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24 de Enero del 2022
Historias
Lectura: 29 minutos
24 de Enero del 2022
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Andrea Medina: "con mi hermano caímos todos"
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Andrea Medina al pie de la quebrada del Machángara en el parque La Raya, en la zona de El Calzado, en el sitio desde donde el cuerpo de su hermano, Juan Andrés, fue arrojado hacia el vacío. Fotos: Juan Carlos Calderón y Cortesía familia Medina

 

El viaje de Juan Andrés Medina, de 18 años, fue cortado violentamente la noche del 11 de enero del 2022. Fue noqueado, según la autopsia, y luego arrojado inconsciente al Machángara, donde murió ahogado, en el parque La Raya. Esta es la historia de su hermana, Andrea Medina (Frida), que no ha dejado de luchar para encontrar justicia. Esto es sobre el viaje que acaba de empezar Andrea.


Debe ser la primera vez que habla sin llorar sobre la muerte de su hermano menor. Es el sábado 22 de enero, y el parque La Raya, en El Calzado, detrás del hospital del IESS-Sur, está lleno de familias, jóvenes y niños que corren y juegan, perros callejeros, mascotas con collar y ventas ambulantes. Pocos de ellos sabrán quizá que junto a ese mismo parque, diez días antes, fue encontrado el cuerpo de un joven, en el lecho del río Machángara, cuyo pestilente cauce es el limite oriental del parque. Andrea camina hasta el pequeño bosque antes de encontrarse con una abrupta caída de unos 30 metros, casi perpendicular, que va a dar al río. Ella se para a medio metro del precipicio y señala con el dedo hacia la profundidad. Ahí, abajo, dice, mira. Solo se ven restos de ramas y yerba, algunos arbustos. Al final de la caída hay ramas secas acumuladas. Hay que ser muy valiente para acercarse sin temor a caer. El dedo de Andrea muestra el final, ahí, donde fue encontrado el cuerpo de su hermano, Juan Andrés Medina, de 18 años de edad, por su propio padre.  

Arriba. Andrea justo en el sitio desde donde su padre encontró el cuerpo de su hijo. Abajo. El cuerpo fue hallado enredado en los arbustos que se ven unos 15 metros abajo.

Ella no puede definir esos días sin la angustia, el llanto, el duelo, la rabia, la impotencia y la pérdida de futuro que le ha provocado todo esto. Ese sábado 22 ella había empezado su tránsito diario por las redes con un mensaje en su cuenta de Twitter: Hoy amanecí pensando: tenemos que irnos de este país, no hay vuelta atrás con la delincuencia, ya ganaron... (a mí me encanta este país, es guapo, muy guapo, pero nos matan). Guapo era Juan Andrés. Lleno además de vida, deportista, basquetbolista, amante de los perros de la calle, amiguero, nadador, hijo de la segunda esposa de su padre, una mujer de Manta. Encandilado por la tecnología, quería estudiar sistemas en Rusia. Andrea no sabe porqué se había ilusionado tanto con viajar a ese país y estudiar en una de sus universidades. Se quería comer el mundo dice, mientras lucha contra la idea de que el mundo se lo comió a él. Esa noche del 11 de enero, martes, como casi todos los días, Juan Andrés cruzó la calle Antonio Rodríguez, donde queda la casa de sus padres,  para pasear a su mestizo color blanco, llamado Luci, de cinco meses apenas. Eran más de las nueve de la noche, y el parque, como desde hace más de un año, permanecía bajo una oscuridad solitaria, opresiva y cerrada, porque todas las luminarias estaban dañadas. Desde hace un año decenas de cartas inútiles de los vecinos y usuarios de La Raya, pidiendo que se arreglen los focos públicos, habían ido a parar al archivo de algún burócrata indolente. Pero para Juan Andrés no era problema. Era vecino de toda la vida del parque, donde jugaba básquet con sus amigos y siempre paseaba ahí a su perrito Luci —un runa que rescató en Manta—: se conocía el parque como la palma de su mano. Esa noche, unos quince minutos despúes de haber salido de la casa, la mascota Luci volvió sola, sin Juan Andrés. Su otra hermana se dio cuenta de eso y alertó a su papá: Pa, no llegó mi hermano. Sus padres entraron en pánico, lo llamaron al celular y su papá, de 69 años, salió a buscarlo. No lo encontró por la oscuridad y regresó a alertar a la familia. Llamaron a la Policía, en un patrullero cuyos agentes hicieron una pequeña búsqueda y se fueron. Su hermana, Andrea, preparó de inmediato un aviso en las redes sociales con su foto: Desaparecido, ayúdanos a encontrarlo. 


Juan Andrés junto a otro perro callejero. Esta es una de las pocas fotos rescatadas, pues a él no le gustaba. Foto: Cortesía de la familia Medina


Juan Andrés y sus padres vivían en la casa verde claro de dos pisos, al lado izquierdo de la fotografía. En la casa de ladrillo visto del fondo había una cámara que apuntaba al parque, pero que no funcionaba. 

Se le nota el enojo, pero no hay odio en sus palabras, solo las ganas de contar de nuevo, por enésima vez, lo que ha pasado a su familia, aunque vuelva a sentir el mismo puñal el corazón cuando lo cuenta.

Luci, el perrito que estuvo con Juan Andrés la noche de su muerte. 

Andrea camina por el césped recién cortado del parque. Lo cortaron apenas se hizo mediático lo de mi hermano, dice. Mientras tanto permanecía como un potrero. Se refugia de la lluvia bajo un árbol, no se sabe si por ese mismo lugar que ahora pisamos su cuerpo inerte haya sido arrastrado. Sus ojos están anegados pero no cae ni una sola lágrima, se contiene. Horas después pondría en su cuenta: "Cuando estoy en el lugar donde botaron el cuerpo de mi hermano, antes lloraba a mares, ahora en serio siento un enojo brutal y cuido mucho de que ese enojo no se transforme en odio... porque todo nos pueden quitar menos la humanidad...". Se le nota el enojo, pero no hay odio en sus palabras, solo las ganas de contar de nuevo, por enésima vez, lo que ha pasado a su familia, aunque vuelva a sentir el mismo puñal el corazón cuando lo cuenta.

Al día siguiente, a las 8:33 del 12 de enero, la foto de Juan Andrés llevaba la siguiente siguiente descripción en la cuenta de Andrea (@fridayorke): Calentador gris, zapatos negro con gris, mide 1,73. Y los teléfonos.


Juan Andrés en Manta, durante el colegio. Un muchacho feliz. Foto: Cortesía del la familia Medina

Después de una noche en vela, su padre salió a las seis de la mañana a buscarlo por la quebrada y al fondo, en la parte donde el río hace una pequeña poza vio un bulto y lo que parecía un pie, con una media blanca enredado entre los arbustos secos. Confundido se acercó a un caminante mañanero para pedirle que lo ayude a ver si era un pie lo que él veía. El hombre se acercó con cautela y le dijo sí, parece un pie, señor. Entonces llamó a la policía y levantaron el cuerpo con ayuda de los bomberos, que bajaron hasta el sitio con cuerdas, colocaron el cuerpo en una especie de cofre amarillo y lo elevaron, perpendicularmente, con una grua. El padre llamó a Andrea, aún no sabía si era su hijo. Voy a reconocer un cadáver, le anunció por teléfono. Ella voló hasta El Calzado. En la morgue reconoció que era Juan Andrés, su hijo. A las 10:52 del 12 de enero ella puso en su cuenta: "Encontramos a mi hermano, un niño soñador amoroso dulce botado en una quebrada lo asesinaron por robarle el celular y los zapatos... oren por mi familia por favor".

Los bomberos y la Policía en la tarea de rescate del cuerpo. Abajo, dos bomberos usan cuerdas para recuperar el cuerpo de Juan Andrés que está, difunimado, al lado izquierdo de los arbustos secos en el lecho del río. Fotos: Diario El Universo

Hicieron un barrido para buscar indicios, pero no encontraron ni el celular ni los zapatos. Al medio día a ella le tocó firmar la autorización para la autopsia. "Nunca imagine ser quien firma la autorización de autopsia de mi hermano menor, nunca imagine que iba a ser yo quien iba a ser testigo de autopsia y quien le iba a vestir... porque soy su hermana mayor se supone que él me iba a decir adiós a mí  primero porque él era mi peque". Su pequeño hermano, a quien ella debió atender en el trámite más doloroso que pueda tener alguien, algo inombrable. Ella relataría en su cuenta los momentos más duros de su experiencia: "Estoy aquí abrazada la ropa de mi hermano esperando a que me entreguen el cuerpo, para vestirle, acariciarle su carita y decirle que ya puede irse donde papá Dios. Me aferro a su ropa con el dolor más profundo, con la bronca más grande y con toda la fe en Dios".  Fue su único refugio, no solo para compartir la indignación y la pena, sino para denunciar lo que pasaba con la (no) investigación.

"Estoy aquí abrazada la ropa de mi hermano esperando a que me entreguen el cuerpo, para vestirle, acariciarle su carita y decirle que ya puede irse donde papá Dios. Me aferro a su ropa con el dolor más profundo, con la bronca más grande y con toda la fe en Dios": Andrea medina.

La calle Antonio Rodríguez, circundante al parque La Raya en El Calzado. Al lado izquierdo de la foto está la casa de la familia de Juan Andrés. Esta calle fue cruzada con él la noche de su muerte. Abajo, un plano general de una parte del parque. Al fono a la izquierda el Hosp. del IESS y en el centro el bosquecito donde presumiblemente Juan Andrés fue asaltado y noqueado antes de ser arrojado al río Machángara.

Andrea cuenta, mientras cae la lluvia en La Raya, que no hizo la denuncia en la Fiscalía de inmediato. En verdad no sabía qué hacer ni cómo hacerlo. Una no está preparada para esos trances, dice. Pusieron una persona encargada del caso, de la investigación, un teniente de la Policía, de la Dinased. Él le había dicho que si quería que ponga la denuncia particular, porque igual se iba a abrir una investigación de oficio y, en cualquiera de los dos casos, eso demoraría unos días. Eso abriría, le dijo con desparpajo, el lunes o martes o miércoles de la siguiente semana, es decir unos ocho días después o mejor dicho cuando puedan. Y mientras las autoridades se sacudían de la modorra, ella seguía vertiendo su pena en su cuenta: "En un día de papeleos reconocer cadaver fiscalía criminalistica al fin pude llorarle a mi hermano. Apoye mi cabeza en su ataúd y lloré con toda la bronca de un asesinato y le grité «chiquito lindo quién te hizo esto mi peque» y lloré y lloré y grité, porque duele tanto". Y todos sus mensajes siguientes empezó a etiquetar a la cuenta de la Fiscalía. Cuando denunció la indolencia de alguna autoridad sobre la apertura de la investigación, la llamaron al celular para decirle que ese instante acababan de abrirla, que no se preocupara más, que con ella y su familia estarían 24/7, como se dice en estos casos. 

Sus mensajes del jueves 13 de enero fueron desgarradores: 

Solo cierro los ojos y me derrumbo, porque no quiero enterrar a mi hermano. Hoy no, quiero unos años más, él tenia 18, no va a enamorarse a viajar, a lo que se supone le quedaba de vida. Hoy no, yo necesito unos años más.

Estamos camino al cementerio, apoye mi cabeza en su ataúd y le decía que si pudiera darle años de mi vida le daría porque él era un niño y quiero que viva todo lo que le falta vivir.. levantaba mi rostro y volvía apoyarme pq no puedo dejarte ir. Justicia @FiscaliaEcuador.

A mi hermano de 18 años no solo le robaron el celular y los zapatos, le robaron la vida entera y a nosotros nos robaron verle crecer. A mi hermano le lanzaron al rio con toda la alevosia y antes le pegaron. Ahí caímos todos. No quiero q vuelva a vivirlo nadie más
@FiscaliaEcuador

No puedo enterrar a mi hermano de 18 años, no puedo, no estamos diseñados para despedirnos de los más pequeños. Es inhumano, es ilógico... no puedo darle la vida de mi hermano a unos asesinos, no puedo, no quiero @FiscaliaEcuador

Por que nosotros que le amamos tanto debemos sentirnos culpables de “y si hubiéramos hecho esto y esto” y los asesinos de mi hermano no sienten ni remordimiento y seguirán su vida sin más. Por qué los Inocentes debemos pagar todo en este país
@FiscaliaEcuador?


Twitt de Andrea Medina el 25 de enero 2022: 2 semanas desde que alguien decidió asesinar a mi hermano por robarle un celular y zapatos. Puedo creer en la justicia@PoliciaEcuador @FiscaliaEcuador @AlexandraVelaP @santiguarderas? Yo espero con todo mi corazón que así sea #JusticiaParaAndres

El alcalde Santiago Guarderas se contactó a través de la Secretaria de Seguridad, Daniela Valarezo. Le dijo que estaban respaldándola. Le dijo que le iban a mandar a los bomberos y a la gente de Emaseo para rastrear, y estuvieron junto a los agentes de la Dinased un sábado. Buscaron, cepillaron la zona, podaron todo y encontraron otros zapatos, pero no los de su hermano. 

Como no encontraron nada, la Policía empezó a decir que Juan Andrés se cayó, se resbaló. Incluso dijo que se suicidó. Pidieron entrar al cuarto de su hermano para buscar algún indicio de depresión, cualquier cosa. Apareció una nota en dos diarios con el titular que la Policía afirmaba que el resultado de la investigación era que fue un accidente, que el chico se había caído y que se descartaba asesinato. Una investigación que apenas había sido abierta y que nadie había cerrado. En la Dinased le dijeron que esa afirmación era falsa. Entonces declaron la investigación como reservada, que en 30 días entregarían los resultados y que no darían información a nadie, ni siquiera a los familiares, porque tienen que levantar varias hipótesis e irlas descartando...

declaron la investigación como reservada, que en 30 días entregarían los resultados y que no darían información a nadie, ni siquiera a los familiares, porque tienen que levantar varias hipótesis e irlas descartando...

Andrea asumió esta decisión inusual para una presunta muerte "por accidente", porque el caso se volvió mediático, gracias a la insistencia de Andrea en las redes y en medios de comunicación que abrieron espacios para que ella, su hermana, diseñadora de profesión, pusiera la cara. Porque eso es lo que hizo Andrea Medina para que la caída al vacío de su hermano Juan Andrés no caiga también en la impunidad: poner la cara, y las lágrimas y la indignación.

En esta tragedia se involucró desde el alcalde de la ciudad, asambleístas, los medios, concejales, precandidatos a la Alcaldía... Algunos periodistas de policiales le dijeron que todo esto era muy raro, que era sorprendente que la Policía no haya cerrado ya la investigación diciendo simplemente que se cayó, o, como alguien insinuó, que le empujó el perro... porque en este país todos se caen o se suicidan ...nunca los matan para robarles. 

Un sábado estuvieron los investigadores buscando testigos, porque también le dijeron a Andrea que ella debía buscar los testigos, y un amigo que sabe de eso le dijo que no, que eso era obligación del Estado. Fueron a buscar cámaras, y encontraron una que estaba en una casa y que enfocaba directamente al sitio del posible asalto, pero les dijeron que ya no grababa desde hace dos meses.

Ella sintió que los investigadores trataban de convencerla, de cualquier forma, de que su hermano se cayó. Le dijeron que pudo haber tenido una decepción amorosa, le preguntaron si usaba drogas... Nada de eso decía en la autopsia, donde se demostró que Juan Andrés murió ahogado, tras pocos minutos de la caída. La primera pregunta que Andrea hizo al médico que practicó la autopsia fue si su hermano sufrió. La respuesta fue que no.

Andrea vuelve a mostrar el sitio de la muerte: el río hace un pequeño remanso entre los desperdicios que arrastra y se quedan en la orilla. No es para ahogarse, a menos que caigas inconsciente. Pero tenía un golpe en la frente, entre la sien izquierda y el ojo. Un golpe que lo soñó, que fue propinado antes de que su cuerpo, aún vivo, llegara al río. Su hermano cayó inconsciente, y porque cayó inconsciente se ahogó, le dijo el patólogo. Frente a su casa, en el parque donde jugó y paseó toda su vida, lo noquearon para robarle el celular y los zapatos y lo lanzaron a la quebrada, al río. Juan Andrés no se cayó consciente, porque en sus brazos, en sus manos se hubiesen encontrado señales de que intentó agarrarse de algo, pequeñas lastimaduras que no aparecen, como tampoco, en la resbaladera de arbustos que es esa pendiente aparece algún rastro de que quiso detener la caída, alguna rama rota, arrancada por la desesperación de parar el viaje al vacío. Es un muerte muy extraña, le dijo el patólogo y su conclusión textual: a su hermano lo botaron al río, inconsciente. Entonces todo esto cuadra en la idea lógica de Andrea de cómo murió su pequeño hermano.  Una hipótesis sustentada en evidencias. Y no las múltiples y disparatadas versiones que le quizo vender la policía. Solo falta que me dijeran que vino un ovni y lo lanzó, dice. Y preguntó a los policías: ¿cómo es posible que ustedes hagan estas hipótesis y el médico que hizo la autopsia me diga otra cosa? Y tuvieron la osadía de decirle que muchas veces esos doctores se equivocan. De tanto que le insistían, casi la hacen dudar. Persistieron mucho en la idea de que Juan Andrés era depresivo y de que podía tratarse de un suicidio. Pero ella cortó de raiz esa hipótesis, tan conveniente para ellos, con decirles que en el velorio dos amigos de Juan Andrés, que horas antes de su muerte había jugado básquet con él, le contaron que su hermano estaba con toda la energía del mundo. De hecho, la noche de su muerte uno de esos amigos chateó con Juan Andrés hasta las 21:36, hasta cuando él le dejó de contestar. En esos chats aparecen los mensajes de su hermano, organizando una comida en esa semana con su mamá y sus amigos. Vean el chat, dijo a la Policía, ¿ustedes creen que alguien que está por suicidarse planea una comida con tanto entusiasmo? Y aunque no es psicóloga, dice, es cosa sentido común. Pero entonces cambiaron la hipótesis a que fue una caída, un accidente. Pero si se cayó, ¿dónde están los zapatos y el celular?  Pero además, Juan Andrés conocía el parque como la palma de la mano, sabía del peligro de ese cañón, todos los vericuetos peligrosos. 

Vean el chat, dijo a la Policía, ¿ustedes creen que alguien que está por suicidarse planea una comida con tanto entusiasmo? Y aunque no es psicóloga, dice, es cosa sentido común. Pero entonces cambiaron la hipótesis a que fue una caída, un accidente.

Los vecinos hicieron plantones, en solidaridad y protesta. Cerraron la calle Antonio Rodríguez; hubo una movilización con perros adoptados, porque Juan Andrés amaba los perros, sus amigos se concentraron a protestar, porque Juan Andrés era un chico hermoso, amado por sus amigos y su familia cuyo viaje por la vida fue cortado, robado abruptamente por (es una suposición aún, pero la más lógica) delincuentes.


Una reunión de los vecinos de El Calzado para protestar por la muerte de Juan Andrés y solidarizarse con su familia.

Andrea es de naturaleza optimista, trata siempre de ver el lado amable de las personas y de lo que le pasa. Pero ahora está muy dolida, no quiere juzgar a la Policía, a las autoridades, porque entiende también que tratan de hacer lo que pueden, que hay muchos casos y que es muy probable que intenten, de cualquier forma, evitar una investigación por un hecho criminal con hipótesis que lo descarten. Una Policía que, ella lo vio cuando fue a una UPC, no tiene sillas ni cómo movilizarse para atender las "pequeñas" grandes tragedias que le pasan a la gente común, como ese chico de 18 años que vivía sus sueños al filo del Machángara, en El Calzado. Ella, Andrea, acosada por la desesperanza y la decepción con un país que le arrebató a su hermano, está segura que el ahora "caso" —en que se ha convertido la "memoria institucional" de Juan Andrés— no se cerrará. Que nunca encontrarán a los culpables, porque no pueden o no quieren o no saben o no tienen recursos... Siempre habrá una justificación y un pretexto, así como siempre las hipótesis recaerán en la culpabilidad de la víctima.  Fue impactante para Andrea leer la noticia de una señora que salió a pasear con su perro y fue asesinada en otro parque de Quito. De la misma forma. No es que las personas salen a exponerse, no es que son temerarias... no. Como Juan Andrés, salen a pasear con el perro, y mueren.

¿Qué podemos hacer por tí?, le habían preguntado las autoridades del Municipio, horas despues de enterrar a su hermano. Por mí ya nada, mi hermano está muerto, les contestó. Pero les pidió que hagan una reparación a la gente del barrio, que por más de un año ha implorado por el arreglo de las luminarias del parque.

Mientras camina por La Raya, Andrea señala una calle. Mira, dice, los primeros días de la muerte de mi hermano había ahí un patrullero, todo el tiempo. Duró ahí una semana y para el sábado 22 de enero ya nadie patrullaba el parque ni la calle. Daniela Valarezo, la secretaria de seguridad le ofreció que se reuniría con la gente del barrio y asi lo hizo. Hubo una mesa de trabajo y se le pidió a Andrea que dijera unas palabras. Agradeció a los vecinos que estuviera ahí, exponiendo su dignidad así como ella, ganándole al miedo. Les agradeció, la mayoría de gente que asistió era de la tercera edad. Entonces les dijo que en la conciencia de las autoridades quedará siempre que, si hubiesen hecho caso a tanto pedido del barrio de al menos poner un foco, Juan Andrés estuviera vivo. En realidad nunca se va a saber, porque, quien sabe, si hubiese estado iluminada esa parte donde golpearon a su hermano, tal vez había gente a esa hora. Quien sabe si tal vez él hubiera tenido una oportunidad de obtener ayuda. Un foco, un simple foco pudo haber hecho la diferencia, quien sabe...


Al fin iluminado. El alcalde Guarderas puso en su cuenta de Twitter las fotos nocturnas del parque La Raya, con nuevas luminarias. Fotos: Twitter Santiago Guarderas

Tuvo que pasar algo como la muerte de mi hermano para que les hagan caso, para que iluminen un parque. En ese lugar, dice Andrea, no es la primera vez que algo así pasa; el puente pintado de azul que atraviesa el Machángara y une el hospital con el parque, es denso.

Pasadas las nueve de la noche del domingo 23 de enero, en su cuenta de Twitter, el alcalde Santiago Guarderas mostró las fotos nocturas del parque La Raya, por fin iluminado. Dijo el alcalde:

¡Recuperamos más espacios de Quito! Desde hoy, ya se encuentran instaladas y en funcionamiento las luminarias del parque La Raya y los alrededores de El Calzado.  Cumplimos nuestra palabra y compromiso con los moradores  de la zona. Trabajamos #PorUnQuitoDigno

No sé, dice Andrea mientras camina junto a su novio Nicolás y un caniche blanco, hacia el parqueadero de La Raya (su novio, que no la ha desamparado ni un segundo). Tuvo que pasar algo como la muerte de mi hermano para que les hagan caso, para que iluminen un parque. En ese lugar, dice Andrea, no es la primera vez que algo así pasa; el puente pintado de azul que atraviesa el Machángara y une el hospital con el parque, es denso. Tres horas antes de la muerte de Andrés, un trotador contó que unos tipos intentaron asaltarlo y golpearlo con un palo. Quizá sean los mismos que golpearon a Juan Andrés Medina. Y metros más allá, hubo otro caso, y otro más acá, por ese lado, por donde Andrea señala con el brazo: este es un botadero de cadáveres y no puede ser que, si sabían que así era, nunca hayan puesto un foco. 

El viaje de Juan Andrés fue corto y terminó violentamente. Andrea, su hermana, y su familia han empezado su viaje por el desierto. Ella no sabe si por el hecho de haberse expuesto, de tener el valor de poner la cara, por exigir resultados a los responsables de dar seguridad y justicia, ese viaje sea lleno de obstáculos. Ha empezado a caminar por ese territorio donde reina la impunidad, que es la (no) administración de justicia, una tierra para ella desconocida; ha empezado a caminar por esta oscuridad, iluminada apenas por la solidaridad de quienes han querido acompañarla, a ella y a su familia. Tal vez pasado un tiempo se quede sola, porque así pasa. Tal vez nunca deje de estar acompañada.

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