Back to top
8 de Noviembre del 2023
Historias
Lectura: 9 minutos
8 de Noviembre del 2023
Redacción Plan V
XCB312
0

Ilustraciones: PlanV

 

Al huir, el agresor, que nunca se bajó de su auto, gritó (me lo dijeron los asistentes que me remitieron fotos e información) “pero, yo sí iba a parar”. Ya asentado el incidente, al borde de la camilla del hospital, puede reflexionar sobre la “sentencia”. Cuan frecuente es en la vida social y política de nuestro país el hecho de no asumir las responsabilidades.


Es el número de la placa del automóvil Toyota Corolla plateado, que pudo atropellarme el martes 7 de noviembre a las 2.00 de la tarde, sobre la ave. 12 de octubre, en la cuesta frente a la entrada del Hotel Quito, al iniciar la ave. González Suárez, y cuyo conductor huyó en cuanto pudo.

Caminaba hacia el barrio La Floresta, crucé por la señal cebra el primer tramo, de occidente a oriente, y ya sobre el parterre, miré que no había impedimento y proseguí.

De pronto apareció un auto veloz, sin ninguna intención de bajar la intensa carrera en que se encontraba. Ahora pienso que se trata de uno de los conductores que se sienten muñidos de todo el poder, que sus mil o dos mil centímetros de motor le pueden otorgar. Poder, primero, contra los transeúntes. Y luego contra sus pares. Creen que pueden correr, con la agilidad y la presteza mecánica que no les dan sus otros atributos.

El auto no bajó su velocidad pese a la cuesta, sino que la incrementó, en clara amenaza y señal de que yo debía correr para evitar el atropello (ya había sufrido una agresión similar en el Ave. González Suárez, la que debo cruzar a menudo). Lo hice y caí. Mientras caía, puedo reconstruir ahora, se me vinieron a la cabeza un conglomerado de imágenes de autos y llantas asociadas trágicamente.

Fundamentalmente, de los autos a su costado, no del atropellador. Pero resultó que estos fueron mejores. Se detuvieron. Tuve la sensación de una muerte poco “heroica”… como si alguna lo fuese.

Desde el piso y la confusión, pude constatar que estaba vivo y entero. Con una perspectiva que nunca había tenido. Las llantas del atropellador distantes a un metro y medio, quizás, se veían enormes, amenazantes. Estaban paradas. Las de los otros autos, a su costado, me generaron temor. Yo no tenía razón pues habían sido cautos. Siento ahora escalofrío de recordarlo.

Me dolía mucho mi mano izquierda, tenía remellones en la rodilla del mismo lado, igualitos a cuando de niño te caes de una bicicleta. Pero las costillas comenzaban a dar cuenta de mis 80 y tantos kilos que chocaron con los huesos que han servido de soporte por 68 años.

Muchachos jóvenes y transeúntes se acercaron para ayudarme a levantar. Lo hice con dificultad, temor escénico, no sin una dosis de patético descontrol. Pero, debo confesar que, cuando se rompen reglas elementales de convivencia, el pavimento, además de duro y hostil, parece moverse. Otras situaciones de peligro están resguardadas por otros instrumentos. En esta no, me encontraba desnudo ante la agresión y el quiebre de las formas sociales (por dónde caminar, cuáles son los derechos del transeúnte, si existen).

Me dolía mucho mi mano izquierda, tenía remellones en la rodilla del mismo lado, igualitos a cuando de niño te caes de una bicicleta. Pero las costillas comenzaban a dar cuenta de mis 80 y tantos kilos que chocaron con los huesos que han servido de soporte por 68 años. Un momento pensé que me había dado cuenta, violentamente, otra vez de mi edad. O, que mi cuerpo se separó de mi y me lo recordó. Una lucha clásica entre las realidades.

Mientras me incorporaba miré, lo que el reojo me permitía, al agresor. Un adulto, de edad intermedia, que reía —por miedo o tontera— de lentes gruesos, creo, recostado sobre el volante. Acto seguido, en medio de la confusión provocada, XCB312, se abrió paso y huyó. Pasó frente al Hotel y se escurrió en la avenida. Un canalla, un miserable y otras calidades dijeron algunos. Yo solo quería constatar mi integridad. Limpiarme la suciedad. Y curiosamente, mirar si tenía rotos los pantalones (cuanto pesa en mi subconciente el sentido de dignidad de Montalvo, que prefería caminar con roturas en su ropa antes que con costuras).

Me apresuré a caminar hacia mi auto (conduzco, pero no creo ser de la “casta” de mi agresor), comenzaron los dolores en todo el cuerpo, los que fueron paliados con abundante hielo, parches de algún analgésico, aguas milagrosas y abundantes instrucciones, pues insistí en volver a casa para una entrevista … Belén además de brillante periodista es una amiga a la que no quería plantar. Terminó la conversación y debí partir, entonces sí, con urgencia, al hospital. Mi techo del dolor es bajo. No confieso nada al decirlo.

Allí descubrí a un género de médico que no conocía “emergenciólogo” (médicos clasificados por las circunstancias, las tipologías científicas me han rebasado hace mucho). Un estupendo profesional que ordenó todos los exámenes que la tecnología ahora puede disponer, entre ellas este aparato que he usado muchas veces, que tiene espíritu de catafalco y forma de cámara espacial, el tomógrafo. Dispuso todos los químicos y, pronto, algún opiáceo me quitó algo del dolor y me devolvió una cuota de dignidad. Minutos después apareció con las buenas noticias. No había huesos rotos ni despostillados, sí necesitaba de abundantes químicos y reposar por tres maravillosos días para leer y comer chocolate.   

El agresor quería sacarse la responsabilidad y pasármela: yo no me habría dado cuenta de que sí iba a parar; Todos lo sabían, menos yo. Hasta allí la torpeza. La magia del agresor fue pensar que yo debía saberlo, él lo sabía seguramente cuando aceleró. Y los santos hilos de la subjetividad dicen que debía adivinarlo.

Vuelvo a la escena. Al huir, el agresor, que nunca se bajó de su auto, gritó (me lo dijeron los asistentes que me remitieron fotos e información) “pero, yo sí iba a parar”. Ya asentado el incidente, al borde de la camilla del hospital, puede reflexionar sobre la “sentencia”. Cuan frecuente es en la vida social y política de nuestro país, la desrresponsabilización, categoría para trastrabillar al pronunciarla, que solamente quiere referir a la dificultad para asumir las responsabilidades.  

El agresor primero  quería sacarse la responsabilidad y pasármela: yo no me habría dado cuenta de que sí iba a parar. Todos lo sabían, menos yo. Hasta allí la torpeza. La magia del agresor fue pensar que yo debía saberlo, él lo sabía seguramente cuando aceleró. Y los santos hilos de la subjetividad dicen que debía adivinarlo.

En el balance de culpabilidades, las primeras son mías, sin duda: no he interiorizado que el cruce cebra no existe para ese género de conductores y mi cabeza blanca anuncia que ya no tengo las reacciones de hace 10, 20 o 30 años.

Ante tanta confusión tomé la decisión de evitar denuncias y acusaciones. Las cuentas las pagarían los seguros médicos, que en mi vida he debido obligatoriamente contratar. La impunidad iría al cerro de las que ocurren todos los días a todas las horas. El agresor, sicológicamente así configurado, jamás admitiría responsabilidad alguna.

Al terminar esta nota me ratifico que no busco conmiseración, pero sí una sanción moral para el anónimo agresor, cuyo nombre ni siquiera me daré la molestia de investigar. No tengo rencor hacia él. Estos minutos de escritura, me han proporcionado la paz que requiero.

El retazo de ciudadano que apenas alcanza a ser el agresor quede registrado como el número de la placa del auto. Exigir responsabilidad no es venganza.

 

*El autor de este testimonio pidió el anonimato.

GALERÍA
XCB312
 


[CO MEN TA RIOS]

[LEA TAM BIÉN]

¿Cómo Estados Unidos moldeó la estrategia militar y la política económica del «nuevo Ecuador»?
Luis Córdova-Alarcón
La nueva novela de Ernesto Carrión: tras los secretos del Che Guevara en Guayaquil
Marlo Brito Fuentes
Casa de la Cultura Ecuatoriana: de la sinergia a la entropía
Pocho Álvarez
Noboa versus Putin: así ganó el Kremlin la partida de la "chatarra" para Ucrania
Fermín Vaca Santacruz

[MÁS LEÍ DAS]

Narcotráfico: el bombazo en México y la onda expansiva en Ecuador
Redacción Plan V
Acerca de los acuerdos con Estados Unidos y la lucha contra el crimen organizado
Gonzalo Salvador Holguín
La Asamblea blindó nuevamente los bienes producto de la corrupción
Redacción Plan V
Casa de la Cultura Ecuatoriana: de la sinergia a la entropía
Pocho Álvarez