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17 de Marzo del 2024
Historias
Lectura: 7 minutos
17 de Marzo del 2024
Marlo Brito Fuentes

Escritor

En Agosto nos Vemos: la novela que García Márquez no quiso publicar
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Los hijos del colombiano Gabriel García Márquez publicaron el último libro del autor de Cien Años de Soledad. Foto de García Marquez: Getty Images

 

No es una obra maestra, no. Es una novela breve de los últimos tiempos vitales del maestro Gabriel García Márquez, pero donde se alcanza a percibir en ciertos detalles, el aroma argumental que palpita en toda su obra, con la sensualidad caribeña y el calor infernal cubriéndolo todo.


Acabo de leer esta novela en un par de horas y debo confesar —como lector— que habría sido frustrante su no publicación. Acostumbrado a crear con maestría personajes memorables, el Gabo logra darle forma rotunda a Ana Magdalena Bach, una mujer de cuarenta y seis años que, por casarse, no terminó su carrera de Artes y Letras y que cada agosto viaja sola a la isla donde se encuentra enterrada su madre, para dejar en su tumba un ramo de gladiolos.

La portada de la novela póstuma de García Márquez. 

Ella lee y siempre cuenta con una lista de libros a la espera, sin orden aparente: Drácula, El lazarillo de Tormes, La metamorfosis, El extranjero, Antología de la literatura fantástica, El día de los trífidos, Crónicas Marcianas, Diario del año de la peste...

Su marido, Doménico Amarís, es un músico y cumple funciones como director del Conservatorio Provincial. Se aman, tienen una vida sexual saludable y una actividad que se fue convirtiendo en un juego más que una rutina, que era bañarse juntos: “Así fue como inauguraron una larga época en que cada amor llevaba el premio de una frase feliz, desde chistes procaces hasta sentencias de Séneca” (pág. 23).

Tienen dos hijos, el varón con una carrera prometedora de músico, la mujer con un talento voraz para interpretar instrumentos, pero que prefiere recluirse en la Orden de las Carmelitas Descalzas, aunque en el interregno viva un romance feroz con un trompetista de jazz.

En uno de esos viajes a la isla, donde describe la miseria de un área y cierta opulencia de otra, Magdalena experimenta una aventura amorosa que le cambia la vida:

“De pronto, como el rayo de la muerte, la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez en su vida con un hombre que no era el suyo. Se volvió a mirarlo asustada por encima del hombro, y no estaba. Tampoco estaba en el baño. Encendió las luces generales, y vio que no estaba la ropa de él, y en cambio la suya, que había tirado por el suelo, estaba doblada y puesta casi con amor en la silla. Solo entonces se dio cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre, y lo único que le quedaba en su noche loca era un triste olor de lavanda en el aire purificado por la borrasca. Sólo cuando cogió el libro de la mesa de noche para guardarlo en el maletín se dio cuenta de que él le había dejado entre sus páginas de horror un billete de veinte dólares” (pág. 18).

Esta es tal vez la trama central y a partir de allí el maestro Gabo empieza su acostumbrada exploración en el alma de los personajes, para tallar lo que debe tallar: el mensaje preciso, la definición exacta, la psicología de todos ellos, la manera tan humana y previsible de comportarnos, el amor y a veces el deseo inclaudicable y huracanado, que modifica asombrosamente la perspectiva de las cosas.

No es una obra maestra, no. Es una novela breve de los últimos tiempos vitales del maestro Gabriel García Márquez, pero donde se alcanza a percibir en ciertos detalles, el aroma argumental que palpita en toda su obra, con la sensualidad caribeña y el calor infernal cubriéndolo todo.

Pulir el texto hasta el cansancio

Un aspecto que, sin duda, llama la atención, es con qué frenesí de corrector nos encontramos, gracias a que los editores publicaran ejemplos de las anotaciones al margen, de las correcciones de estilo, de los ajustes gramaticales, de los cambios de énfasis realizados por el Gabo.

El premio Nobel colombiano realizó correcciones a mano sobre el borrador del texto. 

García Márquez era conocido por ser extremadamente exigente consigo mismo en lo que respecta a la calidad de su obra y precisamente esta característica le llevó a realizar innumerables correcciones, manteniendo para el registro y una probable comparación futura, las versiones previas.

Ciertamente, este es un ejercicio tremendamente complicado para cualquier escritor, si no se cuenta con un equipo técnico que le acompañe. En su caso, el editor Cristóbal Pera, así como la secretaria personal Mónica Alonso. Pera confiesa que “Mi labor en esta edición ha sido la de un restaurador ante el lienzo de una gran maestro” y de verdad, ya me imagino la tarea y la enorme responsabilidad, pues hagámonos una idea: hay cinco versiones y un documento digital, con anotaciones en cada uno.

En su momento, a pesar de todas aquellas correcciones, García Márquez lo había dejado claro: “Este libro no sirve. Hay que destruirlo”. Sin embargo, los hijos Rodrigo y Gonzalo García Barcha explican que la decisión de contradecir el deseo de su padre, tiene una arista sincera: “En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos”.

Tomar esa decisión condujo a un arduo trabajo y, tal como anotara Cristóbal Pera, aquella “restauración” se convirtió en un desafío enorme, corroborado por los hijos del Gabo: “El proceso fue una carrera entre el perfeccionismo del artista y el desvanecimiento de sus facultades mentales. El largo ir y venir de las muchas versiones del texto es descrito en detalle, mucho mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros, por nuestro amigo Cristóbal Pera en sus notas para esta edición”.

Al final, creo que la decisión de publicar la novela fue acertada. Ana Magdalena Bach ocupa ya un lugar en la memoria literaria de América.

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