglo para asegurar que el aumento de las temperaturas no supere los 1,5 grados».

A escasos siete años de la fecha establecida en los acuerdos de París, 575 millones de personas viven en extrema pobreza y más del 70% de los países no podrán reducirla a la mitad hasta 2030. Cerca de 660 millones de personas viven sin electricidad, 300 millones de niños serán analfabetos funcionales y 2.000 millones de personas carecen de energía sostenible para cocinar sus alimentos (http://bit.ly/3rsX9Xk). Desde 2019 sigue subiendo la proporción de gente que vive con hambre. Pero entre 2021 y 2022 las cuatro empresas que acaparan más del 70% del mercado mundial de alimentos –Archer Daniels Midland, Bunge, Cargil y Louis Dreyfus Co.– registraron incrementos extraordinarios de ingresos (https://bit.ly/46j0iYU). La esperanza de vida al nacer bajó de 72,8 años a 71 años.

Después de la pandemia 1.000 millones de niños están atrasados en sus estudios; la igualdad de género se ha revertido y se intensificó la violencia contra la mujer. Más de 107 países no están encaminados a gestionar sus recursos hídricos de manera sostenible, algo vital para arbitrar las demandas sociales y económicas, y 2.200 millones de personas todavía no beben agua segura. Otros objetivos –energía limpia, trabajo decente, innovación e infraestructura, reducción de las desigualdades, ciudades sostenibles…– tienen resultados igual o más desalentadores (https://bit.ly/45naSgb).

Frankie y la elección racional

«… provocar su propia extinción […] es lo más ridículo que he escuchado [dice Frankie a la Asamblea General] ¿Cuál es su excusa? Van hacia un desastre climático y cada año los gobiernos gastan miles de millones en subsidios a los combustibles fósiles. Imaginen si nosotros hubiéramos gastado miles de millones cada año subsidiando meteoritos. Eso es lo que están haciendo ahora mismo. Piensen en todas las cosas que podrían hacer con ese dinero. En el mundo hay mucha gente viviendo en la pobreza. ¿No creen que ayudarlos tendría más sentido que pagar por la desaparición de su propia especie? […] No elijan la extinción. Salven a su especie antes de que sea demasiado tarde» (https://bit.ly/45gHxE9).

Frankie, el "dinosaurio" creado por computadora que es parte de una campaña de sensibilización a los líderes mundiales sobre el peligro de la extinción humana. Foto: UNDP

Septiembre del 2022. La Dra. Sweta Chakraborty, Presidenta de Operaciones de los Estados Unidos en We Don’t Have Time, organizó una charla junto a Ulrika Modéer, Secretaria General Adjunta y Directora de la Oficina de Relaciones Externas del PNUD, y con Chris Kemper, director ejecutivo y fundador de Palmetto (izquierda). La Dra. también entrevisto a Frankie y Boaz Paldi, director creativo del PNUD, hizo de traductor (centro y derecha). Fotos: Sonia Tan.

Este candoroso recurso publicitario sugiere que cada uno de los 8.000 millones de habitantes del planeta podemos elegir no extinguirnos y subsidiar a los pobres en lugar de a las empresas petroleras. El orden mundial ha engendrado una realidad en la que durante décadas las tabacaleras pudieron ocultar a los fumadores las consecuencias del consumo de cigarrillos; en la que el científico Marty Hoffert advirtió (en 1981) a Exxon que la quema de combustibles fósiles calentaba el planeta, pero su director ejecutivo declaró que la «evidencia científica […] es inconclusa» (https://bit.ly/46Gdman); en la que Volkswagen vendió en EE. UU. casi 600.000 automóviles con un software que modificaba los resultados de las pruebas de emisiones contaminantes (https://bit.ly/46GYKaJ); o en la que Purdue Pharma, productora del analgésico OxyContin, pudo ocultar durante años información sobre los riesgos de adicción de ese medicamento, lo que habría desatado la crisis de los opioides.

1000 millones de niños están atrasados en sus estudios, la igualdad de género se ha revertido y se intensificó la violencia contra la mujer. Más de 107 países no están encaminados a gestionar sus recursos hídricos de manera sostenible y 2.200 millones de personas todavía no beben agua segura.

Las decisiones de cada ser humano están condicionadas por estructuras de poder, intereses concretos de grandes empresas –los sujetos de primer orden de la civilización del capital– e información imperfecta. En este medio sobrevive la ONU como un trípode cojo: el Consejo de Seguridad para gestionar las crisis geopolíticas; la Asamblea General, lentísima conferencia diplomática con 193 votos iguales para tomar decisiones no vinculantes; y la Secretaría General y sus agencias especializadas, como estructura de la gobernanza global. La ONU no tiene incidencia directa sobre el régimen de producción capitalista mundial –el causante del calentamiento global– y su financiamiento. Las instituciones para gestionarlo fueron diseñadas al margen de la ONU. Y la endeble Corte Penal Internacional carece del poder necesario para castigar en forma imparcial y oportuna los crímenes de genocidio, de lesa humanidad y de guerra, y menos para incluir en su competencia los ecocidios que alimentan el fracaso de los ODS.

Los esfuerzos de la ONU por reanimar la cooperación multilateral ofrecida a los países menos desarrollados para alcanzar los ODS chocan con las prioridades de la estructura financiera mundial gestionada por el FMI, el Banco Mundial y otras entidades multilaterales. También chocan con el bloqueo del Consejo de Seguridad, donde se podrían aquietar las tensiones geopolíticas de Europa Oriental, África, Medio Oriente y Asia; y con la renovada carrera armamentista, que resta recursos necesarios para evitar el colapso civilizatorio. A escala global, la competencia entre China y Occidente y las sanciones económicas alientan una nueva guerra fría y, con esta, la parálisis de los ODS. Este ambiente de pugna geopolítica abre una disyuntiva: en base al derecho internacional, renovar el multilateralismo de la ONU subordinando a su autoridad a la estructura financiera internacional y reconociendo las capacidades y jurisdicción de la Corte Penal Internacional; o, en base al uso de la fuerza, aceptar la imposición unilateral de intereses parciales y sectarios (https://bit.ly/3rsX9Xk).

Esta es la disyuntiva más trascendental de la humanidad en nuestro tiempo, pues marca los límites del capitalismo y las opciones de supervivencia de la especie. El consejo de Frankie es necesario, pero es muy insuficiente.

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Frankie, el calentamiento global y la crisis civilizatoria
 


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