Back to top
19 de Febrero del 2024
Historias
Lectura: 13 minutos
19 de Febrero del 2024
Fernanda Verdesoto Ardaya
Topar en el narco-caos
1

El momento en que esbirros del narco tomaron una televisora ecuatoriana. / Foto: Fernanda Verdesoto

 

Fernanda Verdesoto le escribe una carta de amor a Quito, capital de un país que sufre con el lastre del narco y la violencia que infesta de miedo a sus habitantes.


Siempre que digo que nací en La Paz, casi inmediatamente digo que mi padre es ecuatoriano y que tengo la doble nacionalidad. Siempre. No todos los que tienen dos pasaportes se jactan de ello, aunque, en general, lo hacen aquellos que tienen una nacionalidad que vale más que otra. Es decir, estadounidenses y europeos. Es rara la vez que no saco la carta de presentación de esa mi otra nacionalidad, en realidad, de mi otra ciudadanía (en tanto a la ciudad, no a ser ciudadana). Por lo tanto, ya llegué a confundir hasta a mis más cercanos amigos sobre dónde nací exactamente.

Nací en La Paz. Ya son un par de décadas en las que no vivo en Quito, precisamente desde el 2001 que abandoné esa ciudad verde y de neblinas cegadoras. Sin embargo, casi todos los años vuelvo a Quito, esa ciudad que me arrebata mi acento paceño apenas la toco, la que me transforma en ninja escapista de los rateros, la que hace que más o menos me interese el arte colonial, y la que me convence que los camarones no tienen alma y, por lo tanto, me los puedo comer por kilo.

Para mí, nada me emocionaba más que mostrarle esa partecita de mí a mi pareja, después de más de seis años de relación. Esa casa donde crecí, ese mi barrio que se volvió súper hippie, ese colegio jailón que me enseñó a escribir, ese parque donde aprendí a manejar bicicleta, esas amigas que hice en el kínder o en las borracheras de nuevo año. Y cuando mi pareja llegó, claro que le mostré todos esos aspectos de mi vida temprana y la ciudad que me enseñó a ser personita, y también, sin querer, terminé mostrándole un lado más oscuro del país.

Hace un par de años que Ecuador está secuestrado por el narco, cosa que al parecer no mucha gente en Bolivia sabía hasta hace un par de semanas. En mis idas y venidas en años recientes, cada vez iba escuchando más y más que Ecuador era un solo espacio de violencia. Para mí era siempre “no, mi Quito no es así”. Pero, en 2021, bastó un mes para conocer la violencia, viendo constantemente noticieros, atrapada en un sofá de visitas en el Hospital Metropolitano de Quito, mientras acompañaba a mi padre que se recuperaba de un COVID-19 muy agresivo. Esa violencia, que yo tan ingenuamente creía que pertenecía a otros rincones del mundo, esas cosas que “solo pasan en África”. Sicariatos, extorsiones, violaciones, mafias de todos los colores y sabores del mundo, niños soldados. Años después, todo esto evolucionó a asesinatos políticos de candidatos presidenciales, fiscales y alcaldes. Todas esas cosas que “aquí no pasan”, estaban pasando.

Resulta que uno de esos capos de la mafia se había escapado de la cárcel el 7 de enero de este año. Claro, las cárceles ecuatorianas tienen menos control que el movimiento de las nubes. Y fue digno de un episodio de una serie de Netflix: fueron a buscar al maleante y ¡ups! Ya no estaba. Se dictó estado de excepción (uno más, uno menos, da igual en Ecuador) y la vida continuó… hasta el martes 9. Flojera después de almuerzo, ese peso extra que nos obliga a sentarnos y echarnos hasta que las tripas dejen de crujir.

“¡Sintoniza TC! ¡Pongan TC ya mismo!”

Prendimos la televisión para sintonizar la violencia en vivo. Cómo es el mundo que podemos dar clases a distancia, dar conferencias, contar pelotudeces live, y, de repente, contenidos de la Deep web ya estaban disponibles en televisión abierta. Con el alcance de las redes, se pudo ver en todo el mundo la toma del canal, los disparos, los rehenes, la dinamita en el bolsillo del conductor del noticiero. Fue complejo ver cómo mis manos temblaban pensando que, en cualquier minuto, vería a alguien morir en televisión, cosa que jamás pensé que iba a ver. Nadie entendía nada de lo que había pasado, que cuánto tiempo hasta que la policía había llegado, que cómo seguían transmitiendo, que qué querían los maleantes, que si fue o no fue “montado”, que por qué TC y no otra emisora.

Esa misma tarde teníamos que vernos con mi amiga y su pareja. Nos enteramos que todo este descalabro había ocurrido en Guayaquil (Guayakill, para sus residentes que intentan darle un tinte de humor a la violencia diaria) y que, mientras nos viéramos a las 4.00 pm y volviéramos con la puesta del sol y mucho antes del toque de queda —implementado un par de días antes—, todo iba a estar tranquilo. Entonces, nos desconectamos de todo y esperamos a que llegue la hora acordada. Mientras tanto, en Guayaquil morían nueve personas, otras tantas estaban siendo perforadas por las balas, aferrándose a la vida, y otras estaban siendo invadidas por el pánico.

A las 3.45 pm., tal como lo habíamos planificado, salimos en busca de un taxi para darnos encuentro con mi amiga. Quito había vuelto al tráfico infernal que suele aquejarlo, pero más salvaje que nunca. Todos los taxis estaban ocupados y los vacíos te negaban cualquier carrera, así como en La Paz.

A ver, vamos una avenida más allá. Y una más y una más. A todo esto, comenzamos a ver que la ciudad de Quito había sido conquistada por el pánico y todos estaban regresando a casa, por si acaso la violencia, así como el COVID-19, no se habría contagiado a la ciudad montañosa.

En el momento de desconexión es cuando ocurre todo. Como no teníamos línea telefónica ecuatoriana, la desconexión seguía vigente para nosotros dos. La única conexión posible era la de observar una ciudad congestionada y, en mi caso, ver por primera vez en años una cantidad enorme de peatones caminando a zancadas. Todos estaban trancados en algún lado. Y en ese momento, había dos opciones, volver a la casa, llamar a mi amiga y decir lo que estaba pasando en esa zona del centro-norte de Quito o seguir caminando. Y avanzamos.

Caminar por la avenida 6 de diciembre es caminar por un montón de oficinas públicas y privadas, que poco a poco se iban vaciando —y esto nos enteramos después— por si había un atentado. Pensamos en parar en alguno de los cafés o pequeños locales de comida para robar algo de wifi y poder llamar a mi amiga, pues ya estábamos 40 minutos tarde. Pero todo estaba cerrado, como en esos esporádicos conflictos que nosotros los paceños solemos vivir cada octubre, como en la pandemia. Entonces, qué más que seguir avanzando.

El encuentro, al fin. / Foto: Fernanda Verdesoto

Una vez que encontramos un café de una franquicia muy conocida, pese a que estaban de salida, el guardia nos dio la clave del wifi y pudimos llamar. Como todo estaba cerrado, mi amiga había ido al único lugar que estaba abierto, un café de una cadena de panaderías muy famosa en Ecuador.

Y llegamos.

Ahora bien, el país se estaba cayendo, pero llegamos al encuentro, tanto ellos como nosotros. Y esta pequeña peripecia de una caminata de quince cuadras en medio del narco-descalabro me llevó a pensar lo siguiente: el mundo se estaba yendo al cuerno, pero aún así decidimos que ese encuentro iba a ocurrir. Mi amiga, mi tocaya, es una de las personas que más aprecio en esta vida y no la iba a dejar plantada en medio del mierdero y mucho menos sin decirle dónde y cómo estaba. Y creo que ella pensó lo mismo.

Ecuador desde ese día se empezó a derretir, poco a poco, dentro del obsceno mundo de la violencia. Desde ese día, nos seguimos enterando de sicariatos, amagues de bombas o bombas reales, y con eso vinieron los estados de guerra, los conflictos armados internos, la omnipresencia/potencia de las Fuerzas Armadas y los gringos poniendo un piecito a tantear la temperatura del agua. El terror.

El tema es que mucha gente está contenta. Porque la gente, cuando tiene miedo, se vuelve un poco facha. Y, claro, ¿cómo no van a tener miedo? Hay un fantasma gigante de muerte encima, un contacto permanente con la muerte, que ya no es la presencia invisible de un virus que se reproduce más rápido que una ameba; sino una muerte con fuego, armas y dolor, extremadamente visible. El miedo se vino con disfraz de narco y hay veces que uno se deja abrazar. ¿Cómo no van a tener miedo si en las redes no paran de hablar de la toma del canal, de la chica baleada en su uniforme escolar o de la muerte de un cantante que al buscar a su hijo del colegio simplemente estuvo en el camino de una bala perdida? 

¿Cómo no van a tener miedo? Pero, ¿cómo van a aprender a soltarlo?

Ese día estaba empecinada a llegar al encuentro con mi amiga sabiendo que —diciendo que dice que dijeron— había balaceras y saqueos en el centro histórico de la ciudad. Pues creo que ese día había que dejar que la amistad patee en la nuca al miedo. Estoy hablando de ese tipo de amistades que me hacen querer siempre volver a Quito, sea cual sea la mierda que le toque estar viviendo. Creo que se trataba de esos encuentros rebeldes que había que concretar, aunque haya durado veinte minutos y hayamos tenido que volver a casa casi al trote, como Jefferson Pérez. Porque creo que para mí de eso se trata Quito, una ciudad de pocos amigos, pero son aquellos a los que corres a ver, incluso en el apocalipsis narco. Quito es la desconexión para encontrarse.

Creo que, por un tiempo, a Ecuador le recordarán por ser ese pequeño paraíso narco y llevará por mucho tiempo más el mismo estigma que Colombia. Pero siento que ese pequeño acto de amor de simplemente llegar es el porqué esta ciudad no se merece lo que le está pasando. No sé, me rehúso a que la ciudad que me enseñó a colorear sea manchada por algo tan estúpido como el narco. Me niego a que Quito deje de ser Quito, a que abandone su complementariedad con La Paz, a que la neblina comience a ser metafórica y borre a la ciudad por completo. Tal vez por eso nos esforzamos tanto por llegar.

Ese día, los cuatro tomamos el mejor jugo de mango de nuestras vidas. Y con ese recuerdo me quiero quedar.

Publicado originalmente en Revista 88 grados

* FERNANDA VERDESOTO ARDAYA, es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Literatura Boliviana y Latinoamericana por la Universidad Mayor de San Andrés. Es autora de los libros Sobre monstruos y molinos de viento y Jano Bifronte, y coautora de Método de la enseñanza de la lectura y Mapeo de las mujeres en las artes en Bolivia (1919-2019). Actualmente es docente en la Universidad Católica Boliviana y docente investigadora en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Mayor de San Andrés, UMSA.

GALERÍA
Topar en el narco-caos
 


[CO MEN TA RIOS]

[LEA TAM BIÉN]

Juicio contra Carlos Pólit (día 5): Olivio Rodrigues aseguró que las coimas de Odebrecht pasaron por las empresas Cosani, Plastiquim e Italcom
Susana Morán, desde Ecuador para PlanV, y Marcos Medina, desde Miami para PlanV y El Universo
¿Qué dice la denuncia por "traición a la patria" contra Rafael Correa?
Redacción Plan V
¿Qué sanciones busca México contra Ecuador y cuán posibles son?
Redacción Plan V
Juicio contra Carlos Pólit (día 5): En la casa del excontralor se hallaron 15.000 euros en efectivo, dijo un policía
Susana Morán, desde Ecuador para PlanV, y Marcos Medina, desde Miami para PlanV y El Universo

[MÁS LEÍ DAS]

Mayra Salazar cosechó un amplio repudio en redes sociales como X y Facebook
Redacción Plan V
7 claves para entender el juicio de Carlos Pólit que inicia en Miami este 8 de abril
Susana Morán
Ivonne Núñez: el trabajo por horas va a cambiar la situación del desempleo en cortísimo plazo
Juan Carlos Calderón
La embajadora de México es la viuda de Bolívar Echeverría