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6 de Marzo del 2023
Historias
Lectura: 24 minutos
6 de Marzo del 2023
Julio Oleas-Montalvo
Globalización: colapso e incertidumbre
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Ilustración: IA

 

A diferencia de lo que ocurría al final del siglo XX, nadie puede anticipar qué pasará en los próximos años. El abanico de posibilidades es amplísimo e incluye, nuevamente, la opción de los hongos atómicos. En un artículo reciente George Soros hace notar que mientras dos sistemas políticos están ocupados en la pelea por el dominio del mundo, «nuestra civilización se encuentra en peligro de colapsar debido al inexorable avance del cambio climático»


En 1990, el geógrafo David Harvey notaba que el capitalismo se reorganizaba «a través de la diversificación, la movilidad geográfica y la flexibilidad de los mercados de trabajo». Habían aparecido «conexiones industriales de alta tecnología» como la Ruta 128 en Massachussets o Silicon Valley en California. Y el sistema financiero había adquirido una capacidad de coordinación de «extraordinario poder global» gracias a las computadoras y a las comunicaciones electrónicas.

Estos cambios indicaban que el keynesianismo-fordismo estaba exhausto. Era el inicio de una nueva fase histórica que Harvey llamó de «acumulación flexible». Con este lenguaje casi arcano anunciaba la aceleración de la globalización, en la década final del siglo XX. Se negó a vaticinar si lo que observaba (¿la base material de la modernidad líquida de la que habla el polaco Zygmunt Bauman?) era algo permanente o transicional. Hoy parece evidente que fue una transición hacia algo todavía desconocido. Lo único cierto por ahora es que el mundo no volverá a la relativa quietud de la segunda postguerra del siglo XX, la añorada Pax Americana.

La Pax Americana

En 1945, la mayoría de los 350 millones de europeos sobrevivientes de la guerra estaba desnutrida. En seis años habían muerto más de 42 millones; otros sostienen que fueron cerca de 60 millones, entre soldados y civiles. A diferencia de lo ocurrido en 1919 con el Tratado de Versalles, esta vez los vencedores no exigieron reparaciones punitivas extremas. Para juzgar a los criminales de guerra conformaron una corte militar presidida por cuatro jueces de EE. UU., Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética. Procesaron y condenaron a nazis y fascistas, no a italianos o alemanes.

El primer ministro británico Winston Churchill inventó un «telón de acero» para separar al oriente del occidente y cultivar la idea de que el nuevo enemigo del mundo libre era el comunismo. Comenzó la guerra fría, la soterrada disputa entre EE. UU. y la URSS. Hoy al menos la mitad del planeta no sabe o no recuerda lo que fue esa guerra. Vale la pena recordarlo: entre 1945 y 1991 los habitantes de los países miembros de la OTAN y los del Pacto de Varsovia vivieron con el temor de morir desintegrados bajo las explosiones abrasadoras de los hongos atómicos.

Pero ese temor no frenó la rápida recuperación de Europa occidental. Entre 1950 y 1973 en esa región la tasa promedio anual de crecimiento del PIB por habitante fue de 4,08%, con máximos de 6,21% en Grecia, 4,95% en Italia y 5,02% en Alemania. Según Angus Madison, experto en la materia, la productividad de los 12 países de Europa occidental, medida según el nivel de PIB por habitante, subió de 52 a 73, teniendo como referencia la productividad de EE. UU. (= 100). Y todo esto, con una tasa de desempleo de 2,6% de la población activa.

Para el geopolitólogo Peter Zeihan, en el fondo este reinicio de la globalización no fue más que una transacción tácita entre EE.UU. y sus aliados, sin la participación de la Unión Soviética y los suyos. Tal vez por primera vez en la historia, con el Plan Marshall el vencedor de la guerra decidió apoyar la recuperación de los países vencidos y devastados.

Entre 1950 y 1973 en los países de Europa occidental se registró una inflación anual de 4,3% en promedio. El sistema cambiario concertado en Bretton Woods (New Hampshire) y administrado por el FMI estabilizó el mercado mundial de divisas. Se incrementó la relación entre el gasto público y el PIB: de 27,6% a 38,8% en Francia, de 30,4% a 42% en Alemania, de 26,8% a 45,5% en Holanda, de 34,2% a 41,5% en el Reino Unido; hasta en EE. UU., país de tradición ultra liberal, el gasto público subió de 21,4% a 31,1% del PIB. Con la excepción del Reino Unido, en todos creció la recaudación tributaria. Los niveles de vida mejoraron sustancialmente, con servicios de salud y educación de acceso universal, gestionados por el estado. El poder adquisitivo creció en todas partes, el turismo se convirtió en rubro corriente de la canasta de consumo, se redujo la jornada laboral y aumentó el tiempo libre. En pocas palabras, floreció el estado de bienestar.

Para el geopolitólogo Peter Zeihan, en el fondo este reinicio de la globalización no fue más que una transacción tácita entre EE.UU. y sus aliados, sin la participación de la Unión Soviética y los suyos. Tal vez por primera vez en la historia, con el Plan Marshall el vencedor de la guerra decidió apoyar la recuperación de los países vencidos y devastados. Para el «Tercer Mundo» el presidente Truman ideó la ayuda para el desarrollo. Con el respaldo de su economía, la de más alta productividad del planeta, EE. UU., hasta entonces fuertemente proteccionista, abrió el único mercado industrializado en pleno funcionamiento -el suyo- por medio de una ordenada y creciente liberalización comercial administrada por el GATT y custodiada por la única flota naval operativa -la suya.

La segunda guerra mundial terminó oficialmente en 1951, con el Tratado de San Francisco, que estableció el marco legal de las relaciones entre EE. UU. y Japón, y las reparaciones a pagar por el vencido al vencedor. EE. UU. garantizó la seguridad de sus aliados en Europa, Asia y América Latina. En abril de 1949 formó la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN. Antes, en septiembre de 1947, creó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR. En la Organización de Naciones Unidas estableció un Consejo de Seguridad con quince miembros -cinco de ellos (EE. UU., Reino Unido, Francia, China y Rusia) son permanentes y tienen derecho a veto. En este sistema mundial se materializó la Pax Americana, transacción que también sirvió para neutralizar viejas rencillas y caducas ambiciones imperialistas de los aliados de occidente, y asegurar al mismo tiempo el apoyo hemisférico a la prioridad estratégica norteamericana y objetivo central de la guerra fría: la contención de la Unión Soviética.

La globalización de fines del siglo XX

La inflación y el desempleo de las décadas de 1970 y 1980 alentaron el ascenso de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, los gestores del achicamiento del estado, las privatizaciones, el debilitamiento de los sindicatos, la desregulación financiera, el monetarismo y el ajuste fiscal. En 1991 la guerra fría estaba por terminar y Tim Berners-Lee hizo la primera demostración pública del Internet. Tres años más tarde se fundó el consorcio de la World Wide Web (W3C) para estandarizar el desarrollo de las tecnologías que permiten el funcionamiento del Internet.  En 1992 Deng Xiaoping declaró no importarle el color del gato, «lo importante es que cace ratones». Todos estos factores, juntos y en operación, hicieron posible el consumo on-demand.

Los tratados de libre comercio respaldados por la OMC, creada en 1995, dieron el impulso definitivo a esta nueva ola de globalización del capital. El comercio internacional, que en 1985 representaba 37% del PIB mundial, creció hasta 51% en 2000 y llegó a un máximo de 61% en 2008. Los cálculos del Banco Mundial del PIB per cápita a precios constantes de 2011 indican un crecimiento de $ 9.697,5 en 1990 a $ 16.997,1 en 2021 (Gráfico 1). Las nuevas tecnologías redujeron considerablemente la importancia de la ubicación. Extensas cadenas de suministros hicieron posible consumir sushi, cargar gasolina o comprar teléfonos inteligentes en cualquier parte del mundo. En poco tiempo las bombas atómicas parecieron reliquias del pasado.

La pobreza extrema (36% de la población mundial en 1990) se redujo a 10% en 2015 (el Banco Mundial considera que las personas que viven con menos de $ 1,9/día son extremadamente pobres). La República Popular China proclamó en 2021 que la había eliminado: unos 800 millones de chinos habrían dejado esa condición gracias a la planificación del capitalismo de estado a cargo del Partido Comunista Chino.

El ataque terrorista al World Trade Center (septiembre de 2001) solo sirvió para consolidar el avance de la globalización del capital. Pero siete años más tarde la crisis financiera mundial detonada por la crisis de las hipotecas basura detuvo el ímpetu del comercio internacional (Gráfico 1). Hasta Francis Fukuyama, filósofo norteamericano que dos décadas antes había proclamado el triunfo de los ideales democráticos liberales de occidente y, por tanto, que el mundo había llegado al fin de la historia, comenzó a sospechar que estaba equivocado.

El lento final del fin de la historia

Las fases de globalización pueden durar tanto como las de desglobalización. La ola globalizadora alentada por la Pax Britannica en el siglo XIX terminó irremediablemente en 1914, cuando el Banco de Inglaterra dejó de convertir en oro sus libras esterlinas de papel. Pasaron tres décadas, el fracaso de la Sociedad de las Naciones, un intento fallido de retomar el patrón oro y dos guerras mundiales, antes de que emerja un nuevo orden internacional liderado en occidente por EE. UU., con el contrapeso de la URSS.

Es sorprendente que ese orden prosiguiera casi dos décadas luego del colapso soviético. El 15 de septiembre de 2008 Lehman Brothers Holding Inc. se declaró en quiebra con un pasivo de US $ 430.000 millones. Le siguieron Bear Sterns, Washington Mutual, Merrill Lynch, Wachovia, IndyMac… La crisis de las hipotecas basura se destapó en agosto de 2007, al desinflarse la burbuja inmobiliaria. Esto provocó una desaceleración global. En lugar de penalizar el riesgo moral de los banqueros, el gobierno y la Reserva Federal de EE. UU. decidieron rescatar a varias entidades (Citigroup, Bank of America, AIG, Fannie Mae y Freddie Mac), con un costo de hasta US $ 4,6 millones de millones. La recesión mundial duró hasta junio de 2009 y el comercio mundial dejó de crecer más rápido que el PIB mundial (Gráfico 1).

La retórica del presidente Biden ha sido menos histriónica, pero no ha modificado la política iniciada por Trump. Ha anunciado, sin embargo, que a EE. UU. le interesa tratar las discrepancias subyacentes a la guerra comercial, como el robo de propiedad intelectual, la transferencia forzada de tecnología y el acceso a mercados.

En junio de 2016 el Reino Unido decidió mediante referéndum dejar la Unión Europea, bloque económico perfectamente engranado en la globalización. El Brexit obliga a la isla británica a replantear su política migratoria y a renegociar sus tratados comerciales. Siete meses más tarde asumió la presidencia de EE.UU. un distópico empresario de Nueva York que calificó de parásitos a sus aliados de la OTAN y se opuso al libre comercio. El expresidente Trump ejerció la vieja política internacional propia de una superpotencia, lapidando siete décadas de multilateralismo. En julio de 2018 comenzó a castigar el comercio con China mediante aranceles, por un valor de US$ 50.000 millones, hasta alcanzar los US$ 550.000 millones. La retaliación de China fue inmediata, elevando los aranceles a bienes elaborados en EE. UU. por un valor de US$ 50.000 millones, además de otras medidas -inspecciones más prolijas a las importaciones provenientes de EE. UU., restricciones a las inversiones norteamericanas en su territorio y devaluaciones monetarias. La retórica del presidente Biden ha sido menos histriónica, pero no ha modificado la política iniciada por Trump. Ha anunciado, sin embargo, que a EE. UU. le interesa tratar las discrepancias subyacentes a la guerra comercial, como el robo de propiedad intelectual, la transferencia forzada de tecnología y el acceso a mercados. Algo que parece improbable, luego del affaire de los globos espías chinos derribados por la aviación norteamericana.   

Foto: Getty Images

En diciembre de 2019 apareció en Wuhan el Covid-19. Con una rapidez sorprendente se convirtió en pandemia, provocando la muerte de más de 6,8 millones de personas (hasta el 21/02/2022, según la Universidad Johns Hopkins: http://bit.ly/3SmLIJO) y probando la obsolescencia del multilateralismo, el agotamiento del liderazgo que estableció el orden internacional de postguerra y el resurgimiento del nacionalismo.

El punto de no retorno

El ejército ruso invadió Crimea el 22 de febrero de 2022. Esa agresión cambió todo. La confianza en la que prosperó el comercio internacional terminó en pocos días. Las sanciones económicas buscan aislar al agresor, pero perjudican el bienestar de una parte de Europa y ponen en riesgo la supervivencia de buena parte de África. Como occidente pretende aislarse cada vez más, Rusia estrecha sus vínculos con China e India. La guerra se despliega en territorio ucraniano, pero para Putin el verdadero enemigo es la OTAN, la organización financiada y liderada por EE. UU., hoy muy interesada en incorporar a países fronterizos de Rusia.

En medio de la niebla de la guerra, puede ser difícil ver el camino a seguir. Las noticias que llegan sobre los lugares donde se está combatiendo, los ruidos diplomáticos, la aflicción de los refugiados y desplazados... todo esto puede ser abrumador. Foto: Getty images

Seis meses después del inicio de la guerra en Ucrania, la presidenta de la cámara de representantes de la legislatura norteamericana lesionó gravemente las relaciones sino-estadounidenses al visitar Taiwán. Para la República Popular China Taiwán es parte de su territorio, como lo ha reconocido la Resolución 2758 de 1971 de la Asamblea General de las Naciones Unidas. 181 países con los que China mantiene relaciones internacionales reconocen el principio de «una sola China».

El ejército ruso invadió Crimea el 22 de febrero de 2022. Esa agresión cambió todo. La confianza en la que prosperó el comercio internacional terminó en pocos días. Las sanciones económicas buscan aislar al agresor, pero perjudican el bienestar de una parte de Europa y ponen en riesgo la supervivencia de buena parte de África.

La guerra terminó de fragmentar las cadenas de suministros globales, afectadas desde la pandemia por la «diplomacia de las vacunas». Cuatro meses después de la cuestionada visita de Pelosi a Taiwán, en Arizona, EE.UU., se inauguró la primera planta de Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), la fabricante de semiconductores más grande del mundo. Asistieron a la ceremonia los CEO de Apple, Nvidia y AMD, además del presidente Biden y altos funcionarios de su gobierno. TSMC es una empresa que ejemplifica muy bien las fuerzas de la globalización: libre comercio, ultra especialización, cadenas internacionales de suministros y el indispensable supuesto de estabilidad geopolítica. Si la globalización no estuviera en crisis, TSMC nunca habría recalado en Arizona. Pero la nueva moda es el «onshoring» y el «friendshoring»; el offshoring es cosa del pasado.

TSMC enroló 600 ingenieros norteamericanos y los envió a Taiwán, a capacitarse durante año y medio. ¿No encontró en EE. UU. ingenieros con el talento requerido para trabajar en esa empresa? También capacitaron a una cantidad similar de taiwaneses. Antes de producir el primer chip fue necesario gastar en capacitación, y ofrecer a los taiwaneses salarios más altos y más beneficios para incentivarlos a desplazarse hasta Arizona. También se ha visto obligada a trasladar equipos y herramientas desde Taiwán hasta su nueva planta. Solo así las tabletas de chips producidas en TSMC Arizona se etiquetarán como Made in America, aunque en realidad serán bastante taiwanesas.

Uno de los efectos más evidentes de este cambio de tendencia es el costo creciente de todo tipo de bienes, lo que inducirá una inflación más alta y persistente. Los chips hechos en Arizona costarían al menos 50% más que los fabricados en Taiwán. Tim Cook, el CEO de Apple Inc., anunció que usará los chips elaborados en Arizona, pero no dijo si esa decisión afectará los precios de los iPhone y las MacBook. ¿Absorberá TSMC ese costo o lo trasladará a Apple? ¿trasladará Apple ese costo a sus clientes o reducirá sus márgenes?

¿Y después de la globalización?

En el corto discurso de apertura de TSMC Arizona su nonagenario fundador, Morris Chang, sostuvo que «la globalización está casi muerta. El libre comercio está casi muerto. Y mucha gente todavía anhela que regresen, pero realmente no creo que lo hagan por un buen tiempo» (http://bit.ly/3RnIpBk). La historia sigue su marcha, a despecho del vaticinio de Fukuyama, y el futuro se presenta, hoy, más incierto que nunca.

El liderazgo norteamericano ya no será lo que fue. Lo saben bien sus principales aliados. Alemania, la cuarta economía del mundo, con un PIB de € 3,85 millones de millones, basada en el comercio internacional y rodeada de antiguos enemigos, casi no tenía fuerzas armadas. Su ejército era más pequeño que el de Marruecos. Luego del ataque a Ucrania, Berlín ha decidido rearmarse, como lo hizo antes de la segunda guerra mundial. 

La agresión rusa ha cohesionado a los países de occidente, pero las sanciones económicas han tenido resultados ambiguos. Rusia, país que se extiende sobre 11 husos horarios, exportador de varios commodities, ya no es, oficialmente, parte del sistema económico internacional. Si el sabotaje a los gasoductos Nord Stream 1 y 2 en el Mar Báltico hubiese sido perpetrado por la marina norteamericana, como sostiene el periodista Seymur Hersh (Premio Pulitzer y desde hace mucho tiempo una piedra en el zapato de la política exterior norteamericana), en el corto plazo todo intento de occidente de subsanar las relaciones comerciales con Rusia será ilusorio.

A diferencia de lo que ocurría al final del siglo XX, nadie puede anticipar qué pasará en los próximos años. El abanico de posibilidades es amplísimo e incluye, nuevamente, la opción de los hongos atómicos. En un artículo reciente George Soros hace notar que mientras dos sistemas políticos están ocupados en la pelea por el dominio del mundo, «nuestra civilización se encuentra en peligro de colapsar debido al inexorable avance del cambio climático» (http://bit.ly/3EuHzNT).

Hace más de cuarenta años varias investigaciones financiadas por Exxon Mobil, Chevron, BP, Shell y Conoco Phillips concluyeron que la quema de combustibles fósiles causaría el calentamiento global. Pero, en lugar de publicar esos resultados, decidieron gastar millones de dólares para financiar a organizaciones divulgadoras de información falsa.

Parecería que este financista, billonario y defensor de las sociedades abiertas, acaba de enterarse que las acciones humanas han desencadenado cambios climáticos, que provocarán el deshielo de Groenlandia y del Ártico. Esto elevaría hasta siete metros el nivel de los océanos, lo  que «plantea una amenaza a la supervivencia de nuestra civilización». Advierte que si «mantenemos nuestro curso actual, el calentamiento global sobrepasará los 2,5°C en 2070», lo que derretirá el permafrost del Ártico y, «una vez que suceda eso, crecerá exponencialmente la cantidad de dinero requerida para estabilizar o reparar el sistema climático». Para evitarlo aconseja «reorientar nuestras instituciones financieras internacionales, en particular el Banco Mundial, para concentrarse en el cambio climático». Lo dijo al día siguiente de la renuncia de David Malpass, el republicano negacionista de la evidencia científica plasmada en el Gráfico 2, colocado en la presidencia del Banco Mundial por el expresidente Trump.

Las alertas de Soros merecen varios comentarios. ¿Es inexorable el avance del cambio climático? Inexorable es algo que no se puede evitar. Las grandes empresas petroleras sabían que los gases con efecto invernadero causan calentamiento global. Hace más de cuarenta años varias investigaciones financiadas por Exxon Mobil, Chevron, BP, Shell y Conoco Phillips concluyeron que la quema de combustibles fósiles causaría el calentamiento global. Pero, en lugar de publicar esos resultados, decidieron gastar millones de dólares para financiar a organizaciones divulgadoras de información falsa, y prosiguieron con sus planes de inversión.

¿A qué se refiere Soros cuando escribe «nuestra civilización»? Si se refiere a la cultura, organización social, tecnología y economía características de Europa occidental más América del Norte, desarrolladas en los últimos 500 años, pecaría de un eurocentrismo anacrónico. Tendría más sentido si se refiriera a la «civilización del capital», el resultado civilizatorio de la globalización reiniciada luego de la segunda guerra mundial, y la fuente de la crisis ambiental que al parecer acaba de descubrir.

La preocupación de Soros por el costo monetario que se requeriría para estabilizar o reparar «el sistema climático», una vez derretido el permafrost, dibuja de cuerpo entero cómo concibe la corriente principal del pensamiento económico a la crisis ambiental y sus posibles soluciones. Soros cree que esa gigantesca externalidad negativa llamada calentamiento global, provocada por el crecimiento del capitalismo empecinado en mantener la tecnología del petróleo, puede ser revertida obligando al Banco Mundial a «enfocarse». En el fondo, es un razonamiento basado en la noción de costo de oportunidad (hagámoslo ahora, que es más barato), que desconoce las leyes de la Naturaleza.

Mientras los científicos alertan sobre los peligros de las presiones antropogénicas sobre el sistema Tierra, y sugieren establecer límites planetarios dentro de los cuales se podría esperar que la humanidad se desenvuelva con seguridad (Véase por ejemplo J. Rockström et al., Planetary Boundaries: Exploring the Safe Operating Space for Humanity, Ecology & Society v.14 n.2, https://bit.ly/3sLrv5y), Soros ya está avizorando una nueva área de negocio: el financiamiento de las políticas públicas para evitar la catástrofe civilizatoria. Los financistas y las financieras son parte del problema, como lo probaron hasta la saciedad en 2008-2009; difícilmente podrían ser parte de la solución.

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