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8 de Abril del 2023
Historias
Lectura: 19 minutos
8 de Abril del 2023
Redacción Plan V
Así se monitorea la actividad del volcán Cotopaxi
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Un grupo de investigadores geofísicos y uniformados militares protegen de la lluvia una computadora portátil mientras dan mantenimiento a una estación de vigilancia de video. Fotos: Luis Argüello / PlanV

 

La actividad del segundo volcán más alto del país llegó a su pico en febrero y sigue decreciendo. Sin embargo, una erupción mayor podría derretir el glaciar y causar un desastre, algo que ya ocurrió en 1877. Un equipo de vulcanólogos vigila las 24 horas del día la actividad sísmica del coloso. Los acompañamos en su jornada.


Carlos Macías y Marco Yepes trabajan en el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional (IGEPN). Desde el departamento de Vulcanología, en la sede del instituto universitario en el barrio La Floresta, viajan constantemente al Parque Nacional Cotopaxi, ubicado al sur de la capital. Los investigadores encienden un todoterreno y abandonan el tráfico capitalino por la avenida Simón Bolívar. En esta salida los acompañó un equipo de este medio digital.

Ambos tienen una relación laboral de años, que se nota en las carcajadas y conversaciones que tienen para pasar el tiempo. A bordo también está Bolívar Cáceres, funcionario del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (INAMHI). Llueve, y los vulcanólogos le juegan una broma a Cáceres por no haber predicho las precipitaciones.

Para llegar a algunos sensores se debe abandonar el camino de lastre y manejar por el páramo.

Los venados son parte de la fauna presente en los alrededores del volcán.

Carlos Macías (izquierda) y Marco Yepes (derecha) planifican su llegada a una estación de monitoreo.

Pero el funcionario climatológico no se especializa en el clima, se ha dedicado por décadas a investigar los siete glaciares en las altas montañas del Ecuador. Cáceres dice que desde los años 70, el glaciar del Cotopaxi se ha reducido en un 50%.

El funcionario atribuye el fenómeno de derretimiento al aumento de las temperaturas a nivel global, que según dice, se debe a un fenómeno natural de deshielo, pero que se ha visto acelerado por la actividad industrial. A pesar de su reducción, Cáceres estima que la superficie del glaciar podría ser cercana a los 10 kilómetros cuadrados. Esta gigante masa de hielo tiene al equipo de investigadores en alerta.

El IGEPN dispone de vehículos todoterreno para recorrer las estaciones de vigilancia y manejar en terrenos irregulares.

Según Cáceres, el glaciar tendría entre 2 a 3 kilómetros cúbicos de hielo. La última medición del espesor del hielo se hizo en 2005, en ese año se determinó un promedio de profundidades del glaciar de entre 30 a 40 metros.

Limpieza y cooperación con las Fuerzas Armadas

El funcionamiento de las distintas estaciones está en riesgo por la caída de ceniza. La acumulación del piroclasto en los paneles solares que proveen de energía a los equipos hace que dejen de funcionar. Si se “tapan”, los paneles no podrían cargar las baterías de los sensores, que podrían tener un periodo de hasta 4 días de autonomía.

En los páramos del Cotopaxi los vulcanólogos del IGEPN, actualmente dirigido por Mario Ruiz, se encuentran en la entrada del Parque Nacional Cotopaxi con un grupo de cinco jóvenes militares. Ambas instituciones han acordado cooperar para mantener los paneles solares libres de ceniza. Para eso, los científicos llevan a los uniformados por un recorrido para que conozcan las estaciones.

La camioneta de los militares no logró pasar por las irregularidades de la montaña. Algunos de los miembros del comando tuvieron que continuar con el equipo del IGEPN. 

Las pendientes y los montículos hacen que se fuerce el motor de estos vehículos, que deben llegar a estaciones en puntos de difícil acceso.

Los científicos lideran la expedición en su todo terreno, que abandona el camino lastrado e incursiona aventuradamente en los páramos que rodean el cráter. Los militares, que han llegado en una camioneta, intentan seguirle el paso. Pero la tracción 4x4 de la camioneta está averiada.

Miembros de un comando de búsqueda y rescate de las Fuerzas Armadas fueron instruidos para las tareas de limpieza de paneles solares en el volcán.

A los pocos minutos los militares no pueden seguir. Dos de ellos, que pertenecen a un comando de andinistas, suben al vehículo de los científicos. Los demás deberán esperar. La idea es que puedan hacer la limpieza de los paneles de forma autónoma, así que la próxima vez deberán contar con una tracción adecuada para manejar en la montaña.

Los jóvenes soldados pertenecen a un grupo de rescate y búsqueda. Han sido entrenados para ubicarse en la naturaleza. Durante el recorrido, registran los puntos para poder volver a realizar las tareas de limpieza.

Vigilancia en puntos de difícil acceso

El primer punto en el recorrido es una de las 20 antenas sísmicas del volcán. Para llegar, hay que recorrer durante casi una hora en plena montaña por fuera del camino turístico. La antena, las baterías, los sensores y el panel solar están colocadas sobre un montículo.

Los paneles solares y que dan energía a los sensores están ubicados en puntos a los que se debe llegar a pie. Una antena transmite las frecuencias de este punto que detecta la actividad sísmica del sector.

Carlos Macías indica a los funcionarios militares la ubicación de una estación de monitereo sísmico.

Este sensor, como otros alrededor del país, mide los distintos sismos en el área. Hay algunos tipos de sismos. Por un lado, hay sismos volcanotectónicos, que se ocasionan por magma que sube por el edificio volcánico y a su paso rompe rocas y expande la montaña. Otro tipo de sismos se debe al movimiento de magma o de agua al interior del volcán. A estos se les conoce como sismos de largo periodo.

Yepes explica que alrededor del volcán se presentan periódicamente sismos, pero no todos ameritan una alerta. “En este preciso instante se deben estar ocasionando muchos sismos que no sentimos”, dice el vulcanólogo. Los científicos estudian el comportamiento diario de la actividad sísmica y a partir de los patrones logran detectar si hay magma en ascenso o si hay roca desprendiéndose. 

También hay otro tipo de sismos conocidos como “tremor”. Estos se dan por emisiones de gas o ceniza, esa emisión produce una vibración en el volcán. No solo pueden reconocer el tipo de sismo, sino que también la ubicación exacta y la profundidad del fenómeno. 

Los científicos indican a los militares que deben limpiar con delicadeza los paneles. El proceso es simple, con un cepillo o un paño deben remover la acumulación de ceniza.

Para llegar al segundo punto, tras un recorrido de otros 30 minutos, el todoterreno pasa por montículos que requieren la concentración de Yepes, que también es el conductor. Macías, que hace de copiloto, le indica por dónde debe ir, un paso en falso y el vehículo puede caer en un hueco. El vehículo llega hasta un punto. Luego de eso se debe ascender la montaña a pie. 

A lo lejos, el páramo puede parecer un terreno plano, pero es un terreno lleno de irregularidades que dificulta el paso de vehículos.

Los científicos, además de poseer conocimientos teóricos, deben tener buena condición física. El mantenimiento y monitoreo de los sensores en el territorio requiere de largas caminatas en empinadas montañas. Yepes cuenta que para la instalación de nuevos sensores deben cargar en sus espaldas equipos por tramos donde ya no pueden pasar los vehículos.

En el segundo punto, una estación GPS, el equipo explica todo lo que se necesita para abastecer el sensor. En una caja metálica de un casi metro cuadrado hay un regulador de voltaje, una radio que transmite los datos y dos baterías, que reciben energía de dos paneles solares. 

Una estación GPS está compuesta por una antena transmisora, dos paneles solares y una caja metálica con baterias, reguladores de voltaje y radios.

El cráter del Cotopaxi estuvo cubierto por la niebla, sin embargo, hay sensores infrarrojos que logran detectar sus emisiones con baja visibilidad.

El camino hacia el tercer punto se vuelve más complicado y empieza a caer la tarde. La distancia entre cada punto y la irregularidad del terreno hacen que visitar los más de 80 sensores del volcán en un mismo día no sea posible. En un tramo, todos menos el conductor descienden del vehículo para permitir que pase por un tramo empinado. Luego de algunos derrapes el vehículo supera el obstáculo y continúa el camino. 

Al llegar a esta nueva estación hay una cámara de video, que vigila el cráter todo el año. Con esta cámara el equipo puede, por ejemplo, determinar la altura de la emisión de distintos materiales y así estimar a dónde podrían llegar. También hay un sensor infrarrojo que sirve para visualizar el volcán en las noches o en días nublados y para visualizar la emisión de gases. 

Marco Yepes y Carlos Macías cubren los cables y los equipos de forma hermética para evitar que sean dañados por la ceniza y la lluvia en una estación de vigilancia de video. Las cámaras en esta estación están prendidas con energía solar durante todo el año.

Un sensor de sonido sirve para la vigilancia de la actividad sísmica. 

Los funcionarios militares ayudarán en la limpieza de paneles solares. Fotos: Luis Argüello / PlanV

De regreso en las instalaciones de la Escuela Politécnica, el centro Terrace recibe los datos de los sensores en el volcán. En el instituto hay dos personas que evalúan una veintena de pantallas simultáneas. El Cotopaxi es solo uno de los múltiples puntos de monitoreo sísmico que estudia este equipo. En la sala hay una alarma que se activa ante posibles emergencias.

La sede del IGEPN está dentro del campus de la Escuela Politécnica en el barrio La Floresta en el centro norte capitalino. El centro Terrace funciona todo el año. 

En estas aulas es donde se sabe de primera mano sobre la actividad sísmica y volcánica del Ecuador. De presentarse escenarios alarmantes, los técnicos se comunican con la Secretaría de Riesgos, que por su parte, maneja los protocolos sociales de cuidado a la población.

El riesgo del glaciar y los lahares

Yepes explica que el Cotopaxi no emite las mismas erupciones “de película” que se ven, por ejemplo, en los volcanes Wolf o Sierra Negra en las islas Galápagos.

En 2015 el volcán Wolf en las islas Galápagos erupcionó y puso en alerta a la población. Reuters / Galapagos National Park / Diego Paredes

La diferencia radica en los materiales que se emiten. En las Galápagos hay volcanes con material más fluido que forma ríos de lava. El Cotopaxi es otro tipo de volcán, no tiene ese tipo de erupciones, presenta lavas más densas, con flujos viscosos y a bajas velocidades.

Si bien el Cotopaxi emite lava, su densidad hace que se quede cerca del cráter. El riesgo en este caso es otro: La erupción de flujos piroclásticos, material incandescente a altas temperaturas. El flujo piroclástico es una mezcla de ceniza, gases y rocas que sale desde el cráter en todas direcciones, arrastrado y derritiendo lo que puede.

Si una erupción de estas características entra en contacto con el glaciar, que a su vez tiene cantidades voluminosas de agua, ocasiona el derretimiento de la masa de hielo. Esta mezcla crea una masa lodosa conocida como lahar.

Los lahares son una masa de sedimentos, agua y rocas volcánicas que van arrastrando a su paso árboles y cualquier otro elemento que se cruce. El flujo se encausa en los ríos, que se suman al volumen de la avalancha. El volcán Cotopaxi tiene tres principales drenajes por donde podrían bajar los lahares. El primero podría afectar a Puerto Napo hacia el Oriente. El segundo afectaría la zona sur hacia Latacunga. El tercero iría hacia el valle de Los Chillos. El volcán está a 45 kilómetros del sureste capitalino.

A medida que avanzan, los lahares acumulan material y velocidad. Las pendientes del volcán, que se inclinan hasta 35 grados, hacen que estas masas puedan ganar velocidades superiores a los 80 kilómetros por hora.

“Las construcciones que se permitieron en las vertientes no consideraron los riesgos de los lahares del volcán, hay casas en nuestro mapa de peligros del volcán que podrían ser afectadas”, dice Yepes, sobre barrios construidos en las tres vertientes por donde podrían descender los lahares.

Monitoreo en tiempo real

Otro factor que podría afectar, ya no solo a las tres poblaciones, sino al país es la caída de ceniza. La caída del material puede desencadenar un círculo vicioso. Desde destruir techos por la acumulación hasta daños en la infraestructura eléctrica o vial y en los cultivos. La caída de ceniza puede afectar servicios estratégicos y ocasionar desabastecimiento.

El investigador Benjamin Bernard, también parte del equipo del IGEPN, dijo en una conferencia que la ceniza es un piroclasto o básicamente un fragmento de fuego. Los estudios del instituto aseguran que de momento solo hay emisiones de gases y ceniza fina en el Cotopaxi.

El equipo del IGEPN, que es una dependencia estatal que funciona en la Escuela Politécnica, es el único a cargo de la vigilancia sísmica y volcánica nacional. En el Cotopaxi tienen al menos 80 sensores y antenas de distinto tipo.

Lo que hoy es un instituto que funciona por decreto, inició, según cuenta Yepes, como un club fundado por Minard Hall y otros científicos interesados por la sismología.

Un militar registra en su dispositivo móvil la ubicación de una estación de monitoreo a la que deberá volver para realizar la limpieza de los paneles solares.

Quien dirige el departamento de vulcanología en la actualidad es Patricia Mothes, esposa de Hall, que ha estado vinculada al estudio del Cotopaxi y otros volcanes del país durante décadas.  En el instituto, utilizan técnicas geodésicas para determinar el comportamiento de los volcanes.

A través de enlaces microondas, las estaciones ubicadas en distintos puntos alrededor del cráter envían alertas en tiempo real al instituto, donde hay al menos una persona las 24 horas del día. El equipo del centro Terrace del IGEPN recibe alertas automáticas y así puede determinar las características de una emergencia.

Los sensores miden sismicidad, deformación, inclinación y emisión de gases. También hay estaciones “laharicas”, que miden frecuencias y el descenso de rocas y agua. Los puntos pueden detectar el descenso de flujo de lodo y sirven como sistemas de alerta temprana.

El caso Armero y lo que dice la historia

En 1985, el Nevado del Ruiz, en los Andes de Colombia, acabó con el municipio de Armero. Un volcán similar al Cotopaxi, emitió flujos piroclásticos que derritieron parte delglaciar y dejaron alrededor de 25 mil muertos. La avalancha ocasionó la muerte de casi la totalidad del pueblo. 

El derretimiento del 10% del glaciar fue suficiente para ocasionar la mayor catástrofe natural que ha registrado el país vecino en el último siglo. Este 2023 el volcán levantó nuevas alarmas, luego de treinta años, las autoridades preparan evacuaciones.

El pueblo de Armero, en Colombia, quedó devastado luego de la erupción del Nevado del Ruiz en 1985. Foto Archivo Infobae

Los lahares destruyen todo lo que encuentran a su paso. La infraestructura destruida y los ríos se suman al volumen de lo que se convierte en una avalancha. Hoy, Armero es un pueblo fantasma. Solo quedan ruinas en lo que parece una escena post guerra.

Según los vulcanólogos del IGEPN, el glaciar de este volcán colombiano es menor al del Cotopaxi. En el caso ecuatoriano, las poblaciones del valle de  Los Chillos, Puerto Napo y Latacunga estarían expuestas directamente, pero dependiendo del grado de erupción, los daños podrían extenderse.

Según el Índice de Explosividad Volcánica, en 2015, año de la última erupción en el Cotopaxi, apenas se llegó al nivel 1. La erupción actual, que empezó en octubre de 2022 es menor a la de 2015. Si se estudia los niveles aún más antiguos, se sabe que en 1877 hubo erupciones con índices de niveles 3 y 4, según historiadores, en la historia del volcán hubo erupciones de nivel 7, que si ocurrieran en la actualidad serían una catástrofe a nivel nacional. 

El Cotopaxi es uno de los volcanes más vigilados del país. De momento, la erupción alcanzó su pico de actividad en febrero de 2023. Los parámetros medidos en los distintos sensores indican una actividad moderada con tendencia descendente.

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Así se monitorea la actividad del volcán Cotopaxi
 


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